En los scouts

Por Jesús Meza León

Tengo un amigo que había estado metido en la onda de los scouts y en variadas ocasiones me había invitado a participar hasta que un sábado fui a su reunión y me agradó el ambiente; los directivos hablaron conmigo y a la semana ya estaba inscrito. A las dos semanas adquirí mi uniforme, que fue lo que menos me gustó, pues me sentía ridículo con esos pantaloncitos a medio muslo, mi camisola de manga corta y un sombrero de fieltro como los que usa la policía montada del Canadá. En mi casa mis hermanos no se cansaron de carcajearse de mi indumentaria la primera vez que me vieron salir así ataviado. Llegué al grupo y al terminar la reunión pensé que aquél sería mi debut y despedida, mas los roberts muchachos de mi edad se acercaron para charlar conmigo y la verdad me hicieron sentir muy bien, lo que me motivó a continuar. A la semana siguiente tendrían un campamento y así, a la tercera semana ya estaba en mi primera excursión. El sábado en la mañana partimos en varios automóviles con rumbo a la sierra; en el mío viajaban Manolo y dos compañeros más. Durante el trayecto él me fue dando varios tips e incluso en cierto momento me comentó que puesto que apenas estaba adquiriendo mi equipo podría compartir su tienda de campaña. Yo apenas si había tenido tiempo de comprar lo esencial, pero hasta entonces comprendí que lo de la tienda sería una prioridad.

Hacia media mañana llegamos a un fresco bosque en la Sierra Hidalguense. El día transcurrió más que divertido, pues tras montar el campamento y preparar la comida nos dedicamos a flojerar de lo lindo. Al anochecer preparamos la cena, además de una velada bastante bohemia, pues hasta guitarra llevaban y nos la pasamos cantando. Finalmente como a las dos de la madrugada el grupo se fue deshaciendo y al final sólo quedó el crepitar de las brasas y el canto de los grillos. Manolo me señaló que se caía de sueño y que se retiraba a descansar. Yo extasiado con aquél ambiente le dije que lo alcanzaría después y tras recomendarme que apagara la fogata se adelantó a su tienda, quedando solo con mis pensamientos, en paz y comunión con la naturaleza, sin cansarme de voltear a admirar la bóveda celeste plagada de constelaciones. Como a la media hora sin embargo, ya sin fogata, me comenzó a dar frío y me retiré, así que llegué hasta la tienda y al abrirla descubrí que él había colocado su sleeping como colchón y el mío como edredón, supuse que así se estilaría y sin hacer ruido para no despertarlo me desvestí y al acostarme descubrí que estaba totalmente desnudo. "Bueno, tierra que fueres haz lo que vieres" pensé, y sacándome también la truza sentí el agradable calor de su cuerpo y la cachonda sensación del satín por toda mi anatomía, mas no puedo negar que me sentía también bastante nervioso por sus velludas piernas junto a las mías, pero al poco rato me quedé también profundamente dormido.

En la mañana me desperté y advertí que Manolo estaba bien pegado a mí. Obviamente mi pene comenzó a erectarse y sentí el suyo entre azul y buenas noches descansando sobre mis nalgas por lo que me despegué.

- ¿Qué horas son? -me preguntó bostezando.

Y viendo mi reloj le comenté que las 6 de la mañana.

- Ah, es muy temprano, pero si gustas vamos a bañarnos.

Sacó entonces su toalla y con ella al hombro atravesó el campamento tan desnudo como había dormido. El río se encontraba como a unos veinte metros y nadie se había despertado todavía, permaneciendo todo en calma fuera del canto de los pajarillos y el apenas despuntar del sol sobre las montañas. Llegamos a las aguas y Manolo se tiró de clavado; supuse que las aguas estarían heladas, como en efecto, pero la temperatura no parecía afectarle en lo más mínimo. Al poco rato, tras una buena nadada, me acerqué a la orilla. Él me siguió y extendió su toalla para secarse al sol. Yo hice lo mismo y así nos pasamos un buen rato.

- ¿Ya se te quitó el frío? -me preguntó.

- Algo. -le contesté.

Y entonces sentí sus manos frotándome vigorosamente la espalda y los brazos primero, pero después las piernas y hasta mis nalgas. Aquello era demasiado, pues Manolo no tenía empacho en manosearme con evidente lascivia. En cierto momento abrió mis muslos descaradamente y me acarició el ano con sus dedos, comentando como para sí mismo:

- Ya estás a punto.

Y en efecto, yo sentía que en cualquier momento me iba a desmayar, mas lo que siguió fue todavía más excitante, pues se me subió completamente y no sabía cómo reaccionar, pero estaba seguro de que a mis 28 años de edad estaba a punto de perder mi virginidad. El pene de Manolo parecía tener vida propia, pues solito se acomodó a la entrada de mi ano que sentía palpitar como un segundo corazón; advertí también que ya tenía puesto un condón y entonces me dijo al oído:

- Ahora sí, papacito, estas nalguitas van a ser mías.

Comenzó a empujar delicadamente por aquella abertura donde jamás había entrado nada y yo apreté los dientes para acallar mi dolor; su cuerpo se contorsionaba sobre mis nalgas como si fueran un colchón y la molestia inicial fue transformándose en un agradable cosquilleo que subió de intensidad hasta hacerme gritar al sentir cómo entraba y salía, arrancándome lágrimas de dolor, pero también la más deliciosa sensación de placer que jamás hubiera experimentado en mi vida.

 

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