FAVORES DEL ENTRENADOR
Mas o menos al cuarto día de estar asistiendo al gimnasio, sucedió que el
tiempo estaba fatal, llovía a torrenciales y cuando llegué y me dispuse a
cambiarme la ropa que llevaba puesta por la deportiva, me percaté que ésta se
encontraba totalmente empapada y que en tales circunstancias no podría efectuar
mi ejercicio, hecho que le hice saber a mi entrenador además de que me iba para
mi casa; inmediatamente él me retuvo y me ofreció una camiseta y una
pantaloneta suyas con las que según él podría practicar sin problema, por
supuesto yo le dije que gracias pero que su ropa escasamente me llegaría a las
rodillas, pero él insistió y casi me obligó a probármelas; como pude y un
poco ruborizado, me cambié de ropa en su presencia y efectivamente me quedó
bastante ajustada, sin embargo, él me salió al paso diciendo que me quedaba
perfecta y que así no tenía excusa para entrenar y casi a rastras me llevó al
salón. Ya estaba un poco tarde y
yo era de los últimos, finalmente todos se fueron y nos quedamos Gustavo y yo
solos. La verdad es que la ropa
apretada no me impidió que realizara una estupenda sesión y que sudara como
loco, él de vez en cuando se me arrimaba y me decía que iba muy bien y que había
que entrenar duro.
Una vez terminado el ejercicio me dirigí al vestier para cambiarme; los lockers
estaban ubicados en un callejón un poco estrecho, los unos frente a los otros,
yo estaba parado en frente a mi locker sacando mi ropa cuando entró Gustavo,
pensé yo, también con la intención de ducharse y vestirse, pero por la
estrechez del lugar pasó detrás de mí y yo me estremecí al sentir que me
rozaba ese paquete ensoñador que tenía, él me preguntó que cómo me había
sentido y yo le dije que bien aunque creía que la ropa no era la más
apropiada, en ese momento él hizo un comentario sumamente inusual, dijo que la
raja de mis nalgas estaba muy sudorosa y que en la pantaloneta se marcaba esa
raja toda mojada, yo obviamente me sonrojé al instante, cosa que él notó,
pero lejos de continuar hacia las duchas, se ubicó detrás de mí, pasando su
brazo por encima de mi hombro y apoyando su mano en los lockers, me habló muy
cerca de mi oído y me dijo que no me preocupara, que él me iba a ayudar a
secarme, en ese momento yo ya sentí cómo su bulto crecía desaforadamente y cómo
me apretujaba con su cuerpo, francamente creí que me faltaban fuerzas para
asumir lo que me estaba sucediendo, pero no podía negarme a algo con lo que ni
siquiera hubiera soñado, así que lo dejé continuar.
Empezó a acariciarme, ubicado siempre detrás de mí, las tetillas y lentamente
fue bajando sus manos hacia mi abdomen, para entonces mi paquete (y creo que el
suyo también) se hallaba al máximo de potencia, lo que él descubrió cuando
deslizó su mano derecha hasta él y me lo frotó suavemente mientras que con su
otra mano empezó a apretarme mi nalga izquierda.
Yo empecé a empujar mis nalgas hacia atrás con fuerza para sentir toda
su potencia en ellas, ante eso, él se bajo su trusa y dejó al descubierto toda
esa maravilla que sentí ubicando en la mitad de mis nalgas, entonces yo quise
bajarme la pantaloneta, pero él me lo impidió diciéndome que lo dejara actuar
a su manera, yo sin poderme quedar quieto pasé mi mano hacia atrás y le cogí
ese objeto alucinante con el que estaba dotado, de pronto sentí que estaban
saliendo esas ricas goticas viscosas de su glande y descontrolado me giré sin
su consentimiento y sin soltar el juguete, entonces él me besó apasionadamente
y posteriormente me hizo presión para que me agachara ante lo que yo obedecí
inmediatamente; fue realmente un momento mágico, pude sentir ese olor a hombre,
a macho frente a mí, y pude observar ese bello pene absolutamente erecto
anhelante de ser totalmente engullido por mí y yo no me iba a hacer el rogado,
así que me lo introduje lentamente a la boca, saboreando primero ese néctar
que le salía y frotándolo luego suavemente con mis labios hasta hacerlo
estremecerse, él entre tanto me acariciaba la cabeza, la espalda y las nalgas y
yo creía que iba a explotar sin siquiera tocarme; ya llevaba mamándoselo como
diez o quince minutos cuando él empezó a agitarse con más fuerza y a emitir
feroces gemidos del placer inenarrable que sentía, de pronto me agarró del
cabello y me ordenó que se lo chupara todo, que se iba a venir en mi boca y que
quería que me tragara hasta la última gota que le saliera, para entonces su
cuerpo casi convulsionaba y gritaba de emoción y entonces sentí ese chorro de
semen inundarme la boca, su cuerpo se paralizó, su rostro se transformó y solo
su pene palpitaba y disparaba chorros sucesivos que tragué, como él me ordenó
hasta la última gota. Cuando él
pareció volver a la realidad y ya no le salió más semen, yo me paré y nos
dimos un beso largo y delicioso, entonces él me dijo que sentía algo duro rozándole
las piernas y que además no se me olvidara que tenía que ayudarme a que me
secara, luego siguió besándome y empezó a acariciarme las nalgas con ambas
manos y al pasar sus dedos por mi culo, encima de la pantaloneta, paulatinamente
su pene fue recobrando su rebosante fuerza y cuando estuvo totalmente erecto de
nuevo, me obligó a girarme, quedando de nuevo detrás de mí y ubicándome otra
vez su paquete en mis nalgas, entonces me bajó la pantaloneta y los
calzoncillos y yo quedé como vine al mundo; aun ahora no sé cómo pude
aguantar tanto, deseaba con todas mis fuerzas que me penetrara un siglo seguido,
que me hiciera gemir y bramar como un toro, que inundara también mi culo con su
semen y que permaneciéramos así por siempre, mientras tanto fue él quien se
agachó esta vez y empezó a lamerme las nalgas y las piernas y lentamente fue
llevando su lengua hasta mi orificio sudoroso haciéndome enloquecer de emoción,
repetidas veces pasó su lengua de un lado a otro, deteniéndose siempre en mi
culito y tratando de perforarlo sin compasión, después se paró y me dijo:
"ahora vas a ser mío del todo, vas a sentir cómo te hago el amor y cómo
poco a poco voy a estar íntegramente dentro de ti.
Luego hizo que mi cuerpo se doblara un poco y me pidió que me abriera las
nalgas con mis manos, posteriormente puso la cabeza de su pene en mi orificio y
con toda la paciencia –o la maldad- del mundo me hacía creer que ya me lo iba
a meter, mientras yo le rogaba que me penetrara, que por favor lo hiciera de una
vez y sentía cómo mi esfínter se abría por sí mismo buscando su regalo, su
precioso y anhelado objeto de pasión, hasta que por fin pude sentir eso que no
se puede explicar con palabras, eso que me hizo vibrar de emoción, lo que me
llevó al cielo y al infierno al mismo tiempo y yo empecé a moverme
desaforadamente, metiéndome su pene hasta que sus testículos chocaran contra
mi culo, le rogaba que me besara y que me apretara casi llorando y él me
brindaba toda su potencia con agresividad y con maestría, hasta que de nuevo
pareció salirse de sí y empezó a moverse con más fuerza y rapidez, en ese
momento, cogió mi paquete y empezó a frotarlo rítmicamente con sus
movimientos.
Sólo sé que hubo un momento en que ambos cuerpos se estremecieron y que nos
fluyó un grito enloquecido por el placer, que nuestros cuerpos y nuestras almas
alcanzaron el orgasmo, que fluían inmensos chorros de semen y que habíamos
logrado un placer de otra forma inalcanzable; al cabo de un rato de silencio mi
pene se desvaneció en sus manos y el suyo dentro de mi cuerpo y poniéndonos
frente a frente nos besamos con verdadera satisfacción y amor.
Lo que pasó luego no importa, sólo quedará claro por siempre en
nuestras mentes, que aquel momento fugaz nos acompañará en la memoria hasta el
fin de nuestros días.
Carlos P.