Un Euro, dos minutos y medio.

La primera vez que vi a Luis fue en la parada del autobús y en seguida reparé en él: delgado, alto, fibroso, muy joven. Aquel primer día llevaba una camisa a cuadros de manga corta y unos pantalones cortos que le llegaban por la rodilla, además de sandalias. Me quedé parado en el semáforo, atontado, contemplando su pelo rubio y corto, sus espaldas anchas, sus pies enormes, la desnudez de sus piernas imberbes... hasta que el conductor del coche que iba detrás de mí se impacientó e hizo sonar su claxon. A partir de ese día me acostumbré a desayunar en el bar que está justo junto a la parada, de modo que dos o tres días a la semana podía yo disfrutar de la contemplación de mi secreto amigo mientras él esperaba el autobús.
Habían pasado dos meses desde que comencé con mi nuevo hábito cuando me llevé la mayor sorpresa de mi vida. Los domingos, como mis padres no están en casa, suelo bajar al sex shop que hay a tres manzanas de la mía para alquilar una película, y de paso observar a la gente que entra y sale de las cabinas. Siempre he sido muy tímido, de modo que aunque alguna vez me han hecho una proposición para compartir una de las cabinas de video, no he sido capaz de aceptarla jamás. Supongo que la gente que liga en este sex shop es bastante mayor para mi gusto. Yo tengo 23, soy moreno con el pelo lacio en media melena. Soy aficionado a la natación desde los once años, así que mi metro ochenta y tres de estatura está muy bien proporcionado con 80 kilos de fibra y músculo. Por ello, en el sex shop suelo llamar la atención.

Aquella tarde de domingo éramos seis o siete tíos en el local, de los cuales ninguno me molaba en absoluto. También estaban los dos dependientes que coincidían en ese momento en el cambio de turno: Tomás, el maduro encargado que se marchaba ya a casa y el tremendo Omar, un negrazo marroquí que llegaba para hacer el turno de noche. Ambos charlaban animadamente en el mostrador, haciendo caso omiso al movimiento de gente que entraba y salía de las cabinas, algo más que conveniente para su negocio, pues estas funcionan con monedas de un Euro y probablemente sean la mayor fuente de ingresos del local. Ya había elegido mi película para alquilar después de dar un par de vueltas y me disponía a cogerla cuando advertí que alguien entraba por la puerta. El corazón me dio un vuelco cuando vi que era el chico de la parada de autobús cuyo nombre yo aun no conocía. Le vi atravesar la tienda sin titubear y pedirle a Tomás cambio de diez. Después pasó justo por mi lado sin detenerse, directo a una cabina. Le seguí discretamente con la mirada, al punto de ver como se encerraba en uno de los reservados. La luz roja que indicaba que estaba ocupado se iluminó al momento. Mis piernas temblaban, aunque yo estaba seguro de que este chaval no buscaba más que cascarse una paja rápidamente e irse a casa corriendo. Sin embargo, algo me atraía como un imán hacia su cabina. Después de mucho dudar, decidí acercarme.

Miré a mi alrededor y no había nadie, así que decidí lanzarme hacia el reservado y tantear la puerta. Después de todo, de estar cerrado el pestillo él jamás se daría cuenta de mi tentativa y de estar abierto, siempre podría justificarme pidiendo disculpas arguyendo un error y, de paso, echar un vistazo rápido. Pero algo sucedió que me hizo dar media vuelta: alguien pasó por mi lado en la misma dirección. Era Omar, el negro enorme, que posiblemente iba a vaciar de monedas alguna cabina antes de que Tomás se marchara. Pero no hizo tal cosa. Se acercó a la cabina donde estaba Luis y tanteó la puerta, que estaba cerrada. Mi sorpresa fue mayúscula, ya que no pude por más que preguntarme qué pretendía Omar, de quien yo jamás hubiera sospechado que le gustasen los tíos. Me quedé paralizado cuando Omar, de regreso, me sonrió desde sus dos metros de altura y me dijo con acento indefinido "carne fresca". Aquella situación era demasiado ambigua y yo, acobardado, decidí poner pies en polvorosa.

Pero el pestillo sonó y la puerta se abrió. Luis salía de la cabina visiblemente sudoroso. Llevaba una camiseta amarilla, pantalón de chándal azul oscuro y zapatillas Nike Cortez. A través del chándal me pareció ver un incipiente bulto. Salió de la sección de cabinas. Yo pensé "qué rápido" y, ante su salida de la habitación, me acerqué al reservado que él había utilizado. En el suelo y en la pantalla de video se veían chorros de semen reciente, que aún goteaba. Evidentemente se había hecho una paja rápidamente y se había corrido. Y entonces tuve una idea. Saqué un Euro de mi bolsillo y lo eché en la máquina. De esta forma podría ver el último canal que Luis estaba viendo al agotarse su crédito. No cerré siquiera la puerta. En la pantalla sucia de semen apareció un joven de aspecto nórdico que, de rodillas, se comía dos enormes pollas. El corazón me dio un vuelco y salí de la cabina. A mis espaldas se introdujo en ella el que resultaba ser el último de los visitantes del sex shop, ya que no vi a nadie en los pasillos al salir. Ni a Luis, ni a Omar. Sólo permanecía ocupada la cabina de la que yo había salido... y otra más al fondo del pasillo. Pero en aquella cabina la puerta no estaba cerrada del todo. Me acerqué lentamente. Me asomé. Había alguien de pie, pero la cabina permanecía a oscuras. Sólo abriendo más la puerta podría ver algo más al entrar la luz del pasillo. Pronto salí de dudas, ya que el tamaño de aquel tipo correspondía con el de Omar, quien no se sorprendió al verme asomarme. Estaba de pie, de espaldas a la pantalla, sonriéndome. Sentado en la butaca estaba Luis, que no tenía ojos más que para el creciente paquete del negro. Luis desabrochó los botones de los jeans de Omar uno a uno, con deleite, para luego meter a través de la abertura una de sus manos. El negro suspiró mientras los ojos de Luis se desorbitaban y mi corazón se disparaba. Un gigantesco bulto se marcó rápidamente en los vaqueros a punto de estallar, hasta que Omar no pudo más y se desabrochó el cinturón, bajándose los pantalones ligeramente, para descubrir un ceñido y ya mojado slip gris en el que palpitaba el mayor cacho de carne que yo había visto jamás. El capullo de aquel pollón grueso y recto asomaba por la parte superior del calzoncillo del negro, y Luis lo cogió para masturbarlo a través de la tela. El cipote se descapulló por completo mientras Omar suspiraba. Un buen chorro de baba transparente brotó de su capullo. Luis se incorporó y acercó su lengua al enorme rabo, lamiendo decididamente aquella baba hasta no dejar ni una gota. Se agarró al slip del negro y lo bajó hasta liberar los enormes huevos de Omar y, acto seguido, se introdujo la mitad de aquella polla en la boca, llenándosela por completo hasta la garganta. Las venas de aquel tronco enorme latían a medida que el cipote entraba y salía en la boca del muchacho rubio.
Después de mamar un buen rato se sacó de la boca aquella tranca gigantesca que chorreaba saliva y empezó a lamer de abajo a arriba los huevos de Omar. Eran dos enormes cojones poblados de pelo negro que Luis intentaba meterse en la boca. Las babas de Luis resbalaban por las pelotas del negro y chorreaban sobre el slip y los jeans de éste.

Se oyó un chasquido en el pasillo. El tipo que había entrado en la cabina donde había estado Luis debía estar ya servido y se disponía a salir. Yo aún permanecía en el pasillo asomando media cabeza a la cabina donde estaba Luis, pero Omar tiró de mi camisa y me metió dentro violentamente. Estaba claro que no quería indiscreciones de los clientes. Echó el cerrojo y metió en la máquina de vídeo seis o siete euros de los que acababa de sacar de otra máquina. En ese momento me sentí más tranquilo al imaginarme la luz roja encendida en el exterior que alejaría a los curiosos. La cabina era muy estrecha y Omar y yo nos quedamos muy pegados el uno junto al otro, con Luis a nuestros pies sentado en la butaca acolchada. Omar se puso más cómodo rodeándome con su enorme y musculoso brazo, de modo que sentí cerca de la cara el excitante olor del sudor de aquel tipo que me sacaba tres cabezas. Omar me sonrió y luego cogió su rabo con la mano derecha para metérselo en la boca a Luis, que con la gran polla latiendo en su boca alzó la vista para mirarme. Y allí estaba él, rubio, delgado e imberbe, con una cara sin apenas barba y rasgos infantiles y con unos labios carnosos y suaves que abrazaban con ansia la polla de un negro de unos treinta y pocos años, el mayor cipote que yo jamás haya visto, intentando desesperadamente tragar un poco más de aquel nabo. Y mientras lo hacía, me miraba.

Se sacó el monstruoso pollón de la boca, dejándola abierta, permitiendo que un reguero de saliva mezclada con flujo preseminal tendiera un puente chorreante entre el capullo de Omar y su lengua. Sus ojos azules se clavaron en los míos y, con la comisura de la boca empapada, me dijo:

- Tú eres el de la parada de autobús, ¿no?
- Hostia, sí -contesté avergonzado.
- ¿Cómo te llamas?
- Diego
- ¿Y cuántos años tienes, tío?
- Veintitrés
- Cojonudo. Yo me llamo Luis. Tengo diecinueve. ¿Me enseñas la polla, tío?

No me dejó sacármela, claro, porque volvió a meterse el rabo de Omar en la boca mientras me desabrochaba uno a uno los botones de mis vaqueros. Mi polla de 22 centímetros iba a estallar sólo con el roce de sus manos. Finalmente, Luis examinó el bulto a través de mis calzoncillos boxer.

- ¡Joder, qué buen rabo! - susurró Omar mientras me apretaba contra él, haciéndome sentir el enorme poder de sus pectorales a través de su camiseta negra. 

Luis no me sacó la polla directamente, sino que comenzó a restregar su cara contra mi paquete, lamiendo mi rabo y mis huevos a través de la tela. Luego bajó un poco la cara y empezó a lamerme el muslo, pero su objetivo era seguir subiendo de nuevo, lamiendo sin parar, hasta meter la cara por la pernera del boxer que iba remangando. Mi polla asomó por la parte de abajo y Luis empezó a comerla. Con las manos apartó la tela y liberó mi rabo y mis cojones. Agarró mis huevos con fuerza y se metió mi nabo en la boca. Al principio tuvo una leve arcada, pero pronto le cogió el ritmo y empezó a mamarme toda la polla, hasta que mis huevos topaban con su barbilla.

-¿Ya lo has encontrado, Luis? - le dijo Omar misteriosamente mientras se masturbaba a mi lado.

Luis no dejó de chupar mientras asentía con la cabeza. Miré a Omar desconcertado y él me sonrió. De pronto Luis estaba lamiendo ambas pollas a la vez, chupando una y luego otra, hasta que abrió la boca lo máximo posible para meterse en su interior mi capullo y el de Omar, ambos al rojo vivo. Tengo una polla de la que me siento orgulloso, con veintidós centímetros y bien gruesa y recta, pero parecía pequeña al lado del enorme pedazo de carne negra de Omar. No sin esfuerzo, Luis se decantó por la mía y la siguió succionando. Omar empezó a quitarse la camiseta y su olor de tío se hizo más intenso, lo que a mí me resultaba muy excitante. Gotas de sudor caían por los tremendos pectorales del negrazo, resbalando a través de sus poderosos abdominales cubiertos de un suave vello rizado, hasta llegar a la mata de pelo negro que enmarcaba el mayor cipote que se pueda uno imaginar.

Luis siguió el ejemplo e hizo una pausa para quitarse la camiseta. A mi vista quedó su cuerpo delgado pero muy fibroso, con cada uno de sus músculos marcados a través de su piel suave e imberbe. Su capullo asomó a través de los pantalones del chándal descansando sobre un vientre liso con unos abdominales perfectos, en los que un hilillo de pelos rubios bajaban desde el ombligo hacia el nabo de Luis, que desde mi posición me pareció enorme. Luis se sacó mi rabo de la boca, jadeando.

- Vamos a probar. - le dijo a Omar.

Omar asintió con la cabeza mientras yo le miraba concierta sorpresa. Parecía pensativo. En su rostro adiviné que se le había ocurrido algo.

- Quítate los pantalones, Diego. Luego siéntate en el respaldo de la butaca.

Lo que estaba cavilando Omar era la postura ideal. Yo obedecí y Luis se puso de pie para cederme el sitio, de modo que al pasar a su lado rocé el paquete que se anunciaba a través de su chándal y que resulto ser un tremendo cipote. Me senté sobre el mullido respaldo de la butaca, apoyando mi espalda contra la pared y reposando mis pies sobre los reposabrazos. Luis se agachó sobre mis huevos que colgaban y empezó a lamerlos. Al agacharse, todo su culo quedó a disposición de Omar, que no había cambiado de lugar. Omar empezó a acariciar esas nalgas a través del chándal mientras me explicaba:

- Verás, Diego. Luis ha venido aquí cinco o seis veces a chuparme la polla. Yo siempre me lo he querido follar, pero nunca me ha dejado. Me decía que le gustaría tener otra polla para comérsela a la vez que le distrajera del posible dolor del principio.

Luis se irguió un momento mientras se bajaba los pantalones de chándal, debajo de los cuales no llevaba calzoncillos, y me dejaba entrever una enorme polla completamente tiesa, con unas pelotas bien gordas y sin pelos.

- Como verás - me dijo-, Omar tiene una polla tremenda, así que no me la puedo tragar entera, hasta la garganta. Pero la tuya es perfecta, cabrón. Larga y gorda, pero no gigantesca, así que me la voy a comer con ganas, tronco. Y mientras Omar va a poder hacer lo que le dé la gana por ahí detrás.
- Aquí no te dan arcadas - dijo el negro mientras se agachaba hacia su ano.

Luis se agachó también, a comerme el nabo. Se lo metía hasta los cojones, una y otra vez, en la mamada más húmeda que jamás me hayan hecho, mientras me acariciaba mis pelotas empapadas con saliva. Omar le comía sonoramente el culo a Luis que, por primera vez, empezó a gemir. A pesar de la postura, podía ver un poco del trabajo que hacía Omar y me lo imaginaba increíble al ver sus gruesos labios y su enorme y viciosa lengua lamer y chupar a una velocidad endiablada. Omar se puso de pie y frente a mí me mostró todo el poder de su musculatura. Me fijé en su enorme rabo y vi cómo su capullo se posaba en el ano de Luis. Omar empezó a dar pequeños empujones, rítmicos, muy suaves. Yo pensé que así jamás podría lograrlo. Me equivoqué. Luis levantó el cuerpo de repente, y me miró con los ojos muy abiertos y la cara surcada por el sudor.

- Hostias, cabrón, está entrando!

Pude ver que parte del capullo de Omar ya había entrado. Omar dio un pequeño empujón más y Luis se estremeció. Una tercera parte del gigantesco nabo de Omar estaba dentro del culo del adolescente. Omar sacó su polla y se volvió a agachar. Debió meter su lengua en el ano de Luis hasta donde no se podía más, porque la cara del chaval se desencajó de placer. Sus ojos se pusieron en blanco mientras yo oía gotear en el suelo parte de la abundante saliva que el negro estaba utilizando para lubricar el culo de Luis. Omar se puso de pie y Luis me miró todo el tiempo mientras, con una serie rítmica de suaves pero firmes embates, introdujo sus más de treinta centímetros de polla en el ano de Luis. El muchacho desfalleció un momento, con los ojos en blanco, se abrió de piernas de tal forma que Omar tuvo que sujetarle.

- Cabrooooón! - fue lo único que acertó a exclamar.

Luis se dispuso a cumplir su objetivo: comerse su polla ideal, que por suerte era la mía, mientras se lo follaban salvajemente. Agachó su cuerpo y se metió mi rabo en la boca. Lo comía frenéticamente, agarrando mis pelotas con la mano con la que no se sujetaba al respaldo. Se introducía toda su envergadura en la boca hasta que yo sentía que mi capullo topaba con su garganta y mis cojones se restregaban en sus labios. Omar fue acelerando el ritmo poco a poco, disfrutando como un loco. Su cuerpo cuajado de músculos sudaba por cada poro mientras gemía cada vez más. Finalmente, acabó sacando y metiendo la polla prácticamente entera, golpeando sonoramente las nalgas de Luis con sus muslos y sus cojones. Conseguimos coger el ritmo y Omar se la metía a Luis a la vez que éste se tragaba mi cipote entero.

- No puedo más! - gimió Omar.
- ¡Espera! - ordenó Luis.

Luis se sacó la polla del negro sin dificultad y se sentó abierto de piernas sobre el sillón, con la cara a la altura de la polla de Omar. Éste se masturbó acercando su rabo a la cara de Luis mientras yo contemplaba el espectáculo desde mi posición. Luis lamía y chupaba el enorme capullo mientras la mano del negro acariciaba su propio rabo despacio, con ganas, alargando el orgasmo ante la jeta de Luis. Todos los músculos de Omar se tensaron cuando Luis le cogió los huevos con las dos manos, como si deseara exprimirlos. Con la boca abierta del todo se metió parte del enorme rabo negro que estaba al máximo posible de su erección, con todas las venas marcadas mientras Omar se pajeaba en la boca del chaval. Omar gimió cuando un enorme chorro de semen brotó de su capullo, directamente al fondo de la boca de Luis que lo recibió con expresión de máximo placer. Después de ese chorro vino otro, y otro más. Todo el semen que salía de las pelotas del negro iban a parar a la garganta de Luis que, con la boca bien abierta para permitirme ver el espectáculo, tragaba lo que podía. Hasta que no pudo más, y la lefa de Omar empezó a chorrear en abundancia por la comisura de la boca del chaval, resbalando por su cuerpo imberbe. Omar se sacudió las últimas gotas dentro de la boca de Luis, y éste las lamió con gusto. Luis se dio la vuelta y me miró.
 
- No te has corrido, ¿no?
- No - musité.
- Menos mal. Ahora te toca a ti, tío.

Luis continuó sentado abierto de piernas sobre la butaca, y Omar ocupó mi sitio en el respaldo. Yo me puse de rodillas frente a Luis que, ya totalmente desnudo, apoyó sus pies sobre mis hombros.

- Ahora fóllame - me pidió.

Le miré a sus ojos azules mientras le metía sin dificultad mi polla por el dilatado ojete sin pelos. Me agarré a sus piernas, fuertes e imberbes como las de un crío, mientras sus músculos se tensaban al recibir a mi rabo. Su pecho estaba empapado en lefa del negro mezclada con sus babas, y Luis se sirvió de ésta misma leche como lubricante para masturbarse mientras yo lo jodía. Mi rabo entró en su culo con una facilidad pasmosa, ya que estaba completamente dilatado y lubricado por la saliva y el buen hacer de Omar. Cuando tuve metido mi rabo entero en el culo de Luis, éste me miró y luego levantó la cara para meterse en la boca el pollón del negro, quien estaba sentado prácticamente sobre Luis. La visión era increíble, ya que el pollón de Omar ya no estaba tieso del todo y en ese estado resultaba más atractivo ver cómo Luis se lo metía y sacaba casi entero de la boca, disfrutando sin duda del sabor de la última corrida. El cuerpo de Luis era todo músculo debido a la extraña postura y al enorme placer que estaba recibiendo siendo follado y con un pollón en la boca. Mi placer era indescriptible, pues podía meter mi rabo más y más cada vez, sin temor a hacer daño a Luis gracias a que el habilidoso Omar me había abierto camino. Cogí el enorme y tieso rabo de Luis y empecé a acariciarlo. Era una polla que destacaba frente a su fibrosa delgadez, grueso y tieso. La masturbé con el lubricante que era la lefa de Omar. La polla del negro volvía a estar tiesa y Luis la chupaba con ansia mientras acariciaba sus huevos. Sentí que me iba a correr y se lo dije a Luis:

- Luis, voy a reventar!
- Espera a Omar - me dijo.

Y así hice. Omar empezó a pajearse esta vez violentamente, mientras Luis estiraba los brazos para pellizcarle suavemente los pezones con los dedos llenos de leche y babas. Presencié a Omar correrse de nuevo dentro de Luis, que esta vez no dejó caer ni una gota fuera de su boca, en cuyo interior el negro estalló violentamente. Aumenté el ritmo de mi follada y empecé a joderme a Luis con fuerza, con una violencia de la que no me creía capaz. Mis huevos golpeaban el culo del chaval rubio de diecinueve años mientras él me miraba gimiendo, con un chorro de lefa del negro resbalando hacia su barbilla desde su boca entreabierta. No se había tragado el semen de Omar, sino que lo saboreaba con placer mientras yo le follaba con fuerza. Mis músculos de nadador se tensaron cuando sentí las descargas de mi leche irrumpir en el culo de Luis con fuerza. El calor y al humedad de su interior me proporcionaron un orgasmo indescriptible que me hizo doblarme sobre Luis. El muchacho temblaba debido al esfuerzo y al placer. Abrió su boca y un chorro de la lefa de Omar resbaló hasta su polla, lo que aprovechó para terminar de masturbarse, algo que hizo con mi polla en el culo lleno de semen y con el rabo de Omar que acababa de correrse dentro de su boca y chorreando aún.


* * *

Luis y yo nos vemos a menudo desde aquel día. No tardé en descubrir que yo soy el segundo tío con el que está y Omar el primero. A Luis y a mí nos compensa económicamente que él venga a mi casa solitaria los domingos por la tarde, ya que no he vuelto a gastarme un euro en pelis porno, ni él en las cabinas del sex shop. En cuanto a Omar, pudo cambiar su turno de trabajo, de modo que ahora tiene las tardes de los domingos libres, para venir a vernos a Luis y a mí a mi casa, donde siempre es bien recibido.