Aquella vez, en el bosque...

 Todo fue así, en un comienzo:

El almuerzo había terminado y se sentía todavía el aroma vivificante 
del café de altura, que recién había sido servido de sobremesa. Yo me 
retiré a mi habitación a asearme los dientes, tomé mi resortera y 
salí por la puerta trasera rumbo a nuestro gran patio posterior que 
colindaba con un apacible arroyo que estaba protegido por un espeso 
bosque oloroso a humus. A lo lejos, mientras ascendía a una colina 
que al otro lado ofrecía su pendiente a la floresta, percibí los 
tenues golpes del taller de forja que estaba a la orilla del pueblo, 
allí arriba, me detuve y observé el paisaje. Era un día maravilloso, 
soleado y sentí latir con vigor mi corazón de 15 años. Advertí la 
brisa cómo acariciaba mi cabello y mi rostro, y decididamente bajé 
corriendo por la pendiente entre la hojarasca, arbustos y coníferas 
hasta llegar al plan que estaba previo a la rivera.

Saqué mi resortera y la dispuse listo para disparar a cualquier 
codorniz o lagartija que se me cruzara por el camino, caminé por unos 
pocos minutos y me introduje por uno de los muchos pequeños caminos 
en una hondonada donde reinaba la verde maleza. He de reconocer que 
era mi sitio favorito para jugar al cazador por aquellos años, porque 
era un lugar aislado, nunca había visto a nadie ahí. Pero esta 
apreciación cambió ese día. Pues, iba yo entretenido en mi afición, 
cuando noté dos personas que venían en dirección mía, en silencio. 
Instintivamente me escondí detrás de unas grandes piedras y puse 
atención dónde se dirigían. Cuando me dejaron a sus espaldas, los 
seguí a prudente distancia y observé que se habían metido dentro de 
una cueva hecha de arbustos y bejucos. Eran dos muchachos, de mi edad 
o un poco mayor que yo. Naturalmente, los conocía de cara. Eran del 
pueblo y estudiaban en un colegio donde impartía clases mi madre. Sin 
saber por qué, empecé a experimentar una poderosa erección y sentí 
por primera vez cómo mi boca se secaba y producía una saliva espesa 
por la excitación. Con sumo cuidado me acerqué por un lado a aquel 
domo vegetal perfectamente tupido, me acosté en tierra y con los 
dedos de la mano empecé a abrir un espacio para poder ver los que 
hacían aquellos dos.

Cuando tuve un espacio para mirar, me acerqué, y lo que vi me 
ocasionó un fuerte movimiento involuntario en mi pene que duró cerca 
de cinco segundo sin bajar la tensión e inmediatamente sentí una 
deliciosa cosquilla en la base del pene de algo que se iba 
escurriendo -recuerdo que fue mi primera destilación prostática, mal 
llamada por muchos, líquido preseminal-. Vi que los dos se estaban 
quitando la ropa y quedaron sólo con calzoncillos. Tendieron un 
plástico grande que tenían guardado entre el techo de la ramada y 
una vez extendido se pararon en él descalzos y se empezaron a 
acariciar mutuamente los penes sobre los calzoncillos boxer, era 
evidente la erección que tenían, uno de ellos que se llamaba Mario 
besó al otro que correspondió con mucho apetito. Besándose ambos 
con los ojos cerrados, se quitaron los calzoncillos y juntaron sus 
cuerpos, frente a frente sus pelvis, haciendo movimientos, que 
ustedes se imaginan cómo eran, en tanto cada uno acariciaba las 
nalgas del otro. Yo estaba fascinado siendo testigo de aquello, pero 
estaba impaciente por ver cómo eran sus partes íntimas; he de 
reconocer que los dos tenían una bellísimas nalgas y eran de las 
mismas características a como me gustan los hombres. Me pareció 
una eternidad la espera hasta que se separaron y pude ver aquellos 
dos penes que palpitaban de pasión.

Se acostaron los dos y se empezaron a succionar el pene mutuamente, 
pero esto no duró mucho tiempo. Después se acostaron boca arriba sin 
dejar la postura de 69 y empezaron a masturbarse. Ambos se 
amortiguaban con gran agitación y con muchos movimientos de las 
piernas y la pelvis. En un momento noté que yo tenía una gana 
delirante de masturbame, pero lo que hice fue solo acariciarme con el 
dedo índice mi glande que estaba profusamente mojado de destilación. 
Esos tocamientos, viendo todo aquello fue algo grandioso. Pero 
sigamos con el relato. Yo vi que también ellos estaban bien mojados y 
Leandro, que así se llamaba el otro, se sentó poniéndose de rodillas, 
levantó las piernas de Mario, que quedaron abiertas quedando 
expuestas las nalgas en una postura ideal. Leandro tomó su pene y dio 
caricias con su glande en la zona anal hasta formar un poco de 
espuma con la secreción de su pene. Era claro cómo disfrutaba Leandro 
su labor, Mario no se quedaba a la zaga, en sus labios se dibujaba 
una tenue sonrisa por lo exquisito del momento que estaba pasando. 
Mario sostuvo sus piernas, en tanto que Leandro procedía a penetrar. 
Era la primera vez que miraba una penetración, es una experiencia 
inolvidable. Entró aquel pene con una suavidad cariñosa, pude 
presenciar la encantadora firmeza de sus 18 centímetros; cuando la 
penetración era total, Leandro mientras hacía los movimientos propios 
de una penetración, masturbaba a Mario. Fueron aproximadamente cinco 
minutos los que estuvieron así, fui testigo de la eyaculación de los 
dos. Leandro dejó su semen en la intimidad del recto de Mario. Con 
cautela me retiré, hasta que pronto estuve fuera del alcance de la 
vista. Sentía que mi pene iba a explotar incluso sentía placer al 
caminar; llegué a un sitio que me pareció más seguro, detrás de una 
gran peña y saque mi atormentado pene para darle el consuelo de una 
buena masturbación. Retuve lo más posible la descarga seminal y lo 
disfruté a lo grande recordando todo lo que acababa de presenciar. 
Me masturbé cerca de tres veces en lo que restó del día. 

Ardientemente creció en mí el deseo de poseer a Mario y desde aquel 
día supe definitivamente que era gay. Les cuento que con Mario 
tuvimos relaciones muy apasionadas y que a la fecha, he disfrutado de 
muchos chicos hermosos y lindos. Actualmente tengo 20 años y tengo un 
novio con el que espero casarme un día cuando ya seamos profesionales. 
Nos amamos un montón y soy tan feliz, y todo se lo debo a esa vez, en 
aquel solitario lugar, en esa ocasión, que les he contado. 

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