Inicio frustrante
Lo que voy a explicar pasó hace ya mucho tiempo, cuando una vez acabada la carrera universitaria y hecho el servicio militar empecé a trabajar de profesor y me destinaron a un instituto lejos de donde había vivido hasta entonces. Eso supuso dejar la casa paterna y empezar a vivir la vida totalmente a mi aire.
A mis 24 años, yo todavía no había tenido ninguna experiencia sexual completa. La verdad es que estaba bastante confuso; me gustaban las chicas y había llegado a besar y a acariciar a un par de ellas, pero también era consciente de que había chicos que me hacían sentir algo parecido.
Físicamente yo tampoco era feo. Medía 1,72 m, cabello moreno corto, ojos marrones, piel ligeramente tostada, poco vello... pero aquellas dudas me provocaban una gran inseguridad.
Hasta que conocí a Rafael. Rafael veraneaba en el pueblo donde yo vivía y entró a formar parte de nuestro grupo de amigos. Era un joven extrovertido, un par de años mayor que yo, simpático, sensible y culto. A los dos nos gustaba el cine, la música, los buenos libros... y congeniamos enseguida. En lo único que no coincidíamos era en la religión; él era un católico creyente y practicante y yo hacía tiempo que había dejado de creer en Dios. Él tenía un aspecto parecido al mío, con la excepción de que era un par de dedos más bajo y algo regordete. No se puede decir que fuese extraordinariamente atractivo, pero a mí no me desagradaba, y a medida que íbamos intimando yo tenía cada vez más claro que lo deseaba, que quería sentir aquellos labios pegados a los míos y sus manos explorando mi cuerpo.
Acabado el verano, y tal como había hecho con mis otros amigos, invité a Rafael a visitarme en el pueblo de costa donde había empezado a trabajar y donde había alquilado un pequeño apartamento para alojarme durante el curso. Prometió venir a verme en cuanto pudiera y nos despedimos así.
Por suerte no me hizo esperar mucho, al cabo de unos quince días me llamó por teléfono para decirme si podía venir a pasar el fin de semana. Yo acepté encantado.
Le fui a esperar a la estación el sábado por la mañana y después de dejar la bolsa con sus cosas en mi apartamento, le enseñé el pueblo y dimos una vuelta. Al mediodía quise impresionarle preparando la comida, pero la verdad es que me salió bastante mal y acabamos riéndonos los dos del desastroso cocinero que era yo por aquel entonces. Por la tarde fuimos al cine y, para compensarle por mi fracaso, por la noche le invité a cenar en un restaurante italiano. Después fuimos a tomar unas copas en un bar-musical y volvimos a mi apartamento no muy tarde.
Yo estaba nervioso porque se acercaba la hora de acostarnos y no estaba seguro de cómo se tomaría él la excusa que había preparado. El apartamento era de dos dormitorios, pero le dije que sólo tenía una manta porque no estaba acostumbrado a recibir visitas y todavía no había acabado de traerme todo lo que necesitaría para pasar el invierno allí, por lo que tendríamos que dormir juntos en la misma cama. Por suerte mientras estábamos en el cine había caído una de esas típicas tormentas de principio de otoño que había refrescado el ambiente y hacía más creíble mi explicación. Fuese por lo que fuese, él no protestó.
Él fue el primero en ir al lavabo y lavarse los dientes, así que cuando yo acabé y fui a la habitación me lo encontré ya metido en la cama. Empecé a desnudarme para ponerme el pijama con toda la picardía posible, de espaldas a él y empezando por la parte inferior, de manera que enseguida quedé desnudo de cintura para abajo dejando mis blancas nalgas a la vista. Después me puse el pijama empezando por arriba y simulé que me liaba con la chaqueta para así estar más tiempo expuesto a sus miradas. Yo estaba seguro de que él no apartaba los ojos de mi cuerpo semidesnudo, notaba su mirada clavada en mí. Una vez vestido entré en la cama con toda la naturalidad que pude y me eché dándole la espalda.
Al poco, y fingiendo que cambiaba de postura para estar más cómodo, fui acercándome a él de espaldas. Y como por un acuerdo tácito, también él empezó a acercarse despacio a mí. Él estaba de cara a mí, así que al cabo de unos minutos que se me hicieron muy largos, mis piernas entraron en contacto con las suyas y poco después noté una presencia dura y cálida que presionaba mis nalgas.
En ese momento Rafael puso su mano sobre mi hombro, yo me quedé inmóvil, en silencio, y él empezo a recorrer con su mano primero mi brazo, luego el costado, la cadera, metió la mano por dentro del pantalón del pijama y me acarició el muslo al tiempo que me lo bajaba hasta las rodillas. Después de una pausa reemprendió el recorrido en sentido inverso, pero al llegar a la cadera se detuvo, se pegó a mí del todo, avanzó su mano y empezó a acariciarme los genitales. Me sopesaba y acariciaba los huevos como quien maneja algo valioso y me recorría la verga lentamente de la base a la punta. Yo estaba excitadísimo y notaba su aliento entrecortado calentándome la nuca.
A continuación, y con un par de rápidos movimientos, me acabó de desnudar y él se desnudó a su vez. Me abrazó y acarició mi miembro como antes y luego mi pecho palpitante y pellizcó mis pezones rígidos mientras se pegaba a mí y acomodaba su verga en el hueco entre mis nalgas y mis muslos. Me di cuenta de que Rafael estaba poco dotado, su miembro era más bien corto y poco grueso, pero la verdad es que eso no me importaba, al contrario, me tranquilizó, porque estaba decidido a entregarme a él.
Bajó de nuevo su mano hasta mi verga y con un movimiento continuo cada vez más rápido me masturbó hasta que acabé eyaculando entre espasmos de placer.
Después, como si ya fuese su turno, me fue empujando con firmeza hasta ponerme boca abajo y se acomodó entre mis muslos. Aunque su miembro no fuese muy grande, no me hacia gracia la idea de que me penetrase sin ningún tipo de lubricante, pero como tampoco quería interrumpir aquel momento yendo a buscar gel de baño o algo por el estilo, lo que hice fue mojar la punta de mi dedo índice en el esperma esparcido por la sábana, llevarlo a mi ano virginal y fregarlo contra él. Rafael entendió enseguida mis intenciones y pronto fue él quien restregaba la yema de sus dedos mojados en semen en mi esfínter hasta que el volumen de mis gemidos le dejó claro que yo ya estaba preparado para recibirle. Fue entonces cuando noté la punta de su endurecido miembro presionando para abrirse paso a la entrada de mi recto. Y después de la punta, el resto de su pequeña verga palpitante. Por suerte la penetración apenas me dolía y así podía concentrarme en el cúmulo de sensaciones nuevas entre las que destacaba el hecho de que estaba dando placer a mi amigo como seguro que él nunca antes había experimentado, lo que me hacía sentir extraordinariamente bien.
El acto no duró mucho. Después de mover su verga adelante y atrás en mi interior unas cuantas veces, resoplando de excitación cada vez más deprisa, Rafael se dejó caer encima de mí y noté como me llenaba de su leche mientras me abrazaba.
Había sido todo rápido y poco satisfactorio, fruto de nuestra inexperiencia, pero la noche no había hecho más que empezar y yo ya me prometía horas de goce mutuo y experimentación. Por eso me desilusionó que al retirarse de mí, Rafael me diese la espalda, se pusiese el pijama y me desease con voz vacilante: “Buenas noches”. Entendí que de momento prefería no hablar de lo que había pasado y lo dejé para otra ocasión.
Pero al día siguiente, cuando me desperté, me encontré solo en la cama. Rafael estaba vestido y acabando de ponerse los zapatos. Fui hacia él, desnudo, con un interrogante en los ojos. Y él desviando la vista me dijo que lo que habíamos hecho no estaba bien, que era un pecado, que no quería que se repitiera ni que habláramos nunca del asunto. Yo intenté besarlo, abrazarlo, pero él me rechazó. Recogió sus cosas y se fue.
Seguimos viéndonos durante años y aunque al principio estábamos algo incómodos, al fin volvimos a tener una buena relación de amistad.
Muchas veces me pregunto qué hubiera pasado si aquella noche Rafael y yo hubiésemos continuado explorando nuestros cuerpos y haciéndonos el amor. Quizás me habría decantado definitivamente por relacionarme sólo con hombres y mi vida habría sido muy diferente. Pero eso nunca se sabe, lo único cierto es que aquel inicio fue frustrante.