Fantasía de Adolescentes II
El inicio
Aquella mañana Alejandro se presentó a los gendarmes del castillo. Al
dirigirse al puesto se cruzó con otros muchachos de su colegio que iban al salón.
Se colocó el antifaz para que no lo reconocieran. Él también era un muchacho
noble. Pero en vez de estar disfrutado del dinero de su familia se veía
obligado a servir en el castillo, dejándolo todo. Estaba vestido con una pequeña
seda naranja que le tapaba su pene y nalgas, y una collar de cuero con un anillo
de donde lo podían atar. Por unos instantes atravesó su mente la idea de la
huida. Si se escondía en el bosque, los gendarmes no podrían hallarlo nunca.
Pero al instante desechó aquellos propósitos. Tenía un hermoso cuerpo, una
marca en el culo que lo identificaba como esclavo del conde. No podía huir.
Penetró en el salón. El comedor estaba adornado por un hermoso chico atado de
pies y manos. El conde lo estaba masturbando. Alejandro esperó aguardando a que
terminara para preguntar si no habría algún error en su rapto. Un olor a
perfume llenaba todo el gran salón. Alguien posó la mano sobre el hombro del
muchacho. Se volvió. Era el padre de su mejor amigo. Vestido con un esmoquin.
Alejandro no lo podía creer y le pareció que él había pagado por su rapto.
El hombre le cogió el culo y le quitó el antifaz y lo besó en la boca. El
chico se sometió dócilmente a lo que creía era cariño. Pero a los pocos
instantes se dio cuenta que lo maniataba.
- !Uno al lado del otro!.- ordenó el hombre a los muchachos que entraban al salón.
El hombre se acercó al chico, este temblaba de miedo. Cada vez que lo tocaba
sentía el mismo temor. A su espalda el chico gritaba excitado ante la perfecta
masturbación del conde. Alejandro no pudo verlo, pero se excitó. Él también
había sido iniciado de igual forma. El hombre desata la tanga de seda dejándola
caer al suelo quedando completamente desnudo, el pene del muchacho se excitó
mientras la ponía y apretaba una anilla en la base de los testículos, la cual
tenía un lazo amarillo largo del cual podía jalar. Alejandro comprendió
entonces lo que le ocurriría. El hombre besó el pene erecto de su víctima, y
tomando la punta del lazo amarillo atravesaron el salón. Los invitados se reían
del muchacho, le tocaban, acariciaban y besaban, y él no se podía resistir.
Delante del grupo de compañeros del colegio y sus amos soltaron la carcajada al
verlo pasar atado de manos y jalado del pene por ese hombre. Alejandro cerró
los ojos ante la humillación. Algo acababa de quebrarse en su interior. Sabía
que los chicos se excitaban cuando veían a los hermosos modelos y esclavos con
las manos atadas, conducidos con un lazo que colgaba de la base de los testículos.
Oyó los comentarios de Jorge Martín y Diego Castañeda.- "... Ese era el
mas creído de la escuela, qué cola tan perfecta..." Salieron del gran salón
y lo condujeron a una de las torres. Un profundo silencio pareció invadirlo
todo. Sólo se escuchaban sus pasos, los de cuatro muchachos más y los de los
soldados. Le pareció que su cuerpo había dejado de pertenecerle. Que estaban
obsesionados con él. Y que su pene y nalgas eran ya de libre disposición. Que
era un ser completamente diferente. Como sus pensamientos. Como su virginidad.
Todo pertenecía a otros. No le quedaba ya nada suyo.
El jefe de guardia de la torre termina de colocarse el arnés y la tanga de
cuero y salió del pequeño salón de la torre silbando alegremente. La noche
era cubierta por una niebla. Un joven asistente le entrega el látigo y lo besa.
Tan fuerte como pudo. "¿Unos nuevos alumnos?".- preguntó el
asistente, echándose a reír. Adivinaba que el ayudante iba a tocar sus vergas.
El jefe guiñó el ojo. Pero no respondió. Después de haberlo tocado a él
desnudo, por todo su cuerpo y haberlo metido en la jaula se sentó en el
escritorio. Cogió del archivo el informe de cada uno de los muchachos y lo leyó:
Alejandro procedía de círculos bien situados. Era un estudiante de un colegio
de niños ricos, de apenas 18 años de edad, era un guapo chico, muy interesado
en los deportes y en los deportistas. Primero con sus compañeros de natación y
luego con los chicos de su escuela. Alejandro solía tomar algunas copas con un
amigo de su padre, un conocido homosexual. Allí entró en contacto con el sexo,
pero era virgen de culo aún. El hombre lo había raptado al salir del colegio.
Martín era algo menor que Alejandro, era un hermoso rubio aprendiz de modelo y
el menor de cuatro hermanos. Su padre, labrador, había entregado al chico a un
orfanato hacía ya algunos años del que había sido sacado por los hombres del
conde.
Hans era el mayor de tres hermanos, había nacido fuera del matrimonio y existían
dudas sobre su paternidad. En la escuela se hizo ya notar por el maltrato a sus
compañeros más pequeños, y por ello fue expulsado y luego su padre lo entrega
al servicio de su hermano millonario.
Releyó el informe y luego lo devolvió al archivo. Se sentía satisfecho. Atusó
sus bigotes y se miró en el espejo. En la puerta de la torre los tres chicos
esperaban las ordenes del hombre. Estaban asustados. Sé abrió la puerta y
entraron al salón. El oficial con un sello de tinta en la mano echó una
mirada al rostro pálido de los muchachos. Luego se fijó en Alejandro, le marcó
la nalga izquierda con el número 1 y le entregó un bañador azul oscuro
marcado con el mismo número de un color amarillo en la parte trasera y una
camiseta del mismo color y con la misma marca. A Martín, un bañado naranja
oscuro marcado con el número dos de un color blanco en la parte trasera y una
camiseta del mismo color y con la misma marca, y a Hans un bañador rojo pasión
marcado con el número tres de un color negro en la parte trasera y una camiseta
del mismo color y con la misma marca.
Al parecer eran los únicos visitantes. El guardia los llevó a una bodega con
tres jaulas, cada una tenía una cama, un inodoro y una ducha en su interior,
marcadas con los números de su ropa. Al cabo de un rato, les quitó las anillas
y los entró en ellas.
- Qué hermosos son ustedes.- dijo, mirándolos a los ojos.
En ese momento aparecieron tres hombres de treinta a cuarenta años, con las
manos en los bolsillos de los delantales de seda transparente marcados con él
numero de cada chico que llevaban puestos. Tenían unos cuerpos muy bien
formados, unas nalgas muy prominentes y su desnudez sólo era tapada en parte
por los pequeños delantales. El guardia les pidió a cada uno que le sirviera
la comida a su joven aprendiz con el que vivirían esos días.
Hans y Francisco
El maestro de Hans era un hombre de 39 años, profesional que procedía de círculos
muy conservadores de la ciudad, padre de cuatro niños. Le habían contratado
para trabajar en el castillo con un muy alto sueldo. Tenía una inteligencia
superior, pero era bisexual, impulsivo, caprichoso, dominado por los
sentimientos y de reacciones desmesuradas.
Francisco se vio enfrentado súbitamente a un divorcio con su mujer e
insoportablemente con su propia homosexualidad, cuando el conde lo rapta para
las actividades en el castillo. Hasta aquel momento, había podido ocultar su
inclinación por los muchachos. Pero no podía admitir que fuera esclavo sexual.
Ahora en ese momento ya no era posible salir del castillo. Francisco sonrío con
desgano al entrar en la jaula. Mecánicamente se quitó el delantal y se acostó
en la cama con el chico. Hans lo saludó y hablaron largo rato acostados en la
cama.
Pero yo te interrumpí, perdóname, porque si no me cuentas tú de cómo
llegaste a este lugar...
- Aquella noche había una cena. Estábamos todos con el conde, cuando me
llamaron, era mi hijo adoptivo de veinte años que estaba en un castillo vecino.
En una habitación vacía. Solo él con cuatro guardias. A excepción de Manuel,
todos los que estábamos en el lugar estábamos de pie. Manuel estaba atado con
los ojos tapados, con el cuerpo doblado sobre la mesa, con cada uno de los
tobillos y muñecas atado a las cuatro patas. Estaba llorando. Tenia una tanga
de tarzán rota, tenía medias. Yo siempre lo había deseado sexualmente desde
chico. Miré fijamente el trasero expuesto y me excité mucho.
- Bueno y ¿qué pasó?.- preguntó Hans emocionado.
- El chico agita la cadera. Empieza a gemir de placer. Lentamente mueve su
cuerpo semidesnudo de un lado al otro tratando de soltar su amarras. Los hombre
del conde me desnudan y me excitan con sus manos. El chico mueve de nuevo el
carnoso trasero de un lado a otro, y sigue gimiendo. Ese trasero marfileño, allí
en medio de la habitación, desnudo.
Hans toma con la mano el pene del hombre y dice:
- Continúe.
- Me conducen a donde el chico. Lo veo todo desde mi posición; observo el tamaño
del pene erecto, la boca, la profunda raja que parte los dos globos. Le toco el
trasero, le acaricio el pene, aprieto la carne con las manos. El chico grita
asustado pidiendo que llamen a su padre, pero vuelve gemir mientras le arrancan
la ropa interior rasgándolo con unas tijeras. Entonces me entregan un frasquito,
lo abro y unto el dedo en el aceite y se lo meto en el ojete del culo. Los
gritos de placer y pánico se oyen, mi verga está completamente despierta. Le
manoseo su pene y le paso el mío por su cara. "Qué quieren de mí!"
gritaba el chico, "ayúdenme!". Mientras, yo le coloco mi verga entre
los globos, recuerdo que le temblaba todo el cuerpo, impotente, mientras mi
polla se movía en la virgen gruta. Él temblaba de consternación. Mi bebe gemía.
Yo le daba por el culo, su boca estaba siendo conquistada por la verga de uno de
los guardias. Gimoteaba ante su propia ternura. Otro de los guardias se desnuda
y me penetró el culo, metiéndomela hasta que los huevos chocaban con mis
nalgas. De pronto se me acercan los otros guardias y me colocan unas esposas de
hierro. Uno de ellos me aparta del chico. Él sigue llorando asustado. Y me
acuestan encima nuevamente mientras nos atan a los dos con unas cuerdas.
Nuevamente lo embisto por el culo con fuertes movimientos. El joven lanza un
grito estrangulado. Se la meto más al fondo al correrme, y vuelvo a embestirlo.
Los hombres nos cargaron y nos montaron en la bodega de un camión y nos
trajeron a los castillos.
- ¿Él se dio cuenta que eras tú?.- preguntó Hans.
- Sí, estuvimos juntos en una celda follando muchos días. Pero ahora cuéntame
tu historia.
- Al final de las vacaciones de primero de bachillerato, mis padres viajaron. Al
principio, me quedé con mis hermanos en la casa de los abuelos. Luego un tío
soltero de unos cuarenta años pidió a mis abuelos que permitieran que yo lo
acompañara a su casa en el lago unos días. La idea consistía en que el hombre
se quedara conmigo. Mi tío y yo disfrutamos del tiempo en la casa de la montaña.
Procuramos estar siempre el uno en compañía del otro. Mi tío siempre andaba sólo
y ocupado. Su vitalidad contribuyó a mi felicidad. Hizo que yo me vistiera como
un niño rico. Los dos íbamos de tienda en tienda, para comprarme todos mis
antojos. Entonces, un día, percibí que mi tío estaba enamorado de mí, una
alteración de su estado de ánimo. Nos encontrábamos en la sala. Mi tío había
recibido la llamada de mis padres, habían estado hablando de mi entrega
definitiva a él y de repente, se mostró ingenioso. Habló de sexo entre
hombres. Expresó lo extraño que le parecía el hecho de que viviéramos
juntos. Me acarició una mano y luego se echó a reír y me apretó el pene por
encima del pantalón corto. Y me dijo:
- ¿Piensas en ello?
- ¿Que si pienso, en qué?
- Vamos, no finjas.
- Pero tío, si no estoy fingiendo nada.
- ¿Piensas en nosotros, allá, en el castillo? En todos esos juegos. Tomaremos
una copa de champaña. ¿Te gustaría eso?
- Creo que a mí sí me gusta mucho.
Me acarició la mejilla con las yemas de los dedos. Tomamos champaña en la sala
y algo más tarde en una piscina de aguas termales.
- Echo de menos los besos en la boca - comentó - pero es maravilloso ver tus
lindos labios.
Se echó a reír y me besó. Mis labios contra los de él. Apretaba su mano en
mi bulto. Luego me acarició el trasero y murmuró mientras me lamía la oreja:
- ¿Quieres que nos lo pasemos bien juntos? ¿Lo has hecho ya con otros?
Oculté el rostro sobre su hombro, mientras él me abrazaba.
- Sí.- contesté, y agregué: a un chico del colegio, que le obligaba en los
recreos a mamármelo.
- ¿Por eso te expulsaron?
- Sí.
- ¿Tus padres saben eso?
- Sí.
Volvió a besarme, esta vez con la lengua. Tras un momento de vacilación, su
lengua se deslizó por entre mis dientes. Luego, se apartó y me tocó los
brazos, los pechos y metió la mano entre mis pantalones de baño, desatando la
prenda, dejándolo caer al fondo de la piscina.
- Pequeño zorro. Esto es algo que te gusta tanto como a mí. Tu pene está
completamente duro. Qué hermoso eres.
Me masturbó tres veces.
- Querido, tienes un cuerpo de príncipe.
Bebimos lentamente la champaña, entre susurros y besos. Sus manos no tardaron
en provocar mi corrida.
- Eres como un pequeño bebé. Anda, cariño, chupa el pene todo lo que quieras,
mordisquéalo, métetelo en la boca.
- Te adoro, tío.
Me deleité con el calor de su cuerpo durante todas las noches de ese verano.
- Tienes una polla grande.- dijo Hans a Francisco - y tan fuerte... métemela.
Martín y Diego
Martín era algo menor que Alejandro, era un hermoso rubio aprendiz de modelo y
el menor de cuatro hermanos. Su padre, labrador, había entregado el chico a un
orfanatorio hacía ya algunos años donde era el amante del rector y su hijo
mayor quien por problemas con su mujer y hermanos lo había entregado a los
hombres del conde.
Diego era un hombre de 36 años, labrador como el padre de Martín, y tenía una
cara de niño y cuerpo de modelo. Vivía sólo en el bosque, y era un homosexual
oculto.
Sentado al lado del chico, le preguntó si podía acostarse a su lado.
- Sí.- contestó el asustado chico.
Los invadió un desagradable sentimiento de humillación. ¿Por ser esclavos
sexuales? Oh, no podían creerlo. Sin embargo les gustaba.
- ¿Estás aburrido?.- Le preguntó el hombre con dulzura.
- ¿Y a usted qué demonios le importa?.- le contestó Martín.
- La verdad es que no me importa en absoluto. Lo que ocurre es que yo sí me
aburro. Me gustaría violar tus nalgas y chuparte todo el cuerpo.
- Es tarde, maestro.- objetó Martin.
- Puedes dejarme, si quieres te lo mamo, como prefieras. ¡¿Qué? ¿Te animas?!
Martín no respondió.
- ¿No echas de menos a tus amigos del internado?.
- Bueno, lame mi culo ya.
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