Erlantz

 

 

         El otro día me paso algo curioso, que me gustaría contarte.

Cuando fui a renovar por primera vez mi DNI, llegue a la fila para coger cita, y delante de mí había un joven acompañado de su madre. Me fijé en él, era joven, seguramente iría a hacer el DNI por primera vez pensé, le calcule unos 16, un yogurcito. Mediría 1,75 , pelo moreno corto desaliñado, vestía unas botas de monte, un pantalón de esos de pana gris, con bolsillos a los lados, una camiseta arrugada y un polar azul abierto y colocado descuidadamente; tenía las mejillas sonrojadas, como acalorado. Directamente sacado de un partido de patio de colegio para la ocasión, pensé. Mientras esperábamos, él dejó a su madre en la fila, y se sentó en unos bancos que había en una esquina, mientras estaba allí sentado, más bien tirado, de forma desgarbada, fue cuando realmente me llamó la atención, la verdad que estuve un rato observando cómo resoplaba por el calor, cómo se mecía el pelo alborotado, con los brazos en alto, como quien está en una sauna a 40º. No podía apartar los ojos de él, hasta que me pilló mirándolo, y sin saber por qué, retiré la vista y me puse por un momento colorado. Ya se levantó y volvió a la fila. Cuando llegaron al oficial que entregaba los números, escuché cómo decía:

 

         -Cómo, ¿que hay que esperar una hora?, ¿y ahora qué hacemos?.

 

Yo mientras escuchaba sus protestas a su madre, recogía mi hora de cita, y comprobaba horrorizado que efectivamente iba a tener que esperar una larga hora para realizar el documento. Cuando me retiraba, volví a oír exclamar a aquel joven:

 

      - Pues yo de tiendas no voy, quedamos aquí delante dentro de una hora.

 

Mientras decía esto, le dirigí una mirada que me devolvió, yo sin saber por qué, le sonreí. Él no dejó de mirarme hasta que salí de su campo visual. En ese momento ya había decidido ir a dar una vuelta por los alrededores, por lo que me dirigí calle arriba. Al doblar la esquina y avanzar unos metros, sin saber por qué, me detuve y esperé apoyado en la pared. Sin esperar mucho, allí apareció el chiquillo, con andar tranquilo, dobló la esquina, se dirigió hasta donde yo estaba, y al llegar a mi altura se detuvo como quien busca una dirección y me dijo:

 

- Joe, qué coñazo, ¿tú también tienes que esperar una hora?

- Sí - le respondí.

- Yo me llamo Erlantz, -se presentó- tenía intención de ir a una sala de máquinas que hay aquí a la vuelta de la esquina, ¿me acompañas?

 

No se por qué, pero fui con él. Efectivamente entramos en una sala de juegos casi vacía, y él sin decir nada se acercó a una máquina, metió una moneda y se puso a jugar una partida. Yo mientras observaba su habilidad en el juego aquel, observaba más atentamente su cuerpo, se había quitado el polar y lo había dejado encima de la máquina, por lo que podía ver la forma de su culo, que la verdad estaba bastante bien. Sin quererlo, me estaba empezando a calentar un poquito, pero la verdad, como no sabía muy bien qué hacía allí, pues sólo me dedicaba a admirar a mi valeroso Erlantz, matando a diestro y siniestro en aquella máquina, pavoneándose ante mis ojos.

 

Terminada la partida me miró con sonrisa picarona y me dijo:

 

-         Me han entrado ganas de orinar, voy al servicio, ¿tu no vienes?

 

Sin esperar mi respuesta, se dirigió hacia una puerta al fondo del local y yo le seguí.

Los baños eran amplios, de esos preparados para recibir bastante gente, con hall de entrada con lavabos, y después dos puertas, una para hombres y otra para mujeres, entramos al de hombres, y allí había los típicos baños comunes para orinas, y luego diferentes apartados, con bidet.  Él se dirigió al ultimo y me invitó a pasar, era el mas amplio, por aquello de que era para minusválidos, me di cuenta en aquel momento que Erlantz sabía lo que hacía, y que realmente él era el matador de la máquina, y yo su presa, como ya me demostraría más adelante.

 

         Al pasar, cerró la puerta, y me miró a los ojos. Debido a la diferencia de estatura, se puso de puntillas y me besó en los labios, suavemente, como queriendo probar su sabor. Después, me agarró de la cabeza con suavidad, y me dio un beso con lengua que ni el mejor de los expertos. A partir de ahí, me relajé y le dejé hacer, por que bien que sabia lo que hacía.

 

         Después de un rato de besarnos y cuando ya me había sobado todo el cuerpo con sus manos, las puso en mi entrepierna, y desabrochando mis pantalones dejó de besarme y sin dejar de mirarme a los ojos, se fue agachando, y al llegar a la altura de mi miembro me bajó los pantalones y la ropa interior, y dejó al aire mi miembro. Lo miró golosamente, como quien mira un pastel y se lo llevó con una mano a la boca. Primero besó mi capullo, como antes había besado mis labios. Después, poco a poco se lo fue introduciendo en la boca, hasta que lo tuvo todo dentro, momento en que comenzó un movimiento rítmico majestuoso. Yo estaba extasiado, él gozaba aquella mamada casi más que yo. Cuando fui a acabar, intenté retirarle la cabeza, pero él se opuso y según iba llenando su boca con mis jugos, entre disparo y disparo, le veía relamerse con gula. Cuando hubo dejado bien limpio todo mi aparato, se incorporó, me miró y me dijo:

 

-         No te sientas obligado a nada, yo ya he tenido lo que buscaba.

 

Aquello me sorprendió aun más que todo lo que había pasado hasta ese momento. Me había hecho una mamada impresionante, y ya se sentía satisfecho. Pero yo no. Me abalancé sobre su cuerpo, le besé en los labios, como él me había besado antes, y rebusqué en su bragueta hasta encontrar mi premio. Cuando lo tuve en mi mano, sentándome en la taza, le bajé los pantalones y pude verlo. Era más grande de lo que me podía imaginar, le miré a la cara satisfecho y él me sonreía, me sujetó la cabeza y la dirigió hacia aquello que tenía entre las manos. Procuré hacerle un trabajo tan bueno como el que me había hecho él a mí, pero mi experiencia, aunque sea mayor, es más limitada. Pero gemía como un animal al ritmo de las embestidas de mi cabeza, ritmo que me marcaba él con su mano. Cuando terminó entendí el por qué de su gula, aquello era un manjar que no se podía desperdiciar.

 

Después se acomodó los pantalones y sin decir nada salió del reservado como si no hubiera pasado nada. Yo aun estaba sentado en la taza y con los pantalones bajados, relamiéndome. Cuando reaccioné, me vestí y salí, pero en la sala de juegos ya no quedaba ni rastro de Erlantz.

 

Caí en la cuenta entonces del motivo por el que estaba allí, y de que ya era casi la hora de mi cita, así que salí apresuradamente. Cuando llegué, Erlantz aun no había llegado, aunque sí su madre, que ya estaba en la cola para formalizar el documento. Avergonzado, me coloqué detrás de ella, como esperando que me recriminara algo, que no podía saber. Entonces apareció él. Con paso firme se puso al lado de su madre, le dio un beso en la mejilla, y le dijo con desparpajo:

 

- ¿Qué tal las tiendas?

- Bien, hijo, ya pensaba que no llegabas –le contestó su madre.

- Ya sabes, he ido a la sala de máquinas, donde hay esa máquina interactiva que tanto me gusta, -le dijo- y  he disfrutado como nunca.

 

En aquel momento, aquel descarado, había conseguido ponerme el miembro a cien otra vez, y así estuve mientras, tras tramitar el papeleo, salía por la puerta de la oficina, y con un guiño pícaro se despedía de mí, hasta el siguiente encuentro, pero eso es ya otra historia, que si puedo, te contaré.