El Estero 9
La poza
Aún arrepintiéndome por no haber regresado con los niños del Colegio, me
encaminé a la poza cerca de la cual había escondido mi mochila. Eran cerca de
las dos y media de la tarde y ya el calor era intenso. Caminé alrededor de
quince minutos, por lo que estaba bastante acalorado para cuando llegué a las
cercanías de la poza en la cual había dejado a los tres chicos y el joven hace
dos horas.
Como es mi costumbre, antes de llegar a las orillas del estero propiamente tal,
di un rodeo para observar como se presentaba el lugar. Como el sitio estaba
totalmente rodeado de árboles y matorrales, era muy fácil ocultarse sin temor a
ser descubierto. Así fue como observé que ahora el grupo de jovencitos era más
numeroso, pero el rango de edades se mantenía igual, alrededor de 12 a 17 años,
con dos muchachos un poco mayores incluido el que había divisado antes.
Como los lolitos se encontraban solos, cuatro de ellos, muy alegremente, se
divertían lanzándose desnudos desde la gruesa rama de un sauce, mientras hacían
graciosos movimientos con su cuerpo.
El grupo, según pude observar, estaba compuesto de nueve adolescentes de
diversas edades, más los dos muchachos un poco mayores, los cuales se
encontraban un poco separados del grupo, fumando y conversando distraídamente.
Cuando tuve claridad de la situación, decidí aparecer un poco distante de los
chicos, para poder observar su reacción ante mi presencia. Vestí mi zunga más
rebajada, para atraer su atención y cuando ya estuve en las orillas de la poza
misma, me lancé varios vistosos clavados, para luego tenderme en la ribera
cubierta de hierba. De reojo observaba que los dos lolitos que se lanzaban
desnudos al agua, se habían puesto calzoncillos y me miraban insistentemente,
mientras le conversaban algo a los demás.. Los dos muchachos mayores no me
prestaban atención y, al cabo de unos minutos, uno de ellos se marchó en una de
las bicicletas que allí se encontraban.
No se en que momento me quedé dormido, pero unas voces juveniles se encargaron
de volverme a la realidad. Cuando reaccioné, los dos chicos que estaban en
calzoncillos lanzándose clavados hace unos momentos, se encontraban ahora a mi
lado y me saludaban alegremente, con sus rostros mostrando sendas sonrisas.
- Hola socio pajero, ¿Cómo está? –saludó un rostro que reconocí enseguida
tendiéndome su mojada mano.
- ¿Anda sólo de nuevo? –Agregó el otro mocoso, al cual también reconocí.
- ¿Y cuántas pajas se ha hecho hoy día? –preguntó sonriente Adrián (El Estero
2), acompañando su pregunta con un movimiento de su mano que imitaba una paja.
- No me he hecho ninguna, ...todavía –respondí. Para luego agregar –¿Y ustedes
se han hecho alguna?
- No poh, estábamos esperándolo a usted para que nos ayude. –intervino sonriente
Javier, el morenito quinceañero de algunos días atrás (El Estero 2)
- El otro día estuvimos esperándolo en la otra poza ¿No vino? –comentó Adrián
- Es que no pude, tuve trabajo y me quedé en Santiago. ¿Me estuvieron esperando?
–A estas alturas una notoria erección se advertía en mi traje de baño, la cual
no intentaba disimular.
- Si, vinimos con unos amigos del colegio. Éramos ocho y todos querían guerra.
Nosotros les contamos lo que hicimos contigo y estaban súper entusiasmados;
después creyeron que era puro grupo de nosotros no más.
- ¿Y va a pasar algo hoy día? Los chiquillos quieren conocerte –preguntó Javier,
mientras me señalaba a sus siete amigos que observaban desde lejos.
- No se, es que son hartos. ¿Qué hora es? –pregunté distraídamente.
- Son las tres y cuarto ¿Porqué?
- Es que quiero irme temprano.
Conversando como estábamos, tres chicos más se acercaron a mi lado sonriendo
pícaramente, mientras se hacían comentarios a los oídos que yo no alcanzaba a
escuchar, pero sospechaba de que se trataba, dado que se acomodaban con descaro
sus genitales, mientras miraban atentamente mi abultada zunga.
- Los chiquillos quieren que les chupes el pico –dijo Javier mientras señalaba a
sus recién llegados amigos. Para luego agregar –Y los otros te lo quieren meter
–mientras me mostraba a los otros cuatro adolescentes, un poco mayores, que
miraban desde lejos.
- ¿En serio? –respondí. -¿Y tu que quieres hacer?
- Te lo quiero mandar a guardar –me respondió el chico mostrándome su preciosa
sonrisa, que dejaba ver unos dientes perfectos.
- Por mi no hay problema, pero vamos a otro lado mejor. Aquí nos pueden ver. ¿Y
ese loco? ¿Qué pasa con él? –pregunté señalando al muchacho adulto.
- No pasa nada con el, no es gritón. ¿Quieres conocerlo?
- Mmm –dudé un momento, para luego responder –Después, al final a lo mejor.
Con rostros eufóricos, los chicos me siguieron, avisando a los otros cuatro
adolescentes para que se acercaran. Caminaban a mi lado tocándome las nalgas de
vez en cuando mientras sacaban sus vergas adolescentes y me las mostraban
orgullosos o las comparaban entre ellos. Nos dirigimos a un escondido refugio
natural que había descubierto mientras buscaba un acceso a la poza. Era un claro
de unos cinco metros de diámetro, cubierto de una gruesa capa de pasto verde; se
encontraba franqueado por espesas matas de zarzamora, y era muy difícil de
distinguir, ya que el camino de ingreso hacía varias curvas, y había que separar
bastantes ramas para poder llegar hasta allí.
Cuando estuvimos todos en el lugar, los chicos se encontraban un poco nerviosos
y no sabían por donde empezar, por lo que tomé la iniciativa para aprovechar
bien el tiempo del cual disponía.
- Hagámonos una paja todos–sugerí, mientras me sacaba la zunga y la dejaba a un
lado.
- ¿Y porque no me lo chupa a mi al tiro mejor? –dijo Alex, un muchachito de 14
años, alto (1.70), que se manoseaba con lentitud su notoriamente erguido miembro
de 17 cms.
- Te lo chupo primero, pero todos se tienen que empelotar igual que yo.
Los mocosos se miraron entre si, un poco avergonzados, pero luego, uno a uno, se
fueron despojando de sus escasa ropas, que, en general, era sólo su short o su
calzoncillo. Allí me di cuenta lo excitados que estaban, ya que ninguno dejaba
de tener erguida su juvenil verga.
Así, en pocos momentos, me encontré rodeado de nueve maravillosos adolescentes
desnudos, ávidos de placer, exhibiendo sus magníficos atributos juveniles. Para
serles francos, aunque todos eran chicos de pueblo, de condición modesta a
juzgar por su ropa, tenían un aspecto extremadamente atractivo. Con vergas de
diferentes formas, todas estaban sin circuncidar, ninguna era de un tamaño
inferior a los quince centímetros y las más grandes, dos arietes de unos 18 cms.
cada una, se erguían orgullosas entre las piernas de sus propietarios.
En ese trance, me acerqué a Alex, me incliné y comencé a lamer su preciosa
pichulita. El chico era de tez morena clara, con cabello corto. Su pene estaba
arqueado hacia arriba, coronado por una cabeza pequeña, la que le succionaba con
avidez, provocando inmediatos movimientos de vaivén del chiquillo.
Rodeado como estaba por los restantes ocho mozalbetes, cada cual más excitado,
Edgardo se puso atrás mío y comenzó a presionar con fuerza con su recto pene de
17 cms. pero muy grueso. Edgardo medía como 1.68 y era robusto, como de 60
kilos. Lampiño como todos los demás, me dijo tener 15 años.
Como el lugar resultaba un poco incómodo, nos ubicamos a la sombra del único
árbol del claro, donde Alex se recostó contra él y Edgardo pudo comenzar a
penetrarme con mucha dificultad dada la inexperiencia del mocoso. Para evitar
que me dañase mi apreciado agujero, solté la verga de Alex, mojé con mi saliva
la herramienta de Edgardo y retomé nuevamente mi posición.
Los demás chicos observaban absortos lo que sucedía, al tiempo que se
masturbaban suavemente esperando su turno. Dos de ellos, Felipe y Gregorio, se
acercaron a ambos lados de donde estábamos, ofreciéndome sus duras armas. Felipe
era un chico de 13 años, de piel clara y un cuerpo estupendo, en el cual se
marcaban levemente sus músculos abdominales (desconozco si acudía a algún
gimnasio); tenía un pene arqueado hacia abajo, delgado y de una longitud de 15
cms. Con un corte de cabello hongo, su rostro de facciones suaves señalaba que
amantes no le faltarían en su vida. Gregorio, por su parte, tenía 15 años, un
cuerpo delgado pero normal. Como todo muchacho de su edad, su abdomen era plano
y entre sus piernas se erguía un ariete de 16 preciosos centímetros, arqueado
hacia arriba y coronado por una cabeza oscura y grande. Yo cogí una herramienta
en cada mano y las comencé a masajear al mismo ritmo que succionaba el pene de
Alex.
Atrás sentía como Edgardo se aferraba a mi cuerpo, penetrándome con un poco de
brusquedad, pero no consiguiendo abrir mi deseosa intimidad. El muchacho estaba
intentando conseguir que todo su grueso miembro entrara en el estrecho túnel,
pero no lograba conseguirlo, Entonces yo mojé mis dedos con saliva, le extraje
el miembro, se lo mojé y volvió a intentarlo. Esta vez se inclinó sobre mi
espalda, dobló un poco las piernas y empujó con fuerza contra mi. Sentí que toda
su carne había penetrado, provocándome un inicial dolor, el cual pronto dio paso
a un exquisito cosquilleo cuando el mozalbete inició un movimiento rítmico de
vaivén, mientras metía y sacaba su miembro.
En algunos momentos sacaba el pene de Alex de mi boca y recorría con mi lengua
los maravillosos arietes de Gregorio o de Felipe. Cogía sus huevos con mis
labios, jugaba con ellos, les apretaba con suavidad, para luego mordisquear su
nervio, avanzar hasta su frenillo, lamerlo, engullir su glande y luego tragarme
todo su orgullo juvenil. Los chicos se estremecían de placer, al tiempo que se
erguían sobre la punta de sus pies, tratando que yo tragara la totalidad de su
sexo, cosa que a veces podía y otras me resultaba imposible.
Así estuvimos los cuatro unos diez minutos, tiempo suficiente para que, dada la
edad de los muchachos, Edgardo empezara a quejarse con notoriedad, mientras su
pene comenzaba a hincharse en mi posterior y me penetrara con mayor velocidad.
Así, durante unos dos minutos, Edgardo me taladró con fuerza, luego disminuyó la
frecuencia de sus movimientos, pero aumentó la profundidad de sus embestidas.
Luego, cuando ya esperaba el caliente líquido en mi ano, Edgardo empujó con
fuerza, se quedó quieto un momento, tensionó todos sus músculos, esperó unos
pocos segundos, sacó su glorioso ariete y, mientras mantenía su verga apoyada
entre mis cachetes, comenzó a lanzar una copiosa descarga de leche en mi
espalda, sin que fueran chorros espectaculares.
Los chicos se juntaron alrededor para poder observar, momento que aprovechó Alex
para apurar sus movimientos en mi boca y dejar salir una sabrosa descarga de
leche fresca en mi lengua. Sin que los demás se dieran cuenta, justo en ese
momento yo hurgueteé en su agujero, sin que el muchachito protestara. Más bien
separó un poco sus piernas, autorizándome a penetrarlo con delicadeza por
algunos momentos. Luego, con un movimiento imperceptible, alejó mi mano y les
informó a sus amigos que el también había acabado.
Los mocosos estaban excitadísimos y casi no me dieron tiempo a reaccionar.
Gregorio se puso enseguida a mis espaldas y Felipe frente a mi. Como mi ano ya
se encontraba lubricado, Gregorio encontró poca dificultad para penetrarme. Pero
al contrario de Edgardo, se movía con mucha habilidad. Me acariciaba la espalda,
pasaba sus manos por mis cachetes, los apretaba, sobaba mis muslos, pellizcaba
mis nalgas, exploraba con un dedo el sitio en que se juntaba su miembro con mi
ano y luego me abrazaba por mi cintura, mientras empujaba con ansias en mi
preciado agujero.
Felipe parecía en la gloria. Se estremecía de placer a cada lamida de su
herramienta que le hacía. Mi lengua hacía movimientos en su arqueado miembro,
que el chico me devolvía revolviendo con energía mis cabellos y acariciando
ambos lados de mi rostro. Luego mis labios se entretenían prolongados minutos
apretando y soltando la tierna cabecita de su verga; para engullirlo luego en su
totalidad. Cuando tenía toda su carne en mi boca, sacaba mi lengua para tratar
de alcanzar sus huevos, mientras mis dedos enredaban sus pendejos y otro se
adentraba entre sus piernas.
Dada la experiencia anterior, esta vez empecé a acariciar las entrepiernas del
chiquillo enseguida. Con mi dedo medio presionaba desde la base de su pene hasta
cerca de su ano, cada vez más cerca. Como el chico me respondió separando
levemente sus lampiñas piernas, luego de humedecer mi dedo, lo coloqué
directamente en su agujero, empezando a rascarle con suavidad. El mocoso se
recostó un poco más en el árbol, reclinó un poquito su cuerpo y separó otro poco
más sus piernas. Mi respuesta no se dejó esperar. Lentamente, mientras
succionaba con mayor intensidad la dura tula del chiquillo, comencé a introducir
discretamente mi dedo en su ano. A cada avance, el chico respondía con
contracciones de su esfínter y renovados bríos en sus caricias a mi cabello y
mis mejillas.
Pasado unos pocos minutos, el chico empezó a jadear con fuerza, mientras su
piernas tiritaban, incapaces de sostener su cuerpo. Con una de sus manos me
obligaba a penetrarlo más profundo aún con mi dedo. Su pene se había puesto
extremadamente duro, al tiempo que movía su pelvis acompasadamente. Yo hacía lo
que podía por chuparle lo más intensamente que podía. Mi otra mano le apretaba
los glúteos con rudeza, los cuales el chico contraía rítmicamente anunciando su
inminente eyaculación.
Gregorio, por su parte, me mantenía totalmente empalmado, mientras contaba a sus
amigos cuánto disfrutaba de la situación
- Se lo tengo todo adentro al loco ¿Cierto socio?
- Mmmm, sigue así –le decía yo soltando brevemente el preciado tesoro de Felipe.
- Que se siente rico locos, oh –exclamaba Gregorio, metiendo con fuerza su
masculinidad en mi ano.
- Tiene apretadito el culo el compadrito. ¿Te gusta loquito? ¿Te gusta? –Y
acompañaba sus palabras con intensas penetraciones que me hacían ver las
estrellas.
- Lo chupa rico el loco –dijo Felipe. –Estoy que me voy cortado ¿Y tu negro? –le
preguntó a Gregorio.
- Si, me falta poco. ¡Cabros! ¿Se lo echo adentro o se lo echo en la espalda?
–preguntó Gregorio a sus amigos, los cuales se agolparon para observar.
- ¡En la espalda! –decían unos. –¡adentro, adentro! –gritaban otros. –¡en el
poto! –pedían dos chicos.
- Te voy a llenar el poto de moco. ¿Quieres que acabe adentro?
- Donde tu quieras –respondí en un susurro.
Felipe ya no pudo aguantar más su eyaculación. Apretó fuertemente su ano,
mientras sus piernas se doblaban notoriamente. Sus manos aferraron con energía
mi cabeza y con una serie de intensas convulsiones, el chico comenzó a dejar
salir su preciada descarga. Pero justo en el momento que soltaba los primeros
chorros, sacó su pene de mi boca, lo tomó entre los dedos y dirigió todos los
demás directamente a mi cara, provocando ruidosas carcajadas de los chicos que
observaban.
Gregorio tampoco esperó más, solo aguardaba que Felipe acabara, para empujar con
fuerza y dando prácticamente alaridos de triunfo, empezara a llenar mi ano de la
deliciosa leche varonil. Cuando terminó su descarga, extrajo su miembro con
lentitud, para luego acariciar con fuerza mis cachetes posteriores con sus manos
y manifestar su triunfo a sus amigos.
Debo decir aquí que en ningún momento me sentí mal al estar en manos de estos
menores. Me hacían sentir deseado. Ninguno mostraba recelo por ser yo maricón.
Más bien me trataban con respeto. Y debo decir que eso duró todo el tiempo en
que yo visité el lugar para encontrarme en uno u otro sitio con ellos y con
otros chicos. Muchos perdieron su virginidad conmigo y eso les hacía estar
agradecidos.
Bueno. Ya había estado con cuatro de los menores. Ahora se acercaron los que se
veían como mayores. Pero a ellos les pedí hacerlo de una manera diferente, ya
que mi espalda me estaba molestando por la posición en la que había estado por
más de 45 minutos. Los lolos aceptaron. Entonces, antes de empezar cualquier
combate, empecé a tocarles sus erectos penes uno a uno, sin decidirme por
ninguno. Los otro cuatro chicos seguían mostrando formidables erecciones;
incluso Alex se masturbaba con energía mientras observaba atento mis
movimientos.
Cuando los felices muchachos estuvieron preparados, le pedí a Sebastián, un
bello adolescente de 15 años, que se acostara en la hierba. El muchacho medía
1.60, era de cuerpo atlético y entre sus piernas se erguía un mástil de unos 16
cms, de longitud, 12 cms. de grueso y arqueado hacia su vientre. Su cuerpo era
lampiño, pero desde su cintura para abajo le cubría una capa de nacientes pelos
oscuros. Llevaba sus lisos cabellos relativamente largos sin llegarle a sus
hombros y su rostro exhibía un cierto aire de malicia.
Luego me volteé, pero ellos ya habían decidido que un guapo muchacho, Marco,
fuera el que me taladrara mi posterior. El muchacho era moreno, algo musculoso,
tenía 15 años y un precioso ariete curvado hacia arriba de 16 cms. de largo y
unos 10 cms. de grueso. Los otros tres muchachos eran Eduardo, de quince años,
de 1.60 más o menos, más bien flaco y con una herramienta de unos 14 cms. recta
y delgada. Después estaba Giovanni, de 14 años, un jovenzuelo de piel clara, un
poco más alto que Marco, que entre sus piernas exhibía una belleza de 15 cms.
muy cabezona y gruesa. Su forma arqueada hacia arriba, dejaba ver claramente sus
venas, mientras palpitaba de forma evidente. Finalmente, un verdadero monumento
de 15 años, Rafael, se masturbaba distraídamente. Con la piel cubierta por un
delicado vello que se ennegrecía en sus muslos y pantorrillas, el muchacho medía
1.65, de porte atlético sin exageración, su pene era de unos 18 cms. el más
grande del grupo y lo mostraba orgulloso a los demás, que lo miraban sin ningún
disimulo. Su rostro era de facciones muy suaves, labios rojos y nariz levemente
respingada.
En ese cuadro me dispuse a mamar el delicioso mástil de Eduardo y sentir en mi
culo el enorme falo de Marco. Pero los jóvenes dispusieron que las cosas fueran
diferentes, cuestión que a mi no me molestó en lo absoluto, ya que me permitía
un mayor disfrute y una mejor observación de todo el panorama.
Efectivamente, Eduardo cambió sitio con Marco y se tendió cuan largo era en la
hierba, invitándome a sentar en su falo dándole la espalda. Marco se puso frente
a mi con su enhiesto miembro justo frente a mi cara. Dada la novedad de la pose,
los siete chicos se sentaron alrededor a observar el espectáculo, que a mi no me
molestó en lo absoluto, ya que me permitía recrearme mirando los cuerpos de los
chicos, los cuales mostraban sendas erecciones, excepto Gregorio que lo tenía en
reposo pero igual observaba atentamente lo que hacíamos los tres.
Entonces yo retrocedí, me puse a horcajadas sobre las piernas de Eduardo,
comenzando a bajar lentamente hasta que choqué con un duro mástil que golpeaba
mis nalgas primero y buscaba mi raja después. Eduardo puso ambas manos en mis
cachetes mientras yo seguía bajando mi cuerpo y con una de mis manos dirigía la
punta del pene hacia la entrada de mi ano. Una vez bien acomodado el glande del
muchacho, fui bajando lentamente mi cuerpo, consiguiendo sentarme por completo
sobre el chico, el cual exclamó espontáneamente:
- ¡Se lo tragó todo el gueón! ¡Miren!
- ¡Oh! De veras; lo tiene todo adentro
- Aprieta los cachetes ahora socio, apriétalos. Ja ja ja ja ja ja, mira como
aprieta los cachetes el loco
- ¿Cómo se siente Lalo? ¿Se siente rico? –preguntó Giovanni observando el sitio
donde se juntaba mi cuerpo con el de Eduardo
- Se siente rico. Muévete ahora loco; eso, así.
- Oye, ¿Te atrevis a chuparnos el pico a los dos juntos? –consultó Rafael,
mientras acercaba su verga a mi boca e invitaba a Marco para acompañarlo.
- Probemos –respondí yo alegremente, mientras observaba las miradas curiosas de
los chicos que nos rodeaban.
Ambos lolitos acercaron sus vergas y las pusieron a mi alcance. Cogí al de
Rafael entre mis labios, mientras con mis dedos le masajeaba suavemente sus
bolsas. Los pendejos del chicuelo me tocaban mi nariz provocándome un agradable
cosquilleo. Allí sentí un penetrante olor a macho, a macho tierno, deseoso, con
todas sus energías a tope. Había tragado todo el pene de Rafael, no sabía como
pero había llegado hasta el fondo de mi garganta. Muy pocas veces lo he logrado,
pero en esta ocasión lo había conseguido.
Un poco con torpeza, Marco intentaba acercar su magnifico falo al espacio de mi
boca, pero yo no le dejaba. Con mi mano libre me apoderé de su pico comenzando
un suave movimiento de masaje, en que llevaba hacia atrás lo más que podía de su
prepucio, haciendo que su glande brillara con la tensión, para luego regresarlo
lentamente hasta cubrir totalmente su extremo. Con estos movimientos Marco
pronto mostró en el orificio de su sexo, el grado de excitación en que se
encontraba, ya que espesas gotas de lubricante comenzaron a aparecer.
Así fue como me desprendí del pico de Rafael y engullí lentamente el de Marco.
Primero lo alcé hasta que quedo paralelo al abdomen del muchacho. Luego mi
lengua se deslizó lentamente por su base cogiendo ambos testículos en mi boca,
donde los saboreé goloso. Después lamí como quien come un helado, toda la
extensión de la preciosa verga, apretando con mis labios, de tanto en tanto,
cada centímetro de la dura piel. Luego coloqué el pene en posición normal y lo
fui tragando poco a poco hasta que logré su total introducción.
Mientras hacía esto, mis caderas se movían acompasadamente, dejando entrar y
salir la pichula de Eduardo que gemía de emoción. Sentía como los pendejos del
muchacho me rozaban mis testículos, mientras sus manos me recorrían
frenéticamente la espalda y las caderas. El pene del chico rozaba con energía mi
recto, provocándome estremecimientos de placer. La excitación era evidente, ya
que mi violador se movía junto conmigo y me levantaba continuamente con sus
intensas embestidas. De repente Eduardo se levantó y me abrazó por la cintura,
luego bajó su mano derecha y se apoderó de mi semierecto miembro, el cual
reaccionó enseguida poniéndose en posición firme en escasos momentos. Allí
comenzó una enérgica masturbación, mientras proseguía sus embestidas y yo le
acompañaba con los movimientos de mis caderas.
Marco y Rafael, entretanto, ya no resistían más mis caricias. Con enérgicos
movimientos ambos jovencitos me anunciaron que iban a eyacular. El primero en
hacerlo fue Rafael, quien en el momento en que ya sentía venir la emisión, sacó
su pene de mi boca, retrocedió unos pocos centímetros y lanzó unos poderosos
chorros de esperma en mi cara, pecho y cabello. Marco, por su parte, me tomó de
la nuca y me apretó contra su abdomen, manteniéndome en esa posición, comenzó a
dejar salir una moderada cantidad de esperma que yo disfruté con intensidad.
Mientras, Eduardo me penetraba apasionadamente mientras seguía masturbándome
indiferente a las risas burlonas de sus amigos. Yo le pedí que me dejara mover,
a lo cual el accedió, sin dejar de masturbarme. Entonces yo le pedí que me
soltara y colocándome en cuclillas sobre su verga, empecé a subir y bajar una y
otra vez. El muchacho comenzó a gemir suavemente, hasta que me embistió unas
cinco veces con mucha fuerza, luego arqueó su cuerpo, para dejarse caer y bañar
mi recto con varias descargas que alcancé a percibir en mi interior.
Ante los movimientos de Eduardo, quien ahora reía alegremente, los seis chicos
restantes se comenzaron a masturbar y se acercaron a mi para que les ayudara.
Pero entonces yo llamé a Sebastián, quien con una erección de película, era el
único que había permanecido más distante, después que momentos antes lo habían
hecho esperar un poco más.
Entonces Sebastián se acercó, me puso su pene en mi mano y me pidió que lo
pajeara. Luego de unos momentos en que sus amigos lo animaban, me dijo:
- Te lo quiero meter.
- Bueno –le dije, e hice ademán de querer agacharme.
- Pero así no, ponte de espaldas. ¿Me entiendes? –E hizo un ademán con sus
brazos que no entendí muy bien.
- Vamos a ver. ¿Me acuesto de espalda?
- Si, aquí mismo. Así, así mismo. Eso. Separa las piernas ahora. Listo
Entonces Sebastián me separó lo más que pudo las rodillas, luego puso mis
piernas en sus hombros y empezó a avanzar para penetrarme en la posición que el
seguramente había visto en alguna revista. Sentí cuando su sexo adolescente
empezó a avanzar por mi recto, lento e imparable. Luego empezó a mover su pelvis
y pronto sentí sus pendejos rozándome el culo. ¡Qué sensación mas maravillosa,
ya que ahora podía ver el rostro del chico que me usaba para su desahogo!
Cuando Sebastián completó la penetración, estando a horcajadas enfrente de mi,
comenzó un suave vaivén en que el roce de su pene dentro de mi ano, me volvió a
excitar sobremanera. Los chicos animaban a su compañero a proseguir con su
tarea, mientras el jovencito no se hacía esperar. Sentía que el muchacho no
deseaba apurarse, lo hacía con total tranquilidad, lanzándome miradas de malicia
que yo le respondía acariciándole sus nalgas y explorando su raja.
El chico empujaba con mucha habilidad, profundamente. En su rostro se marcaba
con claridad el placentero esfuerzo que realizaba. Pero él quería más. Soltando
mis piernas, se inclinó sobre mí, pasó sus brazos bajo mis hombros y me apretó
contra el con sus juveniles manos. En esa posición, cambió la postura y se
tendió con todo su peso sobre mi. Yo le rodeé sus espalda con mis piernas y le
apreté con fuerza, mientras mis manos le acariciaban sus tiernos cabellos y mis
labios le mordisqueaban una oreja.
Allí el chico empezó a penetrarme con rudeza, mientras me decía palabras al oído
que los demás no escuchaban pero que manifestaban su intensa excitación.
- ¡Que estai rico loco! Tenis apretadito el poto, apriétalo más ahora, eso así.
- Si, sigue así, sigue papito, así me gusta, así me gusta, eso, eso, con todas
tus fuerzas, métemelo todo, enterito, eso así Seba, así...
- ¡Ah, que estai rico. –me repetía una y otra vez el mocoso.
Ya casi al acabar, el chico era todo gemidos y suspiros, me abrazaba, me
apretaba, me taladraba con fuerza. En el momento final, alzó su cuerpo, extrajo
su maravilloso pene, se puso de rodillas mientras se masturbaba con fuerza y
comenzo a lanzar poderosos chorros de esperma, que alcanzaron mi rostro, mi
pecho y mi abdomen. ¡Qué copiosa descarga! ¡Qué cantidad de semen dejó salir el
lolito! Sus amigos estaban admirados ante tamaña cantidad.
Yo estaba feliz. Nueve chicos habían disfrutado conmigo una tarde de placer. Y
por la cara que tenían estaban felices, radiantes. Después supe que ocho de
ellos nunca habían tenido sexo con otra persona, es decir habían perdido la
virginidad conmigo.
Varios de los muchachitos querían proseguir la lucha, pero yo ya quería
regresar. Sin embargo, ante la insistencia, volví a chupar varios penes, creo
que siete, los cuales me volvieron a llenar la boca de su exquisita leche.
Se que algunos dudarán de esta experiencia, pero les puedo asegurar que ocurrió
realmente. Incluso la repetí muchas veces con los mismos chicos y con lolitos
diferentes. En cada oportunidad tanto yo como los muchachos terminamos felices.
Nadie había obligado a nadie. Todo había sido de común acuerdo.
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