Lluvia
Alguna vez se develará el misterio de porque los seres humanos quieren hacer
todos la misma cosa al mismo tiempo y en el mismo lugar. Comer todos en el mismo
restaurant, comprar en el mismo supermercado, viajar en el mismo autobus...
Estas cosas normalmente me enfurecen y me hacen insultarme e insultar a toda la
raza humana, pero esa noche esta circunstancia me iba a ser placenteramente
propicia.
Agencia de remis (autos de alquiler), con todos sus automóviles ocupados. La
chica de recepción no daba abasto con los llamados telefónicos que reservaban
autos (y dejaban que yo y otro muchacho que esperaba allí, perdiéramos la
oportunidad de viajar alguna vez). Tendría bastante tiempo de estar sentado en
el local por lo tanto me relajé y comencé a estudiar el alrededor. La
telefonista era linda y simpática, pero no estaba entre mis predilecciones.
Entonces comencé a observar al otro pasajero. Era musculoso, tostado, cara de
niño grande y estaba vestido con jardineros. Como habrán notado, soy gay, y debo
decirles que me recalientan los jardineros. Esa prenda a la que los tiradores te
la encajan bien en el culo cada vez que te mueves haciéndote apreciarlo en su
plenitud. Debajo del jardinero llevaba una remerita ajustada de un color que
llamo manzanita, que le resaltaba el tostado y le marcaba los músculos del brazo
y el pecho. Estaba sentado bien echado hacia atrás y con las piernas bien
separadas lo que me permitía apreciarle el bulto con detalle. Tenía cabello
corto, oscuro con reflejos, ojos marrones grandes y labios gruesos aunque su
boca era proporcionada. Llevaba un pequeño arito en la oreja derecha y una
expresión de aburrimiento comparable a la mía.
Yo no doy el tipo de gay que más se conoce. Cualquiera diría al verme que soy un
joven oficinista que busca desesperadamente llegar a casa y besar a su joven
mujer y comer lo que ella le preparo. En realidad en algún momento mi vida era
eso precisamente, pero por suerte un compañero de trabajo me hizo descubrir
quien era yo realmente y de esa manera comenzar una nueva vida. Soy de altura
mediana, contextura normal, pelo negro corto y bigote. La visión de aquel
muchacho (recordar mi tema con los jardineros) me estaba comenzando a calentar.
Encima, para aumentar el tiempo de espera (y la necesidad del auto), comenzó una
fuerte lluvia. El se para y cuando se acerca a la puerta para ver llover me
cambia la visión del bulto en la silla por el culo bien marcado por los
jardineros. Tenía también piernas buen torneadas. Mi pija se puso a mil y si me
incorporaba se notaría. Pero la verdad es que en ese momento me importo un
carajo y me levanté. Acercándome, saco un cigarrillo y se lo ofrezco:
-Gracias no fumo- me dijo con una voz de muchachote de mamá que iba acorde a su
apariencia.
Tragué saliva, pero no por vergüenza, sino por morbo. Este cachorrito no se me
iba a escapar. Encendí mi cigarrillo y contesté la primer boludez (estupidez)
que encontré:
-Es un vicio estúpido pero cuesta largarlo. ¿Vas muy lejos?-Quise saber.
-Vivo en el edificio frente a la estación.
-¡Que casualidad! ¡Yo también tengo que ir hacia allí!-Mentí alevosamente. En
realidad tenía que ir en la dirección completamente contraria, pero si lograba
que compartiéramos el auto mis planes de cogérmelo se harían realidad. Pero no
dijo nada más así que tuve que seguir yo:
-Estas agencias tienen muy pocos autos. Después que venga el tuyo: ¿Andá a saber
cuanto voy a tener que esperar uno para mí?- Entonces, me miró con sus ojazos de
niño y mientras el hormigueo de mi aparato genital me anunciaba la descarga de
líquido preseminal, dijo las palabras mágicas:
-Si vamos al mismo edificio... podríamos compartir el auto...- Sentí ganas de
saltarle y rodearlo con mis brazos y piernas (si bien su cuerpo era inmenso)
mientras le comía la boca. Pero, por las dudas, no convenía apurarse. Entonces
fingiendo sorpresa exclame:
-¡Tenés razón!¡Que buena idea!¡Muchas gracias!
Me dijo que se llamaba Ezequiel y que era de Chaco. Yo le dije que me llamaba
Antonio y que vendía seguros aunque sólo lo último era cierto. Seguimos hablando
estupideces, la política, la inseguridad, los chimentos... y llega el auto.
Tomamos nuestras cosas y subimos. El chofer estaba bastante poco interesado en
nosotros así que esta era mi oportunidad para atacar. Estaba muy excitado,
porque a pesar que yo tengo 40 y el tendría 20, 25 años me sentía que estaba por
pervertir a un pendejo. Al ser tan voluminoso entramos apretados en el asiento y
eso me hacía sentir el calor de su cuerpo pegado al mío. El se entretuvo mirando
por la ventanilla y yo volví a interesarme por verle el bulto, que en el asiento
del auto, quedaba bien marcado y apuntando hacia arriba. Me hice el tonto y
apoyé mi mano derecha entre mi pierna y la suya, pareció no importarle. Comencé
entonces a adentrarme hacia su entrepierna. Estaba arriesgándome mucho, si no le
gustaba y me pegaba con una de sus manazas me expulsaba del auto. Llegamos
enseguida al edificio. El cargaba algunos bolsos lo que me dio la excusa de
ayudarle y de esa manera acompañarlo a su departamento. Fui yo quien le pagó al
chofer como cortesía por permitirme compartir el auto. Subimos luego a su
apartamento y me invitó con unas cervezas. A esta altura ya no sabía que pasaba
con él. No se había mosqueado con mis manoseos en el auto pero tampoco me tiraba
onda. Nos acercamos a la heladera para sacar las cervezas y cuando va a abrir la
puerta y queda frente a mí, me arrimó y pegándome a él le rodeo la cintura con
el brazo izquierdo, le tomo la cabeza por la nuca con la derecha y le estampo un
beso largo y apasionado en los labios. No se resistió, quizás por la sorpresa.
Mi mano izquierda se introdujo por la cintura del jardinero y por el calzoncillo
y empecé a masajearle el glúteo y pasarle los dedos por la raja del culo. Mi
mano derecha le peinaban los cabellos. Ambas pegaban su cuerpo con el mío como
si intentará fundirme con él. Su miembro crecía y chocaba con el mío. Le
desabroché los tiradores del jardinero, le saqué la remera y le bajé los
pantalones y calzones hacía las rodillas. Su hermoso rostro de muchachote me
miraba en silencio. Empecé a besarlo nuevamente y ahora bajaba por su cuello, me
detenía chupando sus tetillas, tomaba el centro pasando por su ombligo, luego el
caminito de vello por debajo hasta encontrarme con su glorioso pedazo que era
grueso y estaba bien tieso, chorreante de líquido preseminal. Me tragué el
líquido y me introduje el pene en la boca. Estaba bien caliente y con algunas
venas. Sin sacármelo, lo recorrí con toda la lengua. Mis manos lo tomaron del
culo para hacerlo entrar y salir de mi boca. El echo la cabeza hacia atrás y
comenzó a gemir. Yo mientras tanto sentía que deseaba tragarme a todo aquel niño
grande como si se tratara de un bocado prohibido. Cada tanto mi lengua también
jugaba con sus huevos. Sus manos me tomaron la cabeza para indicarme el ritmo,
pero yo no quería obedecerle.
Me aparté y me desnudé por completo. Me recosté boca abajo en la mesada de la
cocina ofreciéndole mi culo. Él se me acercó por detrás y tomándome de la
cintura me la metió de un tirón. El niño se había envalentonado. Me la empezó a
meter y sacar con un buen ritmo. Sentía que invadía todo mi interior. Me sentía
a su merced:
-¡Rompeme el culo pendejo!-le decía entre gemidos. Sentía sus piernas que eran
torneadas y fuertes embestir las mías. Me calentaba muchísimo sentir que estaba
forzando a un inocente a cometer actos impuros. Que ese cuerpazo, que a lo mejor
sólo se sentía destinado a muchachas, fuera mío en aquel momento. Sentí que su
miembro se tensaba. Estaba por acabar:
-¡Soltame toda tu leche hijo de puta!-dije con los dientes apretados por el
placer. Sentí el liquido invadiendo mis interiores. Se apartó de mí se limpió la
punta con papel de cocina, e hizo lo propio con lo que me chorreaba del culo. Yo
tenía la pija a mil pero no me animaba a penetrarlo. Me senté en la mesada y me
empecé a masturbar. El se acercó y me comenzó a besar.-Tomaste la iniciativa
lindo- pensé. Y no me equivoqué. Repitiendo mis pasos, como un alumno que da
lección comenzó a recorrer el torso en dirección a mi pija con sus chupones. Se
tragó todo mi aparato y comenzó a mamarlo ayudándose con los dedos índice y
pulgar en forma de anillo, subiendo y bajando por él. Con la mano derecha me
tomaba de la cintura y me acariciaba cada tanto el culo. Su lengua también me
recorría el glande y jugaba con mis huevos.
De pronto se detuvo y se incorporó. Con sus manazas me bajo de la mesada y me
hizo parar. Me dio la espalda y se me ofreció. Me acerqué y se la metí. Si bien
como dije, el tipo era inmenso me sorprendió que no gritara al metérsela. Empecé
a embestirlo. Mis manos le acariciaban el pecho bien formado, las caderas,
jugaban cada tanto en su entrepierna, cada vez que nuestros cuerpos se juntaban.
También mi boca le mordía el cuello. Comencé a embestirlo con movidas cortas
para no separarme de su cuerpo caliente y prolongar mis juegos con las manos y
mis mordiscones. Imaginaba que nos podría descubrir su madre y me calentaba más.
-Si bruja de mierda me estoy cogiendo a tu bebé- deliraba. Sentí un profundo
hormigueo que me indicaba que estaba por acabar. Me pegué a él y con un alarido
ahogado le solté toda mi carga. Nos separamos y volvimos a besarnos.
Luego fuimos al baño para higienizarnos y comenzamos a hablar mientras nos
vestíamos. Le confesé que en realidad me llamaba Mario y que no me dirigía a ese
edificio, que todo había sido un pretexto para coger con él. Pero Ezequiel que
se llamaba realmente así y aunque también era del Chaco, sin embargo tenía algo
para confesar:
-Soy Taxi Boy (escort)- Me dijo sonriendo. Me explicó que precisamente su
apariencia de muchachote casi virgen era su mejor arma para enganchar clientes.
Estaba conmigo en la remisería porque un cliente lo había plantado y no tenía
dinero para volver a casa. La telefonista del local era su prima y le iba a
conseguir que lo llevaran gratis hasta que yo aparecí. Me reí mucho por lo
estúpido que le habrían parecido mis insinuaciones y mi cautela, pero tenía que
preguntarle si me iba a cobrar:
-No, no te preocupes este fue el viaje en remís mas caro, pero el más placentero
de mi vida.- me dijo mientras afuera, la lluvia parecía no querer detenerse.
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