El Estero 14
Catorce lolitos, Parte final
Antes que los muchachitos enviaran a Mario y Jonathan, que eran los últimos del
grupo, Rafael me abrazó tiernamente por detrás y me dio un beso en el cuello.
Entre mis piernas sentía el magnífico miembro de 18 cms.
- Me gustaría que estuviéramos solos –me confesó, al mismo tiempo que sus manos
recorrían tiernamente distintas partes de mi cuerpo.
- A mi también –le respondí, pasando mis manos hacia atrás y aferrando sus
caderas hacia mi.
- ¿Juntémonos otro día por aquí cerca? Conozco otras pozas donde podemos estar
solitos -comentó
- Ya, puede ser la próxima semana –contesté.
Antes que llegaran sus amigos, nos habíamos puesto de acuerdo sobre un lugar de
encuentro, cerca del balneario. Escribí en su antebrazo mi número telefónico y
quedamos en que me llamaría unos días antes para confirmar.
- ¡Hola loquitos! ¿Nos estaban esperando? –saludó Mario al llegar
sorpresivamente.
- Socio pajero, venimos cargaditos. ¿Quiere que le demos? –agregó Jonathan
exhibiendo su mojada tula.
- ¿Estaban calentándose los cochinos –comentó Mario al observar que Rafael me
tenía fuertemente apretado con su verga entre mis piernas.
- Si, ¿Es que estás celoso? –respondió riendo Rafael.
- Este es el que está celoso loco –señaló Mario tomando su juvenil miembro y
pasándolo por mi cadera.
- Ya, empecemos. Estoy que me muero por un mamón –Comentó finalmente Jonathan.
Yo estaba más que feliz. Eran cerca de las seis de la tarde y el día estaba
culminando en forma espléndida. Tenía junto a mi a un ramillete de bellos
adolescentes ardientes con cuerpos maravillosos. Cada uno de estos últimos
mozalbetes había esperado horas para descargar sus deseos y yo no esperaba
defraudarlos.
Rápidamente me dispuse a iniciar las acciones. Los chicos estaban expectantes
con sus palpitantes pichulas. No sabía como empezar. En aquel momento Rafael
separó un poco su cuerpo de mi, tomó su durísima púa y la dirigió directo a la
entrada de mi orificio. Allí principió a empujar con fuerza, consiguiendo en
pocos momentos albergar su mojado glande en la entrada.
Jonathan y Mario no permanecieron inactivos. Con sus erectos penes se acercaron
por ambos lados obligándome a tomárselos, en tanto ellos me acariciaban los
glúteos y piernas. Mis manos iniciaron una rápida paja a cada muchacho,
sacándoles enseguida sendas exclamaciones de júbilo. Rafael, ya con media verga
en mi culo, llevó sus manos a mi pecho empezando a pellizcar mis tetillas.
Pronto los cuatro encontramos que esa no era el lugar ideal, por lo que de común
acuerdo, nos trasladamos a las orillas del estero, en cuya ribera encontramos un
pequeño montículo en el cual me pidieron me acostara de espaldas con mis piernas
en alto. En cuanto lo hice, Rafael se puso a horcajadas enfrente de mi, apoyó
con cuidado su pichula en mi ano, comenzando a presionar con fuerza. Mario tomó
mi cabeza, la volteó un poco y alojó su magnificó pene entre mis labios.
Jonathan se integró al grupo poniendo su pene en mi mano.
Pronto sentí que Rafael estaba con medio ariete dentro de mi agujero,
presionando con fuerza para poder alojarlo todo dentro de mi ansiosa anatomía.
Mario había conseguido que por lo menos dos tercios de su virilidad entraran en
mi boca, donde mi lengua trabajaba afanosamente tratando de recoger las gotas de
su excitación. Una de mis manos se encargaba de acariciar los huevos del
pollito, mientras mi otra mano recorría con habilidad los 15 cms. de Jonathan.
Al cabo de unos cuantos minutos, todo el pene de Rafael se había instalado en mi
recto, provocándome espasmódicos estremecimientos, dada la habilidad del chico
para moverse en mi interior. Había separado mis piernas de una manera tal, que
mis muslos se apoyaban en sus antebrazos y sus manos se afirmaban en la parte
frontal de mi cintura, donde acariciaba mi piel de manera muy tierna. Con sus
ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, me ofrecía una maravillosa vista
de su belleza. En su rostro se reflejaba la extrema pasión que lo embargaba,
pasando con frecuencia su lengua por los labios y mordiéndose el labio inferior.
Mario acariciaba mis mejillas con manifiesta excitación, procurando que le
prodigara las más intensas sensaciones que pudiera. Con mi lengua trabajando
intensamente, mis labios apretaban cada centímetro de la recia virilidad del
chiquillo. El sacaba en ocasiones su verga de mi boca haciendo que le lamiera
los huevos una y otra vez; luego pasaba el tronco por mi rostro golpeándome con
suavidad.
En este panorama Jonathan no pudo soportar más, por lo que acercó su cuerpo,
colocando también su tula al alcance de mi boca. Ahora tenía ambas vergas en mi
rostro y las chupaba indistintamente a una u a otra. Hasta donde alcanzaban mis
manos, acariciaba lascivamente los cuerpos de los muchachos, los cuales se
dejaban recorrer cada poro de su piel.
Advirtiendo que me permitirían aventurarme más allá de lo habitual, coloqué mis
dedos directamente en sus rajas para observar su reacción. Ninguno de los dos se
mostró reacio a mis caricias. Más bien les vi dispuestos a todo. Vistas así las
cosas, decidí aventurarme un poco más.
Rafael había soltado mis piernas y ahora tenía sus manos apoyadas en mi pecho,
el cual recibía gustoso los intensos apretones del chico. Sus pendejos rozaban
mi raja con exquisita rudeza, al tiempo que nuestras bolsas chocaban una y otra
vez en la zona prohibida. Tenía alojados completamente los dieciocho centímetros
de carne del niño y no me molestaba en lo absoluto. Cada contacto de su piel en
mi recto, me hacía sentir las más inesperadas sensaciones. Cada movimiento que
hacía Rafael dentro de mi, yo lo correspondía a Mario y Jonathan en sus vergas,
que ellos recibían gustosos dado los gestos que se reflejaban en sus rostros.
Mis manos apretaban ahora con fuerza las nalgas de los chicos, aprovechando al
mismo tiempo para pasar reiteradamente la punta de mis dedos por sus rajas.
Ellos ponían alternativamente su verga a mi alcance, para que pasara mi lengua
por su base o los huevos, o bien apretara con mis labios el tronco y el glande.
Como los muchachos no parecían mostrarse molestos por mi exploración a sus
intimidades, pronto consideré que debía ir un poco más allá, por lo que comencé
a hurguetear descaradamente en los alrededores de sus anos. Contrario a lo que
me esperaba, los mozalbetes me dirigieron una sonrisa maliciosa y separaron
levemente sus piernas, al tiempo que bajaban un poco su grupa.
Mi reacción no se hizo esperar. Primero crucé mis piernas alrededor de la
cintura de Rafael obligándolo a recostarse sobre mi. El chico se dejó caer
quedando su rostro apoyado en mi pecho. Allí su primera reacción fue dirigir sus
labios a una tetilla, donde me empezó a besar y succionar con suavidad. Sus
manos ahora estaban bajo mis hombros, donde me sujetaba para poder llegar con su
virilidad lo más adentro que pudiera. Sentía ahora que sus embates eran algo más
intensos, además que se escuchaba un sonido como de succión altamente excitante.
Al comenzar a bombear con su cuerpo encima de mí, ambos pechos se humedecieron,
provocando una fricción exquisita que nos transportó por largos instantes a otra
dimensión.
Empalado como estaba, mis dedos iniciaron la exploración de los respectivos
agujeros. Los encontré húmedos de sudor. Mario fue el primero en apretar mi mano
contra su hueco, autorizándome a penetrar en el interior. Ignoro si los amigos
se habían puesto de acuerdo de alguna forma, pero pronto Jonathan también sujetó
mi mano contra su posterior, señalándome que podía proseguir con mi juego.
Allí estaba yo, disfrutando como nunca antes en mi vida con tres ardientes
adolescentes, los últimos de una serie de catorce chicos, la mayoría vírgenes
hasta ese momento. Rafael, Jonathan y Mario parecían estar conscientes de ser
los últimos de sus amigos que estaban disfrutando del sexo sin compromisos,
razón por la cual me estaban permitiendo acciones que no había considerado
posible.
Ahora ambos dedos medios estaban alojados en los respectivos agujeros. Por sus
reacciones, los muchachos no estaban precisamente disgustados. Muy por el
contrario, las contracciones de su esfínter me demostraban claramente que
estaban disfrutando tanto o más que yo. A cada embate de mis dedos, los
chiquillos respondían con enérgicos movimientos de sus manos sobre sus vergas,
las que por la hinchazón que advertía en la base de su pene, estaban prontas a
demostrar la potencia de su juventud.
Los orgasmos de los chicos estaban prontos a llegar. Jonathan fue el primero que
comenzó a dar muestras de agotamiento. Sentí como su ano se contraía y aflojaba
una y otra vez, al tiempo que el nervio del placer se le inflamaba cada vez más.
Pronto el mozalbete señaló que le faltaba poco; entonces Mario retiró su arma,
Jonathan apoyó la suya entre mis labios, tomó mi nuca con ambas manos y con un
ligero estremecimiento, comenzó a dejar salir un copioso torrente de esperma que
inundó mi boca, escapando un poco por la comisura de mis labios. Yo en ningún
momento dejé de mover el dedo que mantenía en su agujero.
La visión de dicho espectáculo estimuló enseguida a Mario para acelerar sus
movimientos, que me encargué de apresurar aún más con hábiles movimientos
circulares dentro de su ano. El lolito presentaba un aspecto excitantemente
extraviado en su rostro. Parecía encontrarse fuera de si. Su verga era un hierro
candente que estaba a punto de explotar. De su ano a la base del pene la piel
ostentaba una hinchazón descomunal, la cual pronto mostró la razón.
Alzando un poco su cuerpo, Mario trató de introducir su fabuloso ariete dentro
de mi boca, pero antes de completar la acción, unos fuerte chorros de leche
comenzaron a salir con fuerza de su extremo. Fueron alrededor de diez emisiones
de néctar las que soltó el chico. Traté de tragarlas todas, pero fue imposible,
a la séptima u octava ya mi boca estaba llena y fue mi rostro el que recibió el
resto, provocando las inmediatas carcajadas de sus amigos y las renovadas
embestidas de Rafael, quien en un esfuerzo supremo para quedar a la par de sus
amigos, extrajo violentamente su verga de mi culo y con rápidos movimientos de
su mano, comenzó a lanzar copiosos chorros de esperma sobre mi cuerpo, que
alcanzaron desde mis huevos hasta mi cara.
Todos principiamos a reír de lo inusual del espectáculo. Pero el que estaba más
feliz era yo. Había conseguido estar toda una tarde con un grupo de jovencitos
en la flor de su adolescencia.
Todo había sido voluntario. Nadie había sido obligado. Y todos parecían felices.
Ya eran cerca de las seis y media de la tarde y había que regresar. Ya se
escuchaban las voces de los demás jovencitos que se acercaban, preguntando por
sus amigos.
Pronto todos estaban a mi alrededor, haciendo coro para que Daniel y Germán me
dejaran como último recuerdo sus últimos mocos, ya que estaban masturbándose
enérgicamente. De seguro los chicos estaban todavía tan excitados, que pronto me
llamaron para que me acercara a recibir su leche, la cual yo recibí gustoso en
mi abierta boca.
Varios de ellos, sino todos, volvían a lucir preciosas erecciones, pero dada la
hora del día, decidimos que dejaríamos todo para una siguiente ocasión.
Y por supuesto que esta llegó.
manuel_palma2002@hotmail.com