Los últimos días de Pompeya
Parte I
Descanso plácidamente sobre el fresco piso de mosaicos en una esquina del patio, es casi medio día y el calor en esta ciudad es insoportable... reflexiono sobre mi pasado, presente y futuro, sin más no dejo de extrañar a mi familia... qué habrá sido de ellos... ¿vivirán?, mi madre, mis hermanos, mi fiel bactris... los jardines de gladiolos, los manzanos cultivados por mi padre, todo ello dejado atrás de un tirón... no quiero llorar, no quiero ni puedo... (una gota se desliza por mi mejilla), los últimos acontecimientos en mi vida han hecho que madure, pero de una forma bestial, he despertado a mi sexualidad de una forma brutal, pero me he sentido bien, extrañamente, he dado y sentido el placer, aunque de forma poco casual... he dejado envolverme por el embrujo de aquel chaval rosado y juguetón que dispara flechas envenenadas de amor... ¿eros? Recuerdo como si fuera ayer cuando jugaba con mis hermanos en nuestro inmenso jardín... cubiertos de plantas formando agradables grupos de diversos colores, los estanques con surtidores... en fin, ideas propias del oriente, que estos palurdos romanos han copiado burdamente... me acuerdo que nos gustaba jugar bajo las arcadas con aquellos pilares de madera que culminaban en curiosos capiteles en forma de leones o toros... éramos seis hermanos, dos muchachas y cuatro muchachos, yo era el tercero... y creo que era el más consentido de mamá, ya que como ella decía era el más guapo... =) La vida en la gran Cetesifonte, madre de todas las ciudades, era muy activa, mercaderes de las cuatro esquinas del mundo acudían en grandes caravanas para comerciar con sus productos... gran revuelo causaba la caravana proveniente del gran imperio del este, donde toda la gente parece igual, tienen los ojos rasgados y hablan un extraño dialecto... pues esta caravana era la más esperada, traía especias del puerto de Ormuz, y la tela llamada seda, que según dijo mi padre la hacían los gusanos... mi padre era funcionario de la corte del rey, puesto que lo benefició al extremo de proveer a nuestra familia de una espaciosa casa con un gran jardín y huertos... y nos permitió tener sirvientes y un maestro personal... Sí, en la gran ciudad se daban cita griegos de Siria... que traían su aceite de oliva y esa pasta pestilente de pescado.. recuerdo decir a nuestra cocinera que se llamaba garum, o algo así... en fin, nosotros éramos autosuficientes del vino del mediterráneo ya que preferíamos importarlo de Sogdiana... En fin, un día de agosto nuestros hermamos, mamá y toda nuestra corte de servidores decidimos visitar a raíz de una invitación que el gobernante de los medos hizo a nuestro padre, su lujoso palacio.. todos a punto y contentos nos embarcamos en una gran caravana, nuestro padre no pudo acompañarnos, mas el libidinoso Dayarnus, quería confirmar la proverbial hermosura de la esposa del primer ministro y de uno de sus hijos en particular (yo); hizo extensiva la invitación a su familia aduciendo que nos trataría como sus “huéspedes de honor”...
Después de dos días de interesante travesía, era la primera vez que participaba en una caravana por el desierto, un grupo de comerciantes nos alertaron de un grupo de traficantes, conformado por toda suerte de pillos, rameras, y gente de baja categoría que solía asaltar y tomar como rehenes a las gentes de su agrado para sacar provecho de ellos... nuestro cuerpo de guardianes optó por dejar aquella noche nuestro campamento y atrincherarse en el escueto desfiladero, único paso que daba acceso al valle en donde acampábamos, así que sería fácil, según ellos, atacar al enemigo si se presentaba esa noche... Vana ilusión, al parecer los pillos conocían otras entradas al valle, y esa misma noche nos apresaron, matando a unos, robando nuestras pertenencias, amén de que se percataron de nuestro linaje familiar y a mi madre y hermanos no nos ultrajaron... decididos a pedir por nosotros cuantiosa recompensa... sin querer sentía con temor cómo aquel altísimo hombre de piel tostada, tupida barba negra, potentes músculos, me escrutaba con sus ojos brujos, y se pasaba la mano por la boca; me tomó por el brazo y me llevó a una tienda del campamento, se aprovechó de mi soledad al intentar yo meditar por nuestra mala suerte de aquella noche, mi madre y hermanos yacían asustadizos, encerrados en la tienda lujosa levantada para nosotros... aquel infeliz por el que en un principio sentí asco, me enseñó su anatomía desnuda, su viril fuerza y a mis tiernos 14 años supe dar placer a un hombre, y recibirlo dolorosamente pero gustoso, en mi memoria recuerdo aún sostener aquel enorme pene entre mis manos que apenas podían abarcar su circunferencia y rodear tan grueso falo, aún puedo sentir ese olor dulzón y su suave culminación, aquella excesiva pilosidad y aquel dolor delicioso cuando intentaba penetrarme... y aquella inundación que recibí como un “bautizo a una nueva vida”...
Nunca dormí tan tranquilo, tan protegido entre sus fuertes brazos, y aquel descomunal pecho que fué mi mejor cama... me besaba repetidas veces, aprendí a besar... a la mañana siguiente, aún con el cielo estrellado y dormido, me tomó por los brazos, me raptó, desperté al sentir el movimiento del galope de los caballos y al abrir mis ojos observé cómo daban al vuelo las capas blancas que cubrían el rostro de mi furioso amante...
Me acuerdo que al final de aquel día, decidimos acampar en un oasis del desierto... la arena resplandecía como polvo de oro al caer la tarde... sin hablar, sólo me miraba fijamente a los ojos, un milagro, me esbozó una sonrisa leve... como buscando un perdón, una gracia de mi parte, me acarició una mejilla con su áspera mano... no creí que hombre tal fuese capaz de demostrarme afecto... no entendía lo que trataba de decirme, su voz se tornaba lastimera, ví cómo terminó sollozando y tapándose las manos.... me abrazó, posó su cabeza en mi regazo... yo sentí su ternura y esa noche también sentí su calor... era como si tratara de repeler un sentimiento que de él nacía, como si quisiera pedirme perdón... como si supiera que pronto nos separaríamos... por lo pronto tardamos en llegar a Siria, yo temía lo peor... remontamos el valle del Orontes y todo me parecía verde y brillante, campos de cultivos por doquier... de repente una deslumbrante visión me dejó perplejo, al recodo del gran río se erguían empinadas y boscosas montañas, una zigzagueante muralla con múltiples torres lo coronaba, al bajar la mirada la ciudad más impresionante de cual hasta entonces había visto, era Antioquia, la capital oriental de los romanos... un larguísimo puente de piedra tuvimos que atravesar para acceder a ella... yo con mi cabeza reclinada sobre la espalda de mi raptor (ni siquiera sabía su nombre) me limitaba a ver la mezcla de razas, venidas de todas partes del mundo, el gran mercado extramuros punto de encuentro de las grandes caravanas que venían del más lejano oriente... decidimos apearnos del caballo y dejarlo al cuidado de unos cuidadores y entramos en la ciudad, nunca había visto calles tan anchas bordeadas por bosques de columnas altísimas en la que gente ataviadas con estrafalarios atuendos se paseaba, incluso mujeres, con sus sirvientes... en fin, ya estaba acostumbrado al bullicio de las grandes ciudades, aquí se hablaban casi todos lo idiomas... caminaba adelante maravillado, él me seguía detrás observándome... yo me sentía entre temeroso y excitado...
Yo quería más de él, necesitaba más de él... no tardé en percatarme que su manera de actuar en el oasis era en realidad franca, me llevó a una casa de dudosa reputación y me puso al cuidado de una señora ya entrada en años pero llena de colgajos valiosos y repintes en el rostro, una casa llena de muchachos y muchachas hermosos, cenizos, de mirada distraída, y mohines petulantes... al parecer yo era la “carne fresca”.. la vida en el lupanar me resultó muy placentera, la vieja Maltis, resultó buena “paedagogus”, nos alimentaban bien, nos nutrían en todas las artes y ciencias, seríamos los futuros “efebos”, los “favoritos”, los usurpadores del poder... tendríamos suerte si algún patricio romano se fijaba en algunos de nosotros y decidía comprarnos. Claro está, la vieja Maltis fijaría el precio que más le conveniera a ella... el lupanar en realidad era la domus de Maltis, supe más tarde que enviudó siendo muchacha de un rico comerciante sirio, dejándole cuantiosa fortuna, entre ellas dos villas en la ciudad y varias en los alrededores, era una casa preciosa a la manera de las villas del palatino en Roma, tenía un inmenso jardín y estábamos cerca de unas termas, conocidas entre los señores más distinguidos, sabida cuenta que era el sitio de entrenamiento de los muchachos de Maltis, debo de reconocer que en sus decorados cuartos cubiertos de insinuantes mosaicos terminé de aprobar con sobresaliente los secretos de Venus...
En una de las cenas famosas de la señora en la que mínimo acudían distinguidos caballeros y damas el gran triclinio se decoraba con una mesa central repleta de exóticas viandas... esclavos en cada esquina atendían las “necesidades” de los convidados, nubes de incienso, pétalos de rosas y nosotros éramos los esclavos, vestidos de manera insinuante... allí conocí a Michaelus... estaba sencillamente vestido pero elegante... con una toga bordada de hilos de oro, el cabello delicadamente rizado, un hermoso collar colgaba de su pecho... me miró tímidamente, desvió su miraba hacia mis desnudos muslos y esbozó una discreta sonrisa (sin mirarme), observé cómo Maltis comenzaba a entablar conversación con él... al final de la cena varios de los invitados empezaron a alejarse discretamente con uno de nosotros entre sus brazos, se dirigían al jardín o a alguna cobiculae... a mí me tocó quedarme con él... era realmente encantador en sus modales, a pesar de la información proporcionada por mi ama él quiso indagar en mi no muy noble pasado... tomó mi mentón entre sus manos y me obligó a mirarle a la cara, me dijo que era la criatura más bella que había visto y que quería llevarme consigo... me dio un tierno beso que me supo a la más dulce miel.... y bueno, lo demás ya es historia...
Levanto la mirada, aún sigo acostado sobre la esterilla en el jardín.
- ¡Diablos!, Robertus!!! Por Zeuz, ¿dónde estabas metido? -Me reprendía Euthikes, una vieja esclava griega, que conocía a dominus desde niño.
Era el tiempo de cooperar en el arreglo del salón para esta noche, dominus celebraría un banquete en honor del disoluto Xavierus, su mejor y más antiguo amigo...
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