El hombre de mi vida

La historia que voy a relatar es la mía, la de cómo me enamoré del hombre que todavía hoy ocupa toda mi vida, mis pensamientos y mi cama. Él se llama Iván, tiene 49 años y es mi padrastro. Iván es un hombre robusto, alto y moreno. Tiene unos hermosos ojos café y una mirada penetrante y directa, incapaz de mentir. Yo acabo de cumplir los 21, soy de estatura mediana, tengo el cabello y los ojos castaños claro y una mezcla de niñez y adolescencia que atrapa las miradas masculinas.

Esta historia sucedió cuando yo tenía 13 años y él 41. Hacía ya varios años que Iván se había enamorado de mí, y yo no lo sabía. Se había casado con mi madre cuando yo tenía solo seis años, pero el matrimonio con ella había resultado un fracaso. Mi madre es una persona muy nerviosa, de carácter muy fuerte y agresivo. Él, en cambio, siempre fue un hombre muy dulce, divertido y sano, en todo el sentido de la palabra. Al principio, el matrimonio con mi madre iba bien, ya que Iván tiene
una muy buena posición económica y podía brindarle a ella todos los gustos y placeres. Además, él siempre fue un hombre sexualmente muy activo, por lo que mi madre se sentía complacida y muy satisfecha. Pero supongo que la diferencia de personalidades hizo que se separaran cada día más, hasta resultar dos extraños viviendo en la misma casa.

Poco a poco, Iván comenzó a sentirse cada vez más solo y empezó a dedicarse más a mí. Mi madre salía con sus amigos y amigas a diario y casi nunca estaba en casa, y cuando estaba, se dedicaba a molestar a Iván y a reñirme por cualquier tontería, a tal punto que Iván siempre salía en mi defensa y me consolaba. Llegué a adorarlo como a nadie en la vida. Él era el que me esperaba cuando llegaba del colegio, él me preparaba la merienda, él me ayudaba en mis estudios y él me abrazaba y me daba amor. Para un niño de 6 años puede ser muy confuso que su propia madre lo aparte y que su padrastro haga las veces de verdadero padre. Pero ese fue mi caso exactamente. Las noches solían ser los peores momentos en mi atribulada vida, ya que tenía terribles pesadillas en las que monstruos horrendos me perseguían y me atormentaban. Entonces, repentinamente, sentía un maravilloso calor en todo mi pequeño cuerpo y la pesadilla acababa. No sabía el motivo de este calor suave y dulce que me recorría desde mi cabello hasta los dedos de mis piecitos. Sólo sabía que ese calor llegaba en algún momento de la noche y no me abandonaba hasta la madrugada. A veces, creía que se trataba de un sueño increíblemente hermoso. A los 6 años, mi piel ya había despertado a ciertas sensaciones que me provocaban dolor y placer al mismo tiempo, sensaciones electrizantes que me hacían gemir en silencio y que aún no sabía explicar. Pero eran esas mismas sensaciones las que me permitían dormir plácidamente y ahuyentar mis demonios.

Así pasaron seis años en los que mi niñez fue una mezcla de dolor por la indiferencia de mi madre, y de alegría por la presencia de Iván. Ya era un preadolescente y comencé a darme cuenta de quién era en realidad mi madre: una mujer fría y calculadora, que apenas me miraba y que solo vivía para su egoísmo. Entonces, comencé a rebelarme contra ella y a tener fuertes encontronazos de palabra. Las pesadillas nocturnas volvieron con más fuerza que nunca, y mis temores se triplicaron. El sueño ya no era más un lugar seguro porque al dormir volvía a encontrarme con los monstruos del pasado. Pero, sin embargo, con la llegada de las pesadillas volvió ese calor que había sentido de muy pequeño. Cada vez que comenzaba una pesadilla, llegaba ese calor humano que me recorría la piel como un aliento suave y tierno. Yo ya tenía 13 años, y ese calor provocaba en mí sensaciones muy diferentes de cuando tenía seis o siete años. Me hacía estremecer, me secaba la boca y me erizaba hasta las uñas de los pies.

Una noche, quizá por lo terrible que era mi pesadilla, me desperté con mis propios gritos y me quedé abrazado a la almohada, con el rostro cubierto de lágrimas. Luego de apenas unos segundos, sentí el peso de alguien que hundía el colchón a mi lado. No me atreví a decir nada por la angustia que aún me provocaba el horrible sueño, así que permanecí con los ojos cerrados, lleno de dolor. Entonces, un aliento cálido tocó mi mejilla con un beso tierno, y una mano cariñosa acarició mi pelo una y otra vez. Sabía que era Iván, no podía ser nadie más. Así que suspiré hondamente y apoyé mi cabeza contra su pecho. Quería decirle cuánto lo quería y cuánto le agradecía que estuviera allí, conmigo, pero por algún motivo, me callé. Él pensó que yo todavía estaba dormido y acarició mi brazo, y me dio dulces y húmedos besos en el cuello y en la espalda, por encima del saco pijama. Volví a suspirar, mientras quitaba la sábana que me cubría. Sentía un calor distinto, sofocante. Sentí la mirada de Iván sobre mí, y de alguna forma infantil e inocente, me creí poderoso. No sabía muy bien lo que estaba sucediendo, pero una sensación de ardor en el abdomen comenzó a bajar hasta mi entrepierna y a causarme un cosquilleo que nunca antes había experimentado. Casi no podía respirar, y la presencia de Iván en mi cama hacía que me mareara con su aroma a hombre limpio y su olor a sexo adulto, todo me provocaba deseos inexplicables. Iván se acercó más a mí en mi estrecha cama y muy lentamente, casi con reverencia, introdujo su mano dentro de mis pantalones pijamas, y apoyó la palma sobre mis genitales, que comenzaban a cobrar vida y a latir dentro de mis calzoncillos. Allí se detuvo sin mover los dedos. Yo contuve la respiración sin saber qué hacer. Por un lado, sentí miedo, nadie me había tocado así nunca, ni siquiera yo mismo. Pero por otro, sentía un calor desbordante en todo mi cuerpo y especialmente en mi pene y en mis huevos. Casi sin darme cuenta, lancé un suspiro de disconformidad, y abrí las piernas por instinto. Entonces Iván retiró su mano del mismo modo sigiloso y se incorporó un poco. Creí que me abandonaba y me sentí triste, pero él fue hasta mis pies y comenzó a quitarme el pantalón sin hacer ruido, con mínimos movimientos. Me dejé hacer sin protestar, y él continuó con mis calzoncillos. Me los sacó lentamente para no despertarme. Después, lo escuché suspirar. El sonido de ese suspiro despertó mi sexo, y sentí aún con los ojos cerrados que mi pene comenzaba a crecer. Todo era nuevo para mí, el dolor en los huevos, el cosquilleo en el abdomen, mi pene cobrando vida.

Iván se acercó y se arrodilló entre mis piernas, las abrió mientras doblaba mis rodillas y apenas, muy suavemente, soplaba sobre mi pene semierguido. Ahogué un gemido y entreabrí los labios, mientras mis manos se aferraban al colchón. Él me inmovilizó las piernas y hundió su boca hasta engullir todo mi pene, y luego comenzó a succionar con deleite como si se tratara de una golosina. Yo podía sentir sus labios húmedos recorriendo el tronco y haciéndolo crecer con cada movimiento, y su lengua avariciosa que masajeaba mi glande y se introducía en el orificio de mi ya crecido pene, buscando las primeras gotas preseminales. Iván chupaba con intensidad, pero también me tocaba los huevos y acariciaba mi pubis lampiño. Después, repentinamente, retiró su boca de mi pene y comenzó a desabotonar mi saco pijama, hasta dejarme totalmente desnudo. Aún pensando que yo dormía, susurró palabras de amor hacia mí: mi chiquito, te amo, sos lo más preciado en mi vida, y ahora sos mío, mío para siempre. Yo hubiera querido responderle, decirle que sí, pero tuve miedo de que al escucharme, se asustara y se fuera, así que permanecí en silencio. Iván me succionó las tetillas mientras acariciaba de nuevo mi pene y mis huevos, y entonces, entreabrí apenas los ojos para observarlo. Su rostro estaba iluminado, casi rojo, sus labios estaban hinchados y húmedos, y sus ojos despedían deseo y amor. Acercó su rostro a mi cara y besó suavemente mis labios. Yo exhalé un suspiro de puro éxtasis y él volvió a besarme con un poco más de urgencia, introduciendo la punta de su lengua dentro de mi boca. Yo, sin darme cuenta, atrapé su lengua con mis labios. Fue un acto instintivo que lo asustó. Entonces, Iván me miró con atención y preguntó: ¿estás despierto?. Yo asentí con la cabeza y pensé que se marcharía. Pero su mirada dubitativa se dulcificó, y se sentó sobre el colchón, sin dejar de acariciarme el abdomen y las piernas. Yo solamente podía observarlo con el amor que siempre le había tenido, sin atreverme a más. Él sostuvo mi mirada para ver mi reacción, y comenzó a masajear mis huevos con insistencia, tocándolos, apretándolos, deslizando de a poco un dedo desde la base del pene hasta el orificio del culo, apenas rozándolo, para volver a masajear mis huevos. Yo respiraba cada vez más agitado sin poder quitarle la vista de sus ojos. Él sonrió con dulzura y preguntó: ¿estás bien? Yo solamente volví a asentir, muy nervioso, y entonces él volvió a preguntar: ¿estás seguro? Y yo apenas murmuré un sí.

Iván se puso de pie y se quitó sus boxers. Pude contemplar por primera vez el cuerpo desnudo de un hombre adulto. Me sorprendí y retiré la vista un instante. Iván tenía un pene grueso, enorme, con una cabeza reluciente y roja. Su entrepierna estaba cubierta de vellos oscuros y sus huevos eran grandes y colgaban como jamás había pensado que podían colgar un par de huevos. Los míos eran redondos, claros, suaves, y no demasiado grandes. Pero yo aún era un adolescente, casi un niño. Miré mi pene, y me di cuenta de que aunque lo tenía totalmente parado, no tenía comparación con el de Iván. Escuché la risa cariñosa de Iván y lo miré, entonces me dijo: No te preocupes chiquito, ya vas a crecer. Sos hermoso. Yo todavía sorprendido, le dije: No sé qué tengo que hacer. Él volvió a sonreír y contestó: Nada, dejame a mí. Te prometo que voy a ser muy lento, muy paciente, y si te duele aunque sea un poco, me lo decís, no quiero que sufras. Yo asentí, y él volvió a su posición entre mis piernas y las abrió más todavía, mientras las colocaba sobre sus hombros. Luego, volvió a engullir todo mi pene y a apretarlo con sus labios, antes de comenzar el metesaca con su boca. Yo empecé a gemir y a respirar agitado, mi abdomen subía y bajaba, y trataba de acompañar el movimiento de succión de Iván. Iván me tocaba las nalgas, las apretaba y continuaba succionando con los labios y con la lengua de una forma que me enloquecía. Después, repentinamente, dejaba de succionar el pene y metía mis huevos en su boca, los saboreaba, los apretaba con su lengua y bajaba hasta el orificio del culo, donde apenas introducía la punta de la lengua. Yo pegaba pequeños grititos de sorpresa y placer, y sentía que mi entrepierna iba a estallar. Entonces, con voz entrecortada le dije: Iván, me hago pis, dejame que me hago pis. Él en medio de su delirio sexual, comprendió que no era pis, sino que yo estaba por tener mi primera eyaculación, así que apretó mi glande con sus labios y me obligó a largar mi primera leche, un líquido blancuzco, no muy espeso.

Aunque apenas fue un chorro de semen, esa primera eyaculación me provocó cierto dolorcito en la cabeza de mi pene. Me sentí aliviado luego de eyacular, pero por otro lado, sentí vergüenza porque creí que había meado en la boca de Iván. Jamás pensé que pudiera sentir tanta pena. Me ruboricé y miré la cara de Iván, pero él parecía feliz. No es pis, chiquito, me dijo, es semen, la leche que largan los hombres cuando tienen sexo. Yo no entendía muy bien, pero me alegró saber que no era pis, y que a Iván le había gustado. Todavía se pasaba la lengua por los labios. ¿Te sentís mejor?, preguntó. Yo le dije que sí, pero que sentía una sensación rara en la panza y en el pene. Él me abrazó y me dijo que era normal, que yo ahora era un hombre como él, y que esa sensación era que estaba excitado. Yo no entendí, pero no le quise preguntar para no parecer tonto. Entonces se sentó en la cama, me tomó por la cintura y me acomodó con las piernas abiertas sobre él. Yo podía sentir su pene totalmente parado y duro, y me moví para estar más cómodo. Mis movimientos indudablemente lo excitaron más porque gruñó algo que me hizo reír, y él también se rió. Entonces me miró a los ojos con ardor y mientras abría mis nalgas con sus manos y acariciaba el orificio por afuera con suavidad, me dijo: No sé si estás listo para esto. Yo comencé a excitarme de nuevo y me agarré a sus hombros mientras apretaba mi pene contra su abdomen, en busca de satisfacción. ¿Listo para qué?, pregunté con inocencia. Iván se chupó el dedo índice con bastante saliva y lo llevó hasta mi orificio pequeño y rosado, y lo introdujo un poco, hasta la mitad. Yo me sobresalté y di un respingo, y él se rió y dijo: será la próxima. Pero aunque sonreía, su rostro mostraba insatisfacción y pena. Yo ya tenía de nuevo el pene totalmente parado y comencé a friccionar el abdomen de Iván, pero él me recostó en la cama y me dijo: ¿qué querés hacer? Yo solamente quería que me exprimiera el pene, que succionara hasta la última gota de mí, pero también quería hacerlo feliz. Odiaba ver que hacía lo posible por satisfacerme y yo no podía satisfacerlo a él. Lo que vos quieras, le contesté, quiero hacer todo lo que vos quieras. Eso pareció darle alas, porque me preguntó todavía indeciso: ¿te bancás que duela un poco? Yo asentí algo asustado, pero con confianza en él. Vamos despacito, me dijo, si ves que es demasiado, me decís y paro. Yo volví a asentir y entonces Iván me dijo que me acercara a él y lo tocara. Yo le dije: ¿cómo?, y él me dijo: como más te guste, pero tocame, quiero que conozcas mi cuerpo. Yo apenas me atreví a tocar su enorme verga con mis dedos y luego, estrujé blandamente sus huevos con mis manos. Él no decía nada, me miraba con la cara seria y acalorada. Entonces pensé que le gustaría que pasara mi lengua por su pene como él había hecho, bajé la cabeza y posé mis labios sobre su glande. Estaba caliente, mojada y dura, pero también suave y algo salada. La apreté entre mis labios y rocé apenas mis dientes. Él dio un gemido, lo miré y me sonrió extasiado. Eso me dio valor, y succioné un poco más, intenté meter su pene dentro de mi boca, pero era demasiado grande, así que pude introducir solo una parte de su carne palpitante y chupé con fuerza. Iván, mientras yo lo succionaba, me acariciaba el pelo y la espalda con cariño. Parecía comprender mis frágiles intentos por complacerlo. Me retiró despacio por los hombros y me volvió a recostar boca arriba con las piernas bien abiertas. Abrió mis nalgas y frotó con su lengua el orificio del culo, presionando hacia adentro. Yo estaba decidido a no protestar, pero sentí algo de miedo y cerré el culo instintivamente. Iván volvió a meter su lengua dentro de mi culo, lentamente, mientras con una mano me frotaba el pene y los huevos. Yo gemí entrecortadamente, y él me abrió más las piernas mientras saboreaba la dulzura de mi interior.

Después se ensalivó bien el dedo índice, lo metió hasta la mitad y comenzó a meterlo y sacarlo con paciencia, masajeando mis genitales, hasta que notó que su mano se humedecía con unas gotas de mi semen. Yo estaba a punto de eyacular. Entonces, dejó de masajearme y bajó sus labios hasta mis genitales, metió mi pene completo dentro de su boca y succionó con fuerza una y otra vez, masturbándome con su lengua, y perforando mi ano con su dedo. La sensación era indescriptible, sentí que iba a explotar, casi no podía respirar, pero él me sujetó con la boca, succionó más fuerte, apretó mi glande con los labios, y entonces un chorro más fuerte que el primero salió de mí e inundó su garganta. Él continuó succionando con verdadero placer, hasta secar mi pene, y luego introdujo la punta de la lengua en el orificio del glande, buscando hasta la última gota de mí. Quedé exhausto, pero Iván todavía tenía la verga dura, más gruesa y roja que antes. Era lógico, lo daba todo y no recibía nada. Abrió bien mis piernas y puso una almohada debajo de mis nalgas. Sostuvo mis rodillas con sus manos y acercó la punta de su verga al orificio de mi culo. Tenía la verga tan tiesa que no necesitó guiarla. Dejá las piernas bien abiertas, me dijo. Yo obedecí, y él abrió mis nalgas con sus manos lo más que pudo, después, muy lento, entró la cabeza roja y prominente de su verga dentro de mí. Sentí un dolor agudo, ya que era una cabeza grande para mi agujerito sonrosado y juvenil, pero me mordí los labios y aguanté la invasión. Iván suspiró entrecortadamente, agitado, y empezó a penetrarme con más convicción. El dolor se intensificó, su verga era demasiado grande y dura. Me duele mucho, Iván, sacala, me duele de verdad, le supliqué a punto de llorar. Él, en vez de obedecerme, dejó de empujar y se detuvo. Acomodala dentro tuyo, chiquito, movete hasta que la sientas cómoda, me pidió casi sin voz. No quiero moverme, le dije, me duele, quiero que la saques, lo prometiste. Está bien, me dijo con voz de resignación y empezó a salir despacio. Relajate o te va a doler más, me pidió. Como sentí que la quitaba de dentro de mí, me relajé y me distendí un poco, y entonces para mi sorpresa, Iván volvió a empujar con más firmeza hasta penetrarme la mitad de su verga. Yo creí morir del dolor y empecé a sollozar, pero él sin apartarse de mí, me incorporó un poco y me besó en los labios, metió su lengua en mi boca y mordió el interior hasta que comencé a responder al beso entre lágrimas. Me consoló con palabras de amor, pero no se retiró de dentro de mí ni por un segundo. Te dije que te iba a doler un poco, chiquito, pero necesito que te relajes porque si no te voy a lastimar, me explicó con paciencia, pero totalmente excitado. Yo asentí todavía perturbado, y él me recostó sobre la cama, inclinando su cuerpo sobre mí, de modo que su verga se introdujo un poco más. Yo gemí, pero él, así inclinado sobre mí, atrapó mi boca con su boca hambrienta y me devoró, mientras su verga llenaba mi culo.

Odié ese dolor y odié sentir su enorme verga llenando mi interior, era un dolor tan espantoso que pensé que me iba a desmayar. Pero Iván me dijo: Ariel, mirame. Yo cerré los ojos con fuerza, solo quería que sacara su enormidad de mi culo. Mirame, repitió con más firmeza. Yo entreabrí los ojos y lo miré con dolor. Él tomo mi rostro entre sus manos, me besó apasionadamente, y me dijo: hoy sos mío por primera vez y para siempre, en este momento los dos somos uno, entendés, yo estoy dentro tuyo y vos dentro mío, y nunca más vamos a separarnos. Sus palabras me abrieron el alma, me devolvieron la confianza. Mi culo ya se había dilatado lo suficiente como para olvidar un poco el dolor, así que asentí aún con lágrimas en los ojos y le di un beso inexperto, pero lleno de amor. Él me devolvió el beso, mientras se movía dentro de mí en un vaivén de placer y dolor, hasta que vi que su rostro se contraía, y pensé que a él también le dolía. Sus facciones se estiraron y todo él se tensó, hasta que dio un gemido ahogado y sentí su leche tibia recorrer mi interior y llenar mis entrañas. Iván dio varias sacudidas, y en cada una de ellas, un chorro se disparó dentro de mí. Yo apreté su verga con mi culo, mientras mi pelvis se movía hacia arriba y abajo por el calor de su leche caliente, inundándome hasta desfallecer.

Iván se abrazó a mí sin sacar su verga de mi interior y comenzó a respirar con fuerza. Yo lo abracé llorando con una mezcla de alegría, amor y angustia por todo lo vivido. Poco a poco me tranquilicé, y entonces Iván retiró su pene ya fláccido de mi interior. Protesté con un suspiro, y él sonrió. Se acostó en mi cama y me acomodó sobre él entre sus brazos. Ya era casi la madrugada. Escuché algunos pájaros en el jardín. Cerré los ojos un momento, y pensé que dormiría un rato nomás. Antes de dormirme, escuché que Iván me decía: Te amo, chiquito mío. No le respondí, no pude por el cansancio y las emociones, pero pensé que yo también lo amaba, muchísimo.

Mi historia con Iván es dulce y amarga. Tal vez la próxima vez les cuente por qué.

 

 

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