El Estero 13
Catorce lolitos, Segunda Parte

Aunque al recordar los acontecimientos o leer este relato pareciera que habían pasado horas, la verdad es que no es así. Los adolescentes son seres fogosos pero muy acelerados. Eran recién las tres y quince de la tarde y ya cinco mozalbetes habían regresado satisfechos a refrescarse. Frente a mí tenía ahora a otros cuatro aguerridos combatientes, cada cual exhibiendo desvergonzadamente sus atributos masculinos. Los penes de Antonio y Alex mostraban pequeñas gotas de lubricante apareciendo por sus extremos. Me aproximé a ambos y en un rápido movimiento les limpié su verga a cada uno; luego llevé los húmedos dedos a mis labios, procediendo a saborear el sabroso néctar y a insinuar una imaginaria mamada. Las risas no se dejaron esperar, ocasión que aproveché para palpar cada una de las duras vergas. Los muchachos, ya más relajados, me dijeron que todos ellos querían que se los chupara un poco primero y Antonio me dijo que el no quería penetrarme. Estando así las cosas, me puse entre las piernas de Víctor y sin mayor preámbulo procedí a darle una mamada para recordar. Mi excitación no había cedido en nada, creo que a esa edad yo era un adulto insaciable. Podría haber pasado días completos chupando penes. Y ahora era la ocasión de ponerme a prueba.

Víctor se sentó en un pequeño montículo que allí había, permitiéndome adoptar una pose de perrito que dejó, como siempre, mi trasero a disposición. Ante tal visión, Alex no resistió la tentación y decidió pasar por alto el deseo expresado antes con relación a que se la chupara primero. Mis labios se encontraban ahora recorriendo las entrepiernas de Víctor, quien había separado significativamente sus rodillas. Como se encontraba sentado como si estuviera en un sillón, la altura me permitía un recorrido bastante cómodo por sus partes íntimas. Como decía, mis labios estaban recorriendo sus entrepiernas y mi mano derecha se había apoderado de su mástil. Mi mano izquierda acariciaba sus enormes huevos, palpándolos con delicadeza. Los diecisiete centímetros de carne de Alex, encontraban bastante dificultad para conseguir penetrar, dado que mi ano se encontraba limpio producto de mi pasada por el estero. Pero pronto el muchacho solucionó la dificultad, dado que la sola resistencia de mi esfínter empezó a provocarle cálidas sensaciones que tuvieron como resultado que de su orificio empezaron a salir sabrosas gotas de lubricante. Pronto el muchachito había logrado pasar la cabeza, pero siguiendo mis precisas instrucciones, retrocedió, extrajo su herramienta y volvió a presionar causándome deliciosos efectos, que me encargué de transmitir al palo del chico que tenía enfrente. Mis labios prosiguieron su tarea, apretando aquí y allá, mientras el mocoso me reclamaba que ya me lo tragara. Pero yo tenía pensada otra estrategia, que era la que estaba ejecutando en este momento. Así entonces, mis labios recorrían el pene desde la base hasta el glande, luego regresaban y volvía a empezar. En cada recorrido mi lengua se aproximaba más al ano del chiquillo, arrancándole pequeños estremecimientos. Pronto el chico, de forma por lo demás disimulada, había adelantado lo suficiente su pelvis y separado sus piernas, como para que mi lengua explorara directamente en su orificio, sus amigos, sin embargo, se dieron cuenta de mis acciones y se lo dijeron abiertamente:

- ¿Te están chupando el hoyo Vitoco?
- ¿En serio? –indagó Alex sin dejar de avanzar en su penetración
- Ya loco, no sigas, no me gusta. Chúpame el pico mejor –me exigió Víctor, imagino que para aparentar más hombría frente a sus amigos.

La magia se había diluido, pero me resultó evidente que de haber estado solos, podría haber ocurrido algo más que interesante. Entonces proseguí con mis recorridos anteriores, que ya habían ocasionado evidentes efectos en mi joven amigo: abundantes gotas de lubricación manaban desde su glande. Aquí estimé oportuno engullir completamente el estupendo rabo. Por atrás sentía como Alex, ayudado por su viscosa sustancia, hacía importantes avances en mi recto. Empujaba suavemente en cada oportunidad, luego retrocedía un poco, para volver a empujar nuevamente. Con sus dedos pulgares alojados en la cercanía de mi agujero, separaba mis glúteos, permitiendo una mejor apertura del estrecho camino. Ante la exquisita persistencia del chiquillo, pronto toda la envergadura de su arma estuvo alojada en mi interior, triunfo que me encargué de transmitir al otro muchacho con una mamada de miedo en que moví con tal rapidez mi cabeza arriba y abajo, que el mismo pollo me pidió detener, ya que no quería acabar aún. Antonio y Alejandro conservaban la plenitud de sus erecciones y empezaron a pedir a ambos que se apuraran, dado que ya no aguantaban más de su calentura. Al escuchar estas palabras, dediqué todos mis esfuerzos a succionar, apretar y lamer con la mayor pasión que pude, la verga de Víctor. Pronto mis esfuerzos fueron coronados por el éxito, ya que el chico se reclinó apoyándose en sus codos, dejó caer su cabeza hacia atrás y luego me pidió:

- Déle socio, dele, siga así, ya falta poco.
- Dale loco, el Vitoco ya se va cortado, mírale la cara ... ja ja ja ja ja
- Oh, oh, chúpelo, chúpelo, eso asi, pásele la lenguita, más, más, más, eso asi, métaselo todo en la bo...ca ¡Aaaaghh! ¡Oh! ¡Qué rico, me voy, me voy me voy, aaaah!

Y con un fuerte empellón, dejó salir su ordeña de leche en sucesivas y tibias oleadas que tragué enseguida. Por mi parte, comencé a gemir notoriamente y mi ano se contrajo varias veces, las suficientes para sentir como el adolescente soltaba torrentes de leche que depositó en el fondo de mi agradecido agujero. Pero la excitante escena duró sólo lo suficiente como para que con rapidez, los chicos se reemplazaran en sus posiciones y en pocos instantes ya estaba empalmado por Alejandro y atragantado por la tranca de Antonio, de quien ya conocía algunas de sus cualidades. Lo que siguió fue bastante similar a lo ya vivido, por lo que entrar en detalles resultaría un poco tedioso. La principal diferencia con relación a la escena anterior, fue que los malvados muchachos se pusieron de acuerdo para extraer sus arietes en el momento culminante, para enseguida dirigir sus espesos chorros de esperma a todas las partes de mi cuerpo que pudieron. Por supuesto que la ocurrencia me agradó, de hecho todo lo relacionado con el sexo me gusta, excepto la violencia. La situación fue aún más fabulosa, ya que Víctor y Alex se habían estado masturbando sin yo advertirlo y acompañaron a sus amigos con más leche cuando los chicos agotaron sus reservas. Pero ahí yo abrí la boca, para que mi garganta también saboreara algo de la sabrosa sustancia. Antes que se retiraran los felices chicuelos, me hicieron prometerles que me reuniría con ellos en otra oportunidad y que me traerían a un compañero de colegio de ellos que era virgen y que ellos querían que yo lo despertara. Estábamos todavía despidiéndonos, cuando apareció en el lugar Norberto. Venía con un pantalón corto pero no se le notaba excitado. Le acompañaban Eduardo y Sebastián, quienes si estaban con su verga en posición firme. Como dije antes, estaba intrigado por las dimensiones del pene de Norberto, por lo que lo primero que hice cuando estuvo a mi alcance, fue comenzar a manosear descaradamente el paquete del muchacho por sobre la tela de su short. Los otros dos chicos se pusieron a mi lado, comenzando a darme agarrones en mi trasero, pero sacaron enseguida sus manos al advertir que mi piel estaba pegajosa. Me pidieron que me fuera a lavar, luego que les contara lo que había pasado en el episodio anterior. Cuando regresé, Norberto aún seguía con su short puesto, pero un notorio abultamiento había aparecido en su entrepierna. Nuevamente me acerque y él colocó las manos en sus caderas, mientras los dos jovenzuelos revisaban mi piel y reanudaban sus algo bruscas caricias. El bulto de Norberto era fabuloso, aunque no gigantesco. El adolescente se reía de mis manoseos, mirando atentamente todo lo que yo le hacía. Después de un rato de acariciarle y cuando estimé que su tula había alcanzado su máxima dimensión, coloqué ambas manos dentro de su short y le pregunté “¿Puedo?”. El chico contestó afirmativamente con la cabeza. Los muchachitos dejaron de tocarme y pusieron atención a lo que iba aparecer.

Mi vista estaba atenta al prominente bulto del muchacho. Pasé mis manos por las nalgas del pollo y dejé a la vista su redondo trasero; enseguida las situé en la sección delantera mientras el chico sonreía agradablemente. Abrí lo más que pude su short y lo bajé de un solo movimiento. Lo que apareció era realmente grandioso. Entre las piernas del atlético muchacho, se erguía imponente un pene arqueado hacia su vientre, de unos 19 cms. de largo, 12 cms. de ovalado grosor, color oscuro y con una gran cabeza, húmeda de excitación. La visión y mi reacción fueron algo que no pude evitar. Los dos chicos sólo tuvieron palabras de elogio para tan maravillosa tula.

- Media guevá que tienes Norberto –dijo Sebastián
- Vas a partir al loco con esa pichula –agregó Eduardo
- ¿Cuánto te mide? –atiné a preguntar
- No sé, nunca la he medido –respondió orgulloso Norberto
- A ver, deja tocártela para calcular

Tomé la verga con mis dos manos, frente a la mirada sonriente del muchacho, pero ante el solo contacto de tan precioso tesoro, no pude resistir la tentación: me incliné con la boca ya abierta y engullí todo lo que pude del duro miembro. Era evidente que el chico estaba complacido, ya que colocó de inmediato sus manos en mi cabeza, afirmándola, comenzando a moverse atrás y adelante con suavidad.

- Chúpalo no más, chúpalo todo, pásale la lengua por la cabeza, eso, eso, así. ¡ Oh, que se siente rico! – decía Norberto con una cara de malicia que no podía ocultar.
- Sí, sí –repetían al unísono los otros dos chicos.

El miembro de Norberto era el mayor que había conocido hasta entonces. Lo que más me impresionaba era su grosor. Mi mano apenas si alcanzaba a abarcarlo en su totalidad. Resultaba exquisito iniciar el recorrido por sus huevos, buscando el nacimiento del tallo. Entretenerse largo rato bajo sus testículos, seguir recorriendo el notorio nervio de su base, mordisquearlo con suavidad, engullir unos momentos sólo su rubicunda cabeza, para regresar saboreando su frenillo, estirando su prepucio con mis manos, hasta llegar nuevamente a lamer con pasión sus colgantes huevos. El muchacho me acariciaba la cabeza con mucha ternura. Sus dedos eran delgados y suaves. Mis manos acariciaban sus firmes glúteos, mientras el se bamboleaba tratando de penetrar mi boca, incapaz de recibir la totalidad del ariete. Sergio y Eduardo seguían las acciones muy de cerca, masturbándose con fuerza. Pasados unos minutos más de esta escena que hubiera proseguido por horas, los muchachos sugirieron adoptar otra posición, olvidando sus ideas iniciales. Pronto Norberto estaba recostado contra un árbol, mientras yo le daba la espalda, preguntándome cómo haría para soportar tan magnífica estaca. Pedí a Norberto que se recostara y sostuviera su verga con la mano en posición vertical, ya que si no lo hacía, el pene quedaba reposando sobre su pubis. Cuando el muchacho estuvo dispuesto, le pedí que separara sus piernas y alzara las rodillas; en esa posición me hinqué, pasando mis piernas por debajo de sus muslos; enseguida fui descendiendo lentamente, hasta sentir el glande tocando mi orificio. Dejé reposar todo el peso de mi cuerpo sobre la dura verga del chico. Los pliegues de mi ano quedaron mojados con la abundante lubricación del mozalbete, permitiendo que lentamente el músculo fuera cediendo, para recibir el majestuoso glande.

Cuando sentí que la abertura había cedido, me detuve unos momentos. Las manos del chico me acariciaban los glúteos y la parte baja de la espalda. Los otos muchachos se aproximaron a percatarse de los avances de la desigual batalla. En ese momento alce mi grupa, recibí otro poco de líquido lubricante y volví a sentarme en la herramienta. Esta vez la penetración fue mayor, poco a poco mi esfínter empezó a acostumbrarse al grosor. Sentía el roce de la carne juvenil en mi recto. Proseguí con mi empuje otro poco más, pero sin desenvainar la espada. Todo el peso de mi cuerpo se dejó apoyar en el mástil, pero por más que lo intentara, no lograba penetrar más, además me producía un intenso dolor justo donde chocaba en algo. Pero incapaz de rendirme ante tan temible tarea, alcé un poco el cuerpo, acomodé de la mejor forma que pude el pene dentro de mi recto y presioné con fuerza hacia abajo. El pene nuevamente golpeó contra algo, produciéndome otra vez dolor, pero se me ocurrió inventar unos extraños movimientos que de forma inesperada consiguieron superar el obstáculo, consiguiendo que la tula de Norberto entrara en su totalidad, produciéndome un exquisito cosquilleo en el recto que jamás había experimentado. Mi culo, por otra parte, era rozado por los pendejos del muchacho, lo cual me producía una exquisita sensación. Una vez que la estaca estuvo perfectamente alojada, permanecí muy quieto durante algunos minutos a fin que mi recto se adaptara a su firmeza. Pronto los chiquillos exigieron continuar con nuestro juego. El primero en reaccionar fue Eduardo, que se puso de pie frente a mí con su erguida lanza sujeta firmemente en su mano derecha, mientras que con la izquierda manoseaba lascivamente sus huevos. Después avanzó unos pasos más, a una distancia que le permitió golpear mis mejillas con su juvenil carne, arrancándome suspiros de placer.

Iniciada esta jugarreta, decidí que era el momento de comenzar a cabalgar. Alcé entonces mi cuerpo lo suficiente como para que la verga de mi joven amigo casi estuviera a punto de abandonar su escondite, para luego bajar suavemente hasta que los pelos chocaron con mis nalgas. Cuando llegué abajo, me comencé a restregar contra el pubis del chico, rozando con firmeza su piel. Los quejidos y risitas de Norberto no se dejaron esperar. Cargaba mi cuerpo con todo el peso posible contra el agradecido muchacho, luego subía y volvía a repetir el movimiento una y otra vez. Cuando el chiquillo estuvo lo suficientemente excitado como para acompañarme en mis movimientos, me apoyé fuertemente en su pubis e inicié sensuales movimientos de mi pelvis hacia delante y hacia atrás, en los cuales su pene salía casi completamente de mi ano, para volver a introducirse vertiginosamente. Mis labios ya se habían apropiado del falo de Eduardo, mientras masturbaba a Sebastián simultáneamente. Todos mis sentidos estaban al servicio de proporcionar placer a los chicos y que ellos me lo proporcionaran a mi. Norberto se había incorporado abrazado a mi cuerpo; sus manos me apretaban las tetillas y recorrían ansiosamente mi pecho. La estaca de Eduardo palpitaba en mi boca llenando mi lengua del cálido néctar que precede al orgasmo. Sebastián tenía tomada mi mano dirigiendo con ella los movimientos que el ansiaba; a veces aceleraba sus movimientos y en otras los disminuía. Sentía como los mozalbetes se estremecían debido a las extraordinarias sensaciones que les estaba suministrando.

Este fue el cuadro con que se encontró Rafael cuando llegó al refugio. Vestía un calzoncillo zunga en el que pronto se dibujó con claridad su precioso pene. Ante su vista, reanudé los movimientos que le estaba proporcionando a Norberto, a la vez que haciendo el vacío con mis mejillas, hacía prácticamente aullar a Eduardo con mi mamada. Norberto me penetraba cada vez con mas habilidad. Mis pantorrillas rozaban premeditadamente sus muslos para aumentar su excitación, mientras los movimientos de mi pelvis permitían que su pene llegara al fondo de mis entrañas y rascaran mi agujero provocándonos indescriptibles sensaciones.

- Sigue moviéndote así loco, sigue, eso así, más fuerte, métetelo hasta el fondo –me suplicaba Norberto.
- Con la lengua, chúpame los coquitos, chúpalos como sabes hacerlo, ¡Ah que rico lo haces! –decía Eduardo
- Apriétalo un poco, eso, ahora hazlo más rápido, más rápido, eso así. ¡Que se siente rico! ¿Cierto cabros? –agregaba Sebastián.
- Que tienes rico el potito socio, lo aprietas rico. Eso, aprieta los cachetes y muévete más rapido. ¡Oh! Que te mueves rico ¡Oh! –exclamaba Norberto mientras sus manos se agarraban fuertemente de mi pecho y lo apretaban con maravilla pasión.

Sentía su cálida respiración en mi espalda. Sus pendejos me rozaban continuamente el culo cada vez que reiniciaba los movimientos de mi pelvis. Ambos estábamos a punto de alcanzar el orgasmo. Mi pene se mantenía erguido dado los continuos embates del falo contra mi anhelante agujero. Eduardo fue el primero en dar muestras de querer manifestar su hombría. El pene que mantenía en la boca de pronto se puso muy tenso. Eduardo lo tomó por la base, presionando con su cuerpo contra mi boca, mientras que con la otra mano me empujaba por la nuca. Toda su juvenil verga se alojó ahora dentro de mi cavidad, pero con un hábil movimiento, justo cuando sentí que la descarga venía, logré colocarlo a la entrada, para que tan solo mis labios lo tuvieran atrapado. En el momento culminante, la respiración del jovenzuelo se hizo muy acelerada, sus manos me tironearon con fuerza el cabello y su cuerpo se puso rígido. Inmensas cantidades de semen comenzaron a inundarme la lengua, las que yo recibía goloso o golpeaban en mi paladar. Norberto no permanecía inactivo, sus caricias aumentaron de intensidad mientras sus movimientos se hicieron más acelerados. Ahora yo alcé un poco mi cuerpo para dejar que fuera el muchacho quien determinara el momento de su orgasmo.

- Eso socio, quédese quietecito. Eso así, siga apretando el culo, eso, así, así, apriete el culo, siga apretando. ¡Uuuuuuu! Qué rico se siente. No deje de apretar el culo, se siente rico, ¡Oh! Que se siente rico. Déjeme mover a mí, se lo quiero meter hasta el fondo.
- Me salió cualquier moco. Pero déjalo limpiecito, mira, ahí queda una gotita –me decía Eduardo mostrándome el extremo de su verga.
- Ahora yo socio –decía suplicante Sebastián mientras introducía su pene en mi todavía llena boca.
- ¡Los gueones calientes –se limitó a comentar Rafael mientras observaba la escena y se masturbaba calladamente– acuérdese que después vengo yo –agregó con una sonrisa maliciosa.

Norberto ya había perdido el control. Me penetraba frenéticamente siempre abrazado a mi cuerpo. Pero todo combate tiene su fin y esté estaba a punto de llegar. Los movimientos del chico se fueron espaciando rápidamente y su cuerpo se empezó a estremecer. De pronto se dejó caer hacia atrás, me penetró dos o tres veces violentamente, arqueó su cuerpo y empezó a llenar mis entrañas de su espesa leche. Pocas veces he sentido el golpe del tibio líquido en mi interior, pero esta vez fue una de ellas. Mientras eyaculaba con intensidad, sus manos acariciaban una y otra vez mi cintura y mi espalda. Pero poco pude disfrutar de la estupenda sensación, ya que sin previo aviso, Sebastián estaba dejando en mi boca torrentes de esperma, que por lo inesperada de su emisión escaparon por las comisuras de mis labios y se derramaron por el mentón. ¡Qué felicidad se reflejaba en el rostro de los chicos! Sin nada de violencia o intimidación, habíamos disfrutado de unos instantes de placer puro, sin compromisos, sin ataduras. Según me confesaron los chicos en otra oportunidad, para Norberto había sido su primera vez. Además les comentó que cada vez que yo estuviera por ahí, deseaba repetirlo. El día había seguido avanzando y ya eran las cinco de la tarde, faltando solo tres lolitos para completar el grupo.
 

manuel_palma2002@hotmail.com
 

 

 

< Volver Atrás

©
Teenlover.net