El gordo y el flaco
A mis 19 años empecé a obsesionarme con la idea de que por ser gordo me iba a
quedar virgen. Nunca me podría acostar con un tío bien bueno, a no ser que
fuera pagando, y eso me acomplejaba. No hacía otra cosa que consumir pornografía
y machacármela para bajar mi calentura. Pero en ese momento no podía imaginar
las sorpresas que me deparaba el futuro. Había empezado a estudiar en la
universidad y tenía que desplazarme todos los días desde mi pueblo una
media hora con el tren de cercanías. Al volver con el tren de las 21.17 empecé
a coincidir con varios chavales de esos que están buenísimos con los que solía
sentarme para que me alegraran la vista. Pero sobre todo había uno que me traía
loquito. Solía viajar con su novia y bajaba en la segunda parada, por lo que no
tenía mucho tiempo para disfrutar de su presencia. Pero era el suficiente para
que me pusiera
cachondísimo. Era un chaval como de unos 17 o 18 años con un cuerpazo
impresionante. Mediría sobre 1'80, por supuesto estaba flaco pero con la
musculatura bien marcada, su piel era bastante morenita, solía llevar el pelo
corto, pero sin exagerar, y siempre llevaba unos tejanos ajustados que dejaban
ver a la perfección un culo de perfectas proporciones y un buen paquete.
Pero siendo su cuerpo algo impresionante, era su cara lo que acababa por
enamorarme perdidamente. Tenía dos
grandes ojazos color de miel y una boca de gruesos labios que le daban a su
rostro un aspecto de
jovencito vicioso que él no dejaba de corroborar sobando contínuamente a su
novia y dándole unos
morreos de gran altura. Sentía unos celos muy grandes de aquella niña tonta
que disponía del objeto de mi deseo a su antojo. No podía dejar de pensar en
él todo el día y cuando llegaba el momento de verle (ya me las cuidaba yo de
no entrar en el tren hasta que él subiera) el corazón se me ponía a mil y me
empalmaba al instante. Cuando él bajaba en su parada yo iba corriendo al pequeño
servicio del tren a pegarme un buen pajote imaginando aquello que era imposible
que sucediera en la realidad.
Pero a veces en la vida sucede lo que menos esperas. Un día de huelga de
maquinistas llegué a la estación y resultó que mi tren no salía hasta una
hora más tarde. Me quedé allí esperando entre la gente que protestaba por lo
que consideraba un trato injusto. De repente escuché a mi lado una voz:
- Estos maquinistas se están pasando ya, siempre haciendo huelga.
Se trataba de mi Chico y no estaba su novia. No perdí la ocasión de entrar en
conversación con él:
- Sí, ya fueron a la huelga hace dos meses.. - dije mirándole.
- No se dan cuenta que nos joden a nosotros, no a sus jefes. - siguió él.
Y a partir de ahí entablamos una larga conversación que acabó cuando él bajó
en su parada más
de una hora después. Resultó que además de estar buenísimo era simpático,
yo estaba rendido a él. Se llamaba Pablo, resultó que tenía 17 años y que
trabajaba en un almacén de venta al por mayor de artículos de droguería con
su novia que había sido dependienta allí hasta hacía poco que había entrado
a trabajar en El Corte Inglés. Nos hicimos bastante amigos y todos los días
nos pegábamos una pequeña charla en el tren. Se ve que cogió confianza
conmigo porque un día va y me suelta
que su novia estaba celosa de mí. Me dijo que ella le comentaba que había un
chico (supongo que su novia dijo un gordo) que no paraba de mirar-le cuando iban
en el tren. Pablo le comentó que había entablado amistad conmigo y a ella no
le gustó. Yo me puse rojo mientras Pablo me contaba esto, no lo pude evitar, y
él se dio cuenta que su novia tenía algo de razón.
Así llegó el verano. Dejé de ir a la Universidad y de ver a Pablo, pero no de
pajearme pensando en él, incluso me había bajado una foto de un chico en
calzoncillos que se le parecía mucho. Un día fui a su pueblo a recoger unos
apuntes que me dejaban de una asignatura que me había quedado para septiembre.
Deseé con todas mis fuerzas encontrarme con él, y así ocurrió. Pese a que
hacía más de un mes que no nos veíamos, me hizo mucho caso. Se empeñó en
invitarme a algo. Cuando íbamos a entrar en un bar se dio cuenta de que no
llevaba dinero. No quiso que yo le invitara:
- ¿Cómo vas a pagar tú?, ¡estamos en mi pueblo!
Me hizo acompañarle a su casa. Allí buscó pero siguió sin encontrar dinero.
- No sé dónde ha puesto mi madre la pasta, suele haber siempre aquí en la
cocina. Da igual, en la nevera hay Coca-cola. Por cierto ¿cómo te han ido las
notas?
Estuvimos charlando en el sillón de la salita. Nunca lo había tenido tan
cerca. Hacía ya muchos minutos que la tenía durísima y no me bajaba. Me
empezaba a doler. Además él llevaba una camisa de tirantes que mostraba unos
hombros y unos brazos bien marcados por el ejercicio. Se le veían los pelillos
del sobaco y me llegaba su olor corporal que era delicioso. No aguantaba más,
me fui al cuarto de baño, en mi calentura se me olvidó echar el cerrojo. Pablo
se percató a lo que iba al baño y me siguió. Cuando estaba yo con los
pantalones bajados y meneándomela frenéticamente, Pablo abrió la puerta. Casi
me da un infarto. Se acercó a mí y sin decir nada cogió mi polla dura y poniéndose
detrás de mí empezó a meneármela, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano
para
no correrme en ese mismo instante. Yo notaba en mi culo cómo su paquete crecía
hasta ponerse duro.
- ¿Quieres que vayamos a mi cuarto?
Le seguí sorprendido por lo que me estaba ocurriendo . Allí acabó de
desnudarme y empezó a sobarme como lo hacía con su novia. Empezó a chuparme
las tetas y subió hasta mis labios. Qué bueno sentir aquello, la calidez de
sus labios y la suavidad de su lengua que recorría mi boca. Estaba en el cielo,
sólo me molestaban mis ganas de correrme que yo agunataba a duras penas. Pablo
volvió a bajar con su boca por mi cuerpo. Tenía barbita de tres días, que al
contacto con mi piel me
electrizaba de placer. Por fin llegó a mi polla, la lamió, se la puso toda
dentro y chupó, no mucho rato. Me corrí. Pablo no se tragó mi semen, escupió
el primer chorro y dejó que acabara de correrme sobre las sábanas. Fue a
enjuagarse la boca, no le gustaba el sabor del semen. Yo me quedé allí,
extasiado, sin llegar a creerme todavía lo que le había ocurrido a un chaval
gordo como yo. Pero todavía quedaba lo mejor. Cuando Pablo volvió empezó a
desnudarse:
- Ahora me toca a mí.- dijo.
Al instante me volví a empalmar. ¡Qué cuerpazo! Era perfecto, y lo fue más
cuando se bajó los boxer. La mejor polla que había visto nunca (y eso que me
he recorrido todas las galerías "big
cock" de la Red). Ahora la tenía morcillona y mostraba un gran tamaño,
aunque aún no llegaba a los 20 cm, gorda con una curvatura perfecta y con un
pellejito que le tapaba medio capullo. Me lancé sobre ella.
- Tranquilo, que es toda para ti.
La chupé con devoción, como si fuera a ser lo último que hiciera en mi vida.
Aquel pedazo de carne empezó a crecer en mi boca hasta que no la pude contener
toda, debería llegar como a unos veintitantos centímetros. Pablo no hablaba
mucho, sólo gemía de placer. Me tenía cogido de la cabeza, marcando mi ritmo.
Cuando sus gemidos ya fueron muy grandes me hizo parar. Subí lentamente con mi
boca por su cuerpo, aspirando en toda su plenitud aquel olor tan embriagador de
macho joven en celo. Sólo con el tacto de mis labios sobre su piel y su aroma
me hubiera vuelto a correr. Seguí subiendo por su torso hasta llegar a sus
tetas que también chupé y su sobaco en el que metí mi nariz y aspiré. Ahora
sí tuve que apretar fuerte el culo para aguantar mi orgasmo. Nos fundimos en un
nuevo beso que para mí fue como estar ya en el cielo para siempre.
- Te voy a follar.- me dijo al oído.
- Soy tu esclavo, hazme lo que quieras!.- le respondí.
Me puso a cuatro patas sobre su cama y con abundante saliva que echó en su mano
embadurnó mi agujero y su polla. Pese a mi excitación, no estaba muy nervioso,
sabía que debía relajarme para disfrutar al máximo del momento que tanto había
anhelado y que estaba apunto de producirse. Por mi ingenuidad e inexperiencia
albergué esperanzas de que no me haría daño, pero aquella polla era
descomunal y estaba hecha para dar placer después de dar mucho sufrimiento.
- Mi novia nunca deja que le de por el culo.
Con estas palabras su capullo intentó irrumpir en mi virgen cuevecita. Le costó
bastante pero al final empezó a entrar. El dolor era algo desmedido y aumentaba
con sus pequeñas embestidas. Yo
no podía dejar de gritar, debía concentrarme para no desistir, pensaba en
quien tenía detrás, era Pablo, y yo le estaba dando placer, el placer que no
sabía darle su novia. Así conseguía aguantar. Hasta que él volvía a
embestir y yo creía que mis nalgas se iban a separar del todo por culpa de
aquel monstruo que tenía dentro. Se me pasaban mil cosas por la cabeza, incluso
llegué a asustarme porque Pablo no se había puesto condón. Pero recordé que
él me había confesado que siempre le había sido fiel a su novia, que era con
la única que había follado. En ese momento deseé que su novia siempre le
hubiera sido fiel también. En estas estaba cuando llegó una nueva embestida,
mis gemidos se convertían en gritos. Con mi mano palpé la situación de la
polla de Pablo ¡Todavía no había llegado a la mitad! Con un cacharro como
aquel era imposible que su novia tuviera ganas de otro. Mi polla había
encogido, no sentía otra cosa que dolor. Mis piernas aflojaron y quedé sobre
la cama con la media polla de Pablo dentro. El chaval se percató así de mi
desasosiego y tumbado encima mía comenzó a decirme cosas al oído.
- Vamos cariño, que tú puedes con toda, ya la tienes casi toda dentro, me estás
haciendo llegar a las nubes, es el mejor polvo que he echado en mi vida, vamos a
ponernos otra vez de rodillas, venga, un último esfuerzo.
Le hice caso, con su polla medio dentro conseguí ponerme de nuevo como un
perrito. Pablo empezó a acariciarme y darme ánimos. En sus siguientes
embestidas empezó a desaparecer el dolor, estaba como anestesiado. Siguió embistiendo
y de repente:
- !Ya la tienes toda dentro¡
No lo podía creer, lo había conseguido. En este punto empezó la sensación de
placer más grande que he sentido en mi vida. La noté toda dentro de mí, en
toda su dimensión, me sentía pleno, como si la polla de Pablo fuera la pieza
que faltaba para acabar mi cuerpo. Sentí que éramos un sólo ser que había
llegado a la plenitud, no quería dejar de sentirme así. Pablo empezó un mete
y saca y mi placer fue todavía mayor. Pablo gemía también ahora con
desesperación. Empezó a moverse con más rapidez, incluso con violencia.
Gritaba:
- !Sííííííí! Eres mío !!!
Y yo sentí que le pertenecía. Me perforaba en mis entrañas y yo sentí por un
momento como si me muriese de placer. Entonces Pablo se detuvo cuando estaba en
lo más profundo de mí y allí mismo dejó su simiente. Yo también me corrí.
Aquello me llevó a la locura, deseé que aquel río que me inundaba no se
perdiera por tierras baldías, deseé por única vez en mi vida ser mujer y
darle un
primogénito a aquel hombre a quien en esos instantes yo pertenecía totalmente.
- ¿Te ha gustado?
Sus palabras entrecortadas entre jadeos me hicieron despertar de aquel sueño de
locura.
- Es lo mejor que me ha pasado en la vida, después de nacer.- contesté.
Pablo rió como pudo entre jadeos de cansancio. Todavía la tenía dentro. Empezó
a reducírsele la dureza y el tamaño pero todavía la sentía a gusto dentro de
mí. Con cuidado de no sacarla nos acostamos uno al lado del otro. Así
estuvimos como un cuarto de hora, a gusto y sin mediar palabra hasta que oímos
ruido fuera.
- Tranquilo, he echado el cerrojo del cuarto.
Nos vestimos y salimos. En la cocina estaba la madre de Pablo y la novia de éste,
que no me miró con muy buena cara cuando me vio. Desde entonces no he vuelto a
ver a Pablo. Ni siquiera tengo su teléfono. Pero estoy esperando a que llegue
septiembre para volver a coincidir con él en el tren. Aunque si no me aguanto,
igual me presento algún día en la puerta de su casa. Un gordo como yo no puede
dejar pasar tan fácilmente la ocasión de que el chico más atractivo que hay
sobre la faz de la Tierra lo desee sexualmente.
***