Sobre una idea
original de autor anónimo, guionizado
y actualizado en
personajes y texto por: TXELU.
LA BODA DE CARLOS
- ... "yo os declaro, marido
y mujer" - y con una benévola sonrisa en la boca,
el sacerdote se dirigió al
novio...
- "Puedes besar a la novia".
El templo acogió
un rumor de voces y risas dispersas que magnificaban el
feliz acontecimiento.
La boda había tocado a su fin y todo había
sucedido
según lo previsto,
digno de un cuento de hadas. La novia estaba radiante. Su
vaporoso vestido blanco
llenaba a la sazón, cualquier estancia por la
que
pasara. Su cuidado cabello
rubio, recogido en un gracioso topo y coronado con
un pequeño adorno de flores
blancas como la nieve, hacía juego con el resto del
vestuario. El
novio con esmoquin blanco, rompiendo los moldes establecidos,
lucía también
una esplendorosa y cuidada melena rubia, destacando con su metro
ochenta y cinco entre la multitud
de invitados.
Mientras
los novios se besaban, los padrinos
aplaudían sin cesar
celebrando con regocijo
el feliz enlace, al igual que gran parte
de los
invitados a la ceremonia.
La madrina, hermana de la novia, llevaba un ceñido
traje rojo que
insinuaba gran parte de su exuberante figura, cosechando la
envidia de las
mujeres y el deseo apenas reprimido
de los hombres allí
presentes. El atractivo
padrino, amigo íntimo del novio, lucía un sobrio frac
negro, que contrastaba
con su juventud, más acusada aún que la de la
feliz
pareja.
Tardaron alrededor
de una hora en finalizar con las
obligaciones
pertinentes: las
consabidas fotos con familiares y amigos, la interminable
procesión de
felicitaciones, tanto sinceras como de compromiso, las bromas de
los amigos, más fotos,
más felicitaciones, y así hasta que por fin llegaron al
salón del hotel
donde una suculenta cena pondría el broche de oro al
magno
acontecimiento y abriría
las puertas a los bien ganados momentos de intimidad
para la feliz pareja.
La celebración
transcurría por los derroteros acostumbrados.
Los
camareros iban y
venían trayendo y retirando platos y bebidas al ritmo
que
marcaba la apasionada gula
de los invitados. Llegó el momento de la consabida
tarta y los recién
casados usaron para la ocasión, una espada
de estilo
oriental que los
amigos les habían regalado. Fue también ese el momento
que
las amigas de la novia eligieron
para quitarle la liga de las medias, haciendo
un corrillo para que nadie
viera más de lo que su imaginación le permitiera, y
la cortaron en
trocitos, al igual que el lazo del novio, que sufrió el mismo
destino, y que después
colocaron en una bandeja y fueron subastando entre los
invitados, recogiendo
al final unas cien mil pesetas, cantidad
más que
considerable, y cuyo
destino era, naturalmente, conseguir que el viaje de los
novios fuera disfrutado
más aún por éstos, si eso era posible.
Acabada la
procesión de
viandas, dio comienzo el baile y la fiesta.
Los diligentes
camareros apartaron
las mesas del centro del salón, y en la improvisada pista
de baile, la pareja
empezó a moverse al ritmo del acostumbrado vals. Poco a
poco fueron sumándose
parejas, hasta que la mayoría de los
invitados se
encontraron bailando un poco
de todos los ritmos de salón conocidos. Desde el
pasodoble hasta el tango, pasando
por la lambada y el merengue.
La noche era joven.
Los amigos de los novios no pensaban dejarles dormir
y tenían la
firme convicción de alargar la fiesta hasta el amanecer. Incluso
algunas de las personas menos
jóvenes, daban ánimos y lecciones de baile a los
más inexpertos, sacando
fuerzas de donde nadie podía imaginarse en personas de
esa edad.
Tras una mirada
de complicidad del novio a su íntimo amigo y padrino
Héctor, ambos
traspasaron el salón en dirección
a la habitación donde se
suponía que los esposados
debían de pasar la noche. Una vez allí, y después
de
haberse turnado por
los lavabos de la habitación, se tumbaron sobre la cama y
se quitaron los zapatos que
llevaban ya varias horas martirizando sus sufridos
pies.
- ¡Dios
mío, Héctor! Esto es aún
más agotador de lo que me había
imaginado. No sé si
voy a tener fuerzas para volver a levantarme. El traje de
pingüino me asfixia, la camisa
me aprieta, los zapatos me están matando, y esos
locos de nuestros amigos siguen
queriendo fiesta hasta el amanecer. He bailado
hasta con mujeres que no había
visto en mi vida, y algunas de ellas incluso me
han metido mano, disimuladamente
eso sí. Mi recién estrenada esposa está como
ausente, tengo veinticinco
tacos y apenas puedo mantenerme en pié... ¡y
se
supone que este tiene que ser el
día más feliz de mi vida!
- No te
preocupes amigo. Todo eso es normal. Yo tengo tres años menos
que tú como bien sabes y
tampoco puedo seguir. Entre los nervios y el cansancio,
estoy para meterme en cama y no
levantarme en una semana.
Realizando un
enorme esfuerzo, Héctor se incorporó y
ayudó a hacer lo
mismo a su amigo
Carlos. Se colocó detrás de él, arrodillado
en la cama, y
comenzó a realizarle un reconfortante
masaje en los hombros.
- ¡Hummmm!
¡Qué agradable! Gracias, Héctor.
Me estaba haciendo falta
algo así.
- Relájate
y deja que los nervios y el cansancio desaparezcan
de tu
cabeza. Vamos a estar aquí
unos minutos descansando.
- Pero abajo nos están esperando...
- No te preocupes. Nadie
nos echará de menos, al menos durante otra media
hora. Cierra los ojos y relájate.
Carlos siguió las instrucciones
de su amigo. Intentó olvidarse del mundo,
de la fiesta, de su novia, ya esposa,
del cansancio...
- Eso es. Relájate
y descansa. Concéntrate sólo en el sonido de mi voz,
y verás como todos
los nervios desaparecen por completo. Relaja los músculos,
la cabeza... no pienses en
nada y relájate...
Carlos notaba como todo desaparecía
de su mente, excepto la voz de Héctor.
Era una sensación
maravillosa. Probablemente nunca hubiera podido relajarse
tanto si fuera otra persona
la que estuviera con él, pero confiaba en su amigo
más que en cualquier otra
persona del mundo. Se abandonó completamente a él.
- Relájate
sin miedo... no pienses más que en mi voz...
nada es más
importante que mi voz...
No; nada era más importante
que su voz. La mente de Carlos se iba dejando
llevar más y
más por la voz de Héctor. Su relajación
era casi absoluta. El
cansancio de todo
el día le había agotado hasta
el punto de hacerle
extremadamente sensible a las sugestiones.
- ... relajado...
te sientes como flotando entre nubes... tranquilo...
relajado... muy relajado...
Sí, relajado, muy relajado. Así se sentía Carlos en esos momentos.
- ... tan relajado que te está entrando sueño... mucho sueño...
Dormir.
Solo sentía ganas de dormir. Sabía que no debía
de dormirse porque
abajo le estaba esperando mucha
gente, pero tenía unas enormes ganas de dormir.
Su amigo le decía que se
durmiera, y no podía evitar sentir sueño...
- ... mucho sueño... muy relajado...
La oscuridad se apoderaba
de su mente. Se sentía completamente abandonado
a su amigo. Pensar era demasiado
fatigoso, y solo quería dormir.
- ... dormir...
- ... y ¡Tres!
Carlos abrió
los ojos de repente. Durante unos segundos no supo donde
estaba, hasta que
vio la sonriente cara de Héctor. Estaban en la habitación
del hotel y habían subido
allí para descansar un rato.
- ¿Me he dormido?
- Sólo un rato. ¿Cómo te encuentras?
Antes de contestar movió
sus hombros para comprobar si el cansancio seguía
allí. Nada. No
había dolor, ni cansancio. Nada de nada.
- Me siento estupendamente.
Tu masaje me ha sentado de maravilla. Ya no me
duelen los hombros,
ni tengo los músculos agarrotados. Y además
apenas me
siento cansado. ¿Cómo
lo has hecho?
- ¿Recuerdas
aquellos cursos de psicología a los que me apunté
el año
pasado? En uno
de ellos me enseñaron a hipnotizar. Creo
que soy un buen
alumno.
- ¿Me has hipnotizado?
- había un cierto tono de incredulidad y de burla
en su voz - Venga Héctor,
seamos serios.
- ¿No te lo crees?
Héctor no
parecía molesto con la incredulidad de su
amigo. Más bien
parecía no dar importancia
a su falta de confianza y divertirse con ello.
- No se
puede hipnotizar a la gente en tan poco tiempo. Lo leí
en un
libro una vez.
Necesitas varias horas para conseguir
que alguien sea
hipnotizado.
- En efecto, pero eso
es cuando la persona conserva todas sus facultades.
Tú estabas
muy cansado esta noche,
y tan sólo querías
dormir.
Inconscientemente, tu
mente quería descansar, relajarse después del
agotador
día que has
pasado, y así ha sido más fácil.
En tan sólo unos minutos he
conseguido ponerte en
trance, cuando normalmente se necesitan horas
para
hacerlo.
- Creo que has
bebido demasiado esta noche. Y además, ya va siendo hora
de que volvamos a la fiesta.
Cogió uno
de sus zapatos y trató de atarse los cordones.
- ¡Duérmete,
Carlos!
Su cabeza cayó
hacia adelante como si de una marioneta se
tratara,
mientras el zapato apenas hizo el
menor ruido al dejarse caer en el enmoquetado
suelo de la habitación.
- Estás
dormido amigo mío. Completamente dormido
y relajado. Ya no
sientes el cansancio.
Tu cuerpo está completamente relajado y tranquilo. Tu
mente no piensa
en nada... en nada que yo no
quiera que piense. Sigue
poniéndote los zapatos, pero
póntelos al revés.
Con los ojos
cerrados, tanteando, Carlos siguió las instrucciones
de
Héctor.
- Ahora, cuando
cuente tres, abrirás los ojos: uno, dos, ¡tres!
Con la
ya familiar sensación
de abandono de antes, los ojos de Carlos miraron durante
un instante a su amigo.
- ¿Me he vuelto a dormir?
- Más o menos.
- No es posible. ¿Qué me has hecho?
- Ya te lo he dicho antes. Te he hipnotizado.
- ¡Venga ya! Deja de decir tonterías.
- Muy bien, como quieras. ¿Nos vamos?
Carlos se levantó
de la cama y se dirigió hacia la puerta, pero cuando
apenas había dado dos pasos
una expresión de dolor inundó su rostro.
- ¡Ouch! ¡Cómo me duelen los zapatos!
- ¿Has probado a ponértelos en el pie que corresponde a cada uno?
- ¿En el pie...? ¡Pero que tonto soy! Me los he puesto al revés.
Volvió hacia la cama
y se sentó en ella. Se quitó rápidamente los
zapatos
y se los colocó de nuevo,
pero esta vez correctamente. Se levantó y se dirigió
hacia la puerta.
Héctor bajó de la cama. Seguía descalzo.
Sus pies apenas
estaban cubiertos por
los suaves calcetines que llevaba, pero no sintió frío,
puesto que toda la habitación
estaba cubierta por una mullida moqueta. Con una
perversa sonrisa en
los labios, miró como su amigo cogía el pomo de la
puerta
para abrirla.
- ¡Duérmete, Carlos!
Aún con
la mano sobre la puerta, la cabeza de Carlos volvió a caer hacia
delante. Increíblemente,
mantuvo el equilibrio aún cuando su mano se deslizó
sin fuerzas hacia su costado.
- Cuando te
lo diga, abrirás los ojos, pero seguirás dormido.
Vendrás
hacia la cama
y volverás a sentarte en ella. Te
quitarás los zapatos, y
entonces volverás a cerrar
los ojos y a esperar mis instrucciones. ¡Ahora!
Tal y como
su amigo le había ordenado, abrió
los ojos. Tenía una
inexpresiva mirada mientras
se dirigía hacia la cama. Se sentó y se quitó
los
zapatos. Una vez
finalizado el trabajo, cerró los ojos y su cabeza cayó
de
nuevo sobre su pecho.
Héctor se
acercó a él y comenzó a hablarle
mientras con las manos le
soltaba el botón de la camisa
que oprimía su cuello.
- Eres mío, Carlos.
Mientras estés dormido harás todo lo que yo te diga y
ni siquiera sabrás
que lo estás haciendo. Pero cuando
despiertes también
seguirás en mi poder.
Cuando te diga que despiertes, lo harás, pero no podrás
salir de esta
habitación sin mi permiso. Harás todo cuanto
yo te diga, sin
dudar, sin rechistar,
sin pensar. No pondrás pegas a ninguna de mis ordenes.
Seguirás siendo
tú mismo, pero sin voluntad para incumplir
mis mandatos.
Ahora, háblame. ¿Has
entendido mis órdenes?
Lacónicamente, la respuesta de Carlos casi resbaló de sus labios.
- Sí.
- ¿Que es lo que harás cuando despiertes?
- Todo cuanto me digas.
- ¿Hay algo que no harías por mí si yo te lo pidiera?
- No.
- Muy bien, Carlos. Abre tus ojos, ¡ahora!
De nuevo la sensación
de abandono. De nuevo la inquisitiva mirada sobre
su amigo, aunque
en esta ocasión, una breve sombra de enfado cruzó
por sus
ojos.
- ¿Qué me estás haciendo?
- ¿Todavía no crees que te haya hipnotizado?
Inquieto, miró
a su alrededor. Oteó la puerta intentando recordar. Miró
hacia el suelo, hacia sus
zapatos, inertes sobre la moqueta, lejos de sus pies
donde recordaba perfectamente
haberlos colocado. Levantó los ojos
hacia
Héctor.
- Sí.
Creo que me has hecho algo. Pero si es una broma, ya está
bien.
Es suficiente. Ahora vayamos
abajo. Hay gente esperándonos.
Se levantó
de la cama y comenzó a caminar. Nervioso,
ni siquiera se
acordó de los
zapatos. Sintió la mullida moqueta a través de
la suavidad de
los calcetines que cubrían
sus pies.
- ¡Siéntate!
Sin poder evitar hacerlo,
volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo en la
cama. Una vez allí,
miró de nuevo a los ojos de su amigo, implorando.
-¿Por qué me haces esto?
- Lo hago por
tu bien. Hay alguien a quien quiero presentarte. Alguien a
quien tú ya conoces,
pero que probablemente habrás olvidado. Alguien a quien
hiciste daño una vez, y ahora
quiere felicitarte por tu boda.
Sin poder creer
lo que estaba oyendo, dirigió su mirada
hacia donde
señalaba su amigo
, hacia la puerta del cuarto de baño. Un hombre le estaba
observando desde allí.
Un hombre al que él conocía muy bien.
- ¡¿Nacho!? ¿Qué estás haciendo aquí?
Nacho había
sido su amante hacía un par de años. Habían
pasado buenos
ratos juntos, pero
él decidió dejarle, precisamente por la mujer
con la que
acababa de casarse.
Nacho había intentado hablar con él en algunas ocasiones,
pero tan sólo en una pudo
hacerlo, y él no le dijo cosas agradables. Rompieron
del todo sin posibilidad
de reconciliación, y no quedaron como buenos amigos
precisamente.
Carlos comenzaba
a sospechar que estaba teniendo un mal sueño. Más bien
una pesadilla.
Aquello no tenía mucho sentido.
Su amigo decía haberle
hipnotizado, y a pesar
de que no acababa de creérselo, la verdad es que había
estado haciendo algunas tonterías
durante los últimos minutos. Y ahora, Nacho
aparecía en su
habitación saliendo del cuarto de baño. El había
entrado allí
apenas unos minutos
antes y no había nadie. ¿Por dónde había
entrado?... ¿Y
cuándo? ...
Intentando conseguir
alguna respuesta coherente a sus no formuladas
preguntas, volvió la
mirada hacia Héctor, sólo para ver con total incredulidad
como su amigo
estaba en el suelo, descalzo, arrodillado, con la cabeza y los
brazos en el suelo, en posición
de total humillación, casi de adoración, hacia
Nacho.
- He hecho todo
lo que me habías ordenado, amo. Le he traído aquí,
y le
he hipnotizado para
ti. ¿Estás contento, amo? ¿Lo
he hecho bien?... Por
primera vez, Nacho dejó oír
su voz.
- Lo has hecho muy bien, Héctor.
Tu amo está contento y te has ganado una
recompensa. Levántate.
Ágilmente, Héctor
se levantó del suelo y se acercó a su "amo". Nacho
le
cogió por la cintura y le
besó apasionadamente, aunque ni siquiera con la mitad
de pasión con
la que él le devolvió el beso. Mientras
se fundían en aquel
inesperado abrazo, la mano de Nacho
bajó hasta el trasero de Héctor y comenzó a
sobárselo sin
el menor pudor. Él dirigió
sus manos hacia su pantalón y
repentinamente se lo
bajó, dejando a la vista unos excitantes calzones negros
de seda, muy ceñidos,
marcando sus hermosas y prietas nalgas,
y casi
acariciando la mano
de Nacho, la dirigió hacia ellas guiándole y ayudándole
a
manosearlas.
Carlos mantenía
los ojos fijos en su amigo. Jamás
le había visto
comportarse así.
Parecía idolatrar a Nacho y disfrutaba de sus caricias
más
que él mismo.
Había verdadera pasión en sus ojos y en sus actos.
Le ofrecía
su cuerpo como
si estuviera poseído por una extraña fuerza que
le impidiera
hacer otra cosa y parecía
gustarle que él estuviera delante, observándolos.
Sin dejar de
asombrarse por el inesperado comportamiento de su amigo,
sintió la fría mirada
escrutadora de Nacho sobre él.
- Hola Carlos. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
Ante
sus ojos aparecía Nacho, quien en otro tiempo
fuera compañero de
juegos sexuales, un
hombre rozando la cuarentena, tremendamente atractivo,
esbelto y con
un porte que llamaba poderosamente la atención.
Poseía unos
verdes ojos furtivos,
una esbelta silueta y vestía un traje negro entallado,
que despedía
un aire de profundo respeto. Su cínica sonrisa parecía
más una
mueca que una
demostración de alegría. Ahora sus ojos le perforaban
con la
mirada.
Durante los meses que
permanecieron juntos, jamás dejó que le penetrara.
Él
Mismo sólo
le ayudaba a correrse, practicándole una
rápida pero intensa
masturbación, sin
que nunca le hubiera subcionado el miembro, a pesar de su
insistencia. Siempre se resistía
a una relación plena, e incluso había evitado
recorrer el jugoso trasero de Nacho,
para evitar que éste se colara por él, más
de lo que entonces
ya estaba. La verdad es que no fue mas que un juguete en
sus manos. Salió
con él para pasar el rato, para tener alguien cerca que le
calmara sus jóvenes
ansias. Nunca se lo tomó en serio. Cuando descubrió
que
su relación sí
que era importante para él, pensó en dejarlo, pero le agradaba
la idea de tener a un
hombre a sus pies como un perrito faldero. Pero cuando
Nacho mostró su lado más
posesivo, decidió acabar con el juego y abandonarle.
- ¡Saluda al amo, cabrón!
La voz de su amigo
Héctor, cortante y agresiva, le obligó a salir de sus
pensamientos. No
tenía nada que decir, y desde luego no pensaba
saludar a
Nacho, pero por algún motivo
que se le escapaba, lo hizo.
- Hola Nacho.
- Estás
muy interesante con ese atuendo. Yo soñaba
que algún día lo
llevarías para mí,
en privado claro está.
- Lo nuestro
fue un error desde el principio. No había amor en nuestra
relación, si es que puede
llamarse así. Nunca debimos...
- ¿Amor?...
¿Dices que no hubo amor?... - la voz de Nacho sonaba llena
de furia - Eres
el único hombre al que he amado de verdad en toda mi
vida.
Cuando me dejaste,
pensé que no podría seguir viviendo. Nada
tenía sentido
para mí y me torné
violento, hosco y hasta un tanto pendenciero. Por esa razón
perdí mis amigos,
mi trabajo y mi dignidad. ¿Y encima te atreves a decir
que
no hubo amor?
- ¡Yo no te amaba!
Sólo deseaba satisfacer mis ansias de vez en cuando -
Carlos comenzó a sollozar-.
- ¿Y por
qué me lo hiciste creer? Si me lo
hubieras dicho desde el
principio yo lo
hubiera comprendido. Pero no, me hiciste pasar los días
más
felices de mi
vida para después abandonarme. ¿Por qué?, ¿Se
puede saber por
qué hiciste algo así...?
No podía contestar.
Sus palabras estaban llenas de razón, aunque cargadas
de odio. Su silencio fue largo
y expresivo, tan sólo roto por la imperiosa voz de Héctor.
- ¡Responde al amo cuando te hable!
Cada vez que
escuchaba la voz de su amigo Héctor, una extraña fuerza le
impelía a obedecerle.
- ¡Para
reírme de ti, de tu falta de hombría!
- Las lágrimas corrían
ahora libremente por sus mejillas,
mojando su hasta entonces inmaculada camisa.
- Todas aquellas
semanas soñando con tu amor, adorándote,
amándote,
deseándote,... y tú
sólo querías reírte de mí.
El brillo del
odio en sus ojos pareció disminuir. La razón
intentaba
aflorar a su voz.
- Tardé mucho tiempo
en olvidarte. Después de perderlo todo, tuve suerte.
Intenté controlar
mi vida. Encontré trabajo, y
comencé a recibir clases
nocturnas. Desde
entonces, he soñado con el día en que pudiéramos
volver a
encontrarnos.
Dejó de sobar el cuerpo
de Héctor y se aproximó a la cama. Acercó la
mano
a su cara, repleta
de lágrimas y la acarició suavemente. Después,
con los
dedos mojados, acarició su
hermosa cabellera rubia.
- Deja de llorar. Esa no es forma de enfrentarse a los problemas.
No había fuerza
que pudiera hacer que dejara de llorar. Estaba asustado,
humillado, perdido, y en sus ojos
se había instalado una tormenta.
- ¡Obedece al amo!
Una vez
más, el efecto fue inmediato.
Repelidas por una fuerza
desconocida, las lágrimas
dejaron de brotar.
La voz de
su amigo Héctor le obligaba a obedecer, pero la de Nacho
le
llenaba de temor cada vez que la
escuchaba.
- Ayúdale
a secarse las lágrimas, Héctor - . Sin decir
palabra, Héctor
hurgó en el bolsillo
del pantalón tirado sobre la moqueta, cogió un pañuelo
de
papel y secó
las últimas lágrimas del rostro de Carlos que
adquirió un tono
suplicante.
- ¿Por qué le
ayudas, Héctor? Eres mi amigo. Mi mejor amigo - .
A pesar
de no poder llorar, la súplica
de Carlos fue acompañada por un breve sollozo.
- Porque es
mi amo. Su palabra es ley para mí. Mi cuerpo y mi alma
le
pertenecen: soy su esclavo...
como también tú lo serás dentro de poco, ¡ya
lo
verás!
Los
ojos de Carlos se abrieron con estupor. A
pesar de que sus oídos
habían escuchado
perfectamente las palabras proferidas por Héctor, su cerebro
no podía asimilarlo.
Miró a Nacho esperando encontrar
respuesta a su
inexistente pregunta.
- ¿Recuerdas
cómo Héctor te ha contado que aprendió a hipnotizar
en unas
clases de psicología?
Intentando aclarar
el inmenso caos existente en su mente durante los
últimos minutos,
encontró el recuerdo que Nacho
mencionaba, aunque sin
conseguir conectarlo con lo que
le estaba diciendo.
- ¡Adivina quién fue su profesor!
Tardó unos
segundos en comprender por dónde iba la conversación, pero
al
final lo consiguió.
¡Nacho había hipnotizado a Héctor!... ¡Claro,
ahí estaba
la explicación! Ahora
las cosas iban tomando cuerpo...
- Te he contado
que encontré trabajo después de que me abandonaras.
Fue
como ayudante de un hipnotizador
del tres al cuarto. No era muy bueno, pero me
enseñó algunos
trucos interesantes y en la cama era magnífico. Pero
a lo que
vamos; resultó
que con las enseñanzas adecuadas, yo era mejor que él.
Cuando
me matriculé en la escuela
nocturna, no esperaba encontrarme allí con tu amigo.
Héctor no guardaba
buenos recuerdos míos y al principio me
evitaba a toda
costa, pero estando
preparando un trabajo sobre la hipnosis, conseguí que nos
asignaran al mismo
grupo. Al ser el más experto en la materia, todos y
cada
uno de los estudiantes fueron cayendo
bajo mi influencia, incluyéndole a él.
Mientras Nacho hablaba,
Héctor estaba detrás de él,
pegado a su espalda,
restregando su pierna
semidesnuda por su cuerpo, y acariciando su torso con
ambas manos, intentando
guardar el equilibrio. Su rostro no demostraba más
emoción que el inmenso deseo
de agradarle.
- Al principio fue el que
más se resistió, pero con la ayuda del resto del
grupo, ya bajo mi influencia,
conseguimos convencerle. Resultó ser un sujeto
excelente para la hipnosis.
En tan sólo un par de sesiones se convirtió en mi
juguete favorito.
El antaño altanero y orgulloso Héctor,
es ahora mi más
sumiso esclavo. ¿No
es así, querido?
- Sí amo. Completamente.
La sumisión
y devoción existente en la voz de Héctor no dejaba
lugar a
dudas.
- Cuando me
comunicó la noticia de tu boda, decidí hacerte una
pequeña
visita, y con su ayuda, hemos llegado
a esta situación. Yo le controlo a él, y
él te controla
a ti, así que el resultado de nuestro pequeño juego
solo puede
tener un ganador: ¿no
opinas lo mismo?...
Carlos no contestó.
Estaba atemorizado, y al mismo tiempo presa de un
Enfado que iba en aumento.
A pesar de haber sido hipnotizado, seguía teniendo
su orgullo, y ser humillado
de aquella forma, le producía un extraño sentimiento
de rabia, temor e indefensión.
Tan sólo tenía ganas de llorar para expresar su
amargo dolor, pero ni
siquiera eso podía permitirse, porque su amigo
se lo
había prohibido expresamente.
- Héctor, quítate la camisa.
Sin dudarlo un
solo instante, cogió el borde inferior de la camisa con
ambas manos y lo arrastró
por encima de su cabeza. Al hacerlo, sus pectorales,
cubiertos por un excitante e insinuante
vello negro, a juego con el resto de su
ropa interior, bailaron durante
unos segundos al ritmo de sus movimientos.
- Tu amigo ha
desarrollado un enorme interés por la ropa interior sexy -
comentó dirigiéndose
a Carlos - Ya nunca usa ropa interior hortera. Desde que
nos conocimos, siempre utiliza
los más excitantes y provocativos calzones. Es
una suerte que le pidieras que te
acompañara a comprar la ropa para tu boda.
Horrorizado, Carlos
recordó que al ir a escoger la ropa interior para la
ocasión, él tenía
claro llevar unos slips cortos, porque eran muy cómodos, pero
Carlos le convenció
de que se probara unos gayumbos de
media pata muy
ajustados, para "marcar
a tope". Decía que así excitaría
más a su futura
esposa.
Ahora sabía
a ciencia cierta que no era a su esposa
a quien Héctor
pretendía excitar.
Esperando las órdenes de Nacho, Héctor usaba las manos
para
acariciarse los pezones y los calzones
ajustados. No se le había permitido aún
masturbarse directamente,
así que jugaba con su cuerpo
de la forma más
excitante que podía,
sin dejar de mirar a los ojos de su "amo", para comprobar
que todos sus movimientos
cumplían un único objetivo: ponerle a tono para
la
ocasión.
La habitación
era extremadamente espaciosa como corresponde a una "suite
nupcial" y Nacho
se acercó hasta un sillón cercano a la
cama. Lo arrastró
hasta el centro
de la estancia, a unos dos metros del colchón,
y se sentó
cómodamente, preparándose
para el espectáculo.
Miró a Héctor.
Seguía acariciándose por encima de su ropa
interior,
esperando ansioso sus órdenes.
Después miró a Carlos. Estaba sentado sobre la
cama, completamente vestido, en
el que se suponía iba a ser el día más feliz de
su vida.
- Quítate los pantalones y los calzoncillos - ordenó.
Carlos no se movió.
- ¡Obedece al amo, tío! - sentenció su amigo.
No podía evitar cumplir
la orden de su amigo Héctor. Con la íntima prenda
en su mano, miró
directamente a los ojos de Nacho. Era más que miedo lo que
sentía en aquel
momento. A su mente acudió la certeza de que
iba a ser un
juguete en las manos de Nacho y
el odio vino a cubrir el hueco.
- Tráemelo, Héctor.
Con gran celeridad,
esperando siempre agradar a su amo, Héctor se dirigió
hacia su amigo Carlos,
cogió los calzones de su mano y se lo entregó a Nacho.
Eran rojos, y
suaves, muy suaves. Debían de haber costado un dineral
por la
marca. Era una
lástima que una vez casados no siguieran haciendo lo mismo
y
siempre se decantaran por
los antiestéticos calzoncillos blancos de algodón en
aras de la comodidad.
- Héctor.
Tu amiguito está muy serio. Creo que tiene hambre. ¿No
crees
que deberíamos darle algo
de comer?...
Carlos no comprendió
del todo lo que escondía aquella irónica frase, pero
no ocurrió lo mismo
con Héctor. El tiempo que había pasado bajo la
influencia
de Nacho le había convertido
en un excelente esclavo, capaz de entender las más
sutiles insinuaciones y los más
profundos deseos de su "amo".
- Supongo que tenías
pensado en que la noche de tu boda ibas a tener ocasión
de practicar nuevas
experiencias, amiguito. Ahora vas a poder realizarlas, pero
no con la persona que tú
creías. ¡Arrodíllate ante el amo!
Sin posibilidad
de dudar o de resistirse, pero sin mostrar el más mínimo
entusiasmo, Carlos siguió
las instrucciones al pie de la letra. Se levantó de
la cama y se arrodilló
ante Nacho. Comenzaba a comprender lo que se esperaba
de él.
Miró a su amigo. Pensó que tal vez la posibilidad de
que otro hombre
también tocara
el cuerpo de "su amo" podría causarle un sentimiento
de celos
que podría utilizar para
liberarle del control de Nacho. Pero se equivocó.
Al
contrario de lo
que esperaba, Héctor no mostraba indicios
de celos o de
envidia, sino una enorme
excitación. Carlos seguía sin comprender por
qué su
amigo sólo existía
para el placer de Nacho. Que su propio amigo hiciera
el
amor con su dueño,
sólo le llenaba de goce y orgullo por haber servido bien a
su señor.
- ¿Acaso tengo que decirte lo que tienes que hacer, amigo?
El sarcasmo en
la voz de Héctor era evidente. Pero Carlos
no estaba
dispuesto a darles
el placer de obedecer. Sólo bajo el irresistible influjo
hipnótico sería
capaz de realizar lo que se le pedía.
Muy en su interior,
esperaba realmente poder resistirse
a la necesidad de obedecer.
Como si estuviera
tocando un objeto de incalculable valor,
Héctor
desabrochó los
pantalones de Nacho, dejando al descubierto su enhiesto pene,
tremendamente excitado por la situación
actual, mientras daba claras y concisas
instrucciones a su amigo.
- ¡Escúchame
bien Carlos! Durante todo el tiempo que saliste con Nacho,
jamás le dejaste tocar tu
culo, ni te dignaste mamar su miembro. Ahora vamos a
remediar aquel pequeño descuido.
Vas a practicarle la mejor felación que jamás
hayas podido imaginar. Utilizarás
tu boca, tus labios, tu lengua y tu garganta
como jamás creíste
que fueras capaz de hacer, sin preocuparte en lo más mínimo
de tus propios sentimientos, ni
de tu placer personal. Y cuando consigas hacer
salir el jugo
de nuestro amo, lo tragarás todo, sin dejar que una
sola gota
caiga al suelo. ¿Lo
has entendido bien?
A pesar de
la repugnancia que le causaba la idea de tragar el semen de
Nacho, Carlos no tuvo más
remedio que responder, y lo hizo con un lacónico:
- Sí
Y sin poder resistirse,
tal vez sin intentarlo siquiera, cogió el pene de
Nacho con la mano
y comenzó a masturbarle con suavidad. Después
de algunos
movimientos, introdujo
el miembro en su boca y acarició
el glande con la
lengua, al tiempo
que movía su cabeza arriba y abajo masturbándole
con los
labios.
Nacho cerró
los ojos. A pesar de estar apenas en el principio
de la
masturbación, el placer
era inmenso. Había estado con Héctor docenas
de veces
desde que le hipnotizó por
primera vez. Había hecho el amor con él de montones
de formas distintas.
Había disfrutado de su cuerpo como casi ningún
hombre
deja jamás que
otro hombre disfrute de él. Pero a
pesar de todo, seguía
excitándolo.
Su presencia en aquella habitación, semidesnuda, no
podía dejar
de mantenerle continuamente
excitado. Pero tanto o más que la
visión del
cuerpo de Héctor,
le excitaba la subyugación de su
amigo. No le tenía
directamente bajo su poder,
pero controlaba a la persona que a su vez manejaba
a quien quería.
El amor que sintió por Carlos se había convertido en
odio al
principio de su abandono,
pero después, desde el momento en que hipnotizó a su
amigo, el odio
fue dejando paso al deseo de venganza. Y la satisfacción
de
estar cumpliendo su sueño
se convirtió en una fuerte excitación sexual.
Por no
mencionar la visión
de un hombre en el día de su
boda con otro hombre,
arrodillado a sus pies y succionándole
el miembro, en aquella posición que se le
antojaba mágica y que le
llenaba de una irresistible atracción.
A pesar de
que Carlos no era ningún experto,
el trabajo que estaba
realizando era magnífico.
Las órdenes de Héctor habían sido, utilizar todas
las
partes de su boca, incluyendo
su garganta, para acrecentar el placer de Nacho,
y así lo estaba haciendo.
Al principio sintió un presagio de vómito, pero poco
a poco se fue
acostumbrando a mover libremente el órgano masculino
por el
interior de toda
su boca y las arcadas fueron sustituidas
por frenéticos
movimientos con su lengua.
Mirando el rostro
de Nacho, Héctor era el hombre más feliz del mundo. La
enorme mueca de placer
y satisfacción que su amo estaba sintiendo, repercutía
en su cuerpo como
si fuera él mismo el receptor del
placer. Sin poder
evitarlo y a pesar de que Nacho
no le había dado permiso para hacerlo, pasó sus
dedos por el interior de sus calzones
negros comenzando una masturbación basada
exclusivamente en la visión
del placer de su amo. Mientras tanto, con la otra
mano acariciaba y pellizcaba
sus pezones sin dejar de mirar tanto el rostro de
Nacho como su polla,
que desaparecía por momentos en el interior de la boca de
Carlos. Faltaba
muy poco para que su amo se corriera, y decidió
hacerlo al
unísono.
- ¡Basta!
La brusca orden de Nacho le
sacó de sus pensamientos y de la proximidad de
un orgasmo. Sin pensarlo dos
veces, cogió la larga cabellera rubia de su amigo
y tiró de
ella hacia atrás, provocando un pequeño grito de dolor
en Carlos.
Con una enorme preocupación
en su voz, se dirigió a Nacho.
- ¿Qué
ocurre, amo? ¿Acaso este animal
ha hecho algo que no te ha
gustado? ¿Acaso te
ha hecho daño? ...
Nacho sonrió
complacido por el sincero tono de preocupación en la voz de
su esclavo. -
No. No es nada de eso. Sólo que no quiero correrme
todavía.
La noche es larga y quiero disfrutar
de ella.
Ya más tranquilizado, Héctor respiró con deseo hacia su dueño.
- ¿Qué quieres que hagamos ahora, amo?
- Pienso que un poco
de juego no quedaría mal en la habitación, y de paso
tu participarás un poco en
él. ¿Te apetece?
El brillo en
los ojos de Héctor alcanzó unos límites insospechados.
- ¡Gracias amo! ¡Gracias!
Y volviéndose
hacia su amigo, le ordenó que se tumbara de nuevo sobre la
cama.
- ¡Abre
bien las piernas, amigo! Voy a hacerte gozar como nadie
lo ha
hecho hasta ahora.
Carlos no pudo
evitar hacerlo, mientras notaba como Héctor le acariciaba
los muslos. Sintió
la mirada de Nacho sobre su amplio sexo, no menos ávida que
la de su amigo. Durante unos
segundos tomó conciencia de los sentimientos que
despertaba en ambos.
Tumbado sobre la cama, desnudo y con
las piernas
completamente abiertas,
mostrando sin pudor, -aunque no por propia voluntad-,
sus intimidades, para que
dos hombres, -incluído su mejor amigo-, lo miraran e
hicieran con él lo
que quisieran, le puso un tanto a la defensiva. Si hubiera
podido sonreír,
-de estar en otra situación-, lo hubiera hecho, puesto que
no
podía dejar de
pensar que él mismo hubiera podido sentirse excitado
con una
visión semejante.
Todavía estaba inmerso
en sus pensamientos, cuando notó el húmedo calor de
una lengua sobre
su sexo. Los primeros movimientos le parecieron de tanteo,
como si intentaran encontrar
un camino entre la no demasiado abundante mata de
pelo rubio que cubría
su sexo. A pesar de odiar a muerte a Nacho y a su amigo
por obligarle a hacer
aquello, las continuas caricias sobre su glande y sobre
las paredes de
sus escrotos, comenzaban a excitarle realmente.
Intentaba
ignorar el placer
que le causaban los sabios y expertos movimientos
de su
amigo, pero no
podía evitarlos. Sabía que no era la hipnosis
la que causaba
aquel reconfortante
calorcillo que comenzaba a ascender por todo su
cuerpo
desde su pene.
Y eso era precisamente lo que más le molestaba.
A pesar de
haber sido obligado,
hipnotizado, medio raptado y casi violado, sentía placer
por todo aquello.
Sintió asco hacia sí mismo, pero lo ignoró cuando
notó la
proximidad del orgasmo.
Héctor sabía
que su amigo estaba disfrutando. Podía oírlo en sus
gemidos,
notarlo en los movimientos de su
cuerpo e intuirlo en sus ojos cerrados. Sabía
que Nacho les
estaba mirando y que disfrutaría del
placer que le estaba
dispensando a Carlos.
Disfrutaría cuando él se corriera, cuando gimiera
de
placer y se descompusiera
sabiendo que el orgasmo no había sido causa de la
hipnosis. Y disfrutaría
aún más por el hecho de que Carlos se odiaría
a sí
mismo por haber
disfrutado en aquella situación. Incrementó
la fuerza y la
velocidad de los
movimientos de su lengua sobre el pene de
su amigo para
forzarle a alcanzar el clímax.
Nacho disfrutaba, en efecto, de
aquel espectáculo. Desde donde él estaba
sentado, apenas apreciaba
más que el hermoso trasero de Héctor
moviéndose
insinuante ante sus
ojos. A pesar de tener puestos los cinco
sentidos en
dar placer a su amigo, Héctor
todavía conservaba la imaginación suficiente como
para mover excitantemente su culo
ante Nacho, sabiendo que como su propio cuerpo
le impedía la clara
visión del sexo de su amigo, debía de poder recrearse
con
algo mientras escuchaba los gemidos
de Carlos.
Y así era,
efectivamente. Deleitándose con aquel espectáculo,
Nacho
utilizaba una de sus
manos para masturbarse lentamente mientras escuchaba los
gemidos de Carlos y contemplaba
sus piernas desprovistas de vello, así como el
trasero casi desnudo de Héctor
y sus hermosas piernas.
La explosión
de placer de Carlos no les llegó de sorpresa a
ninguno.
Mientras su cuerpo se estremecía
una y otra vez, la lengua de Héctor no dejaba
de entrometerse en
aquel orgasmo, intentando prolongarlo lo más posible.
La
velocidad con que
Nacho se estaba masturbando aumentó el ritmo, mientras los
gemidos de Carlos resonaban
por la habitación, y éste, intentando reprimirlos,
no podía dejar
de odiarse a sí mismo por estar disfrutando del mejor polvo
de
toda su vida.
Con el rostro orgulloso
de su hazaña y cubierto por el semen de su amigo,
Héctor miró
a Nacho, cuyos movimientos sobre su
pene habían vuelto a la
monotonía del
que quiere darse placer aunque sin querer alcanzar todavía
el
premio. A pesar de notar pequeñas
gotas del semen de su amigo corriendo por su
cara, no se las limpió, a
sabiendas de que esa visión acrecentaría el placer del
amo.
Dirigió una
mirada de triunfo hacia su amigo. Carlos no podía
llorar
porque Héctor se lo
había prohibido. Sabía lo que iba a venir a continuación,
y a pesar de no querer hacerlo,
se abandonó a su suerte. Ni siquiera esperó la
orden de su amigo. Ya
no tenía miedo de ellos. Ya apenas les odiaba.
Seguía
sintiendo temor, pero
en esta ocasión era hacia sus propios sentimientos.
¡Quería más!
¡Dios! Había sentido el mejor orgasmo de su vida
y no contento
con ello ... ¡quería
más! Sabía que si seguía todas
las órdenes podría sentir
un placer irrefrenable, y a pesar
del momentáneo asco que sintió hacia
sí mismo,
decidió acallar su conciencia
y colaborar todo lo posible. De cualquier
forma, ellos
iban a lograr lo que querían,
- se consolaba - y tal vez, y sólo tal vez,
si colaboraba,
lograría disfrutar por encima
de lo que hasta entonces había estado dispuesto a admitir.
Entonces se incorporó
y se levantó de la cama. Con la ayuda de Héctor,
deslizó la camisa
por encima de su cabeza y la tiró al suelo. Todo
su bien
proporcionado y cuidado cuerpo quedó
al descubierto.
- Colocaos los
dos juntos, uno al lado del otro: Quiero
comparar
vuestros cuerpos.
Complaciendo a su amo, Héctor
se colocó rápidamente frente a Nacho y junto
a Carlos. Éste hizo
lo mismo, aunque con menos celeridad que su amigo.
- Héctor, dame tus calzoncillos.
Sin dejar de
mirar el rostro de Nacho, haciendo de cada
uno de sus
movimientos una clara insinuación,
Héctor deslizó sus manos sobre sus calzones
y los empujó hacia
abajo disfrutando de cada segundo. Levantó una pierna
y la
sacó del agujero.
Después levantó la otra pierna y repitió la
operación. No
tuvo prisa en
hacerlo en ninguna de las dos ocasiones. Sabía que a
Nacho le
gustaba ver desvestirse a un tío
y quería convertir cualquier simple acto en un
íntimo strip-tease
para su placer. Una vez tuvo el trofeo en su mano, se
lo
dió a Nacho. Sin mirarlo,
éste lo estrujó con sus manos un par de veces antes
de dejarlo sobre su regazo, junto
al de Carlos.
Ahora los dos hombres
estaban de igual a igual. Los dos estaban como Dios
los trajo al mundo.
El contraste era verdaderamente excitante. Héctor era moreno,
muy moreno, al igual que el
pelo de su pubis. Por contra, Carlos era rubio, y sin un
pelo en el cuerpo a excepción
de un pequeño triángulo junto a sus genitales. Los
dos
tenían más
o menos la misma estatura, pero Héctor tenía
el pene sensiblemente
más grande que
Carlos, aunque éste poseía un miembro hermoso y ciertamente
tentador.
Nacho no dejaba de masturbarse,
pero notó un cierto dolor en su órgano con
la visión de
aquellos dos hermosos ejemplares ante él. Dos
cuerpos para el
pecado dispuestos a
cumplir todos sus deseos, todas sus órdenes, todos
sus
caprichos.
Mientras Héctor
y Carlos se disputaban las miradas de Nacho, éste
se
levantó y comenzó
a quitarse la ropa sin prisa. Comenzó con la camisa, dejando
al descubierto su fornido
torso, que fue inundado de inmediato por el impaciente
deseo que insuflaba la insinuante
mirada de Héctor. Siguió con los pantalones,
que ya tenía mínimamente
desabrochados.Finalmente quedó desnudo al completo.
Miró primero a Héctor,
que le devolvió la mirada ofreciéndole
al mismo tiempo su
alma. Después miró
a Carlos. Por primera vez en toda la noche, éste también
le
devolvió la mirada, pero
en esta ocasión no había temor en ella. Ni siquiera
odio.
Era una mirada desafiante. El
deseo le había introducido en el juego, y quería
demostrar que no era menos que Héctor,
y que él también era capaz de ofrecer
el máximo placer.
La firme convicción de su mirada le permitió ganar aquel asalto.
- Carlos, sobre la cama, a cuatro patas.
Sin dudarlo un instante, sin
rechistar, sin planteárselo siquiera, Carlos
dió media vuelta
y se colocó en la posición exigida. Héctor
se tumbó a su
lado, con el rostro cerca de su
sexo, dispuesto a disfrutar del espectáculo.
Nacho se subió
encima de la cama y se colocó de rodillas. La visión
del
excitante trasero de
Carlos, tantas veces reprimida tiempo atrás, estuvo
a
punto de producirle un orgasmo,
que con todas sus fuerzas se obligó a reprimir.
- Héctor, ponte a su lado
La orden
fue inmediatamente cumplida por su
apasionado esclavo.
Disputándose un
pequeño hueco en el lecho junto a su amigo, dispuso su cuerpo
junto al suyo, también
a cuatro patas, aunque cuando estuvo colocado, bajó al
máximo sus brazos y
su cabeza, adoptando una posición de mayor sumisión
aún si
ello era posible.
Aquello fue casi demasiado incluso para Nacho. Además del
hermoso
cuerpo de Carlos, tenía
a su disposición a su más sumiso esclavo. Héctor,
era consciente
de la enorme excitación
que su cuerpo era capaz de ofrecer en aquella postura,
e
intentaba elevar al máximo
posible su trasero, dispuesto a ganar la batalla por
los
favores de Nacho, aplicando a sus
movimientos una indecencia que tal vez no conocieran
ni los más profesionales.
La mayor experiencia
de Héctor en el arte de la seducción de su amo, hizo
que éste decidiera
cambiar su primera intención de penetrar
a Carlos en
detrimento de Héctor.
Cogiéndole por
las caderas, introdujo su excitado miembro en el interior
del esfínter
de Héctor, que demostró un claro
estremecimiento de placer al
sentir en sus
entrañas el preciado órgano de su amo y casi
al instante, con
unos ligeros empellones,
alcanzó su primer orgasmo de la noche. Desde
que
Nacho le convirtiera
en su esclavo, Héctor era capaz de recuperarse en pocos
minutos y estar
dispuesto para unas nuevas sensaciones. A
pesar de estar
disfrutando del placer máximo
que un hombre es capaz de alcanzar, su cuerpo no
dejaba de moverse al
ritmo de los movimientos del amo, intentando procurarle
placer, en detrimento
del suyo propio. Una de las manos de Nacho se deslizó
desde su cadera hasta sus pectorales,
amasándolos y apretujándolos con muy poco
interés en que él
disfrutara. Pero el efecto que Héctor recibía
no era más que
placer y más placer.
Cualquier contacto de Nacho con sus partes más sensibles
le llevaba una
y otra vez al clímax. Todavía con
los residuos del primer
orgasmo en su
cerebro, el poco delicado masaje de sus pezones
le condujo
inevitablemente a una
erección, mientras su mano dispensaba un nuevo alivio a
su hermoso miembro.
Nacho lo sabía, porque así le había programado durante
las
interminables sesiones
de hipnosis. Sabía que cualquier cosa que él hiciera,
tendría
como resultado el
placer de él, y que dicho placer no hacía más que
excitarle cada
vez más.
Pero también
sabía que la potencia sexual de ambos era limitada y la suya
aún más, mermada
por la edad. Así, casi al borde del orgasmo, extrajo
su pene
del cuerpo de
Héctor sin aviso, porque quería correrse dentro
del cuerpo de
Carlos, y por
ello se deslizó sobre la cama para introducir
cómodamente su
miembro erecto por el
sonrosado agujero que su otro esclavo también dejaba al
descubierto. El
interior del culo de Carlos era más estrecho
que el de su
amigo, produciéndole un enorme
placer, algo que también debió de sentir éste
al
comenzar a mover su cuerpo sin demasiadas
inhibiciones.
- Muévete, amiguito. Muévete y haz disfrutar a nuestro amo.
Si quedaba algún
resto de decencia o de dudas en la mente de Carlos, las
incitantes palabras
de su amigo habían acabado con ellas. En respuesta a
las
órdenes de Héctor,
su cuerpo comenzó a estremecerse aún con más
fuerza mientras
sentía los rítmicos
embates de Nacho sobre él. Inducido
por la hipnótica
influencia de la voz de su
amigo, su principal deseo era el de hacer disfrutar
a Nacho del encuentro,
pero a pesar de ello, y siempre sin dejar de mover su
cuerpo para producir goce
más que para recibirlo, sus ansias de recibir más
y
más placer se estaban cumpliendo
sin restricciones. Jamás hubiera podido creer
que hacer el amor con
Nacho fuera una experiencia tan maravillosa. Se sentía
liberado de todas
las ataduras terrestres, de su pasado, de
su futuro, e
incluso de su propia
y recién estrenada esposa. Tal vez si hubiera llegado
a
hacer el amor con Nacho
cuando eran amantes, nunca le hubiera abandonado,
y jamás hubieran llegado
a esta situación.
Pero de repente
todos sus pensamientos dejaron de tener sentido.
Un
estremecedor fogonazo
de placer inundó su sexo justo en el instante
en que
sintió el fruto del orgasmo
de Nacho invadir sus entrañas. Con cada uno de los
últimos estertores del clímax
de Nacho, su propio cuerpo se vio invadido por un
extremo placer no alcanzado jamás
anteriormente, ni siguiera por el causado por
su amigo pocos minutos antes.
Su conocimiento del mundo del sexo y del placer
había sido muy
limitado hasta esos momentos. Breves escarceos amorosos
con
algunas mujeres, y
algunas pocas ocasiones con su actual esposa antes de la
boda, no le habían preparado
para el mundo que Nacho y su amigo le habían hecho
descubrir. Se
desplomó sin fuerzas sobre la cama, notando
como el pene de
Nacho resbalaba fuera de sus nalgas.
Con los ojos entreabiertos, comprobó como
aquel mágico
músculo se encogía por momentos al igual que el suyo
y alcanzaba
una flacidez imposible
de adivinar pocos segundos antes. Sin tiempo a que el
órgano acabara de volver
a su posición habitual, Carlos se abalanzó sobre él,
y
con un enorme cariño
solo comparable con el que las madres proporcionan a sus
hijos, lo introdujo en su
boca para limpiar con su lengua los restos delatores
del placer del que pocos segundos
antes había sido testigo.
Desnudo, indefenso sobre
la cama, Carlos comprobó como Héctor y Nacho se
fundían en un abrazo
que poco tenía que ver con el amor convencional. No
pudo
entender las palabras
que él susurró al oído de
su amigo. Al cabo de un
momento, sintió
la fría mirada de Héctor sobre sus ojos, y comprobó
como sus
labios se abrían
y cerraban diciendo algo que no llegó a entender, porque una
penetrante oscuridad invadió
su mente y el sueño le venció sin condiciones.
Sus ojos se abrieron
lentamente sin comprender del todo lo que ocurría ni
donde se encontraba.
Su amigo Héctor estaba junto a él, en lo que al parecer
era la habitación del
hotel. Su recién estrenada esposa también se
encontraba
allí, y sus padres y algunos
de los invitados.
- ¿Ya te encuentras mejor, cariño?
La preocupación
latente en las palabras de su mujer le desconcertaron
durante un instante.
- Menos mal
que no ha sido nada - esta vez era Héctor el que hablaba -
Cuando le he visto
desplomarse al suelo perdiendo el conocimiento, me he
asustado un poco.
Aquello era cada vez más confuso.
- ¿Qué me ha ocurrido? - pudo decir al fin un tanto aturdido.
- Has perdido el conocimiento,
cariño. Habías venido a la habitación con
Héctor y por lo visto el
cansancio de todo el día ha podido contigo. Héctor
ha
venido corriendo a buscar
ayuda, pero no ha sido nada grave. Gracias a Dios,
ya te has recuperado.
Confuso, Carlos se contempló
a sí mismo. Estaba completamente vestido, a
excepción de los zapatos,
y tumbado sobre la cama. No recordaba nada desde el
momento en que había
entrado en la habitación. Sentía un inmenso vacío
negro
en su mente y
un penetrante dolor de cabeza cuando intentaba
recordar lo
ocurrido durante esos
momentos. Tenían razón. Probablemente el
vacío en su
memoria había
sido debido a un desmayo. El cansancio de todo el día
le había
jugado una mala pasada.
- Estoy bien.
Dejad de preocuparos y volvamos a la fiesta. Mañana
me
encontraré perfectamente,
cuando haya descansado un poco.
- Tiene razón.
Dejadle descansar y que corra un poco el aire por la
habitación. Dejad
de agobiarle y volved a la fiesta. Ahora mismo bajaremos
nosotros.
Héctor comenzó a echar a la gente de la estancia.
- Me quedaré contigo - dijo con preocupación la amante esposa.
- ¡Ni hablar!
Carlos estará estupendamente dentro de quince
o veinte
minutos, así
que vete abajo con los invitados y nosotros bajaremos dentro
de
un rato. Haz caso a un buen
amigo y verás como toda va bien.
Refunfuñando,
todos se fueron de la habitación dejando solos
a las dos
amigos.
- Creo que
he tenido una pesadilla durante mi desmayo. Me
encuentro
increíblemente agotado
y estoy todo sudado. Y este maldito
desazón en el
culo ...
Sus ojos se abrieron como
platos mientras intentaba colocar bien el cinto
en su sitio.
- ¡Héctor! ¡Mis calzoncillos!
Miró a su amigo con una pregunta implícita en los ojos.
- ¡No llevo puestos los calzoncillos!
- Un pequeño
descuido que deberemos de solucionar cuando
vuelvas a
despertar, amiguito.
Carlos le miraba desconcertado
mientras le veía meter la mano bajo la cama
y sacar sus flamantes calzoncillos
rojos de seda.
- ¿Cómo...?
- No te preocupes por nada,
Carlos. Sólo cierra los ojos y descansa un
rato.
- Pero...
- Duerme, amigo... duerme...
** FIN **