Francisco
Es imposible olvidar la primera vez que cruzas tu mirada con unos ojos
especiales. No tuvieron que ser verdes, azules o grises. Eran simplemente unos
ojos marrones... aunque al utilizar el término 'simplemente' quizá les reste el
verdadero mérito del impacto que causaron en mí. Era algo más alto que yo, quizá
mediría un metro con setenta y siete (mientras que yo me sentía muchísimo menor
con mis uno setenta y tres). La primera vez que lo vi fue en el patio de la
escuela en la que fungía como prefecto. Yo tenía... digamos veintitantos, ya que
no quiero sonar mucho mayor. De todos modos no lo era en muchos aspectos, quizá
únicamente en el físico. El tendría más o menos 15 o 16, pero aparentaba muchos
más. Iba en el último año de la secundaria. No le había visto antes ya que a mi
cargo se encontraban los grupos inferiores. Pero un día, el menos pensado de
todos, salí de la pequeña oficina de los maestros debido al calor para revisar
unos exámenes en los que estaba ayudando a calificar. En el patio de los chicos
de primer año en el que siempre me sentaba se encontraba ahora lleno de gente.
El torneo estatal de voleibol se estaba celebrando, por lo que las clases
andaban medio suspendidas. No le di importancia y me fui a sentar al patio de
los mayores, en una de las gradas bajo sombra. No había nadie, tenía poco que el
receso había terminado y disponía de un poco de frescura y tranquilidad para
revisar mis papeles, que urgían para más tarde. Pero esta historia no tendría
sentido si nada más hubiera pasado, ¿verdad?
No bien había empezado a revisar las oraciones de un examen cuando un muchacho
llegó al patio con una escoba hecha de una palma para barrer los grandes
espacios. Lo habían castigado. Comenzó su tarea bastante quitado de la pena,
pero en cuanto dio un par de pasadas se sentó en las gradas cerca de donde yo
estaba. Supongo que no sabía que yo tenía cierta autoridad, ya que con un gesto
y ademanes me explicó que hacer eso no tenía sentido. Yo no le había dado mucha
importancia, pero en cuanto alcé bien la vista para observarlo, me quedé
estático: el muchacho era simplemente hermoso. De cabello corto, algo quebrado,
castaño oscuro, piel blanca, alto como ya he mencionado y con esos ojos... me
quedé por unos segundos boquiabierto observándole, mientras él botaba la escoba
al suelo y se recargaba cómodamente. Entonces volteó y pudo notar el embeleso
con el que lo veía. Me dirigió una sonrisa coqueta, cruzó los brazos y volvió a
lo mismo.
Después de recuperarme del impacto que resultó para mí ver esas facciones, ese
cuerpo, y sobre todo esos ojos, recordé mi deber como prefecto y el hecho de que
el pequeño infractor no estaba cumpliendo con su castigo. Armado de valor (nunca
creí necesitar de coraje para enfrentarme a un alumno) me acerqué a donde
estaba. Él sentado, yo de pie, lo miré al tiempo que le dije:
- Te castigaron, ¿verdad?
- Sí -dijo él- pero no tengo ganas, qué flojera.
- ¿En serio? – repliqué en ese momento- yo creo que sí tendrías que hacerlo...
- Pues solamente que venga el prefecto, pero está muy ocupado con mi grupo y un
maestro que no vino... –y me dirigió otra más de esas coquetas y conquistadoras
sonrisas.
- ¿Y si viniera algún otro prefecto? –le pregunté.
- Ahorita están ocupados con el torneo de voleibol... –dijo con desgano.
- ¿Tú los conoces?
- Sólo al de segundo año, es un pobre diablo. Al de primero nunca lo he visto...
debe ser un imbécil nada más.
- Pues mucho gusto... –le dije con sarcasmo mientras le tendía la mano- Oscar,
el imbécil de primer año.
El muchacho ni se inmutó. Torció la boca en un gesto de sarcasmo, alzó las cejas
y quitó su mirada de la mía. Estaba a punto de levantarse, quizá para recoger la
escoba o para irse, pero le pedí que no lo hiciera, con la mano en el aire como
me la dejó en ese momento.
- Espérate, ¿a dónde vas? –le dije.
- Por ahí. Si eres prefecto como dices, pues ya, me voy y no hay problema.
- No voy a acusarte, –le dije- por mi puedes hacer lo que quieras.
- De todos modos ya me iba... –remató.
Se fue. No quise ni debía detenerlo. Su modo de actuar destilaba una sensualidad
hasta ese momento para mí desconocida. Jamás me habría imaginado que un muchacho
de esa edad podría hacerme sentir algo tan especial, tan raro en ese momento.
Volví a mi lugar tratando de concentrarme en mi trabajo, pero no me fue posible.
Todo ese día me la pasé recordando sus ojos, su sonrisa canalla, su cuerpo alto
y delgado... nadie lo notó, pero me encontraba demasiado ausente. Tenía que
hacer algo, volver a verlo o hablarle, pero mis ocupaciones de ese día me
mantuvieron alejado del patio de los de tercero. Algo más tenía que suceder... y
mi sueño se hizo realidad una semana después.
Sucedió que en el momento en el que me resigné a no volverlo a ver debido a
tanto trabajo, el prefecto de tercer año tuvo que hacer un viaje de un mes al
extranjero. La dirección de la escuela propuso al prefecto de segundo año dos
cosas: una, hacerse cargo de los alumnos de primero y segundo para dejarme a mí
como el de tercero, o bien dejarme a mí los dos inferiores y él hacerse cargo de
los mayores. Elías, que ese era su nombre, extrañamente decidió que no le
gustaba trabajar con los mayores, ya que eran un problema, prefiriendo quedarse
con mis responsabilidades además de las suyas, dejándome a cargo de los mayores.
No lo creía. Era como si mi sueño se hiciera realidad por simple obra de la
casualidad.
El lunes en el que comenzaban mis deberes me arreglé lo mejor que pude. Cierto
es que no soy muy guapo, pero trato de arreglarme para verme relativamente bien.
Ese día utilicé mi loción más costosa y entré a la escuela con decisión y
firmeza. Realmente no estaba seguro de lo que iba a suceder... pero estaba
preparado para ello.
Cuando sonó el timbre mi primer deber era vigilar que ningún alumno se quedara
fuera de clase, así que me dirigí a los salones de tercer año. Como era la
primera hora, no se veía a nadie afuera, así que me dirigí a la prefectura. Sin
embargo, al cortar vuelta por donde estaba la biblioteca para llegar más rápido
(un camino que casi nadie tomaba), me encontré nada menos que al muchacho de los
ojos marrones. Estaba muy entretenido con una revista, así que no me le acerqué
de inmediato; lo observé desde la parte de atrás de los arbustos, donde él no
pudiera verme. Mientras observaba la revista, noté que comenzaba a frotarse su
paquete muy suavemente y mientras pasaba las páginas se tocaba el pecho. Era
demasiado hermoso como para ser verdad. Sin darme cuenta, había logrado una
erección bajo mis pantalones. El muchacho seguía tocándose, y decidí no mirarlo,
esperar a que bajara mi erección y entonces sorprenderlo y recogerle la revista.
Y así lo hice. Un poco más tranquilo hice algo de ruido con las plantas a
propósito para ponerlo en alerta. En seguida se escondió la revista bajo el
suéter y aproveché para salir de mi escondite. Me miró con esos ojos que
conquistan, levantó una ceja y me sonrió retadoramente. Entonces, tratando de
contener mi emoción, le dije:
- ¿Por qué no estás en clase?
A lo que él respondió, como no habiendo escuchado mi pregunta.
- Ya supe que lo pusieron de nuestro prefecto. Espero que el anterior le haya
hablado de mí.
- No... no me habló de ti. ¿Hay algo que tenga que saber?
- Pues normalmente no me gusta entrar a clases, y a veces vengo a este lugar.
Nadie pasa por aquí, así que es un buen lugar para pasar un buen rato.
- ¿Y el otro prefecto no te dice nada?
- Él ya sabe que soy así. Como no tengo problemas con las calificaciones, me
deja estar aquí sin problemas. Espero que usted piense igual, y si no, me da lo
mismo. Puede preguntarle a los profesores. No le darán ninguna queja.
- ¿Cómo te llamas?
- Francisco.
- Entrégame la revista- le dije.
- No tengo ninguna revista -dijo con descaro.
- La que tienes bajo el suéter también cuenta -le dije.
- No tengo ninguna revista bajo el suéter. ¿Quiere ver? -y mientras decía esto
se puso de pie y comenzó a quitarse el suéter.
Lo hizo suavemente, con movimientos casi rítmicos. No sabiendo nada más en ese
momento, me pareció que me estaba provocando. Se quitó el suéter y me lo
entregó. No había nada. Su camisa estaba perfectamente fajada, y no se veía ni
rastro de la revista. Lo miré con los ojos muy abiertos, y él me veía a mí con
esos ojos... bajé la vista, negué con la cabeza y le entregué el suéter.
- Voy a tener que reportar esto.
- Hágalo. Ya le dije, tengo la confianza de los otros profesores.
Me fui a la sala de los maestros. Mi erección comenzaba a asomarse de nuevo, así
que no bien entré me dirigí al baño y me masturbé como nunca lo había hecho,
esta vez pensando en Francisco, el muchacho de los ojos marrones de tercer año.
Mi eyaculación fue bastante prominente, como cuando uno está verdaderamente
excitado. Y vaya si lo estaba. Me limpié, me lavé las manos y salí, dispuesto a
sentarme y pensar un poco las cosas. Todo estaba demasiado extraño. No sabía
cómo se había desecho de la revista. Y en la revista estaba pensando cuando vi,
en la mesa de los profesores (donde afortunadamente no había nadie) la misma
revista que tenía Francisco en sus manos. La reconocí de inmediato. Al momento
en que me acerqué para ver la portada, quedé mudo. Sí, era una revista porno,
pero no lo que yo había pensado. Era un hombre demasiado fornido, desnudo, y en
sus genitales había una estrella de color negro. Una etiqueta prohibía su
“lectura” a menores de 18 años. Escuché en ese momento un ruido, por lo que
guardé en mi fólder rápidamente la revista, y entró el prefecto de segundo y
ahora también de primer año. Llevaba del brazo.. sí, nada menos que a Francisco,
que tenía cara de indiferencia.
- Este alumno es tuyo; lo encontré en uno de los jardines del otro patio,
volándose la clase.
- Sabes que no vigilo el otro patio... gracias por encontrarlo.
- Te lo dejo, tengo un problema con un padre de familia.
Ahí estábamos, frente a frente. Rápidamente Francisco tomó asiento en una de las
sillas y yo hice lo mismo frente a él. Y comenzamos a hablar.
- ¿Por qué no te quedaste en el patio de tercer año?
- Me aburrí -dijo.
Parecía disfrutar mucho el momento.
- Puede que yo te permita vagar por ahí, si como dices los profesores confían en
ti. Pero los otros prefectos no son como yo, ya lo has visto.
- Puede ponerme a trabajar. Eso hacía el otro prefecto cuando no era él quien me
veía. Castígueme, si lo cree necesario. -dijo esa última frase con tal
sensualidad que esta vez imaginé muchas cosas en sólo unos segundos.
- ¿Cómo llegó esto aquí? -le dije, mientras sacaba de mis cosas la revista.
Me vio, y sonriendo con un aire canalla, dijo.
- ¿Le gusta?
Me esperaba todo menos que me respondiera con semejante pregunta. Abrí mucho los
ojos, fruncí el ceño y le dije:
- Ahora sí voy a tener que reportarte.
Sonriendo y alzando los hombros, hizo una expresión demostrando que no le
importaba.
Con el paso de los días me fui habituando a la manera de comportarse de
Francisco; Paco, como ahora ya le llamaba, pasó de ser un pequeño infractor a un
pequeño cómplice. Al preguntarle a los maestros por él, casi todos refirieron lo
mismo: faltaba mucho a clases, pero cuando asistía era brillante y siempre sabía
la respuesta correcta. Al revisar su expediente con sus calificaciones, era uno
de los mejores promedios. Su expediente de conducta estaba lleno de faltas
menores, y en realidad no era un mal alumno. Al pasar los días del primer mes,
comenzamos a llevarnos más, platicábamos de cualquier cosa siempre en el primer
lugar en el que lo encontré; un sitio tranquilo donde nadie pasaba.
Paco era demasiado observador, al grado de que me ayudaba con mis deberes de
vigilancia. Me decía quiénes tramaban algo, quiénes no estaban en clase, etc., y
eso me ayudó a que la opinión de mis superiores con respecto a mí fuera siempre
la mejor. Algunas veces, como él mismo decía, debía ponerlo a un supuesto
castigo, que sólo era para que los profesores y el otro prefecto no notaran mi
complicidad con él. Supuse que así se llevaba con el anterior prefecto, y el
incidente de la revista ya había quedado atrás.
Era probablemente la última semana que me correspondía cuidar a los del último
año, cuando Paco me dijo que necesitaba que lo ayudara con unos detalles en su
casa. Sus papás nunca estaban y él necesitaba arreglar unos desperfectos en su
cuarto. Nunca fui demasiado bueno para las reparaciones, pero la invitación me
insinuaba algo más, algo desconocido, pero en ese momento, cuando dije que sí,
no pensé en otra cosa. Me dio más o menos las indicaciones para llegar, y
convenimos a las seis de la tarde.
Esa tarde me arreglé lo más austero que pude, ya que finalmente iría a trabajar.
Llevaba mis jeans más viejos, unos tennis ya un poco rotos, una playera sucia de
pintura de una ocasión anterior y gorra. La dirección estaba en la orilla de la
ciudad, y no me costó para nada dar con ella. Cuando llegué la casa era casi una
mansión. De muros altos y una puerta de entrada que se veía de madera muy fina.
Llamé al interfón y me contestó una voz familiar. Era él. Abrió la puerta y al
entrar estaba un amplio jardín, con unas lozas que llevaban como un camino a la
puerta de la casa. La puerta principal estaba abierta, y en ella estaba Paco,
que llevaba unos shorts largos, una camiseta como de jugador de básquetbol, unas
sandalias de estilo deportivo con muchas agujetas, y lentes. Se veía muy
diferente así vestido que con el uniforme de la escuela. Al verlo así, mi
corazón comenzó a latir. Casi había olvidado lo mucho que me gustó el primer día
que lo vi, debido a nuestra amistad. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Él me
sonrió y me saludó. Entramos a su casa, que era amplísima, y subimos a su
cuarto. Lo que sucedería después es lo que me hizo contar este relato, lo que me
hace recordar a Paco y que las sensaciones me llenen como volviendo a estar ahí.
- Pues tú dirás qué es lo que hay que hacer.
- Hay mucho que hacer, Oscar -dijo, y al pronunciar mi nombre noté esa intención
nueva.
- ¿Ah, sí?
- Sí, bueno... podemos empezar ordenando las revistas de esa caja.
En un rincón de su espléndida recámara estaba una caja llena de revistas y
cómics. La petición era extraña, y mi corazón comenzó a latir fuertemente,
sintiendo que una de mis fantasías podría cumplirse en cualquier momento. Así,
vaciamos la caja en su cama, que era gigantesca, y ni bien comencé a ver, habían
muchas revistas porno... pero todas ellas con chicos en la portada. Coloqué la
caja en el suelo, y allí estábamos, frente a frente, el chico más guapo de la
escuela y un simple prefecto al que le pagaban con las colegiaturas de los
alumnos. Mi respiración comenzó a agitarse, y no pude contener que la erección
se me notara en el paquete. Pero al parecer, no era el único que estaba en esas
condiciones; bajo los shorts de Paco comenzaba a vislumbrarse también su
excitación, y como eran de tela delgada, se notó enseguida. Lo miré fijamente y
él a mí. Los dos sabíamos lo que queríamos, y haciendo a un lado bruscamente las
revistas, como en las películas, nos abrazamos y comenzamos a besarnos
frenéticamente. Ambos lo sentíamos, pero hasta ese momento no habíamos tenido
oportunidad de nada. Comenzó un fuerte vaivén con la ropa puesta, y fui yo quien
comenzó quitándole la camiseta de básquetbol. Aunque estaba demasiado delgado,
ya estaba marcado por el ejercicio, y comencé a lamer sus pequeñas tetillas con
devoción, mientras él me tomaba de los cabellos y comenzaba a jadear
fuertemente. Así, él continuó quitándome mi camiseta vieja, mientras yo seguía
lamiendo su pecho, su abdomen, y llegaba hasta el resorte de sus shorts, los
cuales bajé de inmediato para revelar unos boxers de pequeños cochecitos. A
través del boxer saqué el delicioso pedazo de carne de Paco, que ya estaba a mil
y estaba circunciso. No era grande, pero para su edad ya tenía buen tamaño,
alrededor de 14 cm. Le Lamí rápidamente el tronco, estaba desesperado, y en
cuanto estuve en posición lo metí por completo en mi boca, comenzando un
delicioso mete y saca que hacía que el pequeño Paco pusiera los ojos en blanco.
Le bajé el boxer por completo, y le saqué ambas prendas quedando él solamente
con sus sandalias puestas.
Continué con el vaivén rítmico hasta que me indicó que me detuviera. Entonces se
sentó en la orilla de la cama y me puso a mí de pie (ya que estaba de rodillas).
Comenzó a desabrochar mi cinturón, luego mis viejos jeans, y mientras me miraba
pero no decía nada. Sus ojos eran demasiado expresivos y me hacían sentir algo
especial. Me bajó los jeans junto con mi bóxer, que era blanco y pegadito,
quedando al descubierto lo mío, de lo que siempre me avergoncé... no medía mas
de 12 cm., y yo ya era mucho mayor que Paco. Sin embargo, a él no pareció
importarle, y empezó colocando la punta de su lengua en la punta de mi pene, que
ya tenía líquido preseminal en él. Antes de que continuara fui yo ahora quien lo
detuvo. Me saqué los pantalones y los boxers, y con ellos me llevé también mis
viejos tennis. Estaba completamente desnudo frente a Paco, que también lo
estaba, y nos subimos a la cama. Sin que ninguno de los dos hablara, comenzamos
un 69 maravilloso. Nos acoplábamos perfectos, éramos casi de la misma estatura,
y cada uno aferrado a lo suyo, continuó con el mete y saca, él cada vez más
rápido como el mejor de los expertos, y en un momento no pude más. Dejé de
chupárselo a él para concentrarme en un orgasmo, el mejor que he tenido hasta
ahora. Eyaculé todo dentro de su boca, no se cuántos serían, quizá dos o tres
chorros.
Eso detuvo un poco las cosas, cambiamos de posición y ahora Paco estaba acostado
al lado mío, todavía con una increíble erección. Comenzó a abrazarme y se me
subió encima. Me besó los labios, el cuello, me introdujo la lengua en la oreja,
lo que hizo que me estremeciera aún más. Enseguida se hizo a un lado y sacó de
su cajón un pequeño tubo con gel lubricante. Sabía lo que se proponía, y me
moría de ganas que lo hiciera. Se puso suficiente en las manos y comenzó a
frotarme mis genitales. No sabía por qué lo estaba haciendo, pero enseguida
obtuve una nueva erección, algo que a mí mismo me sorprendía. Siguió con el
masaje hasta que me levantó las piernas y se concentró en lubricar mi agujero.
Comenzó metiéndole el dedo pequeño, que apenas sentí; así continuó, tomándose su
tiempo, poco a poco, hasta que, sin sentirlo, tenía tres o cuatro dedos dentro,
y lo estaba gozando como jamás.
Entonces me levantó las piernas completamente, se puso frente a mí y comenzó con
su embestida. Era increíble. Comenzó un intenso afuera adentro, ahora rápido,
ahora lento, pero enseguida empezó a jadear más y más... hasta que me apretó
fuertemente los brazos y bajó la velocidad hasta detenerse. Así había terminado.
No se quedó mucho tiempo ahí, ya que se recostó a mi lado todavía respirando
agitadamente.
Comencé entonces a masturbarme, porque estaba muy caliente, y conseguí una
segunda eyaculación, ya con sólo un pequeño par de chorros. Ambos, después de
eso, nos quedamos dormidos.
Al cabo de una hora sentí que me empezaron a mover. Era Paco, que traía puestos
mis boxers, y me estaba colocando los suyos. Era ya de noche, y antes de que yo
dijera nada, me dijo él a mí:
- Quédate aquí esta noche, por favor...
Sólo pude decir que sí con la cabeza. Me hice a un lado para que destendiera la
cama. Él se sentó al lado, se quitó las sandalias y enseguida se acostó y me
abrazó. Nos cubrimos con las mantas y no supimos más hasta la mañana siguiente.
Al amanecer del día siguiente fui el primero en despertar, pero Paco no tardó
mucho en hacer lo mismo. Únicamente nos vimos con una sonrisa. Me tomó de la
mano y me dio un beso en la mejilla. Enseguida se levantó. Se veía muy curioso
ver mis boxers puestos en otra persona, pero yo me sentía aun más extraño con
los boxers de cochecitos en mí mismo. Nos lavamos un poco y nos vestimos, para
luego salir a la calle. Hasta ese momento no hablamos más que lo necesario, pero
mientras llegábamos a la esquina, él me dijo:
- Siempre lo supe, ¿sabes?
- ¿Qué? -le dije, sorprendido.
- Que yo te gustaba.
- ¿Y yo a ti? -pregunté.
- Tú también me gustas mucho.
Solamente pude sonreír. No sabía qué pasaría, ya que mis semanas como prefecto
de los terceros años se acababan justo entonces. Pero una cosa era segura:
nuestras vidas no serían las mismas a partir de ese día...
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