El vecino I
Éramos vecinos, pero rara vez nos veíamos. Me explico: vivo en el cuarto piso de un edificio frente al cual se encuentra la casa donde vive este chico al que llamaré Juan. Desde mi ventana alcanzo a ver el jardín de la casa de Juan. Él casi nunca salía al jardín (al menos no cuando yo estaba en casa), pero mirarlo era siempre un deleite.
No era especialmente atractivo (aunque tiene lo suyo), pero es extraordinariamente sensual. Es un chico delgado, no fornido, de unos 18 años. Casi siempre sale al jardín vestido sólo con unos pants que le quedan grandes y una playera que le queda chica. Esto propicia que, por ejemplo, cada vez que se agacha, puedo ver bastante de su ropa interior (le gusta usar bóxers amplios, pero a veces lleva puestos otros que parecen más ceñidos). Casi siempre juega con su perra, a la que llama Greta, y frecuentemente se levanta la playera para mostrar un torso, si no musculoso, sí bastante apetecible. Su sensualidad proviene de su naturalidad. Lo hace todo como si no fuera conciente de que mucha gente puede estar viéndolo desde las decenas de ventanas del edificio en el que vivo. Se sube los pantalones, levanta su playera para limpiarse el sudor, se rasca las bolas, se acomoda el paquete, se revuelca en el césped… todo como si estuviera “en el patio de su casa” (y, bueno, de alguna forma lo está).
En una ocasión salió al jardín con su novia. Estaban muy cariñosos. Se abrazaban y besaban con mucha frecuencia. Se echaron al piso y, mientras jugaban con Paris, se revolcaban, besaban y acariciaban. Él iba con su acostumbrado pantalón holgado. Supuse que el cuerpo de Juan no tardaría en reaccionar al “cariño”que le mostraba su novia. Tomé mis binoculares y vi que no me equivocaba: Juan tenía una erección notable. Imposible ocultarla y cuando su novia se dio cuenta aprovechó para tocarla de vez en cuando, como no queriendo. La escena subió de tono cuando ella introdujo su mano en la playera de él y empezó a descubrir su torso. Juan se relamió los labios y le susurró algo al oído. Sorprendentemente, ella se levantó y se fue, dejándolo con una erección monumental que, desde luego, ya me había “contagiado”.
Él pareció desconcertado unos segundos, pero no tardó en recostarse sobre el césped y acomodarse el paquete. Vi cómo, de hecho, más que acomodárselo, empezó a jugar con él. Yo no lo podía creer: ¡estaba empezando a masturbarse ante la mirada (potencial) de decenas de personas! Pareció darse cuenta de lo que hacía y dejó de tocarse. Supuse que trató de relajarse, porque cerró los ojos, puso sus manos detrás de la cabeza y se mantuvo así un par de minutos. Lucía soberbio: tenía la playera levantada, dejando ver gran parte de su abdomen: plano y con un poco vello que bajaba hasta su cintura, donde se observaba el elástico gris de su ropa interior (unos bóxers ceñidos azules, según barrunté); sus bíceps semi flexionados lucían fuertes… y su erección estaba en toda su gloria… incontenible debajo de la tela que la cubría.
Para entonces yo, desde luego, ya llevaba un rato entregado al placer de masturbarme con una mano mientras sostenía los binoculares con la otra. Estaba tan confiado en que no me vería (o tan concentrado en lo mío) que no tomé precauciones (no me agaché, no cerré las cortinas…). Entonces él abrió los ojos y fijó su mirada en mí. Desde su posición no podía ver todo lo que estaba haciendo, pero ¿qué podía inferir de un tipo que lo observaba con una mano en los binoculares y otra debajo de su cintura? Me sentí profundamente avergonzado, pero no me oculté. Dejé los binoculares a lado, saqué la mano de mi ropa interior y me quedé mirándolo fijamente. Me sonrió. Se agarró el paquete (todavía duro), se levantó y entró a su casa.
Me quedé pasmado. No sabía qué pensar. ¿Le había gustado que lo viera? ¿Sabía lo que estaba haciendo desde el principio? ¿Me había visto antes (siempre había pensado, tontamente, que yo era el único que podía verlo)? Estaba frente a la ventana, todavía mirando el jardín ahora vacío, cuando lo vi salir otra vez. Llevaba en la mano un cuaderno y un marcador. Escribió algo y lo puso a la vista. Tomé mis binoculares y leí: “¿Quieres bajar un rato?”
(Continuará…)
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