Aventura en Guayabitos
Por Jesús Meza León
Para serles sincero, sí, siempre he consentido a Rodrigo. Pero ¿qué quieren?, es mi único hijo y mi adoración. Su madre murió al nacer él y jamás me volví a casar. Creció en casa de mi madre hasta la edad de 13 años, cuando dejé el trabajo de toda mi vida como agente viajero de una trasnacional farmacéutica que me proporcionaba un buen sueldo pero también el descuidarlo, por lo que creció bastante mimado y con ciertos resentimientos hacia mi persona que lo convirtieron en un adolescente problemático y voluntarioso al que nunca pude meter en orden. Platicando con un neurólogo, me sugirió ese cambio de empleo y dedicarle más tiempo, así como buscar otro lugar de residencia para comenzar nuestras vidas en común desde cero. Dejé entonces la Ciudad de México para trasladarme a Guadalajara, donde afortunadamente pude colocarme en un nuevo empleo de horario fijo y con bastante tiempo para dedicárselo a mi hijo. Los resultados se advirtieron muy pronto y para bien, ya que Rodrigo se ha
convertido en un verdadero amor, ha retomado con ímpetu sus estudios y en lo que llevamos de vivir en la Perla de Occidente en ninguna oportunidad he tenido que volverlo a reprender seriamente. He notado también de que de ser un chico introvertido, tosco y sin amigos, ahora platica con todo el mundo en la colonia, sale a jugar fut que es su pasión, y sin embargo todavía me preocupa el advertirlo un tanto cuanto amaneradillo, pero eso, como me dijo el especialista, es común a su edad, aunque me advirtió que se encuentra en la etapa de su verdadera búsqueda de identidad y que yo debería de aceptarlo antes que intentar cambiarlo para no crearle más traumas en el futuro. Tan satisfecho me encuentro que ahora en nuestras primeras vacaciones juntos decidí llevarlo a Rincón de Guayabitos, en el estado de Nayarit, playas que a pesar del turismo creciente aún se conservan bastante vírgenes y
paradisíacas. Hemos llegado a un pequeño hotel que nos tiene como sus únicos huéspedes y él está feliz. Yo, que no sé nadar tan bien y le tengo mis respetos a las olas, he preferido pasármela leyendo o dormitando en un camastro a la sombra de una palapa junto a la alberca, disfrutando de mis cocos con ginebra y dejándole el Océano Pacífico para él solito. Así y todo, no se aburre, pues ha hecho amistad con los niños de la zona; ya llevamos una semana de estar aquí y Rodrigo se encuentra ahora tan negro como ellos e incluso ha prescindido del traje de baño como esos chicos acostumbrados a vivir como adanes a la orilla del mar. Un día suyo es todo actividad: desayunamos y mal acabamos cuando llegan sus compañeritos y corre con ellos, ya sea para sortear olas o para un partidito de fut playero; no lo vuelvo a ver hasta la hora de la comida, e igual se me pierde a la primera oportunidad para continuar con sus aventuras y juegos. Por las noches, como ya no lo dejo meterse a la playa, se la pasa en la alberca con los otros chicos y arman tal alboroto que en un principio pensé que se iba a molestar el matrimonio de jubilados que lo regentan, pero la señora me ha dicho:
- ¡Déjelos, que son chamacos y le dan alegría a este lugar por lo general tan pasado de quieto y silencioso!
Mas nunca acaban las preocupaciones con los hijos, y anoche, viéndolos jugar waterpolo desde la ventana de nuestra habitación en el segundo piso, he advertido que el mayor, al que llaman Pepino, un moreno de 18 años de edad de ojos verdes, cuerpo espigado y cabello ensortijado que evidencia algo de sangre negra en sus venas, abrazaba a mi hijo por la espalda e incluso lo besaba efusivo en las mejillas. En una oportunidad que salió del agua para lanzar el balón pude observar que traía el miembro bien excitado. Por la noche, antes de dormirnos, le pregunté a Rodrigo por su nuevo amigo, y me contestó que vive con su abuela algunos kilómetros al sur y que se dedica a ser guía de turistas, llevándolos a pasear en lancha en la temporada alta.
Oye papá , ¿habría trabajo para Pepino en Guadalajara?
¿Por qué?, ¿acaso no está a gusto aquí?
No, sí, pero desde que nos hicimos novios, hemos pensado que para poder estar juntos podría irse a vivir con nosotros, y aunque yo le digo que lo mejor sería que estudiara, él dice que preferiría trabajar.
¿Novios?
Pues... no te lo había dicho porque era sorpresa, pero Pepino me quiere mucho y pues ahora sí que tenemos que vivir juntos a la de a fuercitas, como los chavos que embarazan a sus novias, pues él y yo ya...
Me levanté de la cama como si me hubieran dado toques eléctricos y me acerqué a la cama de mi hijo sin dar crédito a lo que acababa de confesarme con la mayor desfachatez. Vi
en sus ojos nuevamente ese temor que tanto me lamenté provocarle de niño y entonces, en lugar de enojarme, lo abracé y al preguntarle:
- ¿Él te obligó, mijo?
Me contestó, no con la desfachatez que primero creí, sino con la mayor naturalidad del mundo:
- No papá, que a mí me gustó y luego cuando me abrazaba sentía bien calentito su cuerpo, y aunque me dolió la primera vez que me metió su pajarito, ahora ya no, y me gusta que me coja a cada rato ¿Verdad que no estás enojado conmigo?
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