Fantasía adolescente S/M
Primera parte: La Venta
Un día, en lo más intenso del calor del verano, un conde ingles llegó a la
casa de playa de mi padrastro. Yo estaba vestido con una pequeña tanga mirando
por la ventana cuando él descendió del yate. Su cuerpo era espléndido, y lucía
un mini slips. Más tarde, supe que se trataba de un gay muy pervertido, aunque
no llegué a saber su edad, no pasaba de treinta. O si la sabia, ya no lo
recuerdo. El caso es que, según me enteré, mi padrastro había sido esclavo de
su padre.
El castillo de mi padrastro estaba rodeado de bosques. La playa enmarcaba la
entrada al porche, y al final del verano había que limpiarla para la
temporada siguiente. En el segundo piso había nueve dormitorios. Los jóvenes
sirvientes gay vivían en las habitaciones que había en la buhardilla.
Cuando llegó el hombre, mi madre había "enloquecido" hacía unos
meses y mi padrastro me había obligado a vivir con él. Yo tenía por entonces
muy pocos años. Me gustaba jugar con carros, soldados de juguete, el fútbol,
la esgrima, la piscina, los juegos desnudo con los sirvientes en la playa me
resultaban agradables.
Mi padrastro parecía encantado con la compañía del joven noble. Se pasaron
mucho tiempo hablando sobre los amigos. Yo les escuchaba, siempre que me lo
permitían. Me enteré de los chismorreos, del rescate de viejos recuerdos. Mi
padre había hablado a menudo del castillo del rey, de sus aventuras con algunos
escolares, de la forma como vivían.
Durante la cena, el joven no dejaba de mirarme. Mepreguntó en qué colegio
estudiaba, el perverso afirmó qué clase de juegos me gustaba participar,
y me dijo que era muy atractivo con esa tanga.
- Realmente es un muchacho encantador, tiene una hermosa cara, y qué nalgas!- añadió.
Luego, los hombres se dedicaron a hablar de los negocios. El joven afirmó que
él no podía ayudar a salir de la quiebra a mi padrastro, y aseguró ser un
hombre al que le gustaba ayudar a sus amigos bajo ciertas condiciones. Mi
padrastro asustado asintió con un gesto. Él tenía sus gustos muy bien
definidos, así que tendría que aceptarlos si quería el dinero. Yo
tomaba un sorbo de vino, mientras les oía hablar, y me ruborizaba cada vez que
me miraba.
A últimas horas de aquella misma noche, mi padrastro acudió a mi dormitorio, y
se sentó al borde de la cama. Me dijo que su amigo tenía un gran castillo y
preguntó si me gustaría vivir en él. Luego, me preguntó si me gustaba el
joven empresario.
- ¿Qué te ha parecido? - Inquirió.
Le contesté que era muy raro, me parecía que él me deseaba con pasión.
- ¿Te quiere ayudar de verdad?
- Oh, sí.
Le dije que algún día me encantaría hacer una visita a su castillo. Él me
sonrió y me acarició la cara y el torso. Dijo que ese sería mi nuevo hogar. A
continuación, me comunicó que había decidido que me entregaría esa misma
noche a su nuevo socio.
- Como parte del acuerdo comercial- añadió mi padrastro - No tienes
alternativa y le has parecido muy atractivo. Además, ya va siendo hora de que
"trabajes".
No dije nada. Pregunté con lagrimas en los ojos qué haría su socio conmigo, a
lo que me contestó que inicialmente por unos pocos día me dejaría virgen. Que
sólo se me llenaría de caricias, besos, y que me iniciaría en las
masturbaciones. Luego, añadió que me enviaría a un guardia personal, para que
hablara conmigo.
- Tú serás un esclavo y supongo que sería sensato que hablaras con su hombre
de confianza.
Tras decir esto, me desnudó para colocarme un pequeño y apretado pantalón de
seda, me ató las manos y abandonó la habitación, cerrándola con llave al
salir. Permanecí sentado en la cama llorando, pensando en el castillo. En aquel
entonces, yo no tenía ningún conocimiento de las cosas.
El guardia, vestido con una túnica de seda y una pequeña tanga roja, llegó al
cabo de un rato. Teína un rostro rubicundo y parecía divertido por mi situación.
- No será nada espantoso que seas un mancebo - me dijo.
- Te diré lo que tienes que hacer, y estoy seguro de que te resultará muy
agradable.
Me desató y estuvo gastando bromas. Me abrazó y me acarició la barbilla.
Luego dijo que me prepararía, pero que para eso tenía que enseñarle el pene y
el trasero, allí mismo, sobre la cama. Me arrodillé y me bajé el trasparente
y pequeño pantalón de seda naranja y dejé mi pipí y nalgas al descubierto.
El amo dijo que tenía un culo precioso y me recorrió las nalgas con las manos.
Luego me metió una mano en la horcajadura y posó los dedos sobre la raja. Me
hizo cosquillas en el pipí, y sentí uno de sus dedos sobre del culo.
- Tienes un ojete virgen pequeño y bonito. Pero deja de temblar ya, mi nene.
Esto sólo es el principio de tu vida como esclavo.
Luego, sentí sus besos. Me besó las nalgas, con los labios húmedos sobre mi
carne. Luego, me posó la boca sobre la raja y avanzó la lengua. ¿Fue su
lengua húmeda lo que sentí? Me lamió todo el ojete del culo, haciéndome
excitar locamente. Finalmente, se detuvo, y abrió un maletín que había traído
consigo. Eran un collar de cuero con una argolla y una larga cadena, un antifaz,
con unas esposas. Me dijo que debía colocarme eso. A continuación, procedió a
subirme el liviano pantalón y a ponerme el collar, el antifaz y atarme. Sentí
sus dedos acomodando mi erecto pene entre el pequeño pantalón. Mientras
actuaba no dejaba de hablar. Dijo que el noble conde, cuando llegara el momento,
me haría muy feliz.
- Estoy seguro de que te gustará - me aseguró. - El ser su esclavo nos produce
más placer que cualquier cosa.
Y, tras decir esto, me besó en la boca con pasión y se marchó.
Me resulta difícil ahora captar de nuevo el silencio en el que quedó sumido el
dormitorio. Tenía puesto un camisón de seda blanca con el escudo del reino del
amigo de mi padrastro. Luego llegaron los dos pequeños hijos varones de los
sirvientes de mi padre vestidos como tarzán, y me tomaron de la cadena que
colgaba del collar y salí del dormitorio y caminé por el largo pasillo, en
dirección del salón de la casa. Al llegar vi que mi padrastro, sus socios y
otros hombres se habían cambiado la ropa, y ahora llevaban un esmóquin y
antifaz. Sonrieron al vernos entrar a los tres chicos. Unos chicos de mi
edad vestidos de igual forma como estaba yo se encontraban sentados junto a
algunos de los hombres, al tiempo que los hombres hablaban de sus negocios.
Yo me sentía muy excitado con todo ello. Deseaba ser violado, pero ¿era uno de
esos hermosos chicos lo que deseaba realmente? Y todo ese jaleó relacionado con
mi venta. No veía razón alguna para ello, como no fuera una ocasión para
desvirgar a esos lindos chicos y jóvenes que se encontraban en igual condición
a la mía.
No quería que todos esos hombres a los que seguramente conocía por ser
algunos padres de algunos de los compañeros de mi colegio me miraran en mi
nueva condición. Uno no puede impedir que lo miren con los ojos de perversidad.
Éramos once esclavos y nueve chicos vestidos de tarzán. Había velas
encendidas sobre las mesas y los guardias armados vigilaban en las puertas. Uno
de los hombres parecía sentirse de muy buen humor. Regañó a un pequeño rubio
que lo acompañaba y luego se echó a reír ante algo que dijo su compañero.
Todos se dedicaban a tomar su champaña. Sonreía cada vez que me miraba.
Finalmente ordenó que me llevaren donde él.
- Nos iremos mañana -dijo- Quiero que estés a mi lado.
La mirada del compañero de conversación se posó sobre mí. Esa noche, ellos
tenían sus caras cubiertas.
Al cabo de un rato de charla, se pusieron a hablar de los esclavos y de los
deberes con su amo. Pero el joven noble los regañaba.
- Eso en el castillo, caballeros.
Los hombres se miraron, con expresión divertida.
- Hay juegos más divertidos...
Se echaron a reír. Hablaron de marcar las nalgas de los nuevos esclavos. Uno de
los hombres dijo que, entre los chicos estaba un sobrino, pocas veces se sentía
tan feliz de haberlo raptado. ¿Será feliz? Bromearon acerca del futuro de sus
muchachos, expresando sus bromas en susurros y murmullos. ¿Acaso eran muy jóvenes
para comprender aquellas cosas?. Se echaron a reír al observar la confusión y
llanto de algunos.
- Lo aprenderás todo -me aseguró un hombre que se acercaba al grupo y que
reconocí como mi padrastro por la voz.
El hombre que miraba con morbo sonrió y le preguntó al oído al joven conde si
podía jugar, me sonrío y asintió con un gesto, tomó un cuchillo y me desgarró
el pequeño pantalón.
- Ya verás cómo te resulta agradable -me dijo entregando la cadena al hombre.
El hombre me preguntó si me excitaba estar desnudo, y habló de que me conocía
desde los ocho años, asegurándome que estaba enamorado de mí desde que me había
visto. Dijo que su hijo estudiaba en el mismo curso que el mío y que tenía la
intención de venderlo al conde.
- Paga muy bien. Adoro los muchachos como tú.
Pensé que era el padre de mi amigo Manuel, parecía sentirse feliz cuando me
invitaban a dormir a su casa y me interrogó con respecto a mis juguetes.
- ¿Siguen jugando con sus soldados? ¿Continúas tan apasionado por el fútbol?
Dijo que debía besarlo con la lengua.
- Bueno señor -le dije.
Luego me pidió que le metiera la mano en el pantalón. Sin embargo,
inicialmente me negué. El hombre me besó con pasión y me abrazó.
- He pensado mucho en ti.
Me acarició el pecho y el trasero, deslizó la mano hasta tocarme mi pene.
- ¿Quieres correrte?
- No! - Grité, pero me estremecía de placer mientras los dedos del hombre
acariciaban mi cuerpo. Él sonreía al hacerlo, sin dejar de observar los
temblores de mi cuerpo.
Minutos después me llevó al centro del salón, al lado de una gran chimenea.
- Mi pequeña belleza -dijo- Te has transformado en toda una belleza.
Me dio una palmada en el trasero y me estremecí ante el contacto de las manos
de varios hombres sobre mi cuerpo. Aquellos hombres me ataron con correas a una
mesa al lado de los postres y las uvas, estaba muy excitado. Cuando noté el
hierro candente y grité. Arqueé la espalda, pugné con las correas y sentí un
inmenso dolor sobre la nalga derecha. Finalmente, llegó el turno para todos los
demás. Yo estaba fuera de sí. Poseído por el pánico, lanzando gritos me
metieron en una jaula que colgaba del techo, junto con los otros muchachos que
marcaban en la nalga. Corría de un lugar a otro en el armazón de hierro. ¿Me
gustaría estar vestido? Sentí un gran temor ante la nueva realidad. Odiaba a
mi padrastro y tenía miedo de ese hombre. Cubrí mi pene con las manos y me
senté sobre los barrotes del suelo.
Alrededor de la jaula se habían sentado todos los hombres en compañía de los
chicos vestidos de tarzán. Abajo, en el piso, una piscina de agua. Oí la orden
de bajar la jaula y posarla en la piscina. Entonces la bajaron y sentimos la
helada agua al entrar en contacto con ella. Los músicos afinaban los
instrumentos. Entonces aparecieron unos hombres, abrieron la jaula y fueron
sacando uno por uno a los muchachos. Al salir me secaron el cuerpo, me tomaron
los pies, las manos y me coloraron a la fuerza un arete en la oreja derecha. Me
quedé con la respiración entrecortada, a la espera de la ropa que vestiríamos.
Finalmente, colocan a cada uno de nosotros una chilaba con capucha de tela de
algodón muy sensual con unas aventuras desde la cintura. Me estremezco sólo
de pensar en lo semidesnudos que estábamos.
En ese momento aparecen los invitados con sus chicos de compañía desnudos y
con unos collares de perros con pullas. Entonces apareció un joven rubio, sus
ojos se fijaron en mí y me llevó junto con el lindo chico a la pista de baile.
Me ruboricé al notar que él me metía la mano entre la chilaba y me tocaba las
nalgas.
Al cabo de un rato me condujo a su habitación, me quito la chilaba, me quitó
el collar y solicitó que lo desnudáramos y le quitáramos el antifaz. Para
sorpresa de los dos, era el campeón del equipo de fútbol del colegio.
Tomó un látigo, nos llevó a una gran mesa y nos ató uno encima del otro en
forma de equis de pies y manos. Al sentir las nalgas del chico entre mi pene, se
puso erecto. Finalmente, el muchacho nos acomoda bien de forma tal que mi verga
se mete dentro del culo del chico, quien da gritos de placer y dolor, mientras
el joven nos da con su látigo.
El joven se para delante del chico y le obliga a mamar su pene erecto. Seriamos
los compañeros de cuarto durante seis días, el joven podía jugar con nosotros
pero no podía desvirgar mi nalga, hasta que el conde me quitara la virginidad.