Quiero contaros una de mis fantasías, otro día
os contaré una historia real, pero
hoy me apetece contar la historia de Diego Ximénez.
Es una historia que nunca sucedió pero que pudo suceder en cualquiera
de los conventos de frailes que abundaban tanto en la España del
siglo XVI.
Os aseguro que os va a gustar.
Diego había tenido mala suerte, cuando cumplió
los 15 años murieron sus padres, quedando sólo en el mundo
y bajo el único amparo de la caridad de los que pasaban por las
calles, que la mayoría de las veces se preocupaban más de
perseguirle, que de llenarle la barriga. Había pasado dos años
entre la caridad del pueblo y el robo
en mercados y sembrados, cuando un día se acercó
a pedir algo que comer al convento que estaba en la salida de la ciudad.
Llamó a la puerta y salió un fraile de unos veintitantos
años que le pregunto qué deseaba.
- Algo para comer.
Pasó unos segundos mirándolo y después dijo.
- Espera, voy a ver si te puedo traer algo.
A los pocos minutos volvió fray Juan con un pan en la mano y un trozo de queso. Tendría para un día. Lo cogió y se despidió del fraile, caminando hasta la puerta. Estaba a punto de salir cuando fray Juan interrumpió la marcha.
- Espera. ¿Te gustaría trabajar aquí?.
- ¿Aquí?.
- Si, necesitamos alguien que trabaje en la huerta. Nuestro jardinero murió hace unos días y necesitamos a alguien.
Diego no se lo pensó dos veces. No encontraría otra oportunidad como esa.
- ¿Si me gustaría trabajar en la huerta del convento?.
Diego no se había fijado en la sonrisa del fraile.
Pasó al convento y le llevó ante el prior de la orden, que
estuvo de acuerdo en que el chico comenzase a trabajar en
la huerta, por lo que pronto estuvo metido a huertano
del convento, donde vivía, dormía, y bien comía. Era
una tarde de verano, y Diego tenía mucho calor, así que
decidió tumbarse a dormir una siesta bajo uno
de los árboles de la huerta, luego seguiría trabajando. Sólo
llevaba puesta una camisa y un pantalón corto que
dejaban al aire las piernas.
Pero Diego no era el único que descansaba del
calor. También fray Juan había decidido que la mejor forma
de pasar la siesta era darse un paseo por la huerta al fresco de los árboles
y por si tenía oportunidad de encontrarse con el jardinero.
Pero lo que encontró aquella tarde no lo esperaba.
Al dar la vuelta a uno de los caminos vio a Diego acostado en el suelo
a pierna suelta y su cuerpo comenzó a temblar de la emoción.
Se acercó y pudo ver la parte superior del cuerpo del muchacho de
17 años desnuda, la camisa estaba arrugada y hacía que pudiese
ver su pecho blanco y sin pelos.
- Dios mío que belleza.
Continuó observando y llegó hasta la entrepierna, donde un abultado volumen dejaba imaginar un importante regalo de la naturaleza. El pantalón corto y la postura que tenía el muchacho, hacía que se pudiesen ver los huevos por uno de los lados del ancho pantalón corto.
- ¡Qué maravilla!
El fraile sintió cómo algo crecía
entre sus piernas y notó un irresistible deseo de acariciar aquel
cuerpo. Era peligroso pero no se lo pensó un momento. Se agachó
y pasó su mano por el pecho del jardinero, acariciándolo
con suavidad. Luego fue bajando hasta llegar a la barriga que no se conformó
con acariciar, sino que besó mientras sus dedos se posaban en el
paquete del muchacho, para tocar luego los huevos que se veían fuera
del pantalón. Sólo los tocó con la punta de los dedos,
pero su polla estaba ya a punto de estallar.
En ello estaba cuando Diego abrió los ojos encontrándose
con la figura de fray
Juan que besaba sus tetillas al tiempo que acariciaba
los huevos. Estuvo un rato
sin decir nada, sintiendo en su cuerpo las caricias del
fraile, hasta que sin poder aguantar mas dijo:
- ¿Le gusta fray Juan?
El fraile le miró espantado, pero ante la sonrisa cómplice de Diego también sonrió, aunque se apresuró a retirar las manos de su cuerpo.
- No se preocupe, a mí también me gusta. ¿No nota como tengo la estaca?.
Al decirlo se llevó la mano derecha al paquete acariciándolo con fuerza.
- Dame la mano y verás como lo tengo.
Diego cogió la mano del fraile llevándola
hasta la entrepierna y rozándola
durante un rato.
- Pero aquí no podemos quedarnos. Es peligroso. Venga conmigo a la choza donde meto las herramientas y disfrutaremos como nunca.
Diego acertaba, era peligroso porque los demás frailes podrían verlos, pero se equivocaba porque desde una ventana del convento fray había podido observar toda la escena, aunque eso lo contaré otro día.
El jardinero y el fraile se fueron presurosos a la choza donde se guardaban las herramientas y nada más entrar el fraile comenzó a acariciar el cuerpo del muchacho.
- Te quiero para mí. Quiero tu cuerpo.
Diego comenzó a quitarse la poca ropa que llevaba puesta, pero el fraile apenas le dejaba, porque su mano se posó en el paquete del jardinero y lo acariciaba al tiempo que besaba sus tetillas.
- Qué buen paquete tienes. Me gusta. Quiero comerme esa polla.
- Te la comerás toda. Será toda tuya.
No tardó mucho el fraile en cumplir sus deseos y tener la polla del muchacho entre las manos y acariciándola con fuerza.
- Qué buena polla. Cómo me gusta. Quiero comérmela.
- Cómetela. Es toda tuya. Chúpala.
El fraile chupaba la verga dura y caliente al tiempo que
acariciaba
los cojones duros y carentes de pelo.
- Quiero chuparlos.
- Chúpalos.
La boca del fraile se posó en los huevos chupándolos, pasando la lengua, sintiendo el sabor y el olor a sudor del día del joven jardinero, al tiempo que meneaba la polla con fuerza.
- Cómo me gustan, cómo me gustan tus huevos y esta polla dura.
Nuevamente los labios se posaron en la polla y comenzó
a chuparla,
a tragarla con deseos.
- Chupa. Chupa. Trágatela entera.
Los labios chupaban con ganas y las manos de Diego se
posaron en los pelos del fraile y fue apretando la cabeza y haciendo que
la polla entrase entera en la boca, llegando a la garganta, mientras los
dedos acariciaban los huevos y el
culito del jardinero.
- ¡Me corro. Me corro!. Trágate toda la leche. Trágatela.
El fraile sintió un chorro de leche caliente en
su boca. Un chorro de leche caliente y sabrosa que se apresuró a
tragar y a saborear. Dejando totalmente limpia la hermosa polla del jardinero.
Continuará...
(Segunda Parte)
Diego continuaba en el convento,
trabajando como jardinero. Él seguía con sus plantas, con
su huerta y con sus frailes. La experiencia vivida unos días antes
le hacía sonreír y en su interior deseaba que se repitiera
cuanto antes.
Aquella mañana todos los
frailes estaban en sus rezos, en la iglesia y Diego sentía un poco
de hambre.
- Iré a la cocina. Allí
está fray Agustín, él prepara el almuerzo y puede
darme algo de comer.
Diego se dirigió diligente
a la cocina del convento dispuesto a comer algo, pero al acercarse escuchó
la voz de fray Agustín que hablaba con alguien.
- ¿Cómo esta el más
guapo panadero del mundo?
La frase le hizo pararse e ir más
despacio camino de la puerta de la cocina. Se acercó a una ventana
y en medio de la habitación, de pie junto a una gran mesa estaba
Fray Agustín, un fraile de unos cuarenta y cinco años, un
poco rechoncho y algunas canas. Una túnica marrón, con una
cuerda en la cintura.
Junto a el, también de pie,
estaba un muchacho de unos diecisiete o dieciocho años, rubio, despeinado
y con cara de pícaro.
- Fray Agustín, mira como
tengo hoy el paquete.
Al decirlo, el chaval se llevó
la mano a la entrepierna y apretó, dejando ver un buen bulto. Diego
se dio cuenta que fray Agustín aprovechaba los rezos de los otros
frailes para dedicarse a otra tarea más placentera. Con sólo
imaginar lo que podría suceder, Diego ya estaba con el rabo tieso.
El también se llevó la mano al bulto del pantalón
y lo acarició con suavidad.
- No me moveré de aquí. Quiero ver como termina la historia
de
fray Agustín con el panaderito.
Fray Agustín se acercó
al hornero, una de sus manos acarició la cara, el pelo despeinado,
mientras la otra recorría todo su cuerpo hasta llegar al culito
apretándolo con su mano. Era un culo apretado, duro, que sobresalía
en
el comprimido pantalón.
- Agárrala, esta muy dura.
Agarrala
.
Dicho y hecho, el fraile llevó
su mano derecha al bulto del panadero y comenzó la manipulación
con sabia experiencia. La mano apretaba una y otra vez el paquete, lo acariciaba
con fuerza, con diligencia, con la diligencia de haberlo hecho muchas veces.
Para entonces Diego, que observaba el magreo desde detrás de una
ventana, ya estaba con la polla totalmente dura y su mano derecha dentro
del pantalón, comenzaba un magreo insistente, inicio de una buena
paja.
Fray Agustín mientras tanto ya había bajado los pantalones
del panadero, apareciendo ante el un buen ballestón tieso, doblado
hacia arriba, que pegaba en la barriga, costándole al fraile trabajo
bajar para poder manipularlo con sabia
experiencia. La mano agarraba el
rabo y lo aprisionó, subiendo y bajando despacio, dejando aparecer
un gordo capullo rojo.
- Quiero follarte, quiero meter
mi polla en tu blanco culo.
Era el panadero el que solicitaba
al fraile, que sonreía.
- Ponte sobre la mesa quiero metértela
toda.
El fraile no se hizo rogar, dejó
caer su barriga sobre la mesa de la cocina y esperó que el muchacho
se pusiese detrás, levantase la sotana, dejando aparecer un buen
culo blanco y grande. No llevaba nada debajo del ropón, por lo que
cuando lo echó sobre la espalda, quedo el culo libre para ser ensartado
por la lanza del panadero. El muchacho miró hacia un lado y otro,
encontrando lo que buscaba, un cuenco de manteca que acercó a la
mesa, metió los dedos y cogió un puñado que se apresuró
a dejar sobre el ojal del fraile, mientras con la otra mano abría
las dos mitades de
las nalgas. Una vez terminado el
preámbulo, acercó la punta del carajo a la manteca y apretó
con fuerza, entrando dentro del fraile de una vez, la pollita juvenil ya
conocía perfectamente el camino, no era la primera vez que exploraba
la cueva del monje.
- Ahhh. Como me gusta. Como me
gusta cabrón, métela más.
El ariete entró hasta el fondo entre los gemidos del religioso que
pedía mas fuerza. Mientras tanto Diego se mantenía en la
ventana observando la escena y ya su polla
estaba en la mano y meneándola
con fuerza. Sus ojos se habían posado en el culito del panadero,
que estaba sobre el cuerpo del fraile y que veía en toda su extensión
por estar de espalda a la ventana. Era el mejor culo que había visto.
Apretado, duro, sobresaliente. Sus deseos fueron poseer algún día
ese culito, ese hermoso culo, que imagino aun virgen.
El fraile pedía más
polla, parecía incansable ante los envites del panadero que ya había
comenzado un movimiento convulsivo de entrar y salir, de meter y sacar
la polla en el pozo oscuro del monje, que se contorsionaba de placer. A
los pocos momentos Diego observó como el panadero se estiraba, se
retiraba un poco.
- Ahhhh. Que buen culo tienes mamón.
Como me gusta follarte. Que placer me das.
El panadero se retiró con la
polla aun tiesa y chorreante, el fraile quedó aun unos minutos en
la misma posición en que se encontraba. El chico agarró un
paño de cocina y se lo llevó a la polla limpiandola, luego
lo llevó al culo del fraile y limpio los restos de manteca y leche
que chorreaban entre las piernas. Mientras esto ocurría, Diego continuaba
con su paja, su mano se meneaba frenética sobre la verga, hasta
sentir en todo su cuerpo como una chispa que llegaba hasta la polla y expulsaba
un buen chorro de leche espesa. Mientras se corría su único
pensamiento era.
- El culito de ese panadero tiene
que ser mío.
Continuará.
* * *