Reclinado en mi asiento, raudamente, me trasladaba nuevamente
en avión
hacia Salta. Mis pensamientos, mucho más rápidos,
ya estaban allá y mi
mente recapitulaba los acontecimientos que poco tiempo
antes me habían
hecho vivir una maravillosa aventura, por la cual regresaba
para
repetirla con el mismo esplendor, calor y sabor.
Como en la pantalla de un cine, desfilaban por mis recuerdos
las
imágenes de la vivencia que había experimentado
en esa tierra norteña la
vez anterior.
Mi profesión de ingeniero electrónico
había hecho que en aquella
oportunidad fuera contratado en una estancia para realizar
una
experiencia que consistía en la instalación
de un sistema para controlar
los animales de esa propiedad.
Para que yo reconociera el terreno, me presentaron, esa
misma tarde, a
un guapo jovencito, de profundos y rasgados ojos negros,
con sonrisa
angelical, quien era todo un baqueano.
- ¿Cuál es tu nombre?- le pregunté.
- Juan, pero todos me dicen Juancho.
Noté sus poderosos músculos, como si estuvieran
prontos a reventar su
ajustado pantalón, sus bien formadas nalgas, que
parecían desafiar las
costuras de su prenda. Era de verdad, un hermoso ejemplar
de varón.
- ¿Cuántos años tienes, Juancho?
- Veintidós.
- Eres muy joven, pero parece que aún tuvieras
menos.
- Sí, todos me dan dieciocho o diecinueve.
Poseía anchos hombros y una fornida espalda. Era
un mancebo. Sin duda,
si yo hubiera sido un griego de la antigüedad, habría
dicho que estaba
modelado por los dioses del Olimpo.
Esa noche, en mi habitación de la estancia, casi
no pude dormir. La
imagen de Juancho, sus ojos, su sonrisa, su grácil
y robusto cuerpo no
podía quitármelos de la mente. Me lo había
imaginado a mi lado y eso me
excitó de tal manera que mi pene erecto estaba
a punto de estallar.
Juancho reunía los más agraciados atributos
físicos que varón alguno
podía pedir. En mis ojos se había grabado
la figura de él y no existía
forma de poder borrármela; ¿Qué
me pasaba esa noche? Estaba enloquecido
de pasión y celos por un muchacho, pero ¿Qué
era lo que me ocurría?,
¿Qué cambio se estaba produciendo en mí?
El despuntar del día me encontró casi sin
haber dormido.
Me levanté y desayuné de inmediato.
Al salir de la casa vi a Juancho esperándome junto
a los caballos
listos, más una mula cargada con el bagaje necesario.
- ¡Buenos días, Juancho!
- Buenos días, ingeniero.
- ¿Hace mucho que estás esperándome?
- Una media hora, señor.
- Me hubieras llamado.
- No señor, no podía tomarme esa libertad.
- Pero Juancho, tú eres mi guía, y, como
tal, estás autorizado a
hacerlo, dije con cierto aire de humor.
Y, sin más preámbulos, partimos, recorriendo
el terreno de acuerdo a lo
planeado. Hicimos algunos altos para beber un sorbo de
café. Al mediodía
comimos un exquisito asado que preparó con gran
maestría. Allí ocurrió
un pequeño incidente: un abejorro se le introdujo
entre la camisa y el
cuerpo, lo que me permitió meter mi mano para
tratar de sacárselo. Ni
bien abrió su camisa, el bicho huyó, pero
quedó al descubierto su
formidable pecho y no pude resistir la tentación
de acariciarle la
espalda. El contacto con su tersa piel me produjo un
estremecimiento,
¿de gozo?, ¿de satisfacción? En
ese momento no sabía explicarlo, pero
sentí que mi pene estaba poniéndose rígido.
Él se acomodó la camisa y me miró
con cierta sonrisa que encerraba un
aire sobrador, pero no dijo nada.
Continuamos con nuestra tarea de reconocimiento, y al
anochecer llegamos
a un refugio. Era una pequeña cabaña de
troncos, bastante acogedora.
Juancho se dedicó a desensillar los caballos y
encerrarlos en un corral
que había en las inmediaciones mientras yo descargaba
la mula y entraba
los bártulos. El joven encendió la chimenea
de piedra que se encontraba
en el interior, ya que a esa altura en la montaña,
de noche, solía hacer
bastante frío.
Nos preparamos una comida en la cocina allí existente,
mientras
conversábamos de la forma de vida en la finca.
- Acuéstese, ingeniero, mientras yo voy afuera
a lavar los platos.
me dijo Juancho.
Cuando regresó yo ya estaba acostado. Echó
un par de leños al fuego y
comenzó a desvestirse. Yo lo miraba fijo y extasiado,
no perdía un sólo
detalle del movimiento de sus músculos. Creo que
él se dio cuenta. Allí,
frente a mí, estaba cual salvaje puma, erguido,
bello, desnudo, natural,
con todos sus atributos. Yo lo miraba embelesado. Un
manojo de pelos
negros y hermosos poblaban sus axilas, y una columna
de enrulado vello
trepaba por su abdomen hasta debajo de su ombligo. Sus
pectorales
parecían querérseles salir del pecho. Sus
desarrollados bíceps le daban
espectacularidad a sus forzudos brazos. Yo lo miraba
cautivado. Él me
dirigió la mirada como queriendo decirme algo,
pero de repente apagó la
luz y de un salto felino se trepó a su cucheta
alta.
Ese espectáculo gratuito - y ofrecido inocentemente
- había encendido en
mí todos los deseos, haciendo explosión
en mi mente y provocando que me
retorciera en mi cama. Repentinamente pegué un
brinco y me paré en el
centro de la habitación. Juancho, sorprendido,
se sentó en su cama.
- ¿Necesita algo, ingeniero?- preguntó,
con su bello rostro iluminado
apenas por el suave resplandor que despedían los
leños del hogar.
- ¡Sí, a tí!- dije en un rapto de
audacia.
Bajó con brío y se puso a mi lado.
- ¿Qué desea, señor?- dijo en forma
ingenua.
Pero ya no pudo hablar más, yo lo había
abrazado fuertemente y mi boca
se había pegado a la suya. No hubo resistencia.
Sentí que sus poderosos
brazos me rodeaban. Mi mano bajó por su pecho,
acariciando su vientre,
para atrapar su pene enhiesto y robusto.
- Me gustas mucho, Juancho.
- Tú también.
Tiramos una colchoneta al suelo, cerca de la chimenea.
Mi lengua comenzó
a recorrer su cuerpo, sentía su leve temblor bajo
mis manos, entonces él
comenzó a lamerme las tetillas y a besarme el
vientre. Introduciéndose
mi pene en su boca comenzó con un suave movimiento
de vaivén, que me
hizo llegar al límite del paroxismo.
Me soltó y comenzó nuevamente a besarme
mientras sus manos me
acariciaban el cuerpo, apenas rozándome. Siguió
moviendo su cuerpo hasta
sentarse sobre mi pecho, ofreciéndome su miembro
viril, tieso, rígido,
poderoso, enorme. Apenas pude introducir su cabeza en
mi boca; comencé a
chupárselo con ternura, algunos gemidos de placer
se escapaban de su
boca, me tomó la cabeza en sus manos besándome
varias veces, luego,
de costado, se estiró a mi lado, y dándose
la vuelta me ofreció su culo.
Yo ensalivé mi pene, humedeciendo bien la cabeza,
y se lo introduje de un
tirón, bien adentro, sintiendo cómo mi
esperma se me escapaba con
gozosos estremecimientos, a la vez que le besaba el rostro,
los hombros,
el cuello. Luego me acosté a su lado, boca arriba,
acariciándolo. Él se
dio vuelta y me giró boca abajo, intentando penetrarme,
pero no pudo;
se levantó, buscó algo, se untó
bien el miembro y comenzó a acomodarse
sobre mi cuerpo trémulo de pasión.
- Levanta un poco la cola- me dijo.
Coloqué la almohada debajo de mi ingle y enseguida
sentí el calor de su
pene empujando hasta que me penetró, y siguió
hasta metérmelo todo.
Pegué un grito.
- Qué te sucede, mi amor?- me dijo con gran ternura,
comenzando su
rítmico vaivén, cada vez con más
fuerza.
- Juancho . . . por favor . . .
El empuje era tal que sentía su vello púbico
cuando golpeaba en mis nalgas.
- Juancho . . . me estás matando . . . - dije
con dolor, pero con pasión.
- ¡No! . . . ¡Estamos gozando, vida mía
. . .!-
contestó él con voz suave y lujuriosa.
Y profundamente penetrado, a la vez que con movimientos
convulsivos,
sentí que derramaba su líquido ardiente
muy, muy dentro de mí.
Esa noche el juego del amor prosiguió y tres veces
me penetró, las dos
restantes en el baño, bajo la ducha. Era mío
. . . solamente mío . . .
Me acurruqué a su lado poniendo mi cabeza sobre
su hermoso pecho. Él me
abrazó y así nos encontró la mañana.
Me despertó con un beso, se vistió
y preparó el desayuno. Me levanté, recogí
las cosas y partimos a
realizar el trabajo, pero la vida tenía otra tonalidad
ahora, habíamos
entrado a la primavera.
Juancho en su mirada era distinto, había luz,
jovialidad y felicidad, el
verde de los pastos era más verde.
Yo demoré más días de los previstos
para realizar la tarea, fueron más
noches de amor que las oficiaron de testigo a nuestros
ensambles, y
quizás alguna lechuza curiosa no supo discernir
dos cuerpos que formaban
uno sólo, fueron noches llenas de amor y de ternura,
noches de
juramentos y promesas.
La camioneta marchaba raudamente hacia el aeropuerto,
Juancho,
silencioso, conducía el vehículo con la
vista fija en el camino, una
lágrima rebelde bajaba muy queda por su mejilla,
yo me pegué a él
y lo abracé, le desprendí la camisa y comencé
a acariciarle el pecho,
abrí sus jeans y pasé mi mano por sus duros
y hermosos pelos negros.
Saqué su pene rígido y, agachándome,
comencé a chupárselo.
Detuvo la marcha y mientras me acariciaba la cabeza se
le escapaban
dulces gemidos de gozo, hasta que su venida en mi boca
fue
desbordante y total.
- Te quiero . . . te quiero . . . - repetía
Mi avión ya estaba en la pista y los pasajeros
comenzaban a ascender a
la máquina. Juancho me abrazó y lo abracé,
y en un susurro en mi oído me
dijo, como despedida:
- Nunca te olvidaré, vida mía, nunca. Siempre
te amaré y te esperaré,
siempre . . . siempre.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
- Señor, ajústese el cinturón, por
favor.
- ¿Qué . . . qué pasa?- dije absorto
en las vivencias anteriores.
- Ya vamos a aterrizar, señor, llegamos a Salta-
dijo la azafata con
amabilidad.
Me palpitaba el corazón con fuerza, tenía
las manos trémulas. Cuando me
levanté del asiento mis piernas flaquearon, a
medida que caminaba hacia
las instalaciones del aeropuerto la emoción me
apretaba la garganta;
cuántas veces había deseado volver, mi
excitación era tan grande que
creía desfallecer; dentro de unos segundos se
produciría nuestro
reencuentro. ¡Deseaba tanto abrazarlo y besarlo!,
¡Oh, los nervios me
traicionaban!
Mi mirada buscaba con ansiedad el rostro deseado. Mis
pupilas iban
rápidamente de una persona a otra. En cualquier
momento tendría que
aparecer su fuerte estampa varonil de entre las circunstanciales
personas, y yo, sonriente, lo estrecharía contra
mi cuerpo . . .
- ¡Ingeniero!- alguien dijo a mis espaldas.
Me volví de inmediato y frente a mí estaba
la hija del estanciero.
- ¡Viviana! No creía encontrarte aquí.
Pensé que vendría Juancho a buscarme.
- No, mi marido no pudo, por eso vine yo.
F I N