EL VASO

No voy a decir la edad que tengo: ¿Para qué?. Sólo sé que cuando pienso en aquel receptáculo de triste vidrio sigo excitándome como a las pocas horas de suceder todo, bajo la arboleda, aquella mañana del mes de julio que jamás podré olvidar. 

No es fácil criarse solo en un orfanato de una gran ciudad, pero lo es menos aún hacerlo con un hermano dos años menor que tú para quien lo era todo, padre, madre, hermano y por encima de todo, modelo. Ángel siempre había sido un muchacho apocado, tímido pero excesivamente cándido y hermoso. Era mi hermanito, sí, pero también lo único que amaba en este mundo y por él, tan pronto como me emancipé, salí a la calle a buscar cualquier forma de sustento para hacerme cargo de su custodia costase lo que costase. Por él descargué cientos de camiones en el mercado central de mi ciudad y estudiaba por las noches para poder darle un futuro mejor que nuestro pasado y pensando en él iba a verle cada vez que podía en los escasos momentos que mis deberes me dejaban. Creo que hice cuanto pude pero no fue suficiente. A los 16 años se metió en líos, no sé si inducido o por sí mismo, y dejé de ir a verle al orfanato: durante dos años acudí cada día de visita al reformatorio para ver cómo su candidez se esfumaba ante mis ojos sin dejar sin embargo atrás, aquella dulzura y aquella bondad que exhalaba todo su ser.

Como suele decirse, no hay mal que cien años dure, y cuando cumplió los 18 añitos fui una vez más al reformatorio, pero esta vez para llevármelo conmigo, para alojarlo en aquel pequeño pisito alquilado en los barrios bajos de la ciudad que llamaríamos nuestro hogar. Lo llevé a casa y allí me habló de alguien por primera vez. Nunca le pregunté qué había pasado entre las paredes del reformatorio pero Ángel supo tranquilizarme diciéndome que su amigo Julián le había protegido con éxito para  evitar lo que yo tanto temía. Por ello cuando el tal Julián salió de la institución a los pocos meses, supe agradecerle cuanto hizo por mi hermano y pasó a ser un miembro más de nuestra familia hasta que alquiló un cuchitril infecto cerca de nuestra casa, con el fruto del trabajo que le ayudé a encontrar y las ayudas de nuestro ayuntamiento. Eso no obstante, Julián pasó a ser una parte más del mobiliario de nuestra casa, no sólo con mi beneplácito sino ganándose mi afecto hora a hora, día a día.

Ángel acababa de cumplir los 20 años cuando sucedió. El verano que se acercaba hacía la ciudad insoportable pero a él poco le importaba; iba del trabajo a casa, de casa a divertirse como todo joven de esa edad y con él siempre su sombra... Julián, aquel precioso espécimen moreno de cuerpo enjuto y mirada limpia pero pícara que lo hacía irresistible. Los fines de semana salían al campo, a la montaña con amigos del barrio y el mes de agosto tomaban sus mochilas, sus tiendas de acampada y trepaban al monte como cabras jóvenes incansables. Aquel año, sin embargo y contra la costumbre, ambos muchachos insistieron para que fuera con ellos y pese a mis reticencias, accedí al acoso para, sin saber cómo, encontrarme en el más lento de los trenes hacia la más alta de las montañas de la región, y resulta que me gustaba. El grupo era de once chicos, doce conmigo, de entre 18 y 22 años, la alegría era general en ellos, contrariamente que en mi persona, y el campamento fue una experiencia sorprendente donde juegos y bromas, más o menos pesadas, se alternaban sin parar hasta que aquellos doce cuerpos caían rendidos por el agotamiento. Y entonces comenzó todo, cuando una madrugada, el codo de Julián se hundió en mis costillas y dijo

- Levántate, vago. Nos vamos de excursión!

Remoloneé pero fue en vano. Ángel me echó una jarra de agua helada encima, salí corriendo tras él y sin comerlo ni beberlo, me encontré trepando por una senda casi invisible siguiendo a una fila de chicos que seguían al primero que llevaba el mapa que contra todo pronóstico, no se perdió. A las ocho de la mañana del 10 de agosto, el lago seguía en su sitio para nosotros.

Durante toda la travesía algo me había llamado la atención. Marco, el segundo de la fila, llevaba uno de esos vasos de cristal antiguo en la mano, uno de esos de boca ancha que no se rompen ni con dinamita, y una botella de refresco pendiendo de la mochila, pero como Marco era raro de narices hice caso omiso de aquel detalle, sólo recuerdo que fue el primero en desnudarse y echarse al agua helada dejando el vaso sobre el suelo de pizarra pulida por los siglos, junto a su botella. Los demás le seguimos. El baño fue corto... tal vez por eso sobrevivimos, y luego nos tendimos en la hierba o en la pizarra a esperar que el sol secara nuestros jóvenes cuerpos acerados.

En aquel momento era feliz. No podía imaginar qué nos esperaba hasta que, sin previo aviso, Andrés, un vecino de nuestro mismo bloque, dijo:

- ¿Empezamos?

Me incorporé para saber qué era lo que iban a empezar cuando los vi formando un círculo del que mi cuerpo formaba parte, sobre la pizarra que comenzaba a calentarse. Marco tomó el vaso, la botella, los puso en el centro del círculo y como si de un viejo ritual se tratara, muy bien aprendido, Khalil, un muchacho de origen argelino, tumbó la botella, la hizo girar sobre su panza y esperaron todos para ver cómo se detenía apuntando con la boca a Aurelio, un joven guineano que sin el menor pudor separó sus piernas sentado en sus talones, se cogió el sexo con toda la fuerza de su diestra y liberando el glande de la prisión del prepucio, comenzó a masturbarse frenéticamente  sosteniéndose con la otra mano las dos pesada bolas que se sacudían entre sus muslos. Resollando, el  pecho de Aurelio parecía abrirse de par en par luchando contra el cansancio, se detuvo y para mi consternación, mi hermanito sentado a su lado, le ayudó doblando su espinazo y torneando con sus finos labios rozando aquella esfera marrón, casi negra, de la que manaban hilos de lubricante brillantes como la plata. El brazo de Aurelio se recompuso, Ángel dejo de sorberlo para exprimir sus genitales con los largos y finos dedos de su mano y tras un corto estímulo uno de los chicos dijo "este va a correrse". Otro muchacho se abalanzo sobre el vaso, se lo pasó a Ángel y pude ver cómo mi hermano literalmente lo encasquetaba en la bola pegajosa y blanquecina del guineano quien, de pronto, apretó los labios con fuerza, dejó de respirar por un instante, y sus abdominales de piedra se abombaron como si ellos fuesen los responsables de expulsar el torrente blanco que se acumulaba en el fondo del vaso, chorro a chorro, grumo a grumo. Aurelio gimió, se sacudió, y Ángel retiró el vaso, lo dejó en el centro del círculo y dejó que la última gota de esperma del negro muchachito se perdiera en la dura roca. Entonces, sin orden ni concierto, cada uno se ocupó de sí mismo, los sexos apuntaron al cielo o al cuerpo de enfrente, las miradas se cruzaron en una complicidad que yo desconocía y el placer comenzó a adueñarse de aquellos finos talles que se retorcían de placer resoplando, curvándose, escalando la cima de un extraño orgasmo.

Mis ojos trataron de esquivar la vista de aquellos cuerpos retorciéndose pese a los esfuerzos por parecer impasibles como si aquella práctica, por conocida, no fuese cada vez más demoledora, pero no pude evitar ceder a la tentación de mi propio deseo, les miré por fin  abiertamente y mi excitación llegó a tal punto que sin darme cuenta, mi mano buscó en la entrepierna un arma excepcionalmente endurecida para envolver la inflamada cabeza con los dedos... pero fue en vano. Khalil, arrodillado a mi lado, dejó de masturbarse por un instante, me tomó la muñeca impregnándome con los jugos previos a la eyaculacion que sus dedos arrastraban consigo y con una sonrisa enloquecedora susurro:

- No¡, aún no ha llegado tu momento.

Excitado, sin poder soportar aquel espectáculo que se me brindaba, dejé caer mis manos y esperé intrigado por las palabras del muchacho, viendo cómo de repente mi hermano tomaba ese vaso verdoso y cómo, metiendo en la boca su punta de lanza dejaba que una fina película amarillenta resbalara por la cara interna para fundirse con la crema de sus amigos.

La experiencia fue larga... No es fácil vaciar los testículos de once machos jóvenes dispuestos a darse todo el placer posible pero, como todo en la vida, terminó. El vaso estaba casi a medio llenar, repleto de una masa espesa que las ubres de los jóvenes habían depositado pausadamente. La mayoría de los cuerpos reposaban desnudos bajo el sol mostrándome las bellas formas de sus curvas, de sus sexos untuosos después de haberse vaciado dos o tres veces, a lo sumo, y Ángel, como caído del cielo, reposaba desmadejado, abierto de par en par, recibiendo en su glande irritado por la fricción salvaje, la continuada caricia de la lengua de Julián que no cesaba por mantenerle endurecido a saber para qué.

Aurelio seguía activo aunque casi por la fuerza. Sus amigos se habían apoderado de su cuerpo lampiño, extenuado, tendido, cuya cabeza reposaba en el regazo de Víctor, y se habían propuesto de su ser extraer toda la pesada carga que sabían fehacientemente que sus genitales ocultaban aún. Mario sostenía el vaso pringoso muy cerca de su muslo, Andrés le acariciaba las costillas que se marcaban en el costado de un pecho que resollaba como un fuelle y mi hermoso Khalil, simplemente, sostenía el mango del precioso ejemplar excitándolo ligeramente pero sin pausa a la espera de lo inevitable.

Esperé, contemplé, y de pronto el cuerpo de azabache se curvó, se ladeó, gimió, Marco acercó el vaso a la cúspide del volcán y Khalil, curvando el miembro, lo clavó en la boca para que con un terrible estertor un hilo casi inapreciable a no ser por su espesor, coronara la deposición de esperma que sólo hacía tres horas había comenzado.

Entonces comprendí a qué se refería Khalil con lo de "mi turno". La eyaculación del negrito había resultado una señal esperada, pactada. Los cuerpos abandonaron su reposo lánguidamente, se acercaron a mí y de pronto sentí cómo las manos de Víctor me recostaban en la fina piedra. Khalil se puso a mi lado, me separó las piernas y me sostuvo en alto el pene como si de un obelisco se tratara, los demás me rodearon también y pronto mi hermano se arrodilló entre mis pies, se extendió y su boca encajó mi falo haciéndome gemir de placer pese a cierta incomodidad que la situación me provocaba.

- No.. Ángel, No¡.. -logré balbucear.

Pero fue en vano. Los labios de mi hermano recorrían mi sexo en toda su longitud, su lengua latigueaba el frenillo y los dientes afilados reseguían el perfil de un glande que ni yo mismo reconocía. Julián sonrió, tomó a su amante por la nuca  clavándomelo hasta el fondo, guiando la velocidad de sus movimientos, me mostró el vaso repleto y con su encantadora sonrisa susurró:

- El nuevo se la bebe toda, ¿sabes?!

Contemplé de cerca el contenido lechoso del recipiente, tragué saliva y el placer me enloqueció pese a los esfuerzos que hacía por no demostrarlo. Creí que aquello iba a ser fácil como las pocas veces que un chico me había arrancado el esperma de los testículos con el esfuerzo de su boca, pero no fue así. La destreza de Ángel era excepcional. Sus dedos estrangulaban la raíz del pene haciéndome imposible la eyaculacion, dejándome al borde del orgasmo una y cien veces sin que yo pudiera hacer nada para aliviarme sino mirar al cielo azul y dejarme llevar por la dulce agonía de la tortura. Aurelio metió su cabeza entre las piernas de Ángel, se tragó el largo estilete que hasta el momento se debatía de muslo en muslo y en mi glande pude notar el aliento cálido de mi hermano según exhalaba camino de un improductivo orgasmo.

Mire a Khalil. Cuántas veces le había visto en casa, en el barrio, en la tienda de su padre, y le había deseado. Tenerle ahora junto a mí, sujetándome los hombros, completamente desnudo, ni siquiera podía catalogarse como un sueño. Recorrí el cuerpo de Julián centímetro a centímetro con mis ojos entrecerrados. ¡Cuántas veces le había deseado. Cuántas noches, cuando se quedaba a dormir en casa, me había masturbado bajo la sábana mirando su torso perfecto o acariciando su erección matinal, y ahora... estaba allí, aunque una duda me atenazaba el corazón. Una duda que debía solucionar cuando mi mente estuviera clara.

Mi cuerpo no resistía más. Mis labios entreabiertos y resecos capturaban el aire que mi pecho necesitaba para soportar aquel placer insoportable. Mi abdomen se encogía por momentos deprimiéndose entre las caderas y las costillas y Andrés, de pronto rió y dijo:

- Este va a correrse!

Ángel me estranguló aún más çpara alargar mi satisfacción pero Julián le detuvo:

- Deja que se corra, tío! -le dijo.

Y el cepo que me reprimía cedió, liberando el inicio de la mejor muestra de placer sexual que puedo recordar. Mi cuerpo se convulsionó pero los chicos me mantuvieron fijo, sujeto, sobre la dura roca, me arqueé y mi boca se abrió de par en par exhalando un grito silencioso que indicó que el estallido había comenzado, y fue entonces cuando, de repente también, por la mano de Julián, el semen helado del vaso comenzó a caerme directamente al paladar sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Ángel me sujetó, mis genitales estallaron y el muchacho probó entonces, por primera vez, la crema de su hermano mientras yo hacía lo propio casi sin tener consciencia de ello, tragando cuanto aquellos 22 testículos habían producido para mí, agridulce, frío, espeso y pegajoso, un torrente mantecoso que se filtraba por entre mis dientes, rezumaba las comisuras de los labios impregnándome la cara y seguía su curso en busca de mi estómago.

Lleno de semen ajeno, pagué el esfuerzo de mi hermano con una descarga brutal que me dejó exahusto, fuera de juego. Ángel tragó ilusionado mi esperma agridulce y recogiendo con la lengua la última perla blanca de mi uréter, se incorporó, sonrió y se besó con Julián compartiendo con él el sabor que acababa de dejarle mi semen en la boca.

Eran las tres de la tarde y regresábamos todos al campamento. Paso a paso el cansancio de nuestros cuerpos se desvanecía y me sentía excitado de nuevo pensando en qué pasaría esa noche allí abajo a la luz del fuego. Pese a todo, mi duda acerca de Julián se mantenía, así que según descendíamos por la verde vereda lo retuve dejando que los demás se nos separaran escasos metros. Me paré sin aviso previo, le tomé por el hombro y mirándole a los ojos le espeté:

- En el reformatorio... ¿violaste a mi hermano?

El chico siguió su camino y sin perder los estribos repetí:

- ¿Le violaste?

Entonces Julián se detuvo, se volvió y con su sonrisa de siempre me respondió:

- No!  Me violó él!

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