Lección de Amor
Trabajo
desde hace mucho como profesor de secundaria. En la escuela la mayoría de los
alumnos son varones, pero dudo que eso tenga relación con lo que voy a contar.
Tengo
30 años y, hasta que sucedió lo que voy a contar, no había tenido
practicamente experiencias sexuales de ningún tipo.
Mis
clases no son muy rígidas pero me gusta mantener el orden. Ese día mientras
explicaba un tema difícil que requería concentración, noté cómo Alan, uno
de mis alumnos, se frotaba sus genitales constantemente. Intenté ignorarlo pero
no podía quitarle los ojos de encima. Alan es alto, rubio clarísimo y muy
lindo chico. Vestía jogging y remera que le marcaba sus músculos. Pero ese día
mi atención no podía apartarse de su entrepierna. Harto ya de perder la
concentración y temiendo que mi turbación fuera descubierta por los otros, le
llamé la atención:
-
Alan, quiero ver tu carpeta -fue lo primero que se me ocurrió.
Tomó
la carpeta y se incorporó. Su miembro erecto era inocultable a través del
pantalón de jogging. Pero faltaba lo peor. El compañero del banco de atrás
sin que nadie lo viera, enganchó el pantalón y tiró hacia abajo con fuerza
dejando al pobre Alan con el slip a punto de reventar al descubierto. Mi
concentración en el tema de la clase se fue del todo, lo vergonzoso de la
situación me dejó inmóvil, rogaba que mis jeans ocultaran mi prominente e
inexplicable erección y que el resto de estas sabandijas no me descubrieran. El
salón era un festival de risas, aplausos y comentarios, por suerte mi hora
terminaba y todos saldríamos hacia el recreo.
Me
dirigí al baño de profesores raudamente. Entré como una exhalación y cerré
la puerta con llave. Abrí la bragueta, me bajé los jeans. El calzoncillo
estaba impregnado de líquido preseminal. La imagen de Alan y su prominencia me
daba vueltas en la cabeza y mi pene volvía a excitarse. Ahí perdí la cabeza,
me tomé el pene con fuerza y comencé a jalarlo como en mis tiempos de
adolescente. Por suerte el ruido del patio tapaba mis mal ahogados gemidos. Perdí
la noción del tiempo hasta que acabé sobre los azulejos. Limpié todo y salí
del baño, por suerte ningún colega esperaba fuera.
Fui
a otro curso y casi logré olvidar el tema. Cuando la jornada terminó me dirijo
a mi auto, generalmente soy casi el último que abandona la escuela, pero esta
vez el casi iba a cumplirse. Otra persona tampoco había abandonado el
establecimiento todavía y aunque no lo crean, era Alan.
-
Me quedé sin boletos secundarios y en casa no pueden venir a buscarme. -me
contestó.
-
¿Y qué vas a hacer?
-
Esperar a mi hermano, que a las ocho sale del negocio.
-
Pero faltan dos horas -le digo- ¿Y él no sabe que todavía estás acá? ¿Y si
no pasa y se va derecho a tu casa? ¡Tus padres se van a preocupar!
-
En mí casa no hay nadie. Mis padres están afuera hasta la semana que viene,
igual siempre llego a las nueve, porque de acá me voy al club a practicar.
-
El club me queda de paso -dije sin saber lo que me esperaba- te llevo.
-
Mi hermano tiene apagado el celular y no tengo cómo avisarle que no tengo las
llaves de casa...
-
Bueno -dije- vamos a mi casa que mañana te traigo al colegio.
Mientras
iba para casa, todo tipo de fantasías se me cruzaban en la cabeza, y en todas
estaba Alan. Comencé a hablarle para tratar de distraerme, y él me trae de
nuevo a la situación del aula.
-
Quiero pedirle disculpas- me dijo.
-
No te preocupes, son cosas de chicos -lo calmé.
Me
colocó su mano en la pierna derecha y me miró:
-
Usted me gusta...
Casi
choco el auto. Me aparté de la calle y frené:
-
¿Qué estás diciendo? -me arrebaté.
-
Que usted me gusta, con su cabello castaño, su cuerpo fornido y esos ojos
azules...
-
Estás confundido -le dije.
-
No profe... además, noté que estaba excitado.
Se
abalanzó sobre mí, pasó su brazo izquierdo detrás de mi cuello y comenzó a
besarme. Su pierna derecha se rozaba con mi pene erecto.
-
¿Qué haces? ¿Estás loco? -le grité.
Volvió
a su asiento y no volvió a hablarme. Pero yo ya no sabía qué hacer. Retomé
la marcha y nos dirigimos a casa. Cuando entramos le indiqué la comida en la
heladera y le dije que yo no cenaría y me iba a leer a mi cuarto. En mi cama no
conseguía leer mientras que el calzoncillo estaba completamente empapado de líquido
preseminal. Me levanté, tomé un nuevo calzoncillo del armario y me dirigí al
baño a lavarme. Entré olvidando que no estaba solo en casa y me encuentro a
Alan completamente desnudo, sentado en el inodoro, masturbándose. Quedé
enfrentado a él, mi miembro erecto dentro del calzoncillo empapado le quedó próximo
a su boca. No podía moverme, me tomó el calzoncillo, lo bajó y se metió mi
pene en la boca, me retiró el líquido preseminal y comenzó a mamarlo. Comencé
a gemir y mis dos brazos le tomaron la rubia cabeza por detrás y comenzaron a
guiarlo.
-
Alan, Alan. ¡Mi muchachito! -gemí.
Su
inexperiencia me excitaba aún más. Mis manos comenzaron a recorrer toda su
espalda, acariciándolo. Sus manos me acariciaban el culo. Cuando creí que iba
a acabar le pregunté:
-
¿Te la metieron ya?.
-
Nunca. -me dijo.
Lo
incorporé y lo puse en cuatro patas. Me arrodillé detrás suyo y le pasé por
los bordes del ano mi pija que tenía su propia saliva. Luego comecé a pasarle
mi lengua y de a poco trataba de hundírsela.
-
¡Métemela, por favor! -dijo.
Lo
penetré y gritó. Pero luego sus manos tomaron mis muslos y comenzó a
manejarme. Gemía y suplicaba.
-
Así, así...
Le
tomé de las muñecas mientras lo penetraba, él se contraía y me provocaba más
placer. Su cuerpo adolescente era pura fuerza y acabé dentro de él. Me retiré,
y mientras, algunos hilos de leche le colgaban del ano. A pesar de mi
inexperiencia en este tipo de relaciones, sabía que me tocaba a mí
satisfacerlo ahora. Se incorporó y al darse vuelta me ofreció a la boca su
tremendo pedazo, culpable de todos mis desvelos. Agarré con mis manos sus
muslos y comencé a engullirme ese pedazo de joven carne, mi lengua jugueteaba
también con sus blancos testículos recubiertos por el rubio vello. Sus manos
apartaron mi cabeza para indicarme que quería penetrarme. Sin perder tiempo me
dí vuelta y le ofrecí mi culo pensando no necesitar más preparación. Me
penetró con fuerza en el ano virgen y sentí una quemazón que me recorría la
espina. Grité, pero la sensación posterior fue maravillosa. Sentir a mi
adorado muchachito dentro mío. Me embestía con la fuerza de sus rebeldes y
hermosos 14 años. A veces mis brazos le retenían para que no se apresurara y
prolongáramos el placer. Acabó dentro mío como un volcán. Se echó en mi
espalda y jadeaba con fuerza.
Luego
nos bañamos mientras nos besábamos y acariciábamos. Le conté de mi primera
paja homosexual por su causa, se rió mucho y me contó que había intentado el
sexo con chicas muchas veces pero sin resultado. Me dijo que recién le había
enseñado su mejor lección: la lección de amor.