INVIERNO
Aquel viaje había sido planeado con muy poca antelación. Víctor, un niño de
14 años, le contó a Ricardo, su jefe scout de 21, que su mamá se podía
conseguir una casa en la Nieve, en Farellones, gratis gracias a su trabajo. Así
que, se armó el viaje. Ricardo le dijo a Víctor que "qué esperamos"
y se comunicaron con un par de scouts amigos de Ricardo, el Alfre y el Bernardo,
de 13 y 14 años, respectivamente y el Víctor habló con su amigo Diego, de 15.
En la casa de Alfre se planeó todo, quién lleva qué cosa y en dos semanas más,
aprovechando el fin de semana largo, se irían a pasar unas micro vacaciones a
la Nieve, en pleno invierno Santiaguino. Era el fines de Junio, a punto de
terminar el primer semestre académico chileno.
Ese mes había sido algo extraño, días grises y de mucho frío y otros
bastante soleados y agradables, parecía que el invierno no quería llegar. Uno
de esos soleados días antes del paseo, Ricardo fue a la casa de Alfre una vez
que terminaron las clases. Alfre siempre había sido el scout favorito de
Ricardo. Era un niño ejemplar, le iba excelente en el colegio, era deportista y
un scout ejemplar (lo que Ricardo no sabía era que Alfre tenía atributos
escondidos). Ricardo conocía mucho a la familia de Alfre, iba a menudo a su
casa y los padres de Alfre le tenían confianza. Así que Ricardo pasó a la
casa del pequeño, que estaba sólo, pues ambos padres trabajan y los hermanos
mayores estaban en clases. Tocó el timbre. Alfre asomó su cabeza desde el balcón
frontal y le tiró las llaves. Ricardo las agarró en el aire, aquel era su
juego de siempre. Ricardo abrió y pasó al living, se sirvió un vaso de Coca-cola
y se sentó cómodamente en el sofá
- ¿¡Entraste o no!? - Preguntó Alfre
- ¡No si estoy afuera! - respondió Ricardo en tono de broma
- Tai' chistoso gueón - dijo Alfre riéndose - sube a mi pieza, me estoy bañando.
Ricardo subió. No era la primera vez que veía a su niño en la ducha o en paños
menores, de hecho casi siempre en campamentos las duchas son comunitarias,
por lo que siempre se veían en pelota. Y a Ricardo no le llamaba la atención
pues Alfre tenía cuerpo de niño, incluyendo su pene. Ricardo se sentó en la
cama de Alfre, frente a la cómoda, con su vaso de Coca cola en la mano, y se
puso a hojear una de esas revistas del Alfre que tenían hartos deportistas bien
ricos. En eso entró Alfre con una toalla en la cintura... La visón fue
angelical. Ricardo no supo hace cuánto tiempo había visto al Alfre casi en
pelota, pero al parecer fue mucho. El niño de antes estaba dando paso a un
adolescente más que en potencia; tenía vello suave en las piernas, los brazos
bien marcados y en su vientre comenzaba a aparecer una sombra de abdominales.
Bajo su hermoso ombligo aparecían una serie de pelitos finísimos, de color
castaño claro, que combinaban con su pelo y sus ojos color manjar.
- ¡¡¡Yaaaaa!!!, ¡parece que no me hubierai visto nunca!!!- dijo riéndose el
niño.
Ricardo despertó de su ensueño de golpe.
- Hola gueón, como estai.- dijo tórpemente Ricardo, Alfre se acercó y se
chocaron las mejillas dándose un beso de amigos, como era la costumbre dentro
de los scouts más amigos. Ricardo disfrutó cada instante de ese momento. Gozó
centímetro a centímetro de la piel de Alfre. Sintió su perfume de recién bañado
y aspiró profundamente su aroma de macho, de macho que despierta a la vida.
- Oye, ¡que hace calor, gueón! - dijo Alfre. - Estuve haciendo gimnasia en el
colegio en la última hora, así que vine corriendo a ducharme. ¿Y tú en qué
andai?.
- Vine a conversar un rato contigo, a ver cómo estamos para el paseo.
En ese instante Alfre se acercó a la cómoda, a sacar ropa interior. Se acercó
tanto que puso su pico en el hombro de Ricardo, haciendo una presión inusitada.
Y así, en esa posición, empujando el hombro de su jefe y amigo con su tula, se
puso a buscar ropa y se demoró bastante. El pico del Alfre fue algo que
sorprendió a Ricardo. Él lo había visto varias veces antes, y era algo pequeño,
normal para un niño. Pero ahora era diferente. Sentía en su hombro la presión
de un pico grande. No gigante, un poco menor que el de él. Tampoco estaba
erecto. Era como si Alfre quisiera que Ricardo conociese lo que el verano había
hecho en su cuerpo. Ricardo se puso nervioso. Inmediatamente se erectó su pene
y trató de apartarse de aquel manjar virgen, pero Alfre persistía y se movía
hacia donde Ricardo huyera. Poniéndole el pico bajo esa toalla húmeda siempre
en el hombro.
Alfre se retiró. Se quitó la toalla y por fin Ricardo vio el tesoro escondido
del Alfre. Un pico sin circuncidar, sin erectar, de unos 8 o 10 centímetros,
grueso como el suyo propio, con pelitos negros suaves pero espesos bañando sus
cocos y la parte superior del pubis.
- ¿Qué chucha estai comiendo gueón? - preguntó Ricardo. - ¿cómo lo
hacís para estar cada día más grande?
Ambos se rieron a carcajadas.
Nada pasó esa tarde que alterara la bella amistad que tenía Alfre con Ricardo.
Pero ni Alfre ni Ricardo se volvieron a mirar con los mismos ojos nunca más.
Alfre se masturbó esa noche pensando en lo que hubiese podido llegar a pasar
aquella tarde y Ricardo hizo lo mismo. Ninguno de los dos sabía que el otro era
gay. Eran los dos tan masculinos...
El fin de semana llegó y, como estaba previsto, el grupo de amigos se juntó en
la casa de Diego para partir a la aventura más espectacular de sus vidas. Era
el padre de Diego el encargado de ir a dejarlos a la casa en la Nieve. Gracias a
Dios que Ricardo tenía un comportamiento intachable. Tenía su polola. No se le
conocía ninguna yayita. Siempre había sido responsable, siempre había
cumplido y desde que era Jefe de Manada, Jefe de Tropa luego y Jefe de Grupo
después, nada había pasado en el grupo scout. Los padres lo querían y
confiaban ciegamente en él. Lo que no sabían es que Ricardo ya había
cambiado.
El viaje fue sin novedades. La casa quedaba en Farellones, en plena cordillera,
a unos 30 kilómetros de Barnechea, el lugar donde ellos vivían. Se
fueron todo el viaje cantando, contando chistes, haciendo payasada tras
payasada, conversando, en fin. Hasta el papá de Diego iba cagado de la risa.
Hasta que llegaron. La casa era bonita. Era de la municipalidad. Ricardo la abrió,
y el papá de Diego descargó el furgón. El día era precioso. Soleado, pero frío
como en la cordillera. La nieve era espesa y cubría todo el jardín, el techo,
la calle, todo. Era como ver una postal de navidad yanqui. Le desearon al tío
buen viaje, cerraron la puerta y se pusieron cómodos. La casa era increíble
por dentro, tenía una vista preciosa hacia la montaña. Se repartieron los
dormitorios, se acomodaron, se abrigaron y salieron a pasear.
Cuando volvieron ya era tarde, como las seis. Hacía frío. Encendieron la
chimenea y la calefacción, prepararon la comida y se sentaron en los sillones.
No había televisión. Así que se pusieron a conversar. Para sorpresa de
Ricardo, Diego sacó de su mochila 12 latas de cerveza. Víctor dos botellas de
pisco, y Alfre una de Vodka.
- ¿¡Que re-chucha significa esto!? - preguntó Ricardo indignado.
- Sabía que no te teníamos que decir - dijo Diego con un sonrisa picaresca -
así que vinimos preparados por nuestra cuenta.
Ricardo se rió
- No les impido tomar - dijo Ricardo - pero no me hago responsable de nada que
pase si se curan.
- Cagaste no más pues erís responsable igual - dijo Bernardo que traía las
bebidas para mezclarlas con el copete.
Todos rieron.
Ricardo no tomó. Quería estar consciente por si pasaba cualquier cosa con los
"niños" en ese estado. Se dedicó a fumar mientras conversaba con sus
pequeños compañeros, de igual a igual, como sucede siempre en scout. La
conversación comenzó lentamente a subir de tono, hasta que llegó al tema del
sexo, donde en realidad los niños le pedían consejo a Ricardo. Recién allí
se dio cuenta él lo adelantados que están los jóvenes de hoy.
- Realmente yo no sé cómo afrontarme a una mina - dijo Diego - ¿cómo le digo
que quiero sexo con ella? No estoy ni ahí con pololear, sólo quiero sexo.
Todos hicieron esa clase de preguntas que quedaron sin respuesta. Bernardo
propuso jugar al "Nunca nunca", un juego en el que se dice la verdad.
Las preguntas eran cada vez más fuertes como, "¿Cuántas veces te has
masturbado?", "¿has tenido sexo?", etc. El problema fue
cuando Víctor preguntó:
- ¿A quién deseai culearte más que a nada en el mundo?
Ricardo y Alfre se miraron fugazmente antes de contestar.
- Estoy tan caliente que me voy a ir a pajear - dijo Alfre
- Te acompaño - dijo Ricardo en un susurro
Los otros estaban tan curados que ni se dieron cuenta que Ricardo y Alfre se
dirigieron al dormitorio que compartían con Bernardo. Víctor notó, sí, algo
extraño, pero no dijo nada. Los tres que quedaron en el living siguieron
hablando de sexo, de tetas y de choras. Se calentaron tanto que se masturbaron
ahí mismo, dejando la manchas de semen en la mesa de centro. Alfre y
Ricardo pasaron a su dormitorio. Estaba oscuro y silencioso. La ventana miraba
hacia el valle, dándoles una visón nocturna espectacular. Ricardo tomó de la
cintura a Alfredo, restregando su pene contra el abdomen de Alfre y el pico de
él en su entrepierna, en su ingle.
- ¿Es cierto eso? - preguntó Ricardo - ¿es cierto que me querís culear?
Alfre como respuesta dio a Ricardo el más delicioso beso que le habían dado en
su vida. Y Ricardo le respondió. Se besaron el cuello, la oreja, la pera, la
frente, toda la cara. Comenzaron a desvestirse. El jovencito de 13 años
salvajemente trataba de arrancar el chaleco y la camisa de Ricardo, metió sus
manos por debajo, acariciándole la espalda, los hombros, las axilas velludas,
el pecho. Ricardo en cambio había comenzado con las manos en la cintura de
Alfre, y de ahí comenzó a bajar. A acariciar su poto, su delicioso poto, luego
sus piernas, y luego subió, metiendo su mano por la camisa, tocando cada centímetro
de la espalda suave como sólo un niño la tiene. El beso se extendió por
minutos, pero fueron los más deliciosos minutos que ambos habían podido tener.
Se sacaron los sweaters y las camisas, y quedaron con el torso desnudo. Ricardo
tomó a Alfre, lo recostó en la cama y se montó sobre él, poniendo su trasero
sobre el pene semi-erecto de Alfre. Ricardo volvió a besar al niño, acariciándole
el pecho, las tetillas, las axilas, y comenzó a bajar, besándole el cuello,
los pectorales, las tetillas, el abdomen, el ombligo, los pelitos bajo el
ombligo, hasta que llegó al botón del pantalón. Allí se detuvo y miró a su
joven amante.
- Esto no está bien - dijo Ricardo
- No importa, sigue - respondió Alfre
Aquella sencilla licencia sirvió para que Ricardo tomara con los dientes el botón
del pantalón y lo desabrochara. Bajó el cierre con los dientes, sintiendo el
pene del pequeño erectándose con cada milímetro de la piel de su cara. Abrió
el pantalón y de él emanó un aroma más delicioso que cualquier otro, olor a
virgen, olor a hombre, olor a niño. Bajó con las manos el pantalón de Alfre,
le quitó los zapatos y los calcetines y le sacó los pantalones. El joven quedó
sólo en calzoncillos sobre la cama. Ricardo entonces volvió al paquete que
desde ese día lo trastornaba, aquel paquete que estaba tras la tela del
calzoncillo. Lo besó y lo mordió con los labios. El pico del Alfre terminó de
erectarse. Era un mástil de carne de unos 15 o 16 centímetros, bastante
grueso, normal para un amante, pero gigante para un niño de 13 años. Pudo
sentir aquel tesoro con sus labios por sobre el calzoncillo, lo topaba, lo
besaba, disfrutaba al máximo aquel instante. Alfre se sentó. Ricardo se
puso de rodillas frente a él, de manera que sus piernas velludas y bien
formadas de futbolista rozaban el vientre de Alfre, y su paquete encerrado en el
pantalón apuntaba la cara del niño. Alfre subió sus manos y tocó las
tetillas duras de Ricardo. Bajó lentamente sus manos, por sus pronunciados
pectorales y su marcado abdomen. Desabrochó el pantalón y bajó los
calzoncillos. Ahí estaba la otra viga, la de 21 centímetros, que apuntaba
directamente la boca de Alfre, dura como un fierro. Alfre le pasó la lengua a
la punta roja como un tomate maduro, y comenzó a introducirla en su boca. Lamía
y chupaba de manera inexperta, pero como era la primera vez con un hombre de
ambos, nada importaba, sólo el placer. Alfre, con el pico de Ricardo en la
boca, se fue recostando, y Ricardo fue bajando con él, hasta que Ricardo se
sentó en el pecho de su amante, y Alfre chupaba y chupaba. Ambos gemían y gemían
de placer. Ricardo giró, se acostó invertido sobre Alfre. Sus cuerpos sudaban
y se pegaban. Ricardo metió en su boca el pene de Alfre, haciendo un 69 de película.
Ambos se estremecían de placer; gemían, mordían, gozaban, chupaban, sudaban.
Ricardo comenzó a acariciar el poto de Alfre mientras chupaba. Alfre gritaba de
placer.
En eso llegó Bernardo. Los ruidos y gemidos se fueron haciendo cada vez más
fuertes en la habitación contigua. Al principio pensaron que venían de otra
parte, pero luego ninguno pudo hacerse el tonto. Víctor, Diego y Bernardo
pegaron su oreja a la puerta de la habitación de Alfre. Reprocharon lo
que sus amigos estaban haciendo, pero se deleitaron pensando en cómo lo hacían.
Al fin Bernardo se atrevió a entrar y la escena con la que se encontró le dio
tanto placer que comenzó a masturbarse sobre la pareja, sin que ellos lo
notaran. Alfre y Ricardo seguían gozando como si nada ni nadie más hubiese
sobre la faz de la tierra. Ricardo interrumpió la mamada espectacular cuando el
semen de Bernardo cayó en su espalda. Bernardo miraba con un extraña sensación
de placer y envidia. Entonces Ricardo dijo:
- Yo no diré que ustedes tomaron, pero ustedes no dirán lo que aquí están
viendo.
Los tres se acercaron a la cama, Diego comenzó a acariciar la espalda de
Ricardo. Víctor le dio un beso en los labios a Ricardo y Bernardo Acarició la
cabeza de Alfre. Entonces comenzó la Orgía.
Si Alfre y Ricardo se deseaban con pasión desmesurada, parece que los otros
tres querían gozar con ellos mucho más.
Inmediatamente despegaron a Alfre de su delicioso manjar y Víctor sacó a lucir
su quinceañero y moreno pico erecto de 16 centímetros y lo puso en la boca de
Ricardo, el pene de Ricardo, a su vez, fue succionado por la boca de Bernardo,
a quien Diego le estaba besando el blanco y hermoso trasero. Alfre, entretanto,
se puso a besar el agujero de Ricardo.
- Mete el dedo primero - dijo Ricardo.
Alfre obedeció, empezó a jugar con su dedo en el hoyo de Ricardo y a lamerle
la espalda bañada con el semen de Bernardo. A estas alturas ya todos estaban
desnudos: la transpiración y el sudor tenían empapada la colcha de la cama de
dos plazas de Ricardo y el olor a hombre, a sexo, era embriagante. Todos estaban
gimiendo y gritando en un nudo humano, masculino, de placer. Alfre introdujo su
mástil, como pudo, primero lenta y luego violentamente y comenzó a bombear, un
mete y saca que casi lo volvió loco. Diego metió su pico en el trasero de
Bernardo, quien no daba más de placer al ser perforado por la boca y por el
trasero. Entonces, cuando todos gritaron enérgica y lujuriosamente, los
cinco picos que no daban más estallaron, todos juntos, llenando y rebasando
bocas o anos, expulsando tanto semen como si nunca antes hubiesen eyaculado.
Continuaron bombeando, empujando y succionando un poco más, lentamente, dando
suspiros y jadeos de placer. Se acomodaron todos en la cama y se quedaron
dormidos, todos abrazados, tocándose hasta las más recónditas partes del
cuerpo, todos sudados y bañados en semen.
Despertaron casi al mediodía. Bañados por la luz del sol que entraba a
raudales en la habitación. Todos estaban conscientes de lo que habían hecho la
noche anterior, por lo que no les sorprendió amanecer todos pegoteados en los
brazos desnudos de un amigo. Decidieron ir a bañarse, todos juntos, pues la
ducha era lo suficientemente grande para todos. Y allí comenzó otro festín.
Mientras se enjabonaban la espalda, las piernas, el torso, unos a otros, se
comenzaron a calentar. Ricardo disfrutaba acariciando la piel suave y blanca de
Bernardo, un niño largo, rubio, de ojos color miel, bastante bien dotado.
"estos cabros son fenómenos" pensó Ricardo, viendo, admirando más
bien, los grandes penes de sus amigos (grandes para su edad). A su vez, Víctor
acariciaba el torso marcado sin vello de Ricardo. Alfre masajeaba las piernas
morenas de Víctor y Diego la espalda de Alfre. Todos estaban apretadísimos
en la bañera, y comenzaron a frotarse los cuerpos mutuamente. Ricardo, a la
espalda de Bernardo, lo rodeó con sus brazos, poniendo su pene semi erecto en
la raya de su trasero y con las manos comenzó a acariciarle el abdomen y le
besaba la nuca y el cuello. Bajó sus manos y se encontró con el pico de
Bernardo; una tranca de las mismas dimensiones que la de Alfre rodeada de
cabello negro, con unos cocos deliciosos; acariciándolo, manoseándolo, masturbándolo.
Bernardo se estremecía, gemía, cuando alguien se le acercó, lo besó en los
labios y descendió hasta su pene. Lo comenzó a chupar. Era la piel morena de Víctor.
Diego se colocó detrás de Víctor y comenzó a apuntalarlo con su pene,
intentando introducirlo inmediatamente. Víctor se quejó y retiró su trasero,
quejándose de dolor.
- Mete el dedo primero - dijo Ricardo - juega con su hoyo, ablándalo. Luego
estará listo para ser penetrado.
Diego así lo hizo y Víctor se relamía de placer. Los labios de Ricardo
dejaron el cuello de Bernardo y comenzaron a bajar por la espalda del Rusio. Su
lengua jugó con las vértebras que se marcaban en la espalda del muchacho y
llegó hasta la raya del trasero. Allí comenzó a dar lametones y con sus manos
separó las nalgas, besando y metiendo la lengua en el agujero. Alfre se colocó
delante de Diego, apuntándole con su pene la boca. Diego, ni tonto ni perezoso,
tragó automáticamente la viga de carne de Alfre. Entonces, cuando los agujeros
de Víctor y Bernardo estuvieron dilatados, Diego y Ricardo metieron sus picos.
Y comenzó nuevamente el bombeo, metiendo y sacando. Ricardo estaba parado tras
Bernardo, con el pene en su poto. Víctor, agachado delante de Bernardo, chupaba
el pico del Rusio. Víctor era perforado por Diego. Y Alfre tenía las piernas
abiertas, de pié, con el Alfre agachado al centro, con su pico en la boca de
Diego. Comenzaron los jadeos, los gemidos, los gritos de placer. Los
movimientos se fueron acelerando, los gritos más intensos.
Eyacularon. Primero Bernardo, luego Víctor, Diego, Alfre y Ricardo tardó un
poco más. Seguía bombeando más y más fuerte apretando fuertemente las
caderas de Bernardo con sus manos, hasta que al fin lo logró. Los otros
ya habían terminado y procedían a salir de la ducha. Ricardo aferró a
Bernardo y le dijo:
- Quédate. Todavía no te echas champú.
Bernardo accedió. Se dio vuelta y se encontró con los labios carnosos de
Ricardo que se devoró los suyos. Ahí se abrazaron y acariciaron. Ricardo devoró
el pico erecto nuevamente de Bernardo, ese pico blanco como la leche, con el
glande al aire rojo como un capullo de rosa. Bernardo se quejaba de placer y
dolor. Expulsó otro montón más de semen. Ricardo lo saboreó. Besó
a bernardo en los labios. Terminaron de enjabonarse mutuamente, se enjuagaron y
salieron.
El ambiente dentro de la casa era de lo más normal. Los amigos se trataban
bien. Mejor que antes inclusive. Todos estaban contentos, radiantes más bien.
Se tocaban, pero no mencionaban lo que había pasado en la noche de ayer o en la
mañana de hoy. Llegó la hora de salir, pasearon por Farellones, se tiraron por
las canchas en trineo, esquiaron, caminaron, almorzaron, y se hizo tarde otra
vez. Llegaron a casa como a las siete, de noche ya. Entraron. Prepararon algo de
comer. Pero se olvidaron de comprar comida. Así que Diego, junto con Víctor y
Bernardo fueron a comprar. Alfre y Ricardo se quedaron solos en casa para
preparar la mesa y esas cosas. Apenas los otros hubieron salido, ellos se
tiraron en el sillón, y sin más preámbulos se besaron apasionadamente.
- Al fin solos - dijo Ricardo.
- Quiero que me penetres - dijo Alfre
- Pero cualquiera podría haberlo hecho en la mañana - respondió Ricardo
- Nadie nunca me ha penetrado, quiero que tú seas el primero.
Ricardo y Alfre comenzaron a desvestirse, y se besaron todo el cuerpo,
primero el tórax, luego las piernas, los pies helados. Ricardo por fin pudo
gozar tranquilamente, sin interrupciones del suculento manjar de Alfre, su joven
pene. Y Alfre al fin pudo disfrutar del sexo en pareja. Del sexo que fruto del
amor que ambos se tenían desde que se conocían, amor que habían confundido
con amistad. Y Ricardo besó el pene de Alfre, y lo chupó, y Alfre eyaculó en
la boca de Ricardo, luego Alfre chupó el pico de Ricardo. Ricardo gozó como
nunca antes lo había hecho con esa mamada ahora más experta de Alfre. Ricardo
detuvo a Alfre, lo dio vuelta y besó su agujero y comenzó a penetrarlo
con su lengua, mientras se acariciaban lenta y a la vez desesperadamente. El
pene de Alfre volvía a estar listo para la batalla, duro como una estaca.
Ricardo introdujo un dedo, haciendo estallar de placer a Alfre; luego dos,
Alfre jadeaba. Ricardo preguntó
- ¿Estás listo?
- Sí - sólo pudo decir Alfre.
Entonces Ricardo puso la punta de su pene en la entrada del ano de Alfre y comenzó
a empujar con sus caderas. Tomó a Alfre por las caderas. Alfre se acostó en el
sofá y Ricardo se acostó sobre él. Ricardo empezó el mete y saca.
Introduciendo cada vez más el pene en el agujero de Alfre. Alfre gritaba de
dolor y placer.
- ¡Quiero verte! - sólo pudo decir Alfre.
Ricardo , con el pene dentro del muchacho, lo giró y colocó las piernas lampiñas
de Alfre sobre sus fuertes hombros. Alfre pudo sentir con cada poderosa pero
lenta embestida de Ricardo, las bolas de su amigo chocando contra sus nalgas y
sus bolas chocando contra los férreos abdominales de Ricardo. Ricardo se agachó
un poco y mientras lo penetraba se besaron, desesperada y lujuriosamente. Alfre
acariciaba el tórax de Ricardo, y Ricardo, con un mano en la cara y en el pecho
de Alfre, y con la otra en su pene, lo masturbaba. Incluso mientras sacaba su
pene del interior de su amigo alcanzó a darle algunos lametones al pico de
Alfre, que parecía que iba a estallar. Ricardo aceleró las embestidas, haciéndolas
más poderosas, más violentas y más veloces. Gritaron. Ricardo eyaculó
llenando de semen el ano de Alfre, haciéndolo rebosar. El semen corrió pos las
piernas de ambos y cayó sobre el sofá. Rápidamente Ricardo se despegó
de Alfre y se lanzó en picado sobre el pene del muchacho lamiéndolo y mamándolo,
desesperadamente. Alfre eyaculó en la boca de Ricardo dando un potente grito de
placer. Ricardo tomó semen del agujero de Alfre, lo puso en su boca y besó en
los labios a Alfre, en un beso que mezcló saliva y semen de ambos a
grandes lametones.
- Esta es nuestra unión - dijo Alfre con lujuria - Te amo. Te deseo. Por fin te
tengo. - y continuaron besándose, intercambiando semen y saliva a grandes
lametones.
Ricardo no quería pensar en el futuro. Sólo disfrutó al máximo aquel momento
que quizá fue el más placentero de toda su vida.
Continuaron abrazados así, desnudos, sudados, llenos de semen, con la pieza
impregnada del olor del sexo. Se besaron por largo rato más, se tocaron de
nuevo y volvieron a la carga, pero esta vez Alfre penetró a Ricardo. Eran
más de las nueve cuando se dieron cuenta de que los demás no habían llegado.
Se fueron a duchar. Los dos juntos. Allí siguieron disfrutando de las bondades
del sexo joven, masculino e ilimitado. Esta vez fue Alfre que mamó el
miembro ya adolorido de Ricardo. Luego Ricardo hizo lo mismo a Alfre. Hicieron
una 69 que duró casi media hora. Por fin botaron otra cantidad considerable de
semen, que bañó los húmedos cuerpos de los amantes. Se pusieron de pié, pero
continuaron besándose. No podían evitarlo. Querían seguir teniendo sexo. Se
abrió la puerta del baño. Era Diego que llegaba de comprar, con los otros.
La pareja dejó el baño, se vistió y se fue al living.
- ¿Por qué tardaron tanto? - preguntó Ricardo, llenando un vaso de coca cola.
- Pensamos que querían estar solos, ya que los interrumpimos anoche - dijo Víctor.
- así que pasamos a la hostería y allí nos comimos unas pizzas. Les trajimos
una.
Por supuesto continuaron teniendo sexo, toda aquella noche, que era la última,
y la mañana siguiente. Pero ya no los cinco simultáneamente, sino que de a
parejas o tríos. Pero todos, eso sí, participaron. Prepararon y alistaron las
cosas para irse y esperaron a que llegara el tío que los viniera a buscar. En
ese momento tuvieron la última orgía (muy breve, de no más de 15 minutos) y
en eso, cuando terminaban de subirse los cierres del pantalón, sonó la bocina
del furgón del papá de Diego. Allí mismo hicieron el pacto, de que lo que habían
hecho lo hicieron por su propia voluntad, nadie había obligado a nadie y
juraron no contarle a nadie, llevar el secreto a la tumba. Abrieron la puerta.
Allí los esperaba el tío con una sonrisa. Cargaron la camioneta y se fueron,
contando más chistes , haciendo más payasadas, y riéndose más y más fuerte.
La amistad del grupo se hizo cada ves más buena. Seguían siendo tan amigos,
tan masculinos y tan scouts como antes. Sólo hubo un pequeño cambio. De
repente, en medio de la noche, en la casa de alguien, o en algún campamento, se
juntaban a veces dos, a veces tres, o a veces los cinco y gozaban de los
placeres del sexo entre varones. La relación entre Alfre y Ricardo, sí,
en nada cambió. A veces Ricardo iba a ver a Alfre cuando estaba sólo, después
de clase, y se demoraba bastante en sus visitas. Pero siguieron siendo tan o más
amigos que antes.
***