ENRIQUE
 

Tengo 42 años y estoy casado y con dos hijos, en teoría se supone que todo
correcto y normal, soy profesor y doy clases a adolescentes  en un
instituto. Todo comenzó poco después de navidad, cuando un vecino que tiene
un hijo de 18 años vino a pedirme que diese clases particulares a su hijo,
pues había  suspendido varias asignaturas el trimestre anterior.

En principio me pareció bien y acepté.

Quedamos en que vendría por las tardes a mi casa, donde yo a esas horas me
encuentro solo.

El chico es delicioso, alto, de piel clara y pelo negro, ojos color miel,
nariz aguileña, cuerpo fibroso pero con la dulzura de un chaval de su edad,
no sé por qué pero me turbaba estar a su lado dándoles explicaciones y digo
que no sé por qué, porque yo hasta ahora jamás había pensado en un chaval
como objeto sexual, aunque reconociese a los chicos que eran especialmente
lindos.

Yo comencé a darme cuenta de que aprovechava cualquier ocasión para estar en
contacto físico conmigo, me rozaba la mano para señalar un ejercicio, se
sentaba tan cerca que al abrir las piernas tocaba las mías.

Fueron pasando los días y sin saber cómo, me descubrí a mi mismo buscando yo
las excusas para rozarlo, para sentir su dulce aliento al hablar, llegó el
momento en que fui consciente de que me excitaba aquel chaval, un solo roce
suyo me provocaba una semierección.

Una tarde, tras unas cuantas explicaciones, estando yo a su lado, se quedó
mirándome fijamente y me besó en la boca.

Yo no sé que ocurrió, pero no lo rechacé, sino todo lo contrario, y tras
unos momentos estabamos enzarzados en un apasionado beso con muestras
bocas abiertas y nuestras lenguas explorando la del otro, saboreando nuestras
salivas, sintiendo el calor de nuestros cuerpos.

Le abracé y sin decir palabra nos dirigimos a mi dormitorio, seguimos
besándonos apasionadamente y le fui despojando de su ropa, descubriendo su
bonito torso, lamiendo y besando sus axilas, sus sonrosados pezones mientras
con las manos metidas por detrás, dentro de sus pantalones, acariciaba el
más suave y a la vez rígido trasero que jamás había sentido.

En unos minutos estabamos los dos completamente desnudos sobre la cama y
enzarzados en una apasionante sesión de besos, lamidas, tocamientos por
todos los rincones más íntimos de nuestros cuerpos.

Dulcemente, sin apenas presionar, dirigí su cabeza hacia mi pene, en ese
momento completamente erecto y él como si lo hubiese hecho desde siempre
comenzó a succionar delicadamente, a tragárselo hasta la base, llevándome al
cielo, jamás había disfrutado tanto en una relación sexual, quizás por el
morbo añadido de lo prohibido.

Estuvimos así no sé cuanto tiempo hasta que Enrique volvió a sorprenderme
diciéndome :

-Qiero que me penetres, que me la metas por el culo, lo he deseado siempre,
desde casi cuando era un niño, deseo sentirte dentro de mí, sentirme
empalado por ti, notar que te derramas en mi interior.

Cogí un tubo de crema de manos y lubriqué su cálido y delicisoso ano, no sin
antes besarlo con fruición y follarlo durante unos minutos con mi lengua.

Lubriqué también mi falo y poniendo a Enrique de lado, con el trasero
sobresaliente gracias a sus piernas cruzadas, me introduje en él lentamente,
mientras lo acariciaba y nuestras bocas volvían a enzarzarse en un
apasionado beso.

Me introduje en su recto por completo sin separar nuestras bocas, bombeé al
principio suavemente y después con pasión, agarrando su pene y masturbándolo
a la vez.

Sentía la calidez y suavidad de su piel, su respiración entrecortada, su
olor a hombre joven, el calor de su deseo y su pasión.

Fue maravilloso. Acabé dentro de él llenando su ano con mi semen abundante
y mi mano con el suyo no menos abundante.

Desde aquel día nuestros encuentros son frecuentes.

Enrique me desea, desea que sea su hombre, que lo posea, y se me ofrece
cándidamente en cuanto tenemos ocasión.
 
 

Juan
 
 

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