José estaba en el andén una bonita tarde de verano, mirando como, a lo lejos, asomaba el tren donde venía Ricardo, un incipiente amigo que había conocido a través del irc. de internet y con el que, desde hacía meses, se había venido comunicando a través de la pantalla del ordenador.
Mientras el tren se acercaba, Jose no hacía mas que preguntarse qué sucedería cuando estrechase la mano de su amigo cibernético, cómo sería su reacción, qué expectativas se verían confirmadas o frustradas tras estar los dos ahí, frente a frente...
A lo lejos la máquina del Talgo iba frenando hasta detenerse; se abrían paulatinamente y a toda prisa las puertas de los vagones y los viajeros bajaban apresuradamente. Jose durante los primeros segundo no reconocía a nadie que fuera Ricardo, guiándose la imagen de las fotos escaneadas que éste le había enviado.
El corazón le palpitaba con fuerza; procuraba mantener una postura serena y tranquila exteriormente, pero por dentro ardía en curiosidad y en ganas de tener delante a su invitado. Mientras miraba ávidamente. ¡¡zasss!!!...... alguien le tocó el hombro y al volverse le comentó:
-”Hola, tu eres Jose ¿verdad?”- Y jose se quedó impactado al instante al ver un mocete alto, robuso y de aspecto inmejorable. ---”¡Pues sí, aquí me tienes Ricardo!... ¿qué tal te ha ido el viaje?...”- le contestó Jose en tono aparentemente sereno. El motivo del viaje de Ricardo era sobre todo conocer a Jose y para ello habían acordado previamente aislarse ambos en un entorno donde, sin más remedio, tuvieran que estar en muy estrecho contacto. Los dos gozan de un gran interés por el campo, la ecología y la Naturaleza. Y aprovechando que ambos tenían ya las vacaciones de verano, les pareció una buena idea salir de acampada.
Eligieron un lugar de la sierra a 100 km. de la ciudad, de gran belleza natural, con abundantes fuentes de agua y un par de ríos en el entorno, entre montañas y desfiladeros. El sitio, por su relativa inaccesibilidad y por ser un tanto desconocido, garantizaría la intimidad y soledad del encuentro de nuestros amigos.
Así, con marcadas sonrisas en su labios, habla que te habla y con más detalles que omito, nuestros amigos se dispusieron a preparar todo lo necesario, en casa de Jose, para tomar, esa misma tarde, el autobús que les llevaría a la Sierra. Todo estaba dispuesto ya: una tienda de campaña, cantimploras, linternas, sacos de dormir, mantas, comida, un pequeño botiquín...
Y así los dos se vieron montados en un pequeño autobús rodeados de las gentes que vivían en los pueblos serranos y algún estudiante que regresaba de fin de semana a su casa. El aspecto rústico y sencillo de alguno de los viajeros le causó gracia y extrañeza a Ricardo que pensaba: “...-”jo, ¿a donde me querrá llevar éste...?”-
Se sentaron juntos en la parte trasera del autobús y el primer contacto físico que tuvieron fue, (a parte de haber estrechado sus manos en la estación), el roce de sus muslos en el asiento, que quedaban descubiertos a medias por el pantalón baquero corto del que se pertrecharon (dado el calor que hacía): unos muslos fuertes y fibrosos en ambos; tibios, suaves y lampiños los de Ricardo; con pelo, de piel curtida y endurecidos los de Jose.
Aquél súbito contacto actuó como una explosiva sensación en organismo de Jose. Notaba como sin quererlo, en su entrepierna iba endureciéndose su contenido, rápidamente y por momentos, mientras que el pantalón corto que llevaba no le ayudó a disimular en nada aquel boluminoso bulto que creía y crecía. Y cuanto más le aumentaba, más presión se producía contra la tela del pantalón lo a su vez le producía más excitación, produciéndose una reacción en cadena, un feenback tremendamente comprometedor.
Y desde la entrepierna la sensación se iba extendiendo por todo el cuerpo, notando un calor burbujeante que le subía desde al bajo vientre hacia la garganta y que le mantenía su pierna inmóvil junto a la de Ricardo. Jose estaba un poco sonrojado, inquieto, nerviosillo de que su amigo descubriera el alto octanaje de sus sensaciones al sentirlo ahí mismo, tan cerca de él.
Ricardo iba hablando aparentemente distraído hasta que casualmente su mirada cayó en la bragueta de Jose. Parece que el volumen que observó allí le sedujo irremediablemente. Jose, que iba en el asiento de la ventana, recibía el calor del Sol de la tarde. Ricardo, sorprendido por el paisaje y por el reciente descubrimiento de los tamaños que gastaba su anfitrión, acercaba su rostro hacia la ventanilla para mirar. Jose no tenía escapatoria; a un lado la ventana, al otro la tez de Ricardo que se le acercaba con la excusa de asomarse y que le dejaba notar los suaves hálitos de su respiración.
Estoy seguro que inconscientemente, de los dos surgían los deseos más volcánicos que os podáis imaginar... era el despertar implacable de los sentidos, la inexorable ley del deseo. Sólo hay que comprender un poco la maravilla de los sentidos cuando las reacciones más voluptuosas y sensuales se ponen en marcha, para así comprender lo que estaba empezando a pasarles a nuestros dos amigos.
Hacía calor, pese al aire acondicionado del autobús, que no terminaba de funcionar bien. Los dos sudaban un poco y Ricardo observaba un tanto extasiado las pequeñas gotas que surgían del rostro de su amigo por el calor.
Transcurrió el viaje y por fin, llegó a su término. Al bajarse en una parada en medio de la sierra, aún tuvieron que andar un largo trecho hasta llegar al lugar elegido. Aprovecharon para contarse más cosas, ahondar en su incipiente amistad presencial, y Jose iba ambientando a su amigo en las leyendas e historias mágicas que había en torno a aquél lugar. Por fin, hallaron el lugar idóneo para instalar la tienda y debían de darse prisa, pues estaba anocheciendo. Así lo hicieron; su pequeño hogar de tela quedó listo en pocos instantes. Nadie humano alrededor, sólo el rumor del aire traspasando las agujas de los pinos, algún que otro grillo y la fragancia aromática de las plantas de la sierra...
Ricardo, más decidido, se quitó la ropa y se quedó en bañador... después del viaje y del calor que había pasado quiso darse un pequeño chapuzón en el remanso de agua que estaba frente a la tienda, procedente del río. Y conforme la camiseta, las botas, los pantalones de Ricardo iban desapareciendo de su cuerpo, Jose quedaba atónito al observar aquel cuerpo imponente, perfecto, con una musculación ni muy exaltada ni muy relajada... Se moría de ganas pensando en si podría llegar a tocar y besar cada rincón de aquel cuerpo... pero su timidez le impedía dejar escapar cualquier gesto de deseo frente a Ricardo.
Siguiendo el ejemplo de su amigo, se quedó también en bañador, mientras Ricardo ya andaba chapoteando en el agua. Jose apenas podía disimular aquel potente rabo que palpitaba bajo el bañador y que Ricardo miraba de reojo. Se metió en el agua con su amigo pero dado que el agua estaba bastante fría no tardaron en salirse los dos y cogiendo unas toallas se secaron dentro de la tienda.
Extendieron un colchón hinchable de dos plazas
y sacaron los sacos de dormir y una manta. La noche ya se había
echado encima.
-”¡Tío que bien, que silencio y qué
tranquilidad hay aquí!, me gusta esto”- dijo Ricardo. -”Ya te comenté
que era un lugar de ensueño”- le replicó Jose. Y así
los dos se tumbaron boca abajo, mientras sacaban las cabezas entre la apertura
de la tienda mirando como iban apareciendo las primeras estrellas. Jose
le contaba cosas de aquel lugar a Ricardo mientras éste tocaba con
sus pies los de Jose que a su vez acercaba su rostro al de Ricardo; a lo
lejos se escuchaba el ulular de un búho.
Ricardo de momento se quedó callado mirando a los ojos de su amigo, sonriendo y dejando ver una blanca dentadura. En un momento dado se dio la vuelta y se quedó boca arriba, exhibiendo un fenomenal bulto que latía bajo la fibra del bañador.
-”Me encanta que me hayas traído a este sitio... me siento tan bien. Anda, ven, acércate a mí...” -le dijo Ricardo. Jose acercó sus piernas y las puso entrecruzadas con las de Ricardo, notando contra su piel el palpitar de aquel rabo juguetón, objeto de sus deseos. - Ricardo, mirándole a los ojos y sonrió: -”soy para ti, ahora y en este momento quiero sentirme más unido a ti”- le dijo, a lo que Jose añadió un suspiro de alivio y una sonrisa de oreja a oreja, mientras dirigía su mano hacia la cabellera larga de Ricardo y se acercaba pausadamente a su mejilla, a su barbilla, ... a su boca.
Y se fundieron en un beso apasionado, en un abrazo brioso que les hizo estallar los sentidos. Sus labios se comían mutuamente, sus lenguas se degustaban una y otra vez... sus bolas grandes y calientes se apretaban con frenesí, y sus pollas al borde del reventón se humedecían y se frotaban una contra otra, tras quitarse los bañadores.
Todos los sentidos iban incorporándose a cada instante: la vista en la penumbra de la suave luz estelar que dejaba entrever dos cuerpos retorcidos de placer y gozo, en la voluptuosidad de su fuerza y juventud... el tacto que a través de la piel y las manos no quiere renunciar a ningún espacio sobre el que navegar y sentir... El gusto ligeramente salado de la piel o la suavidad de unos labios carnosos; el sonido de los gemidos incontenibles a cada espasmo y convulsión del deleite; y uffff¡¡¡¡ aquel olor masculino -después del cansancio y la fatiga del camino- que se desprendía del cuerpo de nuestros amigos...
Y así, en aquella batalla de deseo desenfrenado, Ricardo y José se investigaban mutuamente, cabalgando unos sobre otro. Se tocaban, se frotaban, se lamían, se mordían, se chupaban, se respiraban mutuamente y por todas partes. Y cada sentido quería robarle a otro lo que él mismo dejaba de percibir: los oídos, la boca, los huevos, sus culos prietos, en los que se introducía un dedo juguetón que luego era requerido por la boca para arrebatarle su sabor...
Su olfato se metía en cada orificio y en cada esquina de aquella arquitectura humana. Ricardo, en un deseo básico e instintivo, casi animal, no dejaba de meter su lengua en las axilas de Jose y éste descubrió complaciente el culo lampiño y redondo de su amigo que empezó a lamer y a investigar con su lengua, cada vez más dentro y más profundo, degustando aquel sabor nuevo e inexplorado hasta entonces para él procedente de aquel agujero húmedo, caliente y jugoso.
Ricardo más que materia o carne, era puro éxtasis levitando de gusto al sentir cómo le comían el culo tan afanosamente; se sorprendía al descubrir por primera vez que en aquél lugar recóndito de su cuerpo, le podía desencadenar aquellas sensaciones tan insospechadas hasta entonces para él.¡Se atraían con tanta fuerza, era tal el deseo entre ambos, que no había lugar prohibido, práctica limitada o rincón no deseado!
José era un volcán en erupción
porque se volvía loco viendo retorciéndose y disfrutar a
su amigo. Y él que siempre fue un buen “mamífero” quiso tragarse
de una las bolas de Ricardo para lamerlas afanosamente con su lengua. Y
así, todo iba “in crescendo”, más y más, aquello era
la ascensión hacia una apoteosis alucinante, más allá
de la materia... era la explosión creativa del Universo...
Ambos estaban emborrachados en su deseo, en un baño
interno de endorfinas que les tenía absorbidos.
Y así Jose siguió tragando y tragando ¡qué avaricioso¡, hasta llegar al capullo enrojecido e hinchado de Ricardo, tragándoselo hasta el fondo junto a las gotas de líquido preseminal que lo humedecían. En ese momento Ricardo soltó un alarido de placer que salió desde lo más profundo de su garganta... parecían dos animales al borde del aullido, no sabemos si de extenuación o de están al límite del placer...
Sin duda los instintos más profundos estaban
en plena acción, la comunicación más íntima
se había establecido... eran auroras del universo en plena Creación,
eran fuerza, furia y vigor varonil que se entregan sin reserva uno al otro,
con la sensación de penetrar en lo prohibido, en lo vedado, de comer
del fruto intocable, de abrir la caja de los placeres que les conmovía
irremediable y irresistiblemente a abrirla, inexplorada antes de descubrirla,
pero intuida en el regalo de sus goces posibles.
-”¡Joder, no puedo más tío... me voy a ir de gusto!- decía uno... “no, no te corras todavía, tenemos que disfrutar más” -reponía el otro mientras le lamía los dedos de los pies y paseaba a ésta por sus plantas para ir subiendo por los tobillos, las pantorrillas, las nalgas, el interior del muslo...
No se podían dejar el reverso... ¡hay que cabalgar por la espalda! Jose pidió a Ricardo que se encabritase como si de un potrillo salvaje se tratara, mientras él intentaba domarlo, montarlo... Y así, en esa trama, Ricardo jugaba entre resistirse y dejarse, mientras Jose acercaba la punta de su rabo caliente por el culo que había lamido previamente.
A Ricardo nunca la había penetrado nadie antes. Y aunque le llamaba mucho la atención experimentarlo, nunca había tenido ocasión de llevarlo a cabo. A parte tenía un poco de miedo por si le dolía, o quizás por un temor inconsciente a que ese acto supusiera romper su hombría y virilidad. Pero ahora, todos aquellos temores se habían disipado ante el gusto irresistible que sentía hasta en el último rincón de su cuerpo, y deseaba ser poseído lascivamente como si de una hembra de animal, en pleno celo desesperante ardiese, por que entrasen en su cuerpo.
Confiaba en Jose, que aunque muy brioso, al mismo tiempo era delicado y hábil en sus gestos eróticos y sexuales, como hombre ya experimentado. Y además Ricardo en sus fantasías soñaba que aquella primera vez debía ser especial, en un lugar diferente, con alguien diferente y haciendo algo diferente. Sin duda, ahora era el momento.
-¡Tío, quiero que me jodas, por favor,
entrame... métemela, te lo pido por favor...! -replicó Ricardo
a su amigo-
-”Vale, pero dado que es la primera vez, vamos a hacerlo
bien- y diciendo esto Jose sacó de su mochila un tubo de crema “KY”
(lubrificante e hidrosoluble). -”Mira, vamos a usar esta crema para
que entre sin dificultad, no aprietes el culo o te dolerá... simplemente
disfruta notándola entrar poco a poco y verás como te entra...”-
Y así se untaron crema por el culo, en sus rabos y un poco por el resto del cuerpo para notarse más húmedos y gelatinosos al roce de sus pieles, lo que les permitía resbalarse uno contra otro como si de dos ofidios en el juego del amor se tratase.
Buuffff¡¡¡¡ el momento era álgido, un pequeño respiro para recuperar el aliento. Todos los ingredientes estaban listos, incluidos condimentos: sudor caliente mezclado con crema lubrificante... saliva que a veces chorreaba literalmente de sus bocas para derramarse sobre sus cuerpos...
Y entonces Ricardo exaltado dijo a su amigo: ¡Hostia, tío, no puedo más, fóllame por favor, como si fuera una perra callejera, soy tu potrillo, móntame y cabalga. Y se puso a cuatro patas con el culo bien abierto, mientras le colgaba una verga larga y hermosa entre las piernas. Jose, obediente, se dispuso colocando la punta de su rabo frente al culo de Ricardo, humedeciendo una vez más con saliva su polla y aquel suculento agujero, comenzando a deslizarla suavemente, muy, muy despacio al joven compañero.
Ricardo gemía mientras se le saltaban gotas de sudor en la frente y por todo el cuerpo... la goma de la colchoneta aparecía mojada. Se retorcía de gusto mientras notaba aquel capullazo introduciéndose hacia sus entrañas. ¡No aprietes, tranquilo... deja que se deslice! -le decía Jose-... Y por fin, en un momento dado, notó traspasar la verga de su amigo por el esfínter de su culo, sintiendo algo indescriptible -¡Te noto dentro, que gusstttooooo!!!- le decía.
Casi si corre si no es porque estaba intentando controlar mentalmente todo el proceso. -¡UUUffff, tío, qué placer, venga métela ahora toda, por favor, hasta el final!!!!- le decía a Jose. Y él siguió complaciente haciéndole notar a Ricardo el roce de su rabo en el interior de sus vísceras; la polla de su amigo latía literalmente en su interior y a cada empujón de placer, le seguía un espasmo de gusto, era como tener dos corazones en un mismo cuerpo.
Ser poseído y unirse en uno, era el fluir de una energía especial sin precedentes. Ricardo apretaba entonces levemente su esfínter, notando más y mejor el rabo de Jose y haciéndole sentir a este el abrazo del culo sobre su miembro. ¡Qué buen recibimiento!
Y así Jose, lentamente y con todo cariño, penetró a Ricardo y ambos empezaron una danza pelviana de dame y toma y de nuevo, más aún, cada vez más, mucho mas. Mientras se la metía, Jose sometía desde arriba a su amigo, le mordía suavemente por el cuello y en las orejas, le chupaba la nuca... Ricardo volteaba su cabeza sacando la lengua y buscando la boca de Jose para besarlo y respirar su aire... Jose agarraba con su mano izquierda la cintura de Ricardo para que no escapara, mientras que con la derecha agarraba la polla de Ricardo, meneándosela.
Y así, a cada espasmo de gusto en Ricardo, Jose notaba como apretaba su culo comprimiéndole su rabo, supcionándola cada vez más adentro, más adentro aún... Y mientras cabalgaban, el culo de Ricardo quedó tan relajado y abierto, que Jose la sacaba y la metía entera, sin ninguna dificultad. Ricardo se volvía loco con aquellas envestidas, nunca pudo imaginar nada parecido.
¡¡¡¡Buuaffff!!!! aquello era demasiado: mientras uno gemía el otro le decía: -”sigue, fóllame a gusto, fóllame y hazme gozar!!!” fóllame y hazme gozar!!!”-
Y siguieron y siguieron... hasta que:
-¡hostia tío, me voy a correr, no puedo más..., venga, vamos a corrernos¡¡¡” y.... ¡¡¡¡zassss!!!! de un lefazo caliente y contundente Jose se vació en Ricardo al mismo tiempo que lanzaba un aullido de gusto.
Al instante, Ricardo notó un fluido ardiente dentro de sí junto a las convulsiones progresivas de la corrida de Jose, mientras su polla, sufría los espasmos del placer dentro de su culo. Y así, al tiempo, Ricardo sintió una brutal sacudida proveniente de su bajo vientre y que se extendió hacia todo su rabo, produciéndole una corrida que reventó agitadamente a cada palpitación de su polla en las manos de Jose; él aún no había salido del orgasmo, cuando notó sus manos pringándose con briosos y abundantes chorros de semen caliente que escupía abundantemente el miembro erecto y durísimo de Ricardo.
José se llevó los dedos a su boca, para notar el sabor entre dulce y áspero de aquel nectar de la vida. Era como un generoso regalo de su amigo. Por fin, el descanso... se abrazaron frente a frente, se besaron con cariño y entrecruzaron sus piernas mientras se acariciaban con dulzura... -nunca podré olvidar ésto- le dijo Ricardo a Jose. -Pues habrá más, mucho más por descubrir y experimentar- le respondió éste.
Y no sin más de 10 minutos de descanso, sin que sus rabos dejaran de estar completamente erectos, Ricardo humedeció su polla con los restos de lefa que aún quedaban licuados y probó a poseer a su amigo que generoso, se entregó a él para terminar por esa noche tan sublime intercambio, en una explosión de gozo más allá de las palabras. Y después de aquello, se quedaron durmiendo abrazados, dándose el generoso calor de sus cuerpos, cansados, extenuados pero contentos, exhaustos pero satisfechos porque de ese frenético deseo estaba empezando a germinar un cómplice amor.
Y así durante el tiempo que duró la excursión, cuando al alba sus pollas se volvían a poner duras y se rozaban en el sueño del amanecer, semi inconscientes, dormitando, se abrazaban de nuevo con más ímpetu y deseo. Y se amaron bajo la luz de la Luna, en las aguas de un río limpio y cristalino, en las profundidades de una cueva silenciosa que les devolvía con eco el ruido de sus gemidos... envueltos en el sudor del final del verano, nunca en sus vidas olvidaron aquello, que desde lo más puramente humano, les acercó al placer de lo más puramente divino y creativo: el milagro de sentirse plenamente vivos.
Hoy los dos viven juntos, y después de compartir sus cuerpos, decidieron compartir sus vidas, sumando al goce de los sentidos, el de los sentimientos... Aprendiendo que debajo de la piel de alguien, se esconde un posible Universo que descubrir y conquistar o lo que es mejor, de compartir. La hermosura de sus cuerpos podría perderse ya y sin embargo saben que la belleza, cuando se acaricia con amor, es mas bella... y que el amor es la mejor de las bellezas, porque es imperecedera.
Jose.
Espero que te haya gustado. Quizás es algo que
realmente ha sucedido, quizás sólo una fantasía...
en cualquier caso creo que estaría bien vivir algo así. Al
menos en mi mente, esto si ha ocurrido.