Lo Entrañable de la Sierra
Entrecierro los ojos para enfocar mejor los recuerdos. Comienzan a aflorar arbitrariamente.
Cuando surge la imagen de Gustavo me detengo y me concentro. Días de mi primer año
como profesor, días de permanencia en la sierra, lugar designado para los noveles, como yo,
en aquel tiempo. Tenía apenas 19 años, pero aparentaba menos, como un chico apenas saliendo
de la adolescencia. En cambio, mi único compañero de escuela, el citado Gustavo, solo un año
mayor que yo, lucía un aspecto varonil. Era más alto que yo, de cuerpo fornido, moreno, con
vello en el pecho y de carácter desenvuelto. Yo era más bien tímido. Admiraba su experiencia.
Y otras cosas también...
Noches en la sierra, noches diferentes. Distinta fue aquella cuando llegó un poco tomado, había
compartido algunas cervezas con los señores de la comunidad. Apagamos la luz de la vela para
dormir. Platicamos un rato y así, de repente y con cierta tosquedad, como sino quisiera permitirse
ningún signo de debilidad, preguntó:
- ¿Qué? ¿No te vienes para acá?
Noches de sorpresa. Liberé de sus ajustados calzoncillos un regordete miembro de buen tamaño.
No era precisamente la longitud (de hecho nunca he sido un obsesivo de los bien dotados), sino
el formidable grosor que Gustavo tenía en su cosa. Aunque suene burdo yla comparación no
tenga sentido, su grosor era mayor que las linternas que usábamos para iluminar los caminos.
La otra sorpresa fue para él, acostumbrado a poner todo mi empeño para satisfacer a mis parejas
sexuales, aparte de mamar su tronco, lamí con suavidad sus testículos. Instantáneamente gimió,
esa caricia no la esperaba, noté que se ponía más duro e inusitadamente me dio un breve
beso.
- Cabrón, qué bueno eres. - Me dijo visiblemente emocionado.
Aquella noche y como niño con juguete nuevo, Gustavo gozó con mis caricias orales. Explotó abundantemente en mi boca, el morbo de
ver cómo me tragaba su leche lo dominó.
Mañanas revitalizadoras. No fue pronto, hubo varios intentos fallidos, pero finalmente lo logramos.
Como a las 7 de la mañana y antes de bañarnos para ir a la escuela, estaba yo a cuatro patas, con
la cabeza reclinada en el catre, soportando placenteramente el taladramiento que Gustavo me
hacía en el culo con su verga. No lo hacía febrilmente por temor a dañarme, pero su ritmo de
penetración era firme. Casi lo extraía por completo, para volverlo a meter. Morboso como era, le
gustaba ver como su pene desaparecía en mi interior. Incluso le ayudaba, separaba mis nalgas
para permitir una inserción total.
Tardes divertidas. A Gustavo le gustaba pasearse por la habitación "casa del maestro", en truza.
La que más me encantaba era una de color azul, la más pequeña que tenía y que apenas cubría
su bulto y que era francamente ridícula cuando se trataba de contenerle cuando se le paraba.
Riendo se sentaba en una banca y me la ofrecía con descaro.
Atrevidas también fueron las noches. Poco a poco fui venciendo su resistencia y pasé de sus bolas,
al rincón prohibido de su esfínter anal. Aquello lo volvía loco, mi lengua estimulaba su ano.
Cuando mi dedo travieso hurgó en su intimidad, guardó silencio pero no me detuvo. Seguí con
aquello, yo tampoco dije nada para no echar a perder aquel momento. Comenzó a masturbarse
con ansiedad, distendió su culo y mi dedo medio pudo salir y entrar con mayor facilidad. Emparejé
mi ritmo al de su mano. Gemía y suspiraba y sentí como apretaba mi dedo justo en el momento en
que lanzaba un suave grito y arrojaba poderosos chisguetes que fueron a caer hasta
su cara.
Eso no lo volvimos a repetir. Pero de aquel año en la sierra fue mi mejor recuerdo.
No lo volví a ver, se cambió a su tierra natal, Cedral, para casarse.
Mi correo electrónico es gfcjmx@yahoo.com.mx.