Los primos
Por Jesús Meza León
En todos los sentidos, mi primo Enrique, quien vino a vivir con mis padres al quedar huérfano casi cuando nací, ha sido para mí más que un hermano mayor. Nunca he visto a dos que se compenetren tanto como él y yo, pues prácticamente puedo asegurar que nos leemos el pensamiento y que tenemos el mismo gusto en todo y para todo. Desde chicos fuimos destacados estudiantes, buenos deportistas, hijos amorosos y entre nosotros nunca existió un afán
competitivo, sino de ayuda. "Los Torre" nos llamaban en la escuela, sin diferenciarnos por nuestros nombres, reconociéndonos más como una dualidad, a pesar de que cuando entré a la primaria él ya iba en el cuarto grado. Con Quique, más que con mis maestros, aprendí a leer y a escribir desde el kinder; con él sumé y resté antes que mis compañeros; con él, en fin, teniendo ya trece años de edad y él diecisiete, descubrí el sexo. Desde hacía semanas había notado que me erectaba, ya fuera en la regadera o sólo de estar desnudos en nuestra recámara, y me bromeaba al respecto. Un año antes a mí me había brotado el vello púbico cuando él ya lo tenía bastante desarrollado, y aunque lo hablamos, aquello no fue en ningún momento causa del despertar de nuestra sexualidad; es más, puedo afirmar que hasta la noche que ocurrió lo que a continuación les contaré, la gran diferencia entre mi primo y yo fue que en el lapso de ese año en que en mí se despertó prematura y vigorosa la líbido, en él permanecía dormida totalmente. En alguna ocasión durmió conmigo, y nada más de sentir su cuerpo tibio junto al mío y con aquellas ansias que no sabía bien a qué se debían, cuando me abrazaba a él, me dejaba. Pero luego sucedió que de mi pene comenzó a brotar el primer líquido preseminal y una noche, sintiéndolo, creyó que me estaba orinando, despertándose sobresaltado y yo sin saberle explicar qué me estaba sucediendo mas que pensar que en efecto, era un inicio de orina; al acudir al baño noté la consistencia babosa de aquel líquido y así se lo hice saber, pero no me creyó y desde entonces ya no me atreví a pasarle los brazos por temor a volverlo a mojar y no atreviéndome a ponerme calzones, pues nunca los habíamos utilizado para dormir.
Otra noche me desperté más sobresaltado aún, estaba calentísimo y tenía abrazado a Quique por la espalda, pero aunque el líquido aquel había brotado en abundancia, en esa ocasión ni él ni yo lo advertimos, seguramente porque nos habíamos acostado muy cansados después de un partido de
fútbol. Todo fue despegarme de él, cuando entonces sí, algo que se estaba conteniendo en mi vientre brotó con gran fuerza, tratando de detenerlo con mis manos. "¡Ahora sí que me oriné!", pensé, pero al incorporarme y prender la luz descubrí en mis manos, el piso y las sábanas, el reguero de un líquido blancuzco y de consistencia gelatinosa que finalmente, por lo que había leído, comprendí que era semen. Me limpié perfectamente, asombrado también por el olor característico, y a la noche siguiente, conversando con Quique como lo hacíamos casi siempre antes de dormirnos, le dije de mi descubrimiento de la noche anterior; él no me quiso creer en un principio, pero tuvo que aceptarlo al descubrir las manchas que había dejado en las sábanas a pesar de que las limpié, según yo. Me dijo entonces que a él nunca le había ocurrido nada parecido y luego, tras pensárselo un rato agregó:
- Seguramente te masturbarte, ¿verdad?
Aquella palabra, que obviamente ya conocía pero cuyo significado real nunca me había detenido a considerar, me pareció una acusación y le juré por lo más sagrado que no, que todo había ocurrido por el simple hecho de tenerlo abrazado. A mi vez le pregunté:
Tú que eres más grande, ¿lo has hecho? ¿Cómo crees que me ha pasado a mí que soy más chico y sin haber metido las manos para nada?
Pues seguramente porque ya se te despertó la sexualidad.
- Después de todo, parece que no somos tan parecidos como pensábamos.
Y añadí:
Dispénsame ¿Tú crees que debemos decírselo a nuestros padres?
No veo por qué, esto no tiene nada de malo y a lo mejor ellos no lo entenderán y sólo los obligaríamos a que compraran otra cama para que durmiéramos separados ¿A ti te gustaría eso?
No me lo tomes a mal, pero a lo mejor es preferible, porque, la verdad, me cuesta ya mucho dormirme al saberte desnudo junto a mí y me provocas hasta dolores en mi pene de tan rígido que se me pone.
Mi primo se quedó callado por un momento sin saber qué contestar, pero fui yo quien volvió a tomar la palabra:
- Ahora que si a ti no te importa, pues podríamos llegar a acostumbrarnos.
- Bueno, pues ya veremos qué pasa, pero si no nos acostumbramos, separarnos será lo mejor ¿Vale?
Su respuesta me agradó.
Las siguientes noches no pasó nada fuera de lo normal y yo evitaba tocarlo, pero un fin de semana sentí que ahora el que no podía dormir era él y en cierto momento, dormido según yo, pasó una de sus piernas sobre la mía y el sólo hacerlo fue motivo para que mi pene volviera a erectarse y a palpitar como si tuviera vida propia; quise separarme cuando sentí que el líquido pre-eyaculatorio comenzaba a escurrirme, pensando que eso iba a despertarlo, pero eso a él pareció no molestarle y al final, al moverme, lo único que hizo fue pegárseme más, quedando entonces mi miembro en medio de sus nalgas que sentí más calentitas que nunca; luego él se me fue pegando más y más a pesar de que nos encontrábamos ya en la orilla de la cama y a mí no me quedó otra más que ver cómo mi falo palpitaba ahora descaradamente entre sus piernas; entonces, para no caerme, lo abracé y al pasar mis manos sobre su vientre noté que él estaba tan excitado y seguramente tan despierto como yo, pero fingía dormir; armándome de valor lo abracé ya fuertemente al momento en que me vine abundantemente pero sin despegármele ni él "despertarse". En ese momento comprendí, como en un acuerdo sin palabras, que a mi primo le resultaba tan placentero como a mí lo que acababa de suceder y a partir de las siguientes noches la escena se repitió: él fingía que estaba dormido y yo que, dormido también, me venía entre sus piernas, aunque luego era tan abundante aquello que no sé cómo podía dormir tan mojado; sin embargo, su respiración tan acelerada como la mía eran nuestras cómplices, y al día siguiente la escena volvía a repetirse.
Una semana después me sentí muy eufórico y amoroso al notar que él corría con sus pies sábanas y cobijas como si estuviera muy acalorado, quedándose desnudo ante mis ojos; me le fui acercando precavido pero definitivamente, hasta volver a poner mi pene entre sus nalgas, entonces él levantó la pierna superior y
agarrando mi falo lo dirigió directamente hacia su ano; yo, por instinto, empujé hasta que vi cómo iba desapareciendo dentro de él; Quique suspiraba calladamente pero se aguantó y finalmente fue él quien se empujó más hacia mí hasta que se lo introdujo todo; entonces volteó su cabeza para encontrarse conmigo y al sentir nuestros alientos candentes y nuestros labios más cerca que nunca no lo pudimos evitar y los unimos en el beso más cariñoso al principio, pero que luego, al comenzar a mover mi cadera sobre sus nalgas convulsivamente, se convirtió en salvaje, en que hasta nos mordimos y sangramos los labios.
Así fue desde entonces y hasta la fecha, en que él tiene cuarenta y ocho y yo cuarenta y cuatro años de edad; seguimos siendo "Los Torre", un par de solterones empedernidos, pero también los primos más unidos del mundo ante la familia y la sociedad, y en la intimidad la mejor de las parejas.