Kum, príncipe de Hutzu
Haklum el conquistador era clemente con sus enemigos. Yo Kum, hijo de Izum rey
del helado país de Hutzu, lo sabía. Tras la derrota que el temible ejercito de
Haklum infringió a mi padre, caímos prisioneros del que ya era sin duda el
emperador más grande del mundo conocido. Nunca llegué a temer por mi vida, pues
por todos era sabido que Haklum no mataba a los hijos de sus enemigos, le
interesaba mantenerlos con vida; Rehenes que le aseguraban la falta de
rebeliones en los terrenos conquistados. A mis 18 años sabía que jamás volvería
a ver a mi familia. Como heredero usurpado del reino de Hutzu sería aislado de
mi familia y viviría de por vida en la isla de Fanlos. Una isla que no aparecía
en ninguno de los mapas del mundo conocido y del que, hasta el momento, nadie
había podido escapar. Al menos con vida.
Apenas pude despedirme de mi madre y de mis hermanas. Tampoco supe si mi padre,
rey y guerrero del ya extinguido reino de Hutzu seguía con vida. Tres sirvientes
de Haklum recogieron algunas de mis pertenencias, y cinco guardias personales
del tirano me acompañaron hasta un barco amarrado en el puerto principal de
Hutzu. No miré hacia atrás. No bajé la cabeza en ningún momento. La dignidad me
acompañó en esos terribles momentos. Yo, aunque desheredado, seguía siendo por
derecho el príncipe Kum. El heredero del trono de Hutzu.
Durante las varias semanas que duró la travesía fui tratado de acuerdo a mi
rango de príncipe. El camarote donde me alojaba reunía las condiciones de un
pequeño salón del trono. La comida era deliciosa y el vino era el más sabroso
que jamás había probado. La tristeza que me embargaba me impedía saborear todos
estos lujos que la austera corte de mi padre no tenía. Un día, el sol empezó a
brillar fuertemente, las temperaturas se incrementaron muchísimo y la ropa de
invierno con la que salí de mi país me molestaba. Sobre la cama de mi camarote
encontré ropa mucho más ligera y acorde al clima que soportábamos. Mis ropajes,
pesadas pieles de animales fueron abandonadas y comencé a vestirme con suaves
tejidos que no conocía. Una falda corta color dorado cubría mi sexo y una
camisola blanca mi pecho lampiño. El pelo, largo y moreno, me daba calor sobre
mi espalda y lo recogí en una cola de caballo. A mis ojos azules les costaba
acostumbrase al sol y a la reverberación de las aguas del mar pero poco a poco
logré acostumbrarme.
Por fin llegamos a la isla de Fanlos. Era una isla pequeña, con una gran montaña
justo en medio de la isla en la que se veía como si estuviera colgado por arte
de magia un hermoso castillo del color de la nieve. Los guerreros que durante
toda la travesía me habían acompañado, me condujeron hasta el castillo. El lujo
era inimaginable. Los muebles eran de exóticas maderas que desprendían dulzones
aromas. Las cerámicas más bellas adornaban las paredes junto a hermosos frescos
con motivos marinos. Fui llevado a la que sería mi habitación. Una enorme sala
con una cama enorme cubierta por doseles tejidos en plata. Un balcón que daba al
mar azul. Una sala de baños con una pequeña alberca. Todo era como en un gran
sueño. Algo onírico y bello. Enseguida me di cuenta de que la puerta no tenía
cerrojo y que no había guardias custodiando. A decir verdad, el palacio parece
que era sólo para mí.
Sin saber qué hacer y pegajoso por el calor del medio día decidí probar la sala
de baños. El agua parecía estar preparada para mí a una temperatura adecuada. Me
desprendí de mis ropajes y me introduje en la alberca. El agua parecía querer
lamer todo mi cuerpo y eliminar la sal que tantas semanas en el mar se había
pegado a mi piel. Cerré mis ojos y empecé a acariciar mi cuerpo a fin de
quitarme la capa blanquecina de sal que me rodeaba. Empecé por acariciar mi
pecho, desarrollado por tanto ejercicio en el castillo de mi padre, mis piernas
cubiertas de un leve vello, mis axilas... bajé hasta mi polla y allí me detuve
más tiempo del necesario. Durante la travesía en el mar no había tenido ningún
tipo de relación sexual y ahora mi cuerpo me demandaba sexo. Sentí como el vello
de mi pubis se enredaba entre mis manos mientras acariciaba mis testículos. La
erección fue inmediata. Mi polla se puso dura y mi glande salió del prepucio con
una necesidad imperiosa, era una gran seta, de color sonrosado y caliente. Seguí
acariciando mi cuerpo con una mano mientras con la otra movía mi polla en
movimientos dulces que me producían un placer profundo. Miré mi cuerpo a través
del agua y vi cómo mi polla empujada por los movimientos de mi mano salía y
entraba del agua mientras formaba ondas alrededor. Continué masturbándome
despacio, saboreando cada ramalazo de placer que me producía mi propio cuerpo,
soltando de vez en cuando pequeños gemidos que surgían de mi garganta. De
repente se abrió la puerta. Quise apartar mi mano de mi polla, pero me di cuenta
de que la transparencia del agua delataba mi excitación así que la deje allí,
sobre mi polla caliente y dura. Aunque quise tapar toda la erección era obvio
que mi polla estaba preparada para el sexo. De la puerta apareció un joven,
vestido con una túnica blanca y ligera que marcaba su cuerpo. En su mano llevaba
una bandeja con útiles para el baño. Tenía unos ojos enormes y era de una
belleza bastante singular. Se acercó a la bañera y con una gran sonrisa me dijo:
• Mi señor. ¿Cómo no me habéis avisado?.
Acto seguido se arrodilló junto a la alberca y con un jabón que olía a montañas
empezó a acariciarme la espalda. Siguió recorriendo mi cuerpo y me cogió un
brazo. Lo enjabonó con dulzura, masajeando a la vez que limpiaba. Después cogió
el otro, el de la mano que agarraba mi polla. Lo estiró dejando toda mi erección
a la vista. A mi no me importó, pues muchas veces mis sirvientes me habían visto
teniendo relaciones sexuales o simplemente excitado. El joven no se sorprendió y
siguió enjabonando mi brazo. De ahí pasó a mi pecho y continuó hasta mi polla.
La cogió con dulzura y empezó a moverla de abajo a arriba. Despacio, muy
despacio. Los movimientos de su mano eran certeros y enseguida comencé a gemir
más fuerte. El muchacho cambió de posición para masturbarme mejor y noté cómo la
tela de su túnica rozaba mi piel húmeda. Sentía el olor de su piel. Un olor
joven y al mismo tiempo salvaje. A pesar de que la túnica era amplia vi cómo su
polla se ponía dura. Estaba disfrutando con su trabajo. Yo me dejaba hacer. Cada
momento que pasaba yo estaba más excitado y veía cómo el esclavo se iba
acariciando su propia polla con la mano que le quedaba libre. Vi que el muchacho
se estaba masturbando deprisa y eso me excitó aún más. Un gemido se escapó de su
boca, y una mueca en su cara me rebeló que se estaba corriendo. Miré y vi cómo
su túnica se empezaba a mojar con su propio semen. Eso fue lo que terminó de
excitarme y llegué al orgasmo. Mi cuerpo empezó a contraerse, lancé un grito de
placer cuando mi propio semen caliente alcanzó mi cara y la del esclavo. Varios
chorretones de semen fueron diseminándose por mi cuerpo, golpeando con su
calidez mis mejillas, mis tetillas y en la mano del muchacho.
El joven que según me dijo se llamaba Hi, terminó de lavarme entero. Me secó con
una toalla tan suave cómo nunca había imaginado. Me dijo que para la próxima vez
que le llamara tirando del cordón que estaba junto a mi cama, que él acudiría
presto para cualquier servicio que yo quisiera demandarle. Le pregunte a Hi, si
debería esperar la visita de mis carceleros. Él se sorprendió por mi pregunta y
me contestó que no vendría nadie, que yo podía moverme con total libertad por el
castillo y por los jardines. ¿Y el resto de prisioneros?,le pregunté. Me
contesto que estarían por los jardines del castillo o en la gran playa. Así
pues, me decidí a salir a buscar a los otros hijos de reyes condenados por
Haklum.
Los jardines eran realmente bellos, salvajes pero cuidados. El canto de los
pájaros inundaba todos los rincones y la sensación de paz y tranquilidad que
ofrecían se convertían en una tortura al imaginar que mis padres y mis hermanas
no tendrían derecho nunca a este paraíso. Anduve durante varios minutos
hasta que llegué a una pequeña cascada de agua dulce. Allí, tumbado sobre la
hierba vi a un joven que me cautivó por su belleza. Estaba tumbado, se notaba
que acababa de salir del agua por que por todo su cuerpo quedaban gotas de agua.
Estaba desnudo, su piel, mucho más oscura que la mía, cubría unos fuertes
músculos. El vello de su pecho era liso o quizás lo fuera por que estaba húmedo.
No había gran cantidad de vello, sólo el justo para darle a su imagen una gran
virilidad. Su cara era tan bella como la de las esculturas que los embajadores
de Roma ofrecieron a mi padre para asegurarse la paz. Bellas facciones, que
hasta el momento creí que sólo podían pertenecer a los dioses. Me fijé en su
sexo. Un sexo más moreno del resto de su piel. Un sexo gordo y con las venas muy
marcadas que descansaba sobre dos enormes testículos. El vello de su pubis era
muy oscuro y también muy lacio. Parecía como si se lo hubiera peinado nada más
salir del agua. Me quedé tan embelesado viendo su bella figura que no me di
cuenta que se había incorporado ligeramente y que me estaba mirando. Me
sobresalté cuando descubrí que sus ojos, enormes como almendras y oscuros como
azabache me miraban con curiosidad.
• Hola -me dijo en el idioma común de la nobleza.
• Hola -le respondí.
Comenzamos a hablar y se me presentó como Lops, el hijo de Okshum, rey de Jiam.
Yo ya sabía su triste historia, el primer país vencido por Haklum y la gran
masacre que se produjo en un intento de rebelión tras la conquista. Yo le relaté
mi historia y la de mi reino. Mientras hablábamos, Lops no dejaba de mirarme. De
todos es sabido que en los reinos del sur, no mirar al interlocutor es una gran
falta de educación, aunque yo notaba algo especial en esa mirada, mucho más que
simple interés por mi historia.
El tiempo pasó rápidamente, se hizo medio día y de repente fui consciente del
calor. Le dije a Lops que me iba al pequeño lago que formaba la cascada a
refrescarme. Me empecé a desnudar mi poca ropa delante de él. Lops no dejaba de
mirarme como había hecho todo el rato durante nuestra conversación, pero esta
vez no me miraba a los ojos sino a las partes de mi cuerpo que iba descubriendo
cuando me despejaba de mi ropa. Me quedé totalmente desnudo delante de él y mi
polla al sentirse liberada comenzó a aumentar ligeramente de tamaño. También
noté que mis testículos se movían acomodándose a la nueva situación de libertad.
A Lops pareció gustarle lo que vio pues sus ojos empezaron a tener un brillo
especial al tiempo que su gran sexo comenzaba a despertar. Primero empezó a
engordarse, poco a poco, mientras se alargaba sobre sus enormes huevos, luego,
mientras crecía fue moviéndose por su pierna hasta que alcanzó su mayor amplitud
dejando libres sus testículos hasta que llegó a su abdomen. Su polla le llegaba
hasta el ombligo. Yo no podía apartar la vista de su polla y la mía, queriéndola
imitar también alcanzó su grado máximo de excitación. Los labios de Lops se
contrajeron en una mueca que podía significar complicidad o deseo. En breve me
aclaró que era deseo.
Se puso de pie y se acercó a mí, la distancia era la justa para que su polla
rozara la mía, para que los labios de su polla besaran los de mi polla, la
distancia justa para que sintiera el calor de su glande en el mío, la distancia
justa para que sintiera cómo su respiración se volvía entrecortada, la distancia
justa para que yo me atreviera a besar sus carnosos labios. Sentí su lengua
húmeda en mi boca, sus manos calientes recorriendo mis músculos, su polla
apretando a la mía, el vello de su pecho sobre el mío. Fue recorriendo mis
pezones, mis axilas y descendió su lengua por mi torso. Se quedó un rato jugando
con la peluda vereda del vello de mi pubis al ombligo. De repente sentí una gran
humedad en mi polla, Lops se la había metido en su boca. Un gemido de placer
escapó de mi garganta. Sentí cómo iba recorriendo con sus labios todo el tronco
de mi polla, mientras que con sus manos jugaban con mis testículos. Empezó a
acariciar mi polla con sus mejillas mientras me miraba. En ese momento creo que
me volví loco. Levanté a Lops del suelo, le besé la boca con pasión animal
mientras sentía su enorme polla entre mis manos. Nos dejamos caer al suelo y
allí agarré su polla y empecé a lamerla. Casi no me cabía en la boca y a pesar
de que Lops agarraba mi cabeza y me la follaba, era incapaz de apartarme de su
polla. Era como comerle la polla a un dios. La quería toda para mí, quería
beberme su esperma, su fuente de vida, quería que lo más íntimo de él me
perteneciera, quería una gran comunión de nosotros dos. Y así fue, de repente mi
boca se empezó a llenar de su semen caliente. Ráfagas de ese líquido deseado
golpeaban mi paladar, resbalaban por mi lengua y por mis labios y mi garganta
empezó a beberlo. Llegué al orgasmo en ese preciso instante. De mi polla comenzó
a salir mi semen que caía sobre las piernas de Lops, pegándose a su vello y
escurriéndose por las peludas piernas del príncipe. Yo seguía agarrado con mi
boca a su polla, y hasta que no extraje su última gota de semen no me separé de
esa grandísima polla.
Nos miramos a los ojos y nos besamos, ahora con la tranquilidad de después del
sexo. Nos tumbamos juntos sobre la hierba y mis ojos se cerraron mientras una
mano agarraba su polla dormida y la otra alrededor de su cuello.
¿continuará?
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