LA MANSIÓN

Capítulo I "La recogida"


La historia que cuento a continuación es real. Es una historia que a nadie le gustaría contar. Muchos han sido los años que ha permanecido oculta en silencio. En ella se muestran unos hechos que toda la comarca ha tratado de olvidar, aunque nadie lo ha conseguido. Esta es mi historia.

Pasaba el año 1954 y yo era un chico de pueblo. Un chico normal y corriente. Tenía trece años y un monton de motivos para ser felíz. Vivía en un pequeño pueblo cerca de León. Nunca había salido de la comarca, y tampoco nunca ocupé el tiempo pensando qué habría lejos del pueblo. Allí vivía con mi familia, ayudando en las labores del campo y asistiendo a la escuela los días que mi padre me lo permitía. Las tardes las pasaba en el campo y en el río con los otros mozos del pueblo. Aquellos días fueron los más felices que recuerdo. Cierto día, mi vida cambio.

Volvía a casa una tarde con dos de mis amigos, Lucio y Andrés. Lucio era más pequeño que yo. Debía tener por aquel entonces unos once años. Era muy delgado aunque alto para su edad. Su pelo y su piel eran morenos, muy morenos. Tanto, que incluso hubo una época en la escuela en la que se dijo que su abuelo había sido gitano. Andrés era el mayor de los tres. Era listo, más que Lucio. Era el mayor de 6 hermanos, y el más responsable de nosotros. Era muy guapo, decía mi madre. Casi tanto como yo, decía también mi abuela. Estaba fuerte y bien alimentado.

Seguiamos el camino paralelo al rio, cuando a lo lejos vimos cómo un gran coche negro se acercaba. El coche era enorme, más grande que el del hijo del alcalde y mucho más nuevo. El vehículo levantaba gran cantidad de polvo a lo lejos, de repente frenó. Nosotros seguimos andando impacientes por llegar a su encuentro para verlo con detalle. Incluso podríamos tocarlo, pensé yo. El coche permanecía parado pero con el motor en marcha. Andrés había dejado de hablar diez pasos atrás y parecía preocupado, pero los tres seguíamos andando. Cuando quedaron 6 ó 7 metros para llegar, Lucio y yo nos acercamos corriendo. Ni si quiera miramos dentro del coche, solamente deslizamos la mano por su chapa y tocamos sus ruedas. Andrés se quedó a dos metros de distancia fuera del camino. Pasaron unos segundos y la ventanilla derecha de atrás se bajó. Asomó la cabeza un hombre regordete, de unos 45 años. Nos saludó amablemente sonriendo. Era alguien importante porque iba muy arreglado, con corbata y traje. 

El hombre era muy simpatico. Nos dijo que estaban perdidos y que necesitaban ayuda. Yo miré a Andrés que era casi un año mayor que yo. Seguía ahí... de pie, sin decir nada. Tenía el ceño fruncido y parecía desconfíar del señor. Lucio se acercó a la ventanilla para mirar el plano que sonstenía el hombre. Ahora recuerdo sonriendo que aquel día debió ser la primera vez que Lucio vió un plano en su vida. Poco importaba si sabríamos ayudarles o no, lo de verdad importante era que estabamos allí. Al lado de un magnifico coche y hablando con un señor importante. 

Yo me fui aproxiamando poco a poco. Dentro del coche viajaban el señor gordo, un hombre joven con una gorra negra y el chofer. Los tres iban bien vestidos, pero destacaba la elegancia del obeso. El joven se asomó desde dentro y dijo que si les ayudabamos a él y a su tío nos darían una buena propina. Sólo debiamos acompañarles por los caminos hasta el pueblo, más concretamente hasta una cabina de teléfono. Por supuesto, la única que había en el pueblo. Yo sonreí de inmediato. Era un negocio redondo, pensé. Nos llevaban al pueblo en coche y encima nos pagaban. Los otros chicos se morirían de la envidia. 

Lucio había girado la cabeza casi más rápido que yo, y una sonrisa de alegría y asombro cruzaba su rostro. En cambio, Andrés estaba serio. Me acerqué a él en tres zancadas mientras él me decía que todavía era pronto, y que podíamos ir los tres antes al río o hacer otra cosa. Estaba claro que a Andrés no le hacía ninguna gracia la propuesta. El chico joven abrió su puerta del coche y sacó medio cuerpo fuera.

- Vamos chicos, solamente son cinco minutos. -dijo el hombre gordo- Además os vais a ganar un duro facilmente ¿no? .

Yo seguí convenciendo a Andrés, que dudaba y miraba al suelo, mientras hacía marcas en la arena con la suela de su bota. Lucio se entretenía tocando el capot del coche para notar las vibraciones del motor. 

- Bueno, ¿os decidís a venir o nos vamos?. 
- Vamos Andrés, sólo es hasta el pueblo. ¿Qué puede pasar? -le dije convenciéndole.

Andrés levanto la cabeza lentamente y dijo que sí, mirándome de lado y tímidamente. 

- ¡Bien!. -grité mientras corría hacia la puerta.

El señor joven bajó del coche para dejarnos pasar. Entré el primero y avancé por el asiento hasta chocar con la pierna del señor gordo que sonrió. Después de mí entró Lucio, que se quedó boquiabierto mirando y tocando el interior del coche. Andrés hablaba fuera del coche con el hombre joven. El gordo preguntó y con preocupación, y esta vez en un tono serio, que qué era lo que pasaba ahora. El joven miró dede fuera y mientras se quitaba la gorra contestó enfadado que Andrés se empeñaba en ir delante él solo. El señor gordo sonrió y mirando fijamente a su sobrino dijo:

- No te enfades... si el chico quiere ir delante, pues que vaya delante -dijo mirando ahora al chofer, que permanecía callado vigilando el camino a través del cristal y los espejos. 

- Chico, sube de una vez... o harás que lleguemos tarde mi sobrino y yo.

- Y tú entra también, Antonio, que estamos tardando mucho.

Andrés abrió la puerta delantera y se sentó de un salto. Luego cerró la puerta con las dos manos con gesto preocupado y serio. Lucio seguía en babia y el señor gordo me sonreía mientras entraba su sobrino en el coche.

- Ya era hora, hijos míos. Os ha costado un triunfo entrar en el coche. Llevamos parados más de cinco minutos. -suspiró el tío- Siga las indicaciones del chico, chofer... después de todo deben ganarse su propina, ¿verdad chaval ? -me dijo guiñándome el ojo y riéndose a carcajadas. 

Yo le sonreí. Avanzamos por el camino unos 100 metros y el coche empezó a correr cada vez más. Lucio se reía y chillaba emocionado.

- Vamos, vamos!... esto sí que corre rápido. No nos van a creer en el pueblo. ¿No te gusta, Andresito?... ¿es que tienes miedo?... esto es mejor que bañarse en el río!.

Yo miraba por la ventana con la boca abierta. Contemplaba el polvo que levantaba el coche cuando de repente el señor me agarró por detrás del cuello. Intenté girarme pero la mano apretaba más fuerte si lo intentaba. La mano me empujaba hacia la parte baja del coche. Lentamente me deslicé hacia allí para no oponer resistencia a la mano que me apretaba. Mientras tanto, una voz se acercó a mi oido y me dijo que me callara:

- Cállate y no protestes, niño!

- Ahh! señor... me hace daño -dije con voz baja- ¿Qué me hace, señor? Me está haciendo mucho daño.

- Ponte ahí abajo y no abras la boca, mocoso.

Cuando me senté en el suelo, la mano me soltó el cuello y me agarró de la mandibula girandome la cara de un tirón. Era el señor gordo. Le miré sin comprenderle. Su rostro ahora era frío y muy serio. Intenté levantarme despacio, porque no entendía nada. Un puño golpeó entonces mi hombro con fuerza, mientras la otra me sorprendia con un bofetón en pleno rostro.

- Te he dicho que no te muevas, niñato! Hazme caso y todo saldrá bien.

Mis ojos empezaron a humedecerse de rabia e impotencia. No podía llorar ni hablar. Estaba como bloqueado.

- Coje al otro chico, Antonio... a estos les puedo sujetar yo solo. -dijo el hombre obeso con determinación, a la vez que me ponía los pies encima de los hombros. 

De repente sentí que estaba completamente inmovilizado. Todo el peso de sus piernas caía sobre mí y me aplastaba contra el suelo del coche y contra el respaldo del asiento de Andrés. Mientras esto pasaba, Lucio me miraba a punto de llorar. Miraba a los dos señores sorprendido y permanecía acurrucado en el asiento sin decir nada. El chófer viendo lo que sucedía aceleró más el coche camino de la carretera principal. El hombre más joven se levantó de un salto y agarró a Andrés que miraba desde delante sorprendido. Tiró de él con fuerza y lo levantó por encima de los asientos hasta ponerle a sus pies.

- Y tú también te vas a estar quieto aquí abajo. Bastante te hemos contemplado ya hoy.. ¿no te parece? pequeño bastardo...

- ¿Qué hemos hecho, señor?... no hemos hecho nada!. -decía Andrés aguantando los zarandeos y empujones del señor. 

Un fuerte empujón sacó un leve suspiro del pecho de Andrés, que desde el suelo y acurrucado también empezaba ahora a llorar.

- Que te calles!... maldito crío. -decía el hombre, mientras le golpeaba rabiosamente con los puños en la cabeza y en el cuello.

- Basta ya! Antonio, le vas a hacer marcas... ese ya no se mueve. -dijo el gordo, mientras Andrés lloraba angustiado en suelo.- Vamos, siéntate ya tranquilo, están bien sujetos ahí abajo. -señaló el hombre.

- Vamos a salir a la carretera en cinco minutos, señor -dijo el chófer mirando por el espejo al señor gordo- ¿sigo o paro, señor?. 

- Está bien, siga el camino... pero no corra tanto, aquí abajo ya no les ve nadie.

- ¿Qué vamos a hacer con este? -dijo el joven mirando a Lucio- ...es demasiado pequeño ¿no?.

- Veamos... -dijo el gordo mientras se volvía- ...¿qué años tienes, hijo? ...Vamos, deja ya de llorar y dime tu edad. No me hagas pegarte!! ¿qué años tienes, chaval?

- Once años, señor. -respondió Lucio entre sollozos.

- Creo que es muy joven, Antonio. -dijo el gordo- Pero asegurémonos antes. -dijo agarrando a Lucio por la pechera y girandole en el aire.

- ¿Qué me va a hacer, señor? déjeme!... por favor, señor, déjeme! -decía Lucio acurrucándose.

- Estate quieto, joder! -dijo el joven, ayudando al gordo que colocaba al niño encima de sus piernas y boca arriba, con la cabeza del crío apoyada en sus pies. 

Lucio tenía la cabeza a nuestra altura y nos miraba a mí y a Andrés. También intentada subir la cabeza para ver qué le estaban haciendo los dos señores. Él notaba algo raro en su cintura pero no sabía qué pasaba. Pronto pudo comprobar que aquello, que al principio parecía ser un simple registro de sus bolsillos, eran en realidad tirones de aquellos hombres intentando bajarle los pantalones. Por fín, de un brusco tirón, consiguieron bajarle del todo aquel sucio pantalón. El chico de la gorra sujetó a Lucio de las piernas y el gordo sonrió cuando también de un tirón bajó los calzones del chico y pudo ver su sexo.

- ¿Qué me hace, señor? déjeme ya!. -decía Lucio.

- Eres joven, hijo mío... sí señor, muy joven. Mira Antonio, este crío aún no tiene pelo ¿eh? -decía mientras toqueteaba el pene y los testículos de Lucio.

- Qué pequeña la tienes, chaval -dijo el señor joven- Se la podríamos arrancar de un tirón, ¿verdad?. 

El chofer se reía por los chillidos de angustia de Lucio. Yo intentaba mantener cerrados los ojos, pero no siempre lo conseguía. El llanto de Lucio me hacía mirar.

- No necesitamos más chicos como él... ya tenemos muchos. -dijo el señor gordo- Suéltale Antonio, que vamos a llegar a la carretera.

- Está bien, te soltaré pequeño. Pero antes... veremos cómo lo hago -dijo mientras pensaba mirando al techo del coche- Ya sé lo que haremos. Si no se te pone dura tu diminuta cola, te tiraré en marcha, pequeño Lucio. Es un trato justo ¿no? -se burlaba el señor joven.

- Haz lo que quieras. Pero suéltale pronto -se pudo oír al gordo entre las carcajadas del chofer.

- Vamos a ver... vamos a ver -decía el joven mientras acariciaba a Lucio-. Esto no sube ¿eh, pequeño?

- Déjeme, por favor se lo pido, señor, déjeme -gritaba el muchacho confundido entre el pánico y el placer- se lo ruego, señor, déjeme. Me quiero ir a mi casa.

- Hombre! mira, parece que por fin!... ahora ya sí se nota algo. Mira a este jovencito cómo le gusta... jajaja -reía el joven mientras jugueteaba con el pene de mi amigo. 

Poco a poco el pene de Lucio se fue estirando y poniendo duro.

- Veamos a ver la cabecita. -dijo el joven tirando lentamente hacia abajo de la piel de Lucio, que jadeaba entre llantos- Esta vez ganas tú, chico... jajaja. 

- Frene, chofer, que Lucio se queda aquí -dijo en voz alta.

Después del portazo y del acelerón, no volví a oír el llanto de Lucio. Solamente sé que le dejaron lejos del pueblo, medio desnudo y llorando. 
Yo también lloraba asustado, en voz baja, y eran los suspiros entrecortados de mi amigo Andrés los que me hacían saber que no estaba solo con esos señores. Andrés y yo viajábamos con unos hombres violentos y agresivos que no conocíamos de nada, hacia algún sitio, que tampoco conocíamos. Todavía no imaginaba que me vida iba a cambiar por completo.





Capítulo II "La nueva vida"


El viaje duró algunas horas. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos exactamente en el coche, porque fui dormido una parte del trayecto. Imagino que la impresión por lo sucedido nos hizo acabar muy cansados. Recuerdo que algo me despertó de sobresalto. Era el joven que tiraba de mi brazo gritando. Abrí los ojos entre empujones y vi a Andrés que también mediodormido salía del coche. El gordo ya no estaba en el coche. Era el joven el que nos guiaba hacia la casa a base de empujones.

Mientras caminabamos, miré alrededor. Intentaba situarme, pero no tenía ni iedea de dónde estábamos. Parecía una casa grande. Una mansión. Estaba rodeada de jardines muy bien cuidados. Incluso me pareció ver alguna fuente, aunque estábamos en la parte trasera de la mansión. Poco a poco los empujones nos iban dirigiendo hacia una escalera que entraba en el sótano de la casa. Yo tenía las piernas entumecidas y me costaba mucho esfuerzo andar. Andrés tambien parecía tener dormidas las piernas, pero tampoco se quejaba. Estábamos medio dormidos y además nos daba mucho miedo recibir algún golpe como en el coche.

- Más rápido, no tenemos todo el día! -dijo el señor joven que nos empujaba- ahora dormireis todo lo que querais. Vais a tener mucho rato para descansar.

- Buenas tardes, Antonio -saludó otro hombre cuando entrábamos.

- Ya es casi de noche, estoy muy cansado y tengo hambre -contestó gruñendo- así que ya puedes preparar algo para comer. Hemos tardado más de lo que esperábamos cojiendo a estos dos mierdas.

Entramos en una especie de cocina industrial. Solamente estaba ese señor vestido con un uniforme negro y con un delantal. La cocina tenía mucha luz y los tres entramos con los ojos medio cerrados. Olía bien a comida y todo estaba limpio.

- Son buenos ¿no? -dijo el señor agarrando a Andrés por los hombros y apretandole- están fuertes y parecen sanos. 

- Sí, lo parecen, pero antes hay que probarlos -contestó Antonio- los encontramos cuando ya creíamos que íbamos a volver con las manos vacías. El gordinflón estaba que mordía, y como siempre las broncas para mí. 

- Ja ja ja! No te quejes tanto, Antonio -dijo el señor bajito mientras me agarraba del cuello y me miraba la cabeza- si te oye algún día, te matará. Este es muy guapo -dijo agarrandome del pelo y girando mi cabeza hacia su cara- abre la boca, hijo, vamos, ábrela. 

- Tiene una buena dentadura, sí señor, muy buena. -decía mientras me olía por el cuello- Además está sano y durito. Muy bien criado, sí señor, muy bien criado -repetía a la vez que me pellizcaba el culo con una mano por detrás.

- Mételos en la jaula, Joaquín. Yo voy a cenar algo -dijo Antonio- y no se te ocurra tocarlos. Son demasiado buenos para ti. Tendrás que contentarte con las gallinas- dijo entre carcajadas.

Antonio desapareció por una puerta. El cocinero nos señaló una puerta y nos dijo que nos metiéramos por ella. Andrés andó sin protestar. Iba con la cabeza baja y parecía muy cansado. Entramos y vimos un pasillo, esta vez muy oscuro. Llegamos a otro pasillo un poco más iluminado. A la derecha había varias jaulas grandes. Eran grandes, como armarios con ruedas rodeados de barrotes muy finos. Estaban vacías. Seguimos andando hasta que llegamos a dos celdas. En una de ellas parecía haber alguien. No se veía muy bien porque estaba oscuro. Fuera lo que fuera, aquello se ocultaba entre unas mantas.

- Esperad -dijo el hombre abriendo la puerta de la celda vacía- tú estarás bien aquí dentro. -dijo el señor empujando a Andrés. 

- Y tú en esta otra -me dijo abriendo la puerta- vamos, despierta, tienes compañeros nuevos. -dijo dirigiéndose hacia las mantas. 

Luego se dio la vuelta y se marchó.

El sitio daba miedo. Era frío, todo de piedra o de hierro. Andrés estuvo llorando un buen rato y yo me entretuve observando a mi alrededor. La manta no se movía casi, así que tuve tiempo para mirarlo todo.
Las celdas eras pequeñas y desde ellas se podía ver algunos aparatos extraños. Olía a comida y de vez en cuando se podían oir los silbidos del cocinero cantando. 

Al rato un chico de unos doce años salió de debajo de las mantas. Estaba un poco sucio y olía mal. Se acercó y me dio la mano. Se llamaba Juan. Me dijo que no tuvieramos miedo y que no nos preocupáramos. Intentó consolar a Andrés pero tampoco le hizo caso a él. Nos explicó que estábamos en casa de un Marqués muy conocido. Que era muy rico y que si nos portábamos bien no nos pasaría nada.

Nos contó que en la casa había muchos chicos. Que no éramos los únicos. Él estaba terminando un periodo de iniciación que nosotros también tendriamos que pasar. Solamente después pasaríamos a las habitaciones. Era para asegurarse de que nos portaríamos bien dentro de la casa. Él llevaba en el sótano tres días y pasaría a habitaciones al día siguiente. Pronto también pasaríamos nosotros. Según me contó, el periodo de iniciación duraba dos o tres días, dependiendo del niño. La duración la decidía Antonio, que era el jefe de los instructores. En ese periodo se nos hacían pruebas físicas, para saber cuál sería nuestra utilidad. No todos los niños ocupaban los mismos puestos dentro de la casa. Cada uno debía cumplir determinadas funciones. Nos dijo también que debíamos esforzarnos por no llorar y por hacer las cosas que nos pidieran, aunque nos parecieran raras.

Le pregunté a Juan que quién era el señor gordo, y me dijo que no sabía bien a quién me refería. A él le trajo Antonio hacía tres días y no había visto a ese señor, pero me dijo que sería algún jefe, y que no debía extrañarme porque en la casa encontraría señores de todas partes que venían a fiestas y convites. Los instructores bajarían temprano para vernos, así que dijo que debíamos descansar. Mañana él pasaría a habitaciones y nosotros comenzaríamos nuestras pruebas. Estaba muy asustado, pero también muy cansado. Nos acurrucamos juntos y dormimos.

La mañana llegó a mí a través de un empujón. Alguien me chillaba, así que me levanté de un salto. Resultó ser un chico de unos 17 años. Después supimos que se trataba de Guillermo, uno de los guardias. Me levanté y salí a empujones de la celda. Mientras, Andrés salía también a empujones por la puerta de su celda. Yo tuve más suerte, a él le despertó Antonio a patadas. Nos llevaron a la entrada de la cocina y una vez allí nos dijeron que nos quitáramos la ropa. Yo me empecé a desabotonar la camisa y giré la cabeza para mirar a Andrés. En ese momento empezaban a brotar lágrimas de sus ojos. También obedeció al instante. Antonio y Guillermo se calentaban junto a una especie de chimenea industrial en la que ardían grandes troncos de roble. Después supimos que se trataba de la caldera que calentaba el edificio. 

- Vamos, daos prisa,, coño! no tenemos toda la mañana -chillaba Antonio.

- Eso, rapidito, niñatos, que se nos va el día. -subrayó Guillermo, el joven aprendiz de torturador- y hacer caso al jefe Antonio, que sabe mucho de esto, jajaja. 

- Echad todo al fuego, no queremos aquí vuestros piojos y pulgas. Los piojos de campo son los peores -dijo Antonio escupiendo al suelo- echad toda la ropa.

Yo me estaba sacando los calzones por los pies cuando Antonio se abalanzó hacia nosotros chillando.

- ¿Es que no oyes, sucio paleto? -dijo golpeando a Andrés con la mano abierta- He dicho que toda la ropa!. Estoy harto de que llores a todas horas.

- Te da vergüenza ¿verdad?. Le da vergüenza, señor. -dijo Guillermo- le da vergüenza al paleto que le veamos en cueros, señor. Jajaja, es un sucio paleto con vergüenza.

Después de recibir el tortazo en la nuca, Andrés siguió desvistiéndose. Nos hicieron echar la ropa al fuego. Toda la ropa. Desde la camisa hasta los zapatos, pasando por nuestros remendados calzones. La verdad es que dábamos pena. Andres y yo, los dos completamente desnudos, con la cabeza gacha y el ánimo por los suelos. Lo cierto es que en ese momento yo no pensaba en mi desnudez, mi preocupación era qué iban a hacer con nosotros. Pronto lo descubriría.

Nos sacaron fuera, al jardín. Allí abrieron un grifo y nos ducharon con una manguera que escupía un agua helada. Mientras me defendía como podía del agua, observaba a Andrés, que se tapaba continuamente el sexo. La verdad es que era guapo. Las gotas de agua resbalaban por la piel de gallina del muchacho. No pude ver con claridad su pene, pero parecía que ya tenía algo de pelo en el pubis. Quizás un poco más que yo. Despúes de un rato nos llevaron hasta otro sótano. Entramos por una puerta que estaba en la misma fachada de la entrada de la cocina. Todavía no conocíamos la parte delantera de la casa. No sabíamos a quién pertenecía y eso me daba miedo.

Entramos en aquel sótano siniestro. Es día estaba nublado y no entraba mucha luz por los ventanucos. La suficiente para que aquello nos pareciera lúgubre y siniestro. Eran las 10 de la mañana más o menos y hacía más frío dentro de ese sótano que en el jardín. Nos pusieron contra una pared, de espaldas a ellos. A lo lejos se oían con claridad las voces de muchos chicos. Chicos jóvenes, de nuestra edad más o menos. Debían estar haciendo algún tipo de ejercicio físico. Antonio ordenó a Guillermo que fuera a buscar algo. El joven pasó a una sala contigua y volvió con lo que luego vi que eran dos fustas de color negro. Parecidas a las que usaba mi tío con los potrillos en el pueblo. Las fustas las debía haber estado usando algún otro profesor con los chicos de al lado.

Nosotros seguíamos de cara a la pared y desnudos. Antonio comenzó a hablar con Guillermo en alto. Estaba claro que era para que les oyéramos. Discutían de forma simulada sobre cuáles iban a ser nuestros primeros ejercicios. Como nuestros caracteres eran tan diferentes, debíamos ser domados de forma distinta, decían. Según pude entenderles, debían endurecer el caracter de Andrés, porque aquí necesitaban chicos y no lloronas. A mí, en cambio, debían bajarme los humos.

- Tú vas a llegar lejos, chaval -decía Antonio- se te ve con caracter. Eres muy atrevido y también muy guapo. Se te nota el desparpajo en la mirada. Eres muy provocador ¿verdad?. Sí, lo eres, y eso te va a ayudar mucho aquí. Además, tienes un culito muy bonito ¿sabes?.

Poco a poco se acercaba a mí. La voz iba bajando el volumen a medida que se aproximaba más a mi oído derecho.

- Aquí te vamos a enseñar, pequeño. Te enseñaremos cómo debes utilizar tu cuerpo. Y sobre todo, te enseñaremos con quién utilizarlo.

De repente la fusta se posó encima de mis glúteos, haciéndome cosquillas. 

- Qué pena que no pueda montarte yo mismo, hijo, qué pena. Francamente tienes un culo blanco y precioso.

- ¿Qué va a hacerme, señor?. Yo no he hecho nada -dije, ahora sí, muy asustado- ¿qué van a hacernos? por favor, señor, deje que nos vayamos Andrés y yo. No le diremos nada a nadie.

- No hables si no se te pregunta, estúpido -dijo Guillermo golpeándome en la espalda con el puño.

- Ay!. Está bien, señor, pero no me pegue más, por favor.

- Ya sé qué haremos con vosotros -dijo Antonio.

Empezaron a reír mientras apuntaban las pruebas. A Andrés decidieron someterle a dos pruebas. El pozo y el infierno, las llamaban. Con el resultado de esas pruebas sabrían dónde colocarle, cuál sería su puesto en la casa. Para mí reservaron la doma y la lucha. No teníamos ni idea de qué era eso. Pero sabíamos que no era bueno para nosotros.

Comenzaron a los cinco minutos. Yo tenía cada vez más frío, quizás por el miedo, no sé. Antonio me agarró de los hombros y Guillermo me enganchó un collar al cuello. Era de cuero y estaba muy frío. Pensé que me había tocado ser el primero, pero me equivoqué. Me dieron la vuelta y me llevaron hasta otra pared. Allí agarraron mi collar a una argolla y me dijeron que esperara sentado. Así lo hice, y permanecí sentado con la espalda muy recta porque el collar era un poco corto y no me permitía acurrucarme cómodo. Desde esa posición se observaba todo el sótano. Aquello debía haber sido hace años una cuadra o algo así. El suelo estaba cubierto de paja, y al fondo había una alberca con agua. Las paredes estaban encaladas y el techo tenía desconchones.

Después de atar mi correa, fueron hacia Andrés, que seguía sin mirar para atrás. Hicieron la misma operación. Le sujetó Guillermo y Antonio cojió otro collar colgado del perchero mugriento de la pared. Era también de cuero negro. Estaba gastado, era claro que no habíamos sido los primeros en pasar por ese sótano. En ese momento salieron dos profesores de la sala de al lado. Siguiéndoles detrás venían unos diez chicos de entre doce y trece años. Los chicos llevaban un diminuto taparrabos de gasa blanca. Entre ellos estaba el chico que había dormido conmigo. Los profesores hablaron con Antonio un momento, preguntándole que qué tal eran los nuevos chicos. Los chicos salieron fuera, entre risas. Su rostro reflejaba experiencia. Ninguno se extrañó de lo que nos estaban haciendo. Lo vieron normal.

Una vez abandonaron todos, profesores y chicos la sala, continuaron. Terminaron de abrochar la hevilla que ajustaba el collar de Andrés y le dieron la vuelta. Lloraba un poco, sin emitir ruido alguno. De repente Antonio dio un certero tirón de la correa acompañado de un giro de muñeca que hizo que Andrés acabara a cuatro patas en el suelo. Mi amigo empezó a llorar más fuerte.

- Calla, bastardo! -le dijo Antonio mientras empezaba a andar.

- Cállate y anda como un buen perro.

Comenzó a dar vueltas a lo largo y ancho de la sala. Andrés seguía como podía el ritmo de su amo. 

- Vamos a ver. ¿Necesitas un empujoncito? -dijo riendo Antonio- Anima un poco a nuestro amigo Guillermo. Anímale, anda.

Guillermo comenzó a golpear las nalgas de mi amigo que chillaba cada vez que recibía un zurriagazo. 

- Vamos, ahora sí. ¿Ves cómo es fácil, perrito? ¿Lo ves o no lo ves? -reía el amo.

Yo mientras tanto miraba sorpendido. Estaba confundido y nervioso. Me preocupaba lo que le estaban haciendo a mi amigo, pero también estaba muy preocupado por lo que me tocaría a mí. Estuvieron así como 15 minutos. Andrés habia dejado de llorar y caminaba como podía. Las rodillas estaban ya un poco arañadas así que decidieron levantarle. Le pusieron de pie. Guillermo salió a buscar algo y Antonio empujó a Andrés hacia la pared. Allí le engancharon el collar a la pared, a otra argolla colocada a una altura de un metro y medio, más o menos. También le agarraron las manos y los pies a la pared con unas correas. Parecía un martir ahí colgado y completamente desnudo. Todavía hoy estoy seguro de que si le hubieran soltado una sola mano, Andrés habría preferido taparse el sexo en lugar de intentar soltarse de las correas. Era muy vergonzoso.

Una vez que estaba así y mirándole a la cara, Antonio comenzó a tocar el sexo de mi amigo. Comenzó lentamente y con una mano. Poco a poco la erección se hacía evidente. Andrés empezó de nuevo a llorar. Guillermo entró con algo en la mano y se acercó a su maestro.

- ¿Ves esto? -preguntó Antonio a Guillermo mientras se acercaba y acariciaba los finos pelillos que rodeaban el pequeño pene- así sabremos si sirve para entretener a los señores. No es fácil, pero hay que conseguir que se exicite en poco tiempo, sino, no vale. Sigue tú, Guillermo.

- Sí señor -dijo Guillermo, a la vez que agarraba con las dos manos- parece que no sube señor.

- Chúpala, a ver qué pasa, pero creo que este niño no va a valer.

Guillermo clavó la rodilla en el suelo, acercó la lengua al glande de mi amigo. Después de lentas chupadas, el pene del niño comenzo a estirarse y a subir levemente. En pocos minutos Andrés contaba con una pequeña, blanca y afilada estaca entre las piernas. El chico no se miraba entre las piernas, simplemente volvía la mirada hacia los ventanucos o me miraba a mí. Yo seguía atado a la pared por mi correa y mi posición era privilegiada. En pocos minutos pude observar cómo le realizaban una felación a mi amigo. Andrés, quieto y extasiado, me miraba de vez en cuando. Yo no comprendía cómo hacían eso. Me vino a la memoria cómo mis amigos y yo nos reíamos hacía pocas semanas, cuando vimos en el campo cómo dos caballos hacían algo parecido. Ahora era mi amigo el que se estremecía arañando la piel de sus nalgas contra la pared...

Después de diez o doce minutos Antonio se enfadó. Llevaba unos minutos impacientándose, y de repente se acercó más a Andres profieriendo insultos. Dijo que el niño era muy lento y comenzó a manipular el pequeño pene de mi amigo. Andrés se quejaba y yo me moría por saber qué era lo que le estaban haciendo. Observé detenidamente sus manos y pude ver cómo ataba un cordel, mediante un nudo correrizo, al glande del crío. Después se acercó y entre las risas de Guillermo comenzó a dar pequeños tirones. Andrés, aunque los tirones no eran muy fuertes, chillaba de dolor. Le dijo que era muy lento, que no valía para mucho en esa casa, y que debía aprender a ser más rápido. El pene de Andrés encogía lentamente.

Al rato prendieron fuego a unos manojos de paja y se los acercaron, recorriendo todo su cuerpo. Andrés chillaba, y yo cerraba los ojos cuando vencía a mi curiosidad. Ahora entendía el nombre de la prueba. El infierno la llamaban. Cuando estaban un rato con el fuego, soltaban a Andrés y le sumergían dentro del pequeño pozo. El rostro de mi amigo cambiaba de inmediato cuando sufría los cambios de temperatura. Ese agua debía estar helada. Estuvieron así más de treinta minutos. El pene de Andrés estaba colorado, pero cuando el chiquillo dirigía sus manos al cordel, la barra de madera se estrellaba en su culo, despertando gestos de dolor en su cara.

Le sacaron del agua tirando del cordelillo. Andres cayó arrodillado y permaneció llorando en el suelo de aquel sótano. Yo estaba muy asustado y nervioso. Intenté ocultar mi erección como pude.


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Estos son los dos primeros capítulos de la historia. Pienso continuar escribiéndola en los próximos días. 
Todo aquel que tenga algún relato bueno para compartir, que me lo mande a bbypkya@teleline.es 

Contestaré con más capítulos a quien me mande relatos.

Gracias.