RELATO EROTICO

Sobre  una  idea  original  de  autor  anónimo,  guionizado  y  actualizado  en
personajes y texto por:  TXELU.
 
 
 

LA BODA DE CARLOS
 

- ...  "yo os declaro, marido y mujer" - y con una benévola sonrisa en la boca,
el sacerdote se dirigió al novio...

- "Puedes besar a la novia".

  El templo  acogió un rumor de voces y risas dispersas que magnificaban el
feliz  acontecimiento.   La  boda  había  tocado a su fin y todo había sucedido
según  lo previsto, digno de un cuento de hadas.  La novia estaba radiante.  Su
vaporoso  vestido  blanco  llenaba  a  la  sazón, cualquier estancia por la que
pasara.   Su cuidado cabello rubio, recogido en un gracioso topo y coronado con
un pequeño adorno de flores blancas como la nieve, hacía juego con el resto del
vestuario.   El  novio  con  esmoquin blanco, rompiendo los moldes establecidos,
lucía  también una esplendorosa y cuidada melena rubia, destacando con su metro
ochenta y cinco entre la multitud de invitados.

     Mientras   los  novios  se  besaban,  los  padrinos  aplaudían  sin  cesar
celebrando  con  regocijo  el  feliz  enlace,  al  igual  que gran parte de los
invitados  a  la ceremonia.  La madrina, hermana de la novia, llevaba un ceñido
traje  rojo  que  insinuaba  gran  parte de su exuberante figura, cosechando la
envidia  de  las  mujeres  y  el  deseo  apenas  reprimido  de los hombres allí
presentes.   El atractivo padrino, amigo íntimo del novio, lucía un sobrio frac
negro,  que  contrastaba  con  su  juventud, más acusada aún que la de la feliz
pareja.

  Tardaron  alrededor  de  una  hora  en  finalizar  con  las  obligaciones
pertinentes:   las  consabidas  fotos  con familiares y amigos, la interminable
procesión  de  felicitaciones, tanto sinceras como de compromiso, las bromas de
los  amigos, más fotos, más felicitaciones, y así hasta que por fin llegaron al
salón  del  hotel  donde  una suculenta  cena pondría el broche de oro al magno
acontecimiento  y  abriría las puertas a los bien ganados momentos de intimidad
para la feliz pareja.

  La  celebración   transcurría  por  los  derroteros  acostumbrados.   Los
camareros  iban  y  venían  trayendo  y retirando platos y bebidas al ritmo que
marcaba  la apasionada gula de los invitados.  Llegó el momento de la consabida
tarta  y  los  recién  casados  usaron  para  la  ocasión, una espada de estilo
oriental  que  los  amigos les habían regalado.  Fue también ese el momento que
las  amigas de la novia eligieron para quitarle la liga de las medias, haciendo
un  corrillo para que nadie viera más de lo que su imaginación le permitiera, y
la  cortaron  en  trocitos, al igual que el lazo del novio, que sufrió el mismo
destino,  y  que después colocaron en una bandeja y fueron subastando entre los
invitados,  recogiendo  al  final  unas  cien  mil  pesetas,  cantidad  más que
considerable,  y  cuyo destino era, naturalmente, conseguir que el viaje de los
novios  fuera  disfrutado  más  aún  por éstos, si eso era posible.  Acabada la
procesión  de  viandas,  dio  comienzo  el  baile  y la fiesta.  Los diligentes
camareros  apartaron  las mesas del centro del salón, y en la improvisada pista
de  baile,  la  pareja empezó a moverse al ritmo del acostumbrado vals.  Poco a
poco  fueron  sumándose  parejas,  hasta  que  la  mayoría  de los invitados se
encontraron  bailando un poco de todos los ritmos de salón conocidos.  Desde el
pasodoble hasta el tango, pasando por la lambada y el merengue.

 
 La  noche era joven. Los amigos de los novios no pensaban dejarles dormir
y  tenían  la  firme convicción de alargar la fiesta hasta el amanecer. Incluso
algunas  de las personas menos jóvenes, daban ánimos y lecciones de baile a los
más  inexpertos, sacando fuerzas de donde nadie podía imaginarse en personas de
esa edad.

  Tras  una  mirada  de complicidad  del  novio a su íntimo amigo y padrino
Héctor,  ambos  traspasaron  el  salón  en  dirección  a la habitación donde se
suponía que los esposados debían de pasar la noche.  Una vez allí, y después de
haberse  turnado  por los lavabos de la habitación, se tumbaron sobre la cama y
se  quitaron los zapatos que llevaban ya varias horas martirizando sus sufridos
pies.

  -  ¡Dios  mío,  Héctor!  Esto  es  aún  más  agotador  de lo que me había
imaginado.  No sé si voy a tener fuerzas para volver a levantarme.  El traje de
pingüino me asfixia, la camisa me aprieta, los zapatos me están matando, y esos
locos de nuestros amigos siguen queriendo fiesta hasta el amanecer.  He bailado
hasta  con mujeres que no había visto en mi vida, y algunas de ellas incluso me
han  metido mano, disimuladamente eso sí.  Mi recién estrenada esposa está como
ausente,  tengo  veinticinco tacos  y  apenas  puedo mantenerme en pié... ¡y se
supone que este tiene que ser el día más feliz de mi vida!

  -  No  te  preocupes amigo.  Todo eso es normal. Yo tengo tres años menos
que tú como bien sabes y tampoco puedo seguir. Entre los nervios y el cansancio,
estoy para meterme en cama y no levantarme en una semana.

  Realizando  un  enorme  esfuerzo,  Héctor  se incorporó y ayudó a hacer lo
mismo  a  su  amigo  Carlos.  Se colocó detrás de él, arrodillado en la cama,  y
comenzó a realizarle un reconfortante masaje en los hombros.

  -  ¡Hummmm!   ¡Qué  agradable!  Gracias, Héctor.  Me estaba haciendo falta
algo así.

  -  Relájate  y  deja  que  los  nervios  y el cansancio desaparezcan de tu
cabeza.  Vamos a estar aquí unos minutos descansando.

  - Pero abajo nos están esperando...

  - No te preocupes.  Nadie nos echará de menos, al menos durante otra media
hora.  Cierra los ojos y relájate.

  Carlos siguió las instrucciones de su amigo.  Intentó olvidarse del mundo,
de la fiesta, de su novia, ya esposa, del cansancio...

  -  Eso es.  Relájate y descansa.  Concéntrate sólo en el sonido de mi voz,
y  verás como todos los nervios desaparecen por completo.  Relaja los  músculos,
la cabeza...  no pienses en nada y relájate...

  Carlos notaba como todo desaparecía de su mente, excepto la voz de Héctor.
Era  una  sensación  maravillosa.  Probablemente nunca hubiera  podido relajarse
tanto  si fuera otra persona la que estuviera con él, pero confiaba  en su amigo
más que en cualquier otra persona del mundo.  Se abandonó completamente a él.

  -  Relájate  sin  miedo...   no  pienses más que en mi voz...  nada es más
importante que mi voz...

  No; nada era más importante que su voz.  La mente de Carlos se iba dejando
llevar  más  y  más por la voz de Héctor.  Su relajación  era casi absoluta.  El
cansancio  de  todo  el  día  le  había  agotado  hasta  el  punto  de   hacerle
extremadamente sensible a las sugestiones.

  -  ...  relajado...  te sientes como flotando entre nubes...  tranquilo...
relajado...  muy relajado...

  Sí, relajado, muy relajado.  Así se sentía Carlos en esos momentos.

  - ...  tan relajado que te está entrando sueño...  mucho sueño...

     Dormir. Solo sentía ganas de dormir.  Sabía que no debía de dormirse porque
abajo le estaba esperando mucha gente,  pero tenía unas enormes ganas de dormir.
Su amigo le decía que se durmiera, y no podía evitar sentir sueño...

  - ...  mucho sueño...  muy relajado...

  La oscuridad se apoderaba de su mente.  Se sentía completamente abandonado
a su amigo.  Pensar era demasiado fatigoso, y solo quería dormir.

  - ...  dormir...

  - ...  y ¡Tres!

  Carlos  abrió  los  ojos  de repente.  Durante unos segundos no supo donde
estaba,  hasta  que  vio la sonriente  cara de Héctor.  Estaban en la habitación
del hotel y habían subido allí para descansar un rato.

  - ¿Me he dormido?

  - Sólo un rato.  ¿Cómo te encuentras?

  Antes de contestar movió sus hombros para comprobar si el cansancio seguía
allí.  Nada.  No había dolor, ni cansancio.  Nada de nada.

  - Me siento estupendamente. Tu masaje me ha sentado de maravilla. Ya no me
duelen  los  hombros,  ni  tengo  los músculos agarrotados.  Y además  apenas me
siento cansado.  ¿Cómo lo has hecho?

  -  ¿Recuerdas  aquellos  cursos  de  psicología a los que me apunté el año
pasado?   En  uno  de  ellos  me  enseñaron a hipnotizar.  Creo que  soy un buen
alumno.

  -  ¿Me has hipnotizado?  - había un cierto tono de incredulidad y de burla
en su voz - Venga Héctor, seamos serios.

  - ¿No te lo crees?

  Héctor  no  parecía  molesto  con  la  incredulidad de su amigo.  Más bien
parecía no dar importancia a su falta de confianza y divertirse con ello.

  -  No  se  puede  hipnotizar  a la gente en tan poco tiempo.  Lo leí en un
libro  una  vez.   Necesitas   varias  horas  para  conseguir  que  alguien  sea
hipnotizado.

  -  En efecto, pero eso es cuando la persona conserva todas sus facultades.
Tú   estabas   muy   cansado   esta   noche,   y   tan   sólo   querías  dormir.
Inconscientemente,  tu  mente  quería descansar, relajarse  después del agotador
día  que  has  pasado,  y  así  ha sido más fácil.  En tan  sólo unos minutos he
conseguido  ponerte  en  trance,  cuando  normalmente   se  necesitan horas para
hacerlo.

  -  Creo  que has bebido demasiado esta noche.  Y además, ya va siendo hora
de que volvamos a la fiesta.

  Cogió  uno  de  sus  zapatos y trató de atarse los cordones.  - ¡Duérmete,
Carlos!

  Su  cabeza  cayó  hacia  adelante  como  si  de  una marioneta se tratara,
mientras el zapato apenas hizo el menor ruido al dejarse caer en el enmoquetado
suelo de la habitación.

  -  Estás  dormido  amigo  mío.   Completamente  dormido y relajado.  Ya no
sientes  el  cansancio.  Tu cuerpo está completamente relajado y tranquilo.   Tu
mente  no  piensa  en  nada...   en  nada  que  yo  no quiera que piense.  Sigue
poniéndote los zapatos, pero póntelos al revés.

  Con  los  ojos  cerrados,  tanteando,  Carlos  siguió las instrucciones de
Héctor.

  -  Ahora,  cuando cuente tres, abrirás los ojos:  uno, dos, ¡tres!  Con la
ya  familiar sensación de abandono de antes, los ojos de Carlos miraron  durante
un instante a su amigo.

  - ¿Me he vuelto a dormir?

  - Más o menos.

  - No es posible.  ¿Qué me has hecho?

  - Ya te lo he dicho antes.  Te he hipnotizado.

  - ¡Venga ya!  Deja de decir tonterías.

  - Muy bien, como quieras.  ¿Nos vamos?

  Carlos  se  levantó  de  la cama y se dirigió hacia la puerta, pero cuando
apenas había dado dos pasos una expresión de dolor inundó su rostro.

  - ¡Ouch!  ¡Cómo me duelen los zapatos!

  - ¿Has probado a ponértelos en el pie que corresponde a cada uno?

  - ¿En el pie...?  ¡Pero que tonto soy!  Me los he puesto al revés.

  Volvió hacia la cama y se sentó en ella.  Se quitó rápidamente los zapatos
y se los colocó de nuevo, pero  esta vez correctamente.  Se levantó y se dirigió
hacia  la  puerta.   Héctor bajó de la cama.  Seguía descalzo.   Sus pies apenas
estaban  cubiertos  por los  suaves calcetines que llevaba, pero no sintió frío,
puesto que toda la habitación estaba  cubierta por una mullida moqueta.  Con una
perversa  sonrisa  en los labios, miró  como su amigo cogía el pomo de la puerta
para abrirla.

  - ¡Duérmete, Carlos!

  Aún  con  la mano sobre la puerta, la cabeza de Carlos volvió a caer hacia
delante.   Increíblemente,  mantuvo el equilibrio aún cuando su mano  se deslizó
sin fuerzas hacia su costado.

  -  Cuando  te  lo  diga, abrirás los ojos, pero seguirás dormido.  Vendrás
hacia  la  cama  y  volverás  a  sentarte  en ella.  Te quitarás los  zapatos, y
entonces volverás a cerrar los ojos y a esperar mis instrucciones.  ¡Ahora!

  Tal  y  como  su  amigo  le  había  ordenado,  abrió  los ojos.  Tenía una
inexpresiva  mirada mientras se dirigía hacia la cama.  Se sentó y se quitó  los
zapatos.   Una  vez  finalizado  el trabajo, cerró los ojos y su cabeza cayó  de
nuevo sobre su pecho.

  Héctor  se  acercó  a  él  y  comenzó a hablarle mientras con las manos le
soltaba el botón de la camisa que oprimía su cuello.

  - Eres mío, Carlos.  Mientras estés dormido harás todo lo que yo te diga y
ni  siquiera  sabrás  que  lo  estás  haciendo.  Pero cuando  despiertes también
seguirás  en mi poder.  Cuando te diga que despiertes, lo harás,  pero no podrás
salir  de  esta  habitación  sin mi permiso.  Harás todo cuanto yo te diga,  sin
dudar,  sin  rechistar, sin pensar.  No pondrás pegas a ninguna de  mis ordenes.
Seguirás  siendo  tú  mismo,  pero  sin  voluntad  para incumplir  mis mandatos.
Ahora, háblame.  ¿Has entendido mis órdenes?

  Lacónicamente, la respuesta de Carlos casi resbaló de sus labios.

  - Sí.

  - ¿Que es lo que harás cuando despiertes?

  - Todo cuanto me digas.

  - ¿Hay algo que no harías por mí si yo te lo pidiera?

  - No.

  - Muy bien, Carlos.  Abre tus ojos, ¡ahora!

  De  nuevo  la sensación de abandono.  De nuevo la inquisitiva mirada sobre
su  amigo,  aunque  en  esta  ocasión, una  breve sombra de enfado cruzó por sus
ojos.

  - ¿Qué me estás haciendo?

  - ¿Todavía no crees que te haya hipnotizado?

  Inquieto,  miró  a  su alrededor. Oteó la puerta intentando recordar. Miró
hacia  el suelo, hacia sus zapatos, inertes sobre la moqueta,  lejos de sus pies
donde  recordaba  perfectamente   haberlos  colocado.   Levantó  los  ojos hacia
Héctor.

  -  Sí.   Creo  que me has hecho algo.  Pero si es una broma, ya está bien.
Es suficiente.  Ahora vayamos abajo.  Hay gente esperándonos.

  Se  levantó  de  la  cama  y  comenzó a caminar.  Nervioso, ni siquiera se
acordó  de  los  zapatos.  Sintió  la mullida moqueta a través de la suavidad de
los calcetines que cubrían sus pies.

  - ¡Siéntate!

  Sin poder evitar hacerlo, volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo en la
cama.  Una vez allí, miró de nuevo a los ojos de su amigo, implorando.

  -¿Por qué me haces esto?

  -  Lo  hago por tu bien. Hay alguien a quien quiero presentarte. Alguien a
quien tú  ya  conoces,  pero que probablemente habrás olvidado.  Alguien a quien
hiciste daño una vez, y ahora quiere felicitarte por tu boda.

  Sin  poder  creer  lo  que  estaba  oyendo,  dirigió su mirada hacia donde
señalaba  su  amigo  , hacia la puerta del cuarto de baño.  Un  hombre le estaba
observando desde allí.  Un hombre al que él conocía muy bien.

  - ¡¿Nacho!?  ¿Qué estás haciendo aquí?

  Nacho  había  sido  su  amante hacía un par de años.  Habían pasado buenos
ratos  juntos,  pero  él  decidió dejarle, precisamente por la  mujer con la que
acababa  de casarse.  Nacho había intentado hablar con él  en algunas ocasiones,
pero tan sólo en una pudo hacerlo, y él no le dijo cosas agradables.   Rompieron
del  todo  sin  posibilidad de reconciliación,  y no quedaron como buenos amigos
precisamente.

  Carlos  comenzaba  a sospechar que estaba teniendo un mal sueño.  Más bien
una  pesadilla.   Aquello  no  tenía  mucho  sentido.   Su  amigo  decía haberle
hipnotizado,  y  a pesar de que no acababa de creérselo, la verdad  es que había
estado  haciendo algunas tonterías durante los últimos minutos.  Y  ahora, Nacho
aparecía  en  su habitación saliendo del cuarto de baño.  El  había entrado allí
apenas  unos  minutos antes y no había nadie.  ¿Por dónde había entrado?...   ¿Y
cuándo?  ...

  Intentando  conseguir  alguna  respuesta  coherente  a  sus  no formuladas
preguntas,  volvió la mirada hacia Héctor,  sólo para ver con total incredulidad
como  su  amigo  estaba en el suelo, descalzo,  arrodillado, con la cabeza y los
brazos  en el suelo, en posición de total humillación,  casi de adoración, hacia
Nacho.

  -  He  hecho todo lo que me habías ordenado, amo.  Le he traído aquí, y le
he  hipnotizado  para  ti.   ¿Estás  contento, amo?  ¿Lo he hecho bien?...  Por
primera vez, Nacho dejó oír su voz.

  - Lo has hecho muy bien, Héctor.  Tu amo está contento y te has ganado una
recompensa.  Levántate.

  Ágilmente,  Héctor  se levantó del suelo y se acercó a su "amo".  Nacho le
cogió por la cintura y le besó apasionadamente,  aunque ni siquiera con la mitad
de  pasión  con  la  que  él le devolvió el beso.  Mientras  se fundían en aquel
inesperado abrazo, la mano de Nacho bajó hasta  el trasero de Héctor y comenzó a
sobárselo  sin  el  menor  pudor.   Él  dirigió  sus  manos  hacia su pantalón y
repentinamente  se  lo bajó, dejando a la vista unos excitantes  calzones negros
de  seda,  muy  ceñidos,  marcando  sus  hermosas  y  prietas  nalgas,   y  casi
acariciando  la  mano de Nacho, la dirigió hacia ellas guiándole y  ayudándole a
manosearlas.

  Carlos  mantenía  los  ojos  fijos  en  su  amigo.   Jamás  le había visto
comportarse  así.   Parecía  idolatrar a  Nacho y disfrutaba de sus caricias más
que  él  mismo.  Había verdadera pasión en sus ojos y en sus actos.   Le ofrecía
su  cuerpo  como  si  estuviera poseído por una extraña fuerza  que le impidiera
hacer otra cosa y parecía gustarle que él estuviera delante, observándolos.

  Sin  dejar  de  asombrarse  por  el inesperado comportamiento de su amigo,
sintió la fría mirada escrutadora de Nacho sobre él.

  - Hola Carlos.  Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

     Ante  sus  ojos  aparecía  Nacho,  quien en otro tiempo fuera compañero de
juegos  sexuales,  un  hombre  rozando  la cuarentena, tremendamente atractivo,
esbelto  y  con  un  porte  que llamaba poderosamente la atención.  Poseía unos
verdes  ojos  furtivos,  una esbelta silueta y vestía un traje negro entallado,
que  despedía  un  aire de profundo respeto.  Su cínica sonrisa parecía más una
mueca  que  una  demostración  de alegría.  Ahora sus ojos le perforaban con la
mirada.

 
Durante  los  meses que permanecieron juntos, jamás dejó que le penetrara.   Él
Mismo   sólo  le ayudaba  a  correrse,  practicándole  una  rápida pero intensa
masturbación,  sin  que  nunca  le hubiera subcionado el miembro, a pesar de su
insistencia.  Siempre se resistía a una relación plena, e incluso había evitado
recorrer el jugoso trasero de Nacho, para evitar que éste se colara por él, más
de  lo  que  entonces ya estaba.  La verdad es que no fue mas que un juguete en
sus  manos.   Salió  con él para pasar el rato, para tener alguien cerca que le
calmara  sus  jóvenes ansias.  Nunca se lo tomó en serio.  Cuando descubrió que
su  relación  sí que era importante para él, pensó en dejarlo, pero le agradaba
la  idea  de tener a un hombre a sus pies como un perrito faldero.  Pero cuando
Nacho mostró su lado más posesivo, decidió acabar con el juego y abandonarle.

  - ¡Saluda al amo, cabrón!

  La  voz  de su amigo Héctor, cortante y agresiva, le obligó a salir de sus
pensamientos.   No  tenía  nada  que  decir, y  desde luego no pensaba saludar a
Nacho, pero por algún motivo que se le escapaba, lo hizo.

  - Hola Nacho.

  -  Estás  muy  interesante  con  ese  atuendo.  Yo soñaba que algún día lo
llevarías para mí, en privado claro está.

  -  Lo  nuestro  fue un error desde el principio.  No había amor en nuestra
relación, si es que puede llamarse así.  Nunca debimos...

  -  ¿Amor?...   ¿Dices que no hubo amor?...  - la voz de Nacho sonaba llena
de  furia  -  Eres  el  único hombre al  que he amado de verdad en toda mi vida.
Cuando  me  dejaste,  pensé  que no podría seguir viviendo.   Nada tenía sentido
para mí y me torné violento, hosco y  hasta un tanto pendenciero.  Por esa razón
perdí  mis  amigos, mi trabajo y mi dignidad.  ¿Y encima te atreves  a decir que
no hubo amor?

  -  ¡Yo no te amaba!  Sólo deseaba satisfacer mis ansias de vez en cuando -
Carlos comenzó a sollozar-.

  -  ¿Y  por  qué  me  lo  hiciste  creer?  Si me lo hubieras dicho desde el
principio  yo  lo  hubiera comprendido.  Pero no,  me hiciste pasar los días más
felices  de  mi  vida para después abandonarme.  ¿Por qué?, ¿Se puede saber  por
qué hiciste algo así...?

  No podía contestar.  Sus palabras estaban llenas de razón, aunque cargadas
de odio.  Su silencio fue largo y expresivo, tan sólo roto por la imperiosa voz de Héctor.

  - ¡Responde al amo cuando te hable!

  Cada  vez  que  escuchaba la voz de su amigo Héctor, una extraña fuerza le
impelía a obedecerle.

  -  ¡Para  reírme  de  ti,  de tu falta de hombría!  - Las lágrimas corrían
ahora libremente por sus mejillas, mojando su hasta entonces inmaculada camisa.

  -  Todas  aquellas  semanas  soñando  con  tu  amor, adorándote, amándote,
deseándote,...  y tú sólo querías reírte de mí.

  El  brillo  del  odio  en  sus ojos pareció disminuir.  La razón intentaba
aflorar a su voz.

  - Tardé mucho tiempo en olvidarte.  Después de perderlo todo, tuve suerte.
Intenté  controlar  mi  vida.   Encontré  trabajo,  y   comencé a recibir clases
nocturnas.   Desde  entonces,  he  soñado con el día  en que pudiéramos volver a
encontrarnos.

  Dejó de sobar el cuerpo de Héctor y se aproximó a la cama.  Acercó la mano
a  su  cara,  repleta  de  lágrimas y la acarició suavemente.  Después,  con los
dedos mojados, acarició su hermosa cabellera rubia.

  - Deja de llorar.  Esa no es forma de enfrentarse a los problemas.

  No  había fuerza que pudiera hacer que dejara de llorar.  Estaba asustado,
humillado, perdido, y en sus ojos se había instalado una tormenta.

  - ¡Obedece al amo!

  Una   vez  más,  el  efecto  fue  inmediato.   Repelidas  por  una  fuerza
desconocida, las lágrimas dejaron de brotar.

  La  voz  de  su  amigo  Héctor le obligaba a obedecer, pero la de Nacho le
llenaba de temor cada vez que la escuchaba.

  -  Ayúdale  a  secarse las lágrimas, Héctor - .  Sin decir palabra, Héctor
hurgó  en el bolsillo del pantalón tirado sobre la moqueta, cogió un  pañuelo de
papel  y  secó  las  últimas lágrimas del rostro de Carlos  que adquirió un tono
suplicante.

  - ¿Por qué le ayudas, Héctor?  Eres mi amigo.  Mi mejor amigo - .  A pesar
de no poder llorar, la súplica de Carlos fue acompañada por un breve sollozo.

  -  Porque  es  mi amo.  Su palabra es ley para mí.  Mi cuerpo y mi alma le
pertenecen:  soy su esclavo...  como también  tú lo serás dentro de poco, ¡ya lo
verás!

     Los  ojos  de  Carlos  se  abrieron con estupor.  A pesar  de que sus oídos
habían  escuchado  perfectamente las palabras proferidas por Héctor,  su cerebro
no  podía  asimilarlo.   Miró  a  Nacho  esperando  encontrar   respuesta  a  su
inexistente pregunta.

  -  ¿Recuerdas  cómo Héctor te ha contado que aprendió a hipnotizar en unas
clases de psicología?

  Intentando  aclarar  el  inmenso  caos  existente  en su mente durante los
últimos  minutos,  encontró  el  recuerdo  que   Nacho  mencionaba,  aunque  sin
conseguir conectarlo con lo que le estaba diciendo.

  - ¡Adivina quién fue su profesor!

  Tardó  unos  segundos en comprender por dónde iba la conversación, pero al
final  lo consiguió.  ¡Nacho había hipnotizado a  Héctor!...  ¡Claro, ahí estaba
la explicación!  Ahora las cosas iban tomando cuerpo...

  -  Te  he contado que encontré trabajo después de que me abandonaras.  Fue
como ayudante de un hipnotizador del tres al cuarto.  No era  muy bueno, pero me
enseñó  algunos  trucos interesantes y en la cama  era magnífico.  Pero a lo que
vamos;  resultó  que con las enseñanzas adecuadas, yo  era mejor que él.  Cuando
me matriculé en la escuela nocturna, no esperaba encontrarme  allí con tu amigo.
Héctor  no  guardaba  buenos  recuerdos  míos  y  al principio me evitaba a toda
costa,  pero  estando preparando un trabajo sobre la hipnosis,  conseguí que nos
asignaran  al  mismo  grupo.  Al ser el más experto en la materia,  todos y cada
uno de los estudiantes fueron cayendo bajo mi influencia, incluyéndole a él.

 
Mientras  Nacho  hablaba, Héctor  estaba  detrás  de él,    pegado a su espalda,
restregando  su  pierna  semidesnuda  por su cuerpo, y  acariciando su torso con
ambas  manos,  intentando  guardar  el equilibrio.  Su rostro  no demostraba más
emoción que el inmenso deseo de agradarle.

  - Al principio fue el que más se resistió, pero con la ayuda del resto del
grupo,  ya  bajo mi influencia, conseguimos convencerle.  Resultó  ser un sujeto
excelente  para la hipnosis.  En tan sólo un par de sesiones  se convirtió en mi
juguete  favorito.   El  antaño  altanero  y  orgulloso Héctor,  es ahora mi más
sumiso esclavo.  ¿No es así, querido?

  - Sí amo. Completamente.

  La  sumisión  y  devoción  existente en la voz de Héctor no dejaba lugar a
dudas.

  -  Cuando  me  comunicó  la noticia de tu boda, decidí hacerte una pequeña
visita, y con su ayuda, hemos llegado a esta situación.  Yo le  controlo a él, y
él  te  controla a ti, así que el resultado de nuestro pequeño  juego solo puede
tener un ganador:  ¿no opinas lo mismo?...

  Carlos  no  contestó.  Estaba atemorizado, y  al mismo tiempo  presa de un
Enfado que iba en aumento.  A pesar de haber sido hipnotizado, seguía teniendo
su orgullo, y  ser humillado de aquella forma, le producía un extraño sentimiento
de rabia, temor  e  indefensión.   Tan sólo tenía ganas de llorar para expresar su
amargo dolor,  pero  ni  siquiera  eso  podía  permitirse, porque su amigo se lo
había prohibido expresamente.

  - Héctor, quítate la camisa.

  Sin  dudarlo  un  solo  instante, cogió el borde inferior de la camisa con
ambas manos y lo arrastró por encima de su cabeza.  Al hacerlo,  sus pectorales,
cubiertos por un excitante e insinuante vello negro,  a juego con el resto de su
ropa interior, bailaron durante unos segundos al ritmo de sus movimientos.

  -  Tu  amigo ha desarrollado un enorme interés por la ropa interior sexy -
comentó  dirigiéndose a Carlos - Ya nunca usa ropa  interior hortera.  Desde que
nos  conocimos, siempre utiliza los más excitantes y  provocativos calzones.  Es
una suerte que le pidieras que te acompañara a comprar la ropa para tu boda.

  Horrorizado,  Carlos  recordó que al ir a escoger la ropa interior para la
ocasión, él tenía claro llevar unos slips cortos, porque eran muy cómodos,  pero
Carlos  le  convenció  de  que  se  probara  unos  gayumbos  de  media pata  muy
ajustados,  para  "marcar  a  tope".   Decía  que así excitaría  más a su futura
esposa.

  Ahora  sabía  a  ciencia  cierta  que  no  era  a su esposa a quien Héctor
pretendía excitar.  Esperando las órdenes de Nacho, Héctor usaba las  manos para
acariciarse los pezones y los calzones ajustados.  No se le había  permitido aún
masturbarse  directamente,  así  que  jugaba  con  su  cuerpo  de  la forma  más
excitante  que podía, sin dejar de mirar a los ojos de su "amo",  para comprobar
que  todos  sus movimientos cumplían un único objetivo:  ponerle a tono  para la
ocasión.

  La  habitación  era extremadamente espaciosa como corresponde a una "suite
nupcial"  y  Nacho  se  acercó  hasta un sillón  cercano a la cama.  Lo arrastró
hasta  el  centro  de  la  estancia,  a unos dos  metros del colchón, y se sentó
cómodamente, preparándose para el espectáculo.

 

Miró  a  Héctor.   Seguía  acariciándose  por  encima de su ropa interior,
esperando ansioso sus órdenes.  Después miró a Carlos.  Estaba sentado sobre la
cama, completamente vestido, en el que se suponía iba a ser el día más feliz de
su vida.

  - Quítate los pantalones y los calzoncillos - ordenó.

  Carlos no se movió.

  - ¡Obedece al amo, tío!  - sentenció su amigo.

  No podía evitar cumplir la orden de su amigo Héctor.  Con la íntima prenda
en  su  mano,  miró  directamente a los ojos de Nacho.  Era más que miedo lo que
sentía  en  aquel  momento.   A  su mente acudió la certeza de que  iba a ser un
juguete en las manos de Nacho y el odio vino a cubrir el hueco.

  - Tráemelo, Héctor.

  Con  gran celeridad, esperando siempre agradar a su amo, Héctor se dirigió
hacia  su  amigo Carlos, cogió los calzones de su mano y se lo  entregó a Nacho.
Eran  rojos,  y  suaves, muy suaves.  Debían de  haber costado un dineral por la
marca.   Era  una  lástima que una vez casados no  siguieran haciendo lo mismo y
siempre  se decantaran por los antiestéticos calzoncillos  blancos de algodón en
aras de la comodidad.

  -  Héctor.  Tu amiguito está muy serio.  Creo que tiene hambre.  ¿No crees
que deberíamos darle algo de comer?...

  Carlos  no comprendió del todo lo que escondía aquella irónica frase, pero
no  ocurrió lo mismo con Héctor.  El tiempo que  había pasado bajo la influencia
de Nacho le había convertido en un excelente esclavo,  capaz de entender las más
sutiles insinuaciones y los más profundos deseos de su "amo".

  -  Supongo que tenías pensado en que la noche de tu boda ibas a tener ocasión
de  practicar  nuevas  experiencias,  amiguito.  Ahora vas a poder realizarlas, pero
no con la persona que tú creías.  ¡Arrodíllate ante el amo!

  Sin  posibilidad  de dudar o de resistirse, pero sin mostrar el más mínimo
entusiasmo,  Carlos siguió las  instrucciones al pie de la letra.  Se levantó de
la  cama  y se arrodilló ante Nacho.  Comenzaba a  comprender lo que se esperaba
de  él.   Miró a su amigo.  Pensó que tal vez la posibilidad de  que otro hombre
también  tocara  el  cuerpo de "su amo" podría causarle un sentimiento  de celos
que podría utilizar para liberarle del control de Nacho.  Pero se equivocó.   Al
contrario  de  lo  que  esperaba,  Héctor  no  mostraba  indicios  de celos o de
envidia,  sino  una enorme excitación.  Carlos seguía  sin comprender por qué su
amigo  sólo  existía  para  el placer de Nacho.  Que su propio  amigo hiciera el
amor  con  su dueño, sólo le llenaba de goce y orgullo por haber  servido bien a
su señor.

  - ¿Acaso tengo que decirte lo que tienes que hacer, amigo?

  El  sarcasmo  en  la  voz  de  Héctor era evidente.  Pero Carlos no estaba
dispuesto  a  darles  el placer de obedecer.  Sólo bajo  el irresistible influjo
hipnótico  sería  capaz  de  realizar  lo que se le pedía.   Muy en su interior,
esperaba realmente poder resistirse a la necesidad de obedecer.

  Como  si  estuviera  tocando  un  objeto  de  incalculable  valor,  Héctor
desabrochó  los  pantalones  de Nacho, dejando al descubierto su  enhiesto pene,
tremendamente excitado por la situación actual, mientras daba claras y  concisas
instrucciones a su amigo.

  -  ¡Escúchame  bien Carlos!  Durante todo el tiempo que saliste con Nacho,
jamás le dejaste tocar tu culo, ni te dignaste mamar su miembro.  Ahora  vamos a
remediar aquel pequeño descuido.  Vas a  practicarle la mejor felación que jamás
hayas podido imaginar.  Utilizarás tu boca, tus labios, tu lengua  y tu garganta
como  jamás creíste que fueras capaz de hacer, sin  preocuparte en lo más mínimo
de tus propios sentimientos, ni de tu placer personal.  Y  cuando consigas hacer
salir  el  jugo  de  nuestro amo, lo tragarás todo, sin  dejar que una sola gota
caiga al suelo.  ¿Lo has entendido bien?

  A  pesar  de  la  repugnancia que le causaba la idea de tragar el semen de
Nacho, Carlos no tuvo más remedio que responder, y lo hizo con un lacónico:

  - Sí

  Y  sin poder resistirse, tal vez sin intentarlo siquiera, cogió el pene de
Nacho  con  la  mano  y comenzó a masturbarle con suavidad.  Después  de algunos
movimientos,  introdujo  el  miembro  en  su  boca  y  acarició el glande con la
lengua,  al  tiempo  que  movía  su cabeza arriba y abajo  masturbándole con los
labios.

  Nacho  cerró  los  ojos.   A  pesar  de estar apenas en el principio de la
masturbación,  el placer era inmenso.  Había estado con  Héctor docenas de veces
desde que le hipnotizó por primera vez.  Había hecho el amor con  él de montones
de  formas  distintas.   Había  disfrutado de su cuerpo  como casi ningún hombre
deja  jamás  que  otro  hombre  disfrute  de  él.  Pero a  pesar de todo, seguía
excitándolo.   Su  presencia en aquella habitación, semidesnuda,  no podía dejar
de  mantenerle  continuamente  excitado.   Pero  tanto  o más  que la visión del
cuerpo  de  Héctor,  le  excitaba  la  subyugación  de  su  amigo.  No  le tenía
directamente  bajo su poder, pero controlaba a la persona que a su vez  manejaba
a  quien  quería.  El amor que sintió por Carlos se había  convertido en odio al
principio  de su abandono, pero después, desde el momento  en que hipnotizó a su
amigo,  el  odio  fue  dejando paso al deseo de venganza.   Y la satisfacción de
estar cumpliendo su sueño se convirtió en una fuerte excitación sexual.   Por no
mencionar  la  visión  de  un  hombre  en  el  día  de su boda  con otro hombre,
arrodillado  a sus pies y succionándole el miembro, en aquella posición que se le
antojaba mágica y que le llenaba de una irresistible atracción.

  A  pesar  de  que  Carlos  no  era  ningún  experto, el trabajo que estaba
realizando era magnífico.  Las órdenes de Héctor habían sido, utilizar todas las
partes  de su boca, incluyendo su garganta, para acrecentar el  placer de Nacho,
y así lo estaba haciendo.  Al principio sintió  un presagio de vómito, pero poco
a  poco  se  fue  acostumbrando  a  mover libremente el  órgano masculino por el
interior  de  toda  su  boca  y  las  arcadas fueron sustituidas  por frenéticos
movimientos con su lengua.

  Mirando el  rostro  de Nacho, Héctor era el hombre más feliz del mundo. La
enorme  mueca  de placer y satisfacción que su amo estaba sintiendo,  repercutía
en  su  cuerpo  como  si  fuera  él  mismo  el receptor  del placer.   Sin poder
evitarlo y a pesar de que Nacho no le había dado permiso para hacerlo,  pasó sus
dedos por el interior de sus calzones negros comenzando una masturbación  basada
exclusivamente  en la visión del placer de su amo.  Mientras  tanto, con la otra
mano  acariciaba y pellizcaba sus pezones sin dejar de mirar  tanto el rostro de
Nacho  como  su polla, que desaparecía por momentos en el interior de la boca de
Carlos.   Faltaba  muy  poco  para que su amo se corriera, y decidió  hacerlo al
unísono.

  - ¡Basta!

  La brusca orden de Nacho le sacó de sus pensamientos y de la proximidad de
un orgasmo.  Sin pensarlo dos veces, cogió la larga  cabellera rubia de su amigo
y  tiró  de  ella  hacia atrás, provocando un pequeño grito de dolor en Carlos.
Con una enorme preocupación en su voz, se dirigió a Nacho.

  -  ¿Qué  ocurre,  amo?   ¿Acaso  este  animal  ha  hecho algo que no te ha
gustado?  ¿Acaso te ha hecho daño?  ...

   Nacho  sonrió complacido por el sincero tono de preocupación en la voz de
su  esclavo.   -  No.  No es nada de eso.  Sólo que no  quiero correrme todavía.
La noche es larga y quiero disfrutar de ella.

  Ya más tranquilizado, Héctor respiró con deseo hacia su dueño.

  - ¿Qué quieres que hagamos ahora, amo?

  -  Pienso que un poco de juego no quedaría mal en la habitación, y de paso
tu participarás un poco en él.  ¿Te apetece?

  El  brillo  en  los  ojos de Héctor alcanzó unos límites insospechados.
- ¡Gracias amo!  ¡Gracias!

  Y  volviéndose  hacia su amigo, le ordenó que se tumbara de nuevo sobre la
cama.

  -  ¡Abre  bien  las  piernas, amigo!  Voy a hacerte gozar como nadie lo ha
hecho hasta ahora.

  Carlos  no  pudo evitar hacerlo, mientras notaba como Héctor le acariciaba
los muslos.  Sintió la  mirada de Nacho sobre su amplio sexo, no menos ávida que
la de su amigo.  Durante unos  segundos tomó conciencia de los  sentimientos que
despertaba  en  ambos.   Tumbado  sobre  la  cama,  desnudo  y  con  las piernas
completamente  abiertas,  mostrando sin pudor,  -aunque no por propia voluntad-,
sus  intimidades, para que dos hombres, -incluído su mejor amigo-,  lo miraran e
hicieran  con él lo que quisieran, le puso un tanto a la defensiva.   Si hubiera
podido  sonreír,  -de estar en otra situación-,  lo hubiera hecho, puesto que no
podía  dejar  de  pensar  que él mismo hubiera  podido sentirse excitado con una
visión semejante.

  Todavía estaba inmerso en sus pensamientos, cuando notó el húmedo calor de
una  lengua  sobre  su sexo.  Los primeros movimientos  le parecieron de tanteo,
como  si intentaran encontrar  un camino entre la no demasiado abundante mata de
pelo  rubio que cubría su sexo.  A pesar de odiar a muerte a Nacho  y a su amigo
por  obligarle  a hacer aquello, las continuas  caricias sobre su glande y sobre
las  paredes  de  sus  escrotos,  comenzaban  a  excitarle realmente.  Intentaba
ignorar  el  placer  que  le  causaban  los sabios  y expertos movimientos de su
amigo,  pero  no  podía evitarlos.  Sabía que no era la  hipnosis la que causaba
aquel  reconfortante  calorcillo  que  comenzaba  a  ascender por todo su cuerpo
desde  su  pene.   Y  eso era precisamente lo  que más le molestaba.  A pesar de
haber  sido  obligado, hipnotizado, medio raptado  y casi violado, sentía placer
por  todo  aquello.   Sintió asco hacia sí mismo,  pero lo ignoró cuando notó la
proximidad del orgasmo.

  Héctor sabía que su amigo estaba disfrutando.  Podía oírlo en sus gemidos,
notarlo en los movimientos de su cuerpo e  intuirlo en sus ojos cerrados.  Sabía
que  Nacho  les  estaba  mirando  y  que  disfrutaría  del placer  que le estaba
dispensando  a  Carlos.   Disfrutaría  cuando él  se corriera, cuando gimiera de
placer  y  se  descompusiera  sabiendo  que el orgasmo no había sido causa de la
hipnosis.   Y  disfrutaría  aún  más por el hecho  de que Carlos se odiaría a sí
mismo  por  haber  disfrutado  en aquella situación.  Incrementó  la fuerza y la
velocidad  de  los  movimientos  de  su  lengua  sobre el pene de  su amigo para
forzarle a alcanzar el clímax.

 
Nacho disfrutaba, en efecto, de aquel  espectáculo.  Desde donde él estaba
sentado, apenas  apreciaba  más  que el  hermoso  trasero de  Héctor  moviéndose
insinuante  ante  sus  ojos.   A  pesar  de tener puestos los  cinco sentidos en
dar placer a su amigo, Héctor todavía conservaba la  imaginación suficiente como
para mover excitantemente su culo ante Nacho, sabiendo que como su propio cuerpo
le  impedía la clara visión del sexo  de su amigo, debía de poder  recrearse con
algo mientras escuchaba los gemidos de Carlos.

  Y  así  era,  efectivamente.  Deleitándose  con  aquel espectáculo,  Nacho
utilizaba  una  de sus manos  para masturbarse lentamente mientras escuchaba los
gemidos  de Carlos y contemplaba sus piernas desprovistas de vello,  así como el
trasero casi desnudo de Héctor y sus hermosas piernas.

  La  explosión  de  placer  de  Carlos no les llegó de sorpresa a  ninguno.
Mientras  su cuerpo se estremecía una y otra vez, la lengua de  Héctor no dejaba
de  entrometerse  en  aquel orgasmo, intentando prolongarlo lo  más posible.  La
velocidad  con  que  Nacho se estaba masturbando aumentó el ritmo,  mientras los
gemidos  de Carlos resonaban por la habitación, y éste,  intentando reprimirlos,
no  podía  dejar de odiarse a sí mismo por estar disfrutando  del mejor polvo de
toda su vida.

  Con  el rostro orgulloso de su hazaña y cubierto por el semen de su amigo,
Héctor  miró  a  Nacho,  cuyos  movimientos  sobre  su  pene habían vuelto  a la
monotonía  del  que  quiere  darse placer aunque sin  querer alcanzar todavía el
premio.  A pesar de notar pequeñas gotas del semen de su amigo  corriendo por su
cara, no se las limpió, a sabiendas de que esa visión acrecentaría el placer del
amo.

  Dirigió  una  mirada  de  triunfo  hacia su amigo.  Carlos no podía llorar
porque  Héctor se lo había prohibido.  Sabía  lo que iba a venir a continuación,
y a pesar de no querer hacerlo, se abandonó a su suerte.  Ni  siquiera esperó la
orden  de su amigo.  Ya no tenía miedo de ellos.  Ya  apenas les odiaba.  Seguía
sintiendo  temor,  pero  en  esta  ocasión  era hacia  sus propios sentimientos.
¡Quería  más!   ¡Dios!   Había sentido el mejor orgasmo de su vida y no contento
con ello ... ¡quería más! Sabía  que  si  seguía  todas  las  órdenes  podría  sentir
un placer irrefrenable, y a pesar del momentáneo  asco  que  sintió  hacia  sí mismo,
decidió acallar su conciencia y colaborar todo  lo  posible.   De  cualquier  forma,  ellos
iban a lograr lo que querían, - se consolaba - y   tal  vez,  y sólo tal vez, si colaboraba,
lograría disfrutar por encima de lo que hasta entonces había estado dispuesto a admitir.

  Entonces  se  incorporó  y se levantó de la cama.  Con la ayuda de Héctor,
deslizó  la  camisa  por  encima de su cabeza  y la tiró al suelo.  Todo su bien
proporcionado y cuidado cuerpo quedó al descubierto.

  -  Colocaos  los  dos  juntos,  uno  al  lado  del otro:  Quiero comparar
vuestros cuerpos.

  Complaciendo a su amo, Héctor se colocó rápidamente frente a Nacho y junto
a Carlos.  Éste hizo lo mismo, aunque con menos celeridad que su amigo.

  - Héctor, dame tus calzoncillos.

  Sin  dejar  de  mirar  el  rostro  de  Nacho,  haciendo de cada uno de sus
movimientos  una clara insinuación,  Héctor deslizó sus manos sobre sus calzones
y  los empujó hacia abajo disfrutando de  cada segundo.  Levantó una pierna y la
sacó  del  agujero.  Después levantó la otra pierna  y repitió la operación.  No
tuvo  prisa  en  hacerlo en ninguna de las dos ocasiones.  Sabía  que a Nacho le
gustaba ver desvestirse a un tío y  quería convertir cualquier simple acto en un
íntimo  strip-tease  para  su placer.  Una vez tuvo el trofeo  en su mano, se lo
dió a Nacho.  Sin mirarlo, éste lo estrujó con sus manos un par de veces antes
de dejarlo sobre su regazo, junto al de Carlos.

  Ahora  los dos hombres estaban de igual a igual.  Los dos estaban como Dios
los trajo al  mundo.   El contraste era verdaderamente excitante.  Héctor era moreno,
muy moreno,  al igual que el pelo de su pubis.  Por contra, Carlos era rubio, y sin un
pelo en el cuerpo a excepción de un pequeño triángulo junto a sus genitales. Los  dos
tenían  más  o  menos  la  misma  estatura, pero Héctor tenía el pene sensiblemente
más  grande  que Carlos, aunque éste poseía un miembro hermoso y ciertamente tentador.

  Nacho no dejaba de masturbarse, pero notó un cierto dolor en su órgano con
la  visión  de  aquellos  dos hermosos ejemplares ante él.  Dos  cuerpos para el
pecado  dispuestos  a  cumplir  todos  sus deseos, todas sus órdenes,  todos sus
caprichos.

  Mientras  Héctor  y  Carlos  se  disputaban  las miradas de Nacho, éste se
levantó y  comenzó a quitarse la ropa sin prisa.  Comenzó con la camisa, dejando
al  descubierto su fornido torso,  que fue inundado de inmediato por el impaciente
deseo que insuflaba la insinuante  mirada  de  Héctor.  Siguió con los pantalones,
que ya tenía  mínimamente desabrochados.Finalmente quedó desnudo al completo.
Miró primero a Héctor, que le devolvió la  mirada  ofreciéndole  al mismo tiempo su
alma.  Después miró a Carlos.  Por primera  vez en toda la noche, éste también le
devolvió la mirada, pero en esta ocasión  no había temor en ella.  Ni siquiera odio.
Era una mirada desafiante. El  deseo le había introducido en el juego, y quería
demostrar que no era menos que Héctor, y que él también era capaz de ofrecer
el máximo placer.

  La firme convicción de su mirada le permitió ganar aquel asalto.

  - Carlos, sobre la cama, a cuatro patas.

  Sin dudarlo un instante, sin rechistar, sin planteárselo  siquiera, Carlos
dió  media  vuelta  y  se  colocó en la posición exigida.  Héctor  se tumbó a su
lado, con el rostro cerca de su sexo, dispuesto a disfrutar del espectáculo.

  Nacho  se  subió encima de la cama y se colocó de rodillas.  La visión del
excitante  trasero  de  Carlos,  tantas  veces reprimida  tiempo atrás, estuvo a
punto de producirle un orgasmo, que con todas sus fuerzas se obligó a reprimir.

  - Héctor, ponte a su lado

  La   orden   fue   inmediatamente  cumplida  por  su  apasionado  esclavo.
Disputándose  un  pequeño hueco en el  lecho junto a su amigo, dispuso su cuerpo
junto  al  suyo, también a cuatro patas,  aunque cuando estuvo colocado, bajó al
máximo  sus brazos y su cabeza, adoptando una  posición de mayor sumisión aún si
ello  era  posible.  Aquello fue casi demasiado incluso para Nacho.  Además del hermoso
cuerpo  de Carlos, tenía a su disposición a su más sumiso esclavo.  Héctor, era consciente
de  la  enorme  excitación  que  su  cuerpo era capaz de ofrecer en aquella  postura,  e
intentaba elevar al máximo posible su trasero, dispuesto a ganar  la  batalla  por  los
favores de Nacho, aplicando a sus movimientos una indecencia que tal vez no conocieran
ni los más profesionales.

  La  mayor experiencia de Héctor en el arte de la seducción de su amo, hizo
que  éste  decidiera  cambiar  su  primera  intención  de  penetrar  a Carlos en
detrimento de Héctor.

  Cogiéndole  por  las caderas, introdujo su excitado miembro en el interior
del  esfínter  de  Héctor,  que  demostró  un claro estremecimiento de placer al
sentir  en  sus  entrañas  el preciado órgano  de su amo y casi al instante, con
unos  ligeros  empellones,  alcanzó  su  primer orgasmo de la noche.   Desde que
Nacho  le  convirtiera  en su esclavo, Héctor era capaz de recuperarse  en pocos
minutos  y  estar  dispuesto  para  unas  nuevas  sensaciones.  A pesar de estar
disfrutando  del placer máximo que un hombre  es capaz de alcanzar, su cuerpo no
dejaba  de  moverse al ritmo de los  movimientos del amo,  intentando procurarle
placer,  en  detrimento  del suyo propio.  Una de las manos  de Nacho se deslizó
desde su cadera hasta sus pectorales, amasándolos y  apretujándolos con muy poco
interés en que él disfrutara.  Pero el efecto  que Héctor recibía no era más que
placer  y más placer.  Cualquier contacto de Nacho  con sus partes más sensibles
le  llevaba  una  y  otra  vez  al clímax.  Todavía con  los residuos del primer
orgasmo  en  su  cerebro,  el  poco  delicado  masaje  de sus pezones le condujo
inevitablemente  a  una erección, mientras su mano dispensaba  un nuevo alivio a
su  hermoso miembro.   Nacho lo sabía, porque así le había programado durante las
interminables  sesiones  de hipnosis.  Sabía que cualquier cosa que él hiciera, tendría
como  resultado  el  placer de él, y que dicho placer no hacía más que excitarle cada
vez más.

  Pero  también sabía que la potencia sexual de ambos era limitada y la suya
aún más,  mermada por la edad.  Así, casi al borde del orgasmo, extrajo  su pene
del  cuerpo  de  Héctor  sin aviso, porque quería correrse dentro  del cuerpo de
Carlos,  y  por  ello  se  deslizó sobre la cama  para introducir cómodamente su
miembro  erecto  por el sonrosado agujero que su otro esclavo  también dejaba al
descubierto.   El  interior  del  culo  de Carlos era más  estrecho que el de su
amigo, produciéndole un enorme placer, algo que también debió de sentir  éste al
comenzar a mover su cuerpo sin demasiadas inhibiciones.

  - Muévete, amiguito.  Muévete y haz disfrutar a nuestro amo.

  Si  quedaba  algún resto de decencia o de dudas en la mente de Carlos, las
incitantes  palabras  de su  amigo habían acabado con ellas.  En respuesta a las
órdenes de Héctor, su cuerpo comenzó a estremecerse  aún con más fuerza mientras
sentía  los  rítmicos  embates  de  Nacho  sobre él.  Inducido  por la hipnótica
influencia  de la voz de su amigo, su principal deseo  era el de hacer disfrutar
a  Nacho  del  encuentro, pero a pesar de ello,  y siempre sin dejar de mover su
cuerpo para producir goce  más que para recibirlo,  sus ansias  de recibir más y
más placer se estaban cumpliendo sin restricciones.  Jamás  hubiera podido creer
que  hacer  el amor con Nacho fuera una experiencia  tan maravillosa.  Se sentía
liberado  de  todas  las  ataduras  terrestres,  de  su pasado,  de su futuro, e
incluso  de  su propia y recién estrenada esposa.  Tal vez  si hubiera llegado a
hacer  el  amor con Nacho cuando eran amantes, nunca le hubiera abandonado,
y jamás hubieran llegado a esta situación.

  Pero  de  repente  todos  sus  pensamientos  dejaron de tener sentido.  Un
estremecedor  fogonazo  de  placer  inundó  su  sexo justo en el instante en que
sintió el fruto del orgasmo de Nacho invadir  sus entrañas.  Con cada uno de los
últimos estertores del clímax de Nacho,  su propio cuerpo se vio invadido por un
extremo placer no alcanzado jamás  anteriormente, ni siguiera por el causado por
su  amigo pocos minutos antes.  Su conocimiento  del mundo del sexo y del placer
había  sido  muy  limitado  hasta esos momentos.  Breves  escarceos amorosos con
algunas  mujeres,  y  algunas  pocas ocasiones con su  actual esposa antes de la
boda, no le habían preparado para el mundo que Nacho y su amigo  le habían hecho
descubrir.   Se  desplomó  sin  fuerzas  sobre la cama,  notando como el pene de
Nacho resbalaba fuera de sus nalgas.  Con los ojos  entreabiertos, comprobó como
aquel  mágico  músculo se encogía por momentos al igual  que el suyo y alcanzaba
una  flacidez  imposible de adivinar pocos segundos antes.  Sin  tiempo a que el
órgano acabara de volver a su posición habitual, Carlos se  abalanzó sobre él, y
con  un  enorme cariño solo comparable con el que las madres  proporcionan a sus
hijos,  lo introdujo en su boca para limpiar con su lengua  los restos delatores
del placer del que pocos segundos antes había sido testigo.

 

Desnudo,  indefenso  sobre la cama, Carlos comprobó como Héctor y Nacho se
fundían  en un abrazo que poco tenía que ver con el amor convencional.   No pudo
entender  las  palabras  que  él  susurró  al  oído de su amigo.   Al cabo de un
momento,  sintió  la  fría mirada de Héctor sobre sus ojos, y  comprobó como sus
labios  se  abrían y cerraban diciendo algo que no llegó a entender,  porque una
penetrante oscuridad invadió su mente y el sueño le venció sin condiciones.

  Sus  ojos se abrieron lentamente sin comprender del todo lo que ocurría ni
donde  se  encontraba.  Su amigo Héctor  estaba junto a él, en lo que al parecer
era  la habitación del hotel.  Su recién estrenada  esposa también se encontraba
allí, y sus padres y algunos de los invitados.

  - ¿Ya te encuentras mejor, cariño?

  La  preocupación  latente  en  las  palabras de su mujer le desconcertaron
durante un instante.

  -  Menos  mal  que  no ha sido nada - esta vez era Héctor el que hablaba -
Cuando  le  he  visto  desplomarse  al  suelo  perdiendo el conocimiento, me he
asustado un poco.

  Aquello era cada vez más confuso.

  - ¿Qué me ha ocurrido?  - pudo decir al fin un tanto aturdido.

  -  Has perdido el conocimiento, cariño.  Habías venido a la habitación con
Héctor y por lo visto el cansancio de todo el día ha podido contigo.  Héctor  ha
venido  corriendo  a buscar ayuda, pero no ha sido nada grave.  Gracias  a Dios,
ya te has recuperado.

  Confuso,  Carlos se contempló a sí mismo.  Estaba completamente vestido, a
excepción  de los zapatos, y  tumbado sobre la cama.  No recordaba nada desde el
momento  en  que había entrado  en la habitación.  Sentía un inmenso vacío negro
en  su  mente  y  un  penetrante  dolor  de cabeza  cuando intentaba recordar lo
ocurrido  durante  esos  momentos.  Tenían razón.  Probablemente  el vacío en su
memoria  había  sido debido a un desmayo.  El cansancio de  todo el día le había
jugado una mala pasada.

  -  Estoy  bien.   Dejad  de preocuparos y volvamos a la fiesta.  Mañana me
encontraré perfectamente, cuando haya descansado un poco.

  -  Tiene  razón.   Dejadle  descansar  y  que corra un poco el aire por la
habitación.   Dejad  de  agobiarle y volved a la fiesta.  Ahora  mismo bajaremos
nosotros.

  Héctor comenzó a echar a la gente de la estancia.

  - Me quedaré contigo - dijo con preocupación la amante esposa.

  - ¡Ni  hablar!   Carlos  estará  estupendamente  dentro de quince o veinte
minutos,  así  que  vete abajo con  los invitados y nosotros bajaremos dentro de
un rato.  Haz caso a un buen amigo y verás como toda va bien.

  Refunfuñando,  todos  se  fueron  de la habitación dejando solos a las dos
amigos.

  -  Creo  que  he  tenido  una  pesadilla durante mi desmayo.  Me encuentro
increíblemente  agotado  y  estoy  todo  sudado.   Y  este maldito desazón en el
culo ...

 
Sus  ojos se abrieron como platos mientras intentaba colocar bien el cinto
en su sitio.

  - ¡Héctor!  ¡Mis calzoncillos!

  Miró a su amigo con una pregunta implícita en los ojos.

  - ¡No llevo puestos los calzoncillos!

  -  Un  pequeño  descuido  que  deberemos  de  solucionar  cuando vuelvas a
despertar, amiguito.

  Carlos le miraba desconcertado mientras le veía meter la mano bajo la cama
y sacar sus flamantes calzoncillos rojos de seda.

  - ¿Cómo...?

  - No te preocupes por nada, Carlos.  Sólo cierra los ojos y descansa un
rato.

  - Pero...

  - Duerme, amigo...  duerme...
 
 

 ** FIN **