El Estero (XII)
Catorce lolitos, primera parte

Llegué a la poza como unos veinte minutos antes de las doce. Como siempre, escondí mis pertenencias y me aproximé al lugar acechando. Al llegar a un buen sitio para observar, descubrí que habían tres adolescentes de unos quince o dieciséis años bañándose, pero no los reconocí. Afortunadamente los demás chicos aún no habían llegado. No pasaron ni diez minutos cuando los tres niños salieron del agua, desnudos, tendiéndose en la hierba a tomar el sol. Casi de inmediato uno de ellos empezó a masturbarse ante las sonoras risas de sus compañeros. Los tres adolescentes estaban muy bien dotados, y se advertía claramente que estaban con excitación contenida ya que a los pocos minutos los tres se estaban pajeando frenéticamente. Excitados como estaban, el que había empezado el juego y que se encontraba al centro, siempre en tono de broma, cogió un miembro en cada mano y comenzó a masturbar muy rápidamente a sus amigos, los cuales se tendieron hacia atrás a disfrutar de la aparente jugarreta. El chiquillo maniobró con tal velocidad a sus amigos, que en menos de cinco minutos ambos chicos, uno tras otro, estaban eyaculando copiosamente según pude observar a la distancia. Una vez terminada la masturbación, el muchacho separó sus piernas, metió una mano entre ellas e inició una paja solitaria, que sus amigos observaron riéndose. También el orgasmo llegó rápido, pero en una cantidad apreciable, que pocas veces he visto, pero que me informa lo excitada que está la persona.

Terminada la paja, el chico se quedó acostado unos momentos, siempre con sus piernas separadas, ocasión que yo aproveché para dar un rodeo y sorprenderlos justo a sus espaldas. Los tres muchachitos se sorprendieron bastante con mi llegada. Bastante inquietos, procuré calmarlos preguntándoles si me podía bañar desnudo. Ellos respondieron afirmativamente y se comenzaron a vestir enseguida.

- ¿Ya se van?
- Si tenemos que ir a buscar unos animales que se escaparon.
- ¿Y vienen seguido para acá?
- No, a veces no más.
- Podríamos juntarnos la próxima vez.
- ¿Para qué?
- Es que vi lo que estaban haciendo y yo les podría ayudar la próxima vez ¿Les parece? –Los chicos quedaron perplejos sin hallar que responder.
- ¿Y qué te gustaría hacer? –respondió uno de ellos
- Todo lo que ustedes quieran
- ¿Todo, todo? -preguntó otro
- Si, lo que quieran –Los chicos hablaron un momento entre ellos y luego me respondieron
- Listo. ¿Cuándo nos juntamos?
- Díganme ustedes...
- En el tranque de más arriba ¿Lo conoce?
- Sí, sí sé dónde está
- El sábado tenemos un partido en la cancha. Espérenos ahí pero que los otros no se den cuenta ¿Ya?
- Listo, el sábado por la tarde ¿Cómo a las tres?
- No a las cuatro mejor, porque ahí la mayoría se va a tomar
- Pero es en serio ¿verdad?
- Claro socio. No fallamos. Chao y hágase unas pajas por nosotros ¡ja ja ja ja ja ja ja!

Dicho esto los muchachitos se fueron riendo de mi osadía, ya que estaba con mi pene erguido y pajeándome suavemente enfrente de ellos. Ya lejos del lugar, gritaron a viva voz un “¡pajero maricón! ¡Te vamos a dar de todo el sábado!” Lo cual me hizo dudar si cumplía con el ofrecimiento que había hecho. En fin, estaba nuevamente solo en la poza y creyendo que los lolitos no vendrían. En todo caso y para evitar sorpresas, nuevamente me oculté en un sitio sombreado. Allí, dormitando haría tiempo hasta que se cumpliera una hora prudente. Eran las doce y diez cuando unas voces juveniles se empezaron a acercar. Rápidamente me puse en alerta. Me oculté tras unas malezas a la sombra para mimetizarme y me puse a observar. Los jovencitos aparecieron en el mismo sitio de la ocasión anterior. Inicialmente conté tres mozalbetes, los cuales con cara de excitación miraban hacia todos lados tratando de encontrarme. Pronto los rostros eran de decepción al comprobar que yo no estaba en el lugar.

- Putas el gueón no está
- Chiquillos –gritó uno hacia la lejanía –¡el maricón no llegó!
- Putas que la cagó, yo estoy híper caliente.
- ¡Bah!, si el socio no viene me hago la paja igual no más.
- ¿Nos hacemos la paja locos? ¿si?
- Esperemos que lleguen los demás primero
- Si, que llegue el resto mejor
- Bañémonos entonces.
- Listo, a bañarse en pelota entonces

Rápidamente los lolitos se desnudaron. Reconocí a uno de ellos, Rafael, pero los otros dos eran nuevos para mi. Dos de ellos lucían imponentes erecciones, que no se cuidaron de ocultar, pero que el tercer chico, Rafael precisamente, enseguida destacó.

- ¡Lo tienen parado locos! Ni se nota que están calientes...
- Claro pu loco. Si no me hice la paja dos días para estar cargadito hoy día. Tu nos dijiste que el loco la chupa súper rico...
- Si loco...y el maricón ahora no aparece. Yo también quiero que me la chupe.
- ¿Hagámonos la paja Daniel?
- No, esperemos que lleguen los otros mejor, ahí vienen parece ¿los escuchas?

Efectivamente, un coro de voces juveniles ya se escuchaba en las cercanías. Pasaron dos o tres minutos, cuando un numeroso grupo de adolescentes comenzó a aparecer. Todos eran de una edad muy parecida, entre 14 y 17 años. Varios de ellos lucían uniforme de colegio, que a mi me excita sobremanera y más aún en esta ocasión. A los pocos minutos, por sus propios comentarios, ya habían llegado todos. Mi corazón dio un vuelco. Eran trece adolescentes maravillosos, más uno algo gordito que a mi no me excitan mucho. Reconocí a cinco jovencitos de la ocasión anterior; los restantes ocho eran nuevos. Pronto las voces de alegría se habían cambiado por frases de decepción

- ¿Y donde está el loco que dijeron? –dijo uno
- ¿Vieron que era puro grupo lo que contaron? –agregó otro
- Pero si el maricón dijo que a las doce... en serio
- Puras mentiras loco, igual que la otra vez. Yo no vengo más
- Ya igual, a lo mejor todavía no llega.
- Si son las doce y media recién
- Bañémonos mientras
- Si, pero en pelotas como el Daniel y el Jonathan
- ¿Se estaban pajeando cabros? –recién uno de ellos se había dado cuenta de la erección de sus amigos
- Ja ja ja ja ja, -rieron varios
- Ya, todos en pelotas

Y pronto once chicos se estaban sacando la ropa dejándome ver sus fabulosos atributos masculinos. Las risas se repitieron nuevamente, ya que tres chicos más mostraron orgullosos sus erecciones, estimulando a los demás a manipular sus arietes, para luego proceder a comparar los tamaños. A decir verdad, ninguno poseía un pene de dimensiones descomunales, pero casi todos superaban la barrera de los catorce centímetros, según podía observar. Cuándo los chicos empezaron a zambullirse, consideré oportuno aparecer por el lado opuesto, pero más cercano que en mi ubicación actual. Aún tenía que evaluar la situación. No me resultaba agradable la perspectiva de aparecer cadáver en un rincón del estero. Pronto estaba lo suficientemente cerca para distinguir con claridad a todos los muchachos. Cinco se encontraban aún en calzoncillos, tres de ellos zunga y dos modelo short. El resto totalmente desnudo. Dado el tipo de conversación que sostenían acerca de mi persona, estimé que el riesgo que corría era menor. Aparte de unas frases de molestia porque aún no aparecía, las frases restantes eran de ansiedad porque apareciera. Cuando determiné que los muchachos no parecían desearme daño, sino sólo disfrutar al máximo, decidí presentarme. Escogí el instante en que tres chiquillos se comenzaron a masturbar, para dejarme ver. Me había puesto una zunga muy llamativa, lo suficientemente sugestiva como para no dejar mucho a la imaginación. Cuando el primer muchacho me vio, rápidamente preguntó a uno que me conocía, si era yo el “loco maricón”. Enseguida Sebastián me reconoció. Desnudo como estaba, cogió su pene entre las manos, me lo mostró y me dijo “venga socio, lo estamos esperando”. No me hice de rogar, aunque me aproximé con un poco de cautela. Al llegar donde se encontraban los adolescentes, todos ellos me expusieron sus erguidas vergas, excepto dos que aún conservaban sus calzoncillos, pero que mostraban sendas erecciones a través de la tela. No sé describir las sensaciones que en ese momento me invadieron. Pero si puedo manifestar que el temor me asaltó por algunos momentos, ya que vi cierto dejo de agresividad en alguno de ellos. ¡Qué magnífico espectáculo! Catorce erguidos miembros, todos para mi! Créanlo o no, esa tarde conocí la fuerza de cada uno de los muchachos. Todos venían con un solo propósito: disfrutar del sexo durante toda la tarde. Como dije antes, ahí estaban Rafael y Sebastián, más Alex, Edgardo y Eduardo. El resto del grupo estaba conformado por ocho muchachos muy bien dotados, con cuerpos normales pero muy hermosos, donde se destacaba Norberto, el muchacho mejor armado, cuyo arqueado pene de oscura y brillante cabeza, debía medir unos 19 cms. Los demás muchachos me lo presentaron, mientras él tomaba orgulloso su miembro en una mano y me lo ofrecía. Debe haber medido 1,70 de estatura más o menos, tenía algunas pequeñas cicatrices en un muslo y un tatuaje en su mano izquierda. Levemente peludo de sus piernas, usaba algo largo su preciosos cabello ondulado. Su edad era de 17 años. Cerca de mi se encontraba también Germán, de catorce años, de cuerpo algo desgarbado y de estatura cercana a 1,65; entre sus piernas se bamboleaba una magnifica pichula de unos 16 cms., recta, con una cabeza de un rojo brillante. Me sonreía abiertamente dirigiendo sugerentes miradas a su pene. Después se hallaba Mario, que tenía un cuerpo levemente musculoso, totalmente lampiño, de dieciseis años. Su pene arqueado hacia su vientre, debe haber medido unos 15 cms. pero era grueso con las venas muy marcadas en la superficie. También se acercó Daniel, un flaco riquísimo y sumamente simpático. Para cada situación parecía tener una broma. Era el menor del grupo. Tenía un aspecto algo menudo, de piel blanca y una estatura de 1,60. Lucía una verga de aspecto infantil, quizás doce centímetros, pero de forma muy hermosa. Su cuerpo parecía frágil, pero su carácter denotaba mucha seguridad en si mismo. Antes de proseguir, para no hacer demasiado extensa la historia, debo decir que ningún muchacho tenía la circuncisión, la cual es muy inusual en mi país, Chile.

Bueno, el grupo me presentó después a Jonathan, otro muchacho más flaco que el resto. Su pene tenía una forma levemente arqueada hacia arriba, pero su glande era de un rojo muy intenso, quizás porque tenía un poco estrecho el prepucio, pero la cabeza igual le sobresalía. Su pene medía unos 15 cms., su estatura era de 1,70 y tenía 16 años. Antonio era un gordito muy bien dotado. Era de baja estatura pero tenía 15 años. Doblado hacia un lado, su pene mediría 17 cms. con una cabeza algo más pequeña que el tronco. De aspecto agradable, se le veía algo más callado que el resto de sus amigos. Yerko tenía un aspecto algo gitano. Con profundos ojos negros, su piel morena destacaba con profundidad sus preciosos y perfectos dientes blancos. De una estatura de 1.68, su arqueado pene de 18 cms. competía con la orgullosa arma de Norberto. El chico tenía 15 años. Más atrás del grupo se encontraba Víctor, un precioso trigueño de cabello rizado. Su orgulloso pene era delgado y largo, quizás 16 cms. De estatura similar a la mía, 1.65, ya bordeaba los 17 años. Finalmente estaba Julián, un rubio de cara maliciosa, con unas pestañas muy espesas. Su cuerpo mostraba claramente la marca de un traje baño zunga, cosa que me llamó la atención. Su erguido pene era perfecto. Blanco con un glande rosado, tenía un magnífico prepucio que le cubría y que facilitaba su masturbación. El chico, al igual que el resto, era delgado y de poco más de 1.60; tenía 15 años. Hechas las presentaciones de rigor, que no ocurrieron como aquí relato, los muchachos se mostraban ansiosos porque yo iniciara alguna acción. Dada la tensión del momento, estimé prudente dilatar un poco los acontecimientos, a fin de bajar un poco la excitación de los adolescentes, que en un grado un poco superior al que yo hubiera deseado, me estaban acosando en forma un poco inquietante. En virtud de la situación, decidí lanzarme al agua, un poco para escapar de los insistentes y molestos agarrones que los pollos más atrevidos estaban lanzándome. Fue una decisión acertada, ya que la temperatura del agua, algo baja para la época primaveral, disminuyó bastante la calentura de varios de los chicos, además que les hizo distraerse un poco de mi presencia. No puedo decir que era yo un modelo de Cosmopolitan o Bel Ami, pero mi cuerpo resultaba atractivo para los mozalbetes, muchos de los cuales deseaban usarme como un simple desahogo de sus deseos sexuales. A mi eso me tenía sin cuidado; la perspectiva de chupar catorce falos juveniles no me desagradaba en lo absoluto, aunque no estaba seguro de que mi ano pudiera resistir tanto. Pero el asunto es que estaba en el lugar y me encontraba dispuesto a todo. Lo primero que hice después de salir del agua, fue juntar a algunos de ellos y decirles que me iba a ir sólo con tres de ellos a algún sitio alejado. Una vez que ellos hubieran quedado satisfechos, enviarían paulatinamente a los demás para que se desahogaran. Inicialmente algunos lolitos no aceptaron, querían estar ahí para ver todo lo que pasaba, pero finalmente primó la cordura, aunque los que me acompañaron al nuevo escondite fueron cinco muchachitos, los más inexpertos del grupo según dijeron. En el grupo estaban Edgardo, Germán, Daniel, Yerko y Julián. Todos se pusieron calzoncillo para acompañarme al lugar, pero poca falta les hacía, ya que todos ellos llevaban sus erguidos penes al aire mientras decidían quien empezaría primero. Cuando llegamos al sitio escogido, que era otro claro muy oculto y con abundante sombra, exigí a todos los chiquillos que debían sacarse el calzoncillo. No fue necesario repetírselos, antes de diez segundos tenía a mi alrededor a los cinco mozalbetes radiantes, con rostros ansiosos esperando que yo tomara la iniciativa. Pero fue Edgardo el que dio la pauta para empezar. Mientras los chicos se manoseaban sus tulas y yo disfrutaba del espectáculo, el muchacho se puso detrás de mí y comenzó a acariciarme los cachetes. Los otros niños se rieron por la osadía, acercándose enseguida para iniciar las acciones. Entonces estiré ambas manos tomando los penes que estaban más cercanos, que resultaron ser los de Yerko y Germán, los que se estremecieron con el contacto. Sus vergas resultaron estar durísimas, más de lo que yo esperaba. En el caso de Germán, a pesar de su aspecto desgarbado, se le notaba claramente el deseo en su rostro. Decidí que él, por su aire de picardía, sería el primero en sentir mis labios. En mi trasero estaba sintiendo con claridad los intentos de Edgardo por abrirse paso entre mis cachetes. Siempre de pie separé un poco mis piernas, luego me incliné, tomé a Germán por la cintura y encerré entre mis labios la palpitante carne juvenil. Después fui bajando lentamente mi cuerpo, me puse de rodillas sin soltar mi presa, al tiempo que invitaba a Edgardo a explorar mi recto. Los tres chicos se aproximaron para observar lo que estaba sucediendo. Todos mostraban fabulosas erecciones, que comparaban entre ellos, pero sin rivalidades. Siempre con mi ayuda, Edgardo estaba empezando a abrirse paso en mi orificio. Con un poco de brusquedad en un comienzo, pero con mucha persistencia luego, consiguió hacer entrar su glande, lo que le hizo lanzar una exclamación de triunfo. Enseguida me tomó con fuerza de mi cintura, empezando a empujar sin mucha habilidad. Como consecuencia de ello me provocó un intenso dolor, que me hizo soltar el pene de Germán y adelantar con urgencia mi grupa.

Todos los mozalbetes se sorprendieron, aunque alguna risa burlesca escuché por ahí. Pero como no estaba dispuesto a renunciar al placer, giré un poco, humedecí con abundante saliva el pico de Edgardo y le pedí que lo intentara nuevamente. Germán puso su pichula a mi alcance otra vez, reiniciando el saboreo del sabroso juguete. Esta vez Edgardo consiguió entrar con su cabeza sin dificultad. Después apoyó sus manos en mi baja espalda, levantó un poco su cuerpo y consiguió entrar por mi recto con la mitad de su estaca. Ya con un poco más de pericia, retrocedió y volvió a embestir con suavidad contra mí ansioso ano. Para la tercera carga, la resistencia de mi esfínter fue menor, por lo que al arremeter otra vez, pude sentir los pendejos del chico rozándome las cachas. Con mi boca llena con la carne fresca de Germán, me dediqué a succionar una y otra vez, procurando hacer coincidir las acometidas de Edgardo, con los movimientos de mi cabeza. Julián, Yerko y Daniel permanecían atentos observando las proezas de sus amigos. Sus vergas no perdían un solo grado de su sorprendente dureza. Cada una de ellas brillaba en toda su superficie, dada la extrema tensión en que se encontraban, especialmente los glandes, que parecían estar a punto de estallar. Sin poder contenerse más, Yerko se aproximó a Germán susurrándole algo al oído. El muchacho se movió un poco hacia su derecha, dejando un espacio que ocupó de inmediato el otro niño, para aproximar su babeante miembro a mis ocupados labios. Como las palabras sobraban y el rostro suplicante de Yerko me conmovió (¡mentira!), abrí mi boca todo lo que pude, pero dadas las dimensiones del falo del gitano, me resultaba imposible comer ambas a la vez. Entonces les sugerí que iba a brindarles placeres a uno y otro por turnos, decisión que ambos aceptaron enseguida, pero suplicando que comenzara ¡ya! Mi lengua fue la primera encargada de brindarles las delicias que ellos estaban buscando. Sus manos se posaron ora en mis mejillas, ora en mi nuca, donde me empezaron a acariciar sin mucha técnica, pero con adorador entusiasmo. Como la escena era bastante excitante para los dos adolescentes que sin participar sólo miraban, ambos iniciaron una apasionada masturbación, la cual yo veía a pocos centímetros de mi, estimulándome a renovar mis esfuerzos para extraer a Germán, Yerko y Edgardo, sus sabrosas mieles juveniles. Ellos mismos se encontraban atentos a todo lo que hacían sus amigos, lanzándose miradas mutuas que lo único que hacían era aumentar más la ya ardiente temperatura. Estábamos tan absortos en nuestras respectivas faenas, que no advertimos que dos de los chicos que habíamos dejado en la poza, habían llegado para unirse a la fiesta. Los recién llegados eran Víctor y Antonio, quienes con rostro sonriente miraban la escena un poco alejados, pero con sus lanzas en ristre.

- ¡Chitas que están entusiasmados chiquillos! No se dieron ni cuenta cuando llegamos –exclamó Antonio con un rostro emocionado
- ¡El cuadrito locos! ¡Esta de sacarles una foto! –contestó Víctor
- Vengan para acá –invitó Yerko –Miren, nos está chupando las dos pichulas. Yo estoy que ya me voy. Lo chupa legal (muy bien)
- Si loco, tienen que probar. Se siente rico. Nunca me lo habían chupado –agregó Germán.
- ¿Y tu como estás ahí Edgar? –preguntó mientras observaba extasiado como el jovenzuelo me penetraba ya con pericia.
- Se siente rico loco. Lo tiene apretadito. Se los voy a dejar listo –respondió Edgardo.
- ¡Apúrense pu locos! Ya llevan más de media hora y no pasa nada.
- Yo ya estoy que me voy –insistió Yerko
- Apúrate entonces para ver
- Pero nosotros seguimos después –protestó Daniel
- Sí, los dos venimos después... –acotó también Julián

Entonces Yerko tomó su enorme pene por la base y, sin sacarlo de mi boca, empezó a masturbarse con bríos, como para demostrar a sus amigos de lo que era capaz. Su respiración se tornó agitada; apoyó su otra mano en mi hombro, se empinó sobre sus dos pies, su cuerpo se puso tenso, hundió profundamente su abdomen y se comenzó a estremecer notoriamente. Su mano empujó mi nuca contra su vientre introduciendo todo su majestuoso miembro, el cual estaba durísimo. Luego se quedó quieto, siempre empinado sobre sus pies, comenzando a expulsar torrentes de tibia y espesa leche.

- ¡Guaaaaaaaaaa! ¡Me fui locos, me fui! ¡Cómetelo todo loco, déjamelo limpiecito! ¡Ja ja ja ja ja ja ja ja! Boté cualquier moco ¿Cierto loco? –yo sólo asentí con la cabeza, aún salía semen y quería dejar al lolo sin rastros.
- ¡Aaaah! –exclamó Edgardo, quien había sentido la presión de mi esfínter cuando comencé a beber el néctar de Yerko– Me voy también –Y con fuertes empujones, que me alzaron un poco del suelo, el mozalbete me comenzó a llenar el recto con sus jugos seminales.
- Tome socio, abra la boca, ....¡¡¡Rápido!!! –gritó Germán, mientras con torpeza lanzaba una suave descarga en mis labios, mi frente y mi pecho, ante las estruendosas risas de los chicos.
Faltaba ahora que pasaran los dos mocositos que estaban esperando con sus duras pichulas. Para ellos escogí una de mis poses preferidas. Primero pedí a Daniel que se tendiera en el pasto; luego me tendí a su lado, apoyé mi mejilla en su vientre e invité a Julián a tenderse detrás de mí. Cuando ambos muchachitos estuvieron en posición, flexioné mi pierna superior y le dije a Julián que ya podía hacer blanco a mi expuesto ano. Los ojos del chico brillaron con lujuria. Ante un blanco tan evidente, la posibilidad de errar era bastante difícil. Por mi parte, esperando la acometida del jovenzuelo, cogí hábilmente el moderado pene de Daniel, procediendo a comenzar una felación anunciada. El chiquito, como era su carácter, realizó numerosas morisquetas, que causaron las risas de los presentes, al mismo tiempo que hablaba bastante, dando a entender que, a pesar de sus escasos 13 años, la situación le resultaba muy cómoda. Antes de lo que yo esperaba, los 16 cms. de Julián se habían alojado por completo dentro de mi recto, seguramente debido a la lubricación recibida momentos antes. Sin enseñarle cómo, el pollo comenzó a penetrarme con bastante pericia, chocando repetidamente contra mis cachas. Por primera vez desde que conocía a la pandilla de lolitos, se escuchaba con claridad el ruido que provocaba la hábil penetración del muchacho. El chico se restregaba contra mi cuerpo, haciéndome sentir el fuerte roce de sus oscuros pendejos. Simultáneamente me abrazaba con firmeza y me decía palabras que me excitaban aún más, obligándome a premiar con apasionados apretones el pico del otro pequeñín.

- ¿Te gusta maricón? ¿Esto es lo que querías? Te voy a dejar llenito loco, vas a quedar pidiéndome más
- Si, sigue, dame con todo. ¡Oh! Lo estás haciendo rico, sigue así, sigue, empuja un poco más –suplicaba yo
- Aprieta el poto loco, apriétalo, eso. ¡Oh! Te mueves rico, loco. Eso, así como lo estás haciendo, aprieta los cachetes. Apri-e...ta ....los ca..chetes.. ¡Oh! Que se siente rico.
- ¡Miren chiquillos! ¡Miren como el loco aprieta el culo, ¡Mira, ahí lo está apretando, miren, miren! –gritaba Víctor mientras miraba la escena masturbándose suavemente.

Daniel no pudo soportar más mis intensas caricias. El púber se aferró a mi cabeza con firmeza, anunciando una urgente muestra de su virilidad. Pero dada la edad del mozalbete, su descarga fue muy humilde, aunque de un sabor interesante, mezcla de leche natural y manjar. Pero cuando intenté retirar mis labios, el muchacho me retuvo. Miré hacia su rostro, el cual me señaló con discreción que permaneciera callado. Yo reanudé nuevamente mis caricias, ya que el falo permanecía tan erguido como al comienzo. No se porqué, pero ahora el chico estaba silencioso. Julián proseguía implacable con sus embestidas. Sus manos me acariciaban con dureza, demostrándome que su excitación era suprema. Cada tanto, se apretaba mucho contra mi, volvía a repetir palabras de pasión para reanudar enseguida sus movimientos. Cuando anunció que ya estaba pronto a alcanzar el orgasmo, empezó a acariciar alternativamente mis cachetes y mis muslos. Era evidente que la descarga era inevitable. No bien hubo realizado estos últimos movimientos, cuando me empujó violentamente, mientras de su juvenil verga comenzaban a salir borbotones de fresca leche. Pero su juego no terminaba ahí. Una vez que me inundó con sus primeros chorros, sacó ágilmente su ariete de mi recto y dirigió los siguientes a mi cuerpo. La fuerza de la descarga fue considerable, ya que la esperma me alcanzó hasta el mentón y las piernas del jovencito Daniel, que ya me entregaba su segundo orgasmo de la tarde, modesto en esperma como el anterior.

Ahí Julían se tendió de espaldas en la hierba, colocó un brazo sobre sus ojos y se puso a reír. Yo aproveché de acariciarle suavemente en sus genitales, tratando de rescatar los últimos restos de su emisión. Pude apreciar que Julián tenía un cuerpo espléndido. Con proporciones perfectas, un tono de piel muy bonito y un rostro angelical, de ángel malo. Ahora se acercaron los “recién llegados”, pero les pedí unos minutos de tregua, ya que necesitaba reponerme de la batalla anterior. Me dirigí entonces al otro brazo del estero, que corría cerca. Procedí a limpiarme el cuerpo de los restos de semen y sudor, además que me sirvió para refrescarme del intenso calor de la tarde. Cuando regresé al nido, junto a Víctor y Antonio, se encontraban Alex y Alejandro.

- Hola socio ¿Se acuerda de nosotros? –dijo Alex
- Si, me acuerdo perfectamente, tu eres Alberto,,,
- ¿Vio que no se acuerda? Soy Alex.
- ¡Ah si! Alex. Y tu eres Eduardo, no, espera, Alejandro –recordé
- Menos mal que se acordó. Mire, lo tenemos paradito. El Alex se lo quiere meter ahora
- Y me lo chupa a mi socio. ¡Vamos para allá mejor! –señaló Antonio, el gordito.

Pronto los cinco y yo nos encontrábamos sentados en la hierba sin saber como comenzar. De pronto calculé que aún faltaban cinco cuerpos que conocer, además de los cinco que estaban ahora conmigo. Y faltaba todavía que viniera Norberto, el pichulón del grupo, que con sus 19 cms. me hacía temblar de emoción. Sinceramente no me sentía cansado ni nada. Mi pene aún no había dejado salir nada, mi boca continuaba deseosa y mi ano se mostraba saludable. Visto así el panorama, me relajé y me dispuse a disfrutar de otro encuentro. Eran casi las tres de la tarde recién.

 

 

manuel_palma2002@hotmail.com

 


 

 

 

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