Manuel

Hola a todos, me llamo Claudio, tengo 23 años y actualmente resido en Madrid, pero soy nativo de Querétaro, México. Es una bella ciudad fundada en la colonia, por cierto, quien la vaya a visitar se encontrará con una gente muy amable, un ambiente agradable y limpio además de interesante y también goza de fama entre nosotros porque es una de las ciudades con más alto índice de homosexualidad en el país, pero bueno, a lo que nos atiende. Manuel es mi pareja y amor de mi vida. Lo conocí en mi nativa ciudad hace 5 años, yo tenía apenas 17 años pero él ya tenía 20, tres años que nunca se han impuesto para nada. Manuel había ido a estudiar y se quedó a vivir por dos años, pero les voy a contar cómo nos conocimos:
 
A Manuel lo conocí en un restaurante típico de la ciudad. Era una tarde de junio, estaba lloviendo pero hacía bastante calor, mi madre pasó por mí y por mi hermana mayor a la casa pues iba a dejar unas cosas a casa de una tía. En el camino, a mi hermana se le antojó una malteada y nos dirijimos al centro de la ciudad por dicha malteada. Había mucho trafico y ningún lugar para aparcar, así que mi madre me dio dinero y me bajé del coche en una esquina y corrí al restaurante. Yo traía puesto un jersey blanco con mangas azules, unos pantalones deportivos azules y tenis pues antes de que mi madre nos recogiera había regresado del gimnasio. Para cuando llegué a la fuente de sodas del restaurante estaba empapado, como pude me sequé el cabello que me llegaba a medio cuello pues parecía sopa de celote con el cabello castaño y los ojos miel empapados. Me sequé y entré, tomé un numero para ser atendido y me recargué cerca de una ventana a esperar mi turno. Estando yo pendiente de no ser pasado por alto, cuando volteé al mostrador, me encontré con una visión. Era un joven de unos 21 años. Primero pensé que se trataba de algún americano (muy comunes en esa época del año) pues usaba unos pantalones de mezclilla bien puestos, una camisa desfajada azul y tenía una cabellera rubia obscura. Como lo miré de espaldas lo único que pude ver de él fueron sus nalgas que parecían dos melones, redondos y firmes, además de su espalda que se veía trabajada y que terminaba en una cintura pequeña y muy sexy. De inmediato me acerqué a él y le pregunté en inglés si necesitaba ayuda. Volteó y me miró con sus ojos azules y su bella cara, no lo dejé decir nada porque hablé primero y dije, de nuevo en inglés, que yo era guía de turistas y que ofrecía mis servicios de tours por la ciudad, además de traductor español-inglés. En ese momento saqué mi tarjeta y se la di, en ella venía mi teléfono. La verdad, en ese momento estaba intentando hacer algo de dinero, pues lo de guía de turistas era cierto y quería ver si además del placer de mirar podía sacar algo más. Él miró la tarjeta, me miró y dijo:

- Gracias.
- Perdón, creí que no hablabas español.
- ¿Que si lo hablo?, es mi lengua madre.
- ¿Entonces no eres americano?
- No, gracias a Dios.
- Pues perdón.
- No te preocupes.

La verdad, luego de la breve conversación, el chavo había despertado en mí algo más que sólo deseo, su forma de ser, cálida y amable, me encendió. Él me sonrió y siguió observando qué pediría. Yo, mientras, me deleitaba viéndolo agacharse para ver los sabores de los helados. En más de una ocasión me sorprendió cuando volteaba a lo que yo respondía sonrojándome. En realidad no temía ser descubierto pues, modestia aparte, tenía capacidad y fuerza para defenderme, no en vano asistía una hora diaria al gimnasio, debido a esto hice un poco más descaradas mis observaciones. Cuando mi turno llegó, me acerqué al mostrador y ordené, en eso él tomó su helado, me volteó a ver y me sonrío, volteó la cara y se fue. Yo le sonreí de vuelta no sin antes sonrojarme y miré a la señorita que me atendía, en ese momento sentí una mano en mi hombro izquierdo e instantáneamente una voz en mi oído diciendo:

- He visto cómo me miras.

Volteé a ver y era el chavo, extendió la mano y me dijo:

- Me llamo Manuel, ¿y vos?
- Claudio.
- Pues espera mi llamada, Claudio, que quiero alguien que me muestre la ciudad.

Y se fue. Yo tuve que esperar por mi orden, pagué y salí corriendo de nuevo a la lluvia.

Ese mismo sábado estaba yo en mi casa, me había levantado tarde luego de la noche anterior cuando me fui con unos amigos a una disco. Era más de mediodía y yo miraba televisión. En eso mi teléfono celular sonó, mire el identificador de llamadas y noté que era un teléfono público, contesté y una voz con acento español me dijo:

- ¿Cómo se llama el edificio donde está el gobernador?

Yo me puse de pie de un salto y una sonrisa se dibujó en mi cara.

- Palacio de Gobierno.
- Aaah vaya! Y en la fuente de enfrente, ¿quién es el hombre a quien está dedicada?
- Es quien construyó El Acueducto.
- Acueducto! Vaya, que no conozco la ciudad! Entonces hay un Acueducto.
- Sí.
- Me lo tienes que mostrar.
- Si quieres.
- ¿Que si quiero? Pues sí. Te espero aquí en media hora, ¿puedes?
- En media hora estoy ahí.

En cuanto colgué, corrí a mi habitación en busca de los pantalones más sexys que tuviera y la playera que mejor me quedara. Entré al baño y me di una ducha, me vestí con mis pantalones azules ajustados y mi playera negra de licra, además de una útil gorra negra. Tomé las llaves del auto de mi madre, quien estaba en un desayuno con mi padre, y conduje hasta el centro de la ciudad. Me estacioné a un par de calles de la plaza donde habíamos quedado y cuando llegué a dicha plaza no pude encontrar a Manuel, luego mi teléfono volvió a sonar, contesté y era él.

- ¿Me puedes decir a quién es el otro monumento que está en la plaza?
- ¿Cuál otro monumento?
- Pues hay un apuesto joven de playera negra y pantalones azules que parece que está hecho sólo para ser admirado...

En ese momento se disiparon las dudas que tenía.

- Fue hecho para quien decidiera tomarlo.
- ¿En serio?
- Sí, además, no es sólo para ver, sino para sentir y ser sentido.
- Entonces habrá que comprobarlo.

Y colgó. De una cabina pude ver que salía Manuel, ahora vestido con unos shorts cafés que dejaban ver sus bien formadas piernas y una muy interesante playera blanca que se pegaba a su cuerpo en sus pectorales y que describían la silueta del tesoro debajo de ella. Se acercó, me dio la mano y dijo:

- Parece que tenemos mucho que hacer Tú y Yo.
- Así parece. Te invito a un café.
- Tú camina y yo te sigo, que ese día sólo tú te deleitaste, y ahora yo quiero ver tu espalda.

Este comentario se me subió a la cara y me sorprendió que nadie volteara a ver, pues estábamos en medio de la plaza rodeados de gente. Caminé hacia un café cercano, seguido por mi vigía, de quien sentía su mirada clavándose en mi trasero. Ordené una mesa para dos y nos sentamos. Me contó de su vida en Madrid, de sus estudios, y de los más detalles que pudo pues estábamos de nuevo rodeados de gente.

- Vayamos a donde podamos realmente platicar.- me dijo.
- ¿A dónde?
- Mi casa.
- ¿Y dónde está?
- No muy lejos, rento un departamento en un edificio a unas calles.
- Pues vamos.

La verdad es que hasta este punto, Manuel y yo ya habíamos entrado en confianza luego de haber pasado casi cinco horas platicando. Eran cerca de las siete cuando llegamos a su casa. Entramos y encendió la luz. No era muy grande, pero era bastante acogedor y agradable. Me invitó a sentarme y me ofreció una cerveza, la cual acepté. Él tomó una y se sentó a mi lado. Platicamos ahora de intimidades como cuándo había sido la primera vez, la posición y los juegos que más nos agradaban. Eventualmente, la plática fue subiendo de tono hasta que me dijo:

- ¿Se enojarían tus padres si un día no llegaras a dormir?
- Pues si no les digo dónde estoy, sí.
- Entonces llámales y diles que esta noche no llegas, que te quedas conmigo.
- No puedo decirles que me quedo contigo.
- Claro que no tonto, invéntales cualquier cosa.

No era la primera vez que no llegaba a dormir, alguna ocasión estaba tan tomado que prefería no llegar a mi casa y dormía en casa de algún amigo. Hice un par de llamadas a un amigo y le dije que me cubriera, que estaría con una "amiga" muy buena y que les dijera a mis padres, si llamaban, que estaba con él y que dormía de borracho. Manuel, mientras, se metió a su habitación y regresó bastante más cómodo. Se había quedado en trusa y playera. Cuando lo vi entrar a la sala, la voz se me entrecortó pues aun estaba al teléfono con mi amigo, y como pude colgué. Me preguntó que si no quería ponerme cómodo también, a lo que respondí poniéndome de pie y desabotonando mis pantalones, mismos que cayeron al suelo dejando ver a Manuel mi erección que crecía debajo de mis boxers. Terminé quitándome todo menos los boxers. Manuel se acercó a mí, lentamente dejó su cerveza sobre la mesa y acercó su cuerpo al mío. En esta ocasión no estaba nervioso, casi siempre me ponía nervioso, pero ahora no lo estaba. Manuel se acercó a mí hasta que nuestros pechos se tocaron, luego nuestros estómagos y por último, Manuel recargó su cabeza en mi hombro. Yo estaba a mil, y sabía que él  también lo estaba, lo podía sentir. Su aroma era exquisito, un olor de hombre joven y lleno de vida. Manuel puso música con el remoto y me abrazó, comenzó a moverse y luego yo también, nuestros cuerpos se rozaban al sonido de la música, luego se detuvo, levantó la cara y me vio con sus hermosos ojos azules y su preciosa boca se acercó a la mía. Me dio un beso que jamás olvidaré. Luego de un minuto de disfrutar de la boca del otro, nos separamos, Manuel me tomó de la mano y me llevó a su cuarto. Ahí Manuel ya tenía preparado el lecho. Tenía una cama matrimonial con unas sábanas blancas, en las mesas de noche había encendido velas de vainilla y tenía la luz apagada. Una vez ahí, lo besé de nuevo y le quité la playera. Fui bajando con mi boca por su cuerpo, besé sus fabulosos pectorales, sus bien marcados abdominales y llegué hasta su trusa que dejaba ver un buen pedazo de carne que crecía cada vez más.

- Hazlo!

Me dijo. Yo, obedientemente bajé su trusa y de inmediato saltó su pene que cayó en mi cara pues aún no estaba en completa erección. Lo primero que hice fue poner mis manos en sus caderas y besar la base de su verga, justo donde nacen los pelos. El aroma que respiraba era delicioso. Pasé mis labios por sus huevos un par de veces y su verga se levantó aun más. Finalmente puse una mano alrededor de su arma y bese su cabeza. Mmmmmm, delicioso. Luego fui introduciendo todo su pene en mi boca. No era la primera mamada que hacía, pero sí me costó trabajo pues Manuel tiene lo suyo. Eventualmente hice espacio para tan grande objeto en mi boca y succioné. Sacaba y metía su verga de mi boca lentamente mientras jugueteaba con su cabeza y mi lengua. Mis manos mientras recorrieron todo eso culo hermoso y firme. Le sobaba las nalgas y lo presionaba contra mí para poder tener toda su carne en mi boca. Incluso en una par de ocasiones mis dedos rozaron su agujero. Luego de unos minutos, comenzó a moverse él también, pero se detuvo casi de inmediato.

- No me quiero venir todavía.
- Como quieras.- contesté.

Me levanté y nos besamos de nuevo. Entonces me tumbó en la cama y se acostó sobre mí. Nos estábamos besando al tiempo que él hacía un movimiento de vaivén. Yo sentía su polla rozando contra la mía que estaba aún debajo de los boxers. Manuel se despegó de mis labios sólo para continuar besándome el cuello, subió hasta mi oído donde me susurró:

- Te voy a dar la cogida de tu vida.

Yo sólo pude asentir con la cabeza, pues cuando hay alguien en mi oído, me puedo derretir de placer, además, su delicioso acento español me vuelve loco. Entonces me volteó boca abajo y me besó el cuello y pasó su lengua de arriba a abajo un par de veces por mi espalda, además de seguir con su movimiento de vaivén. Cuando llegó a mis boxers, los bajó con cuidado y sentí sus labios en mis nalgas varias veces. Finalmente puso ambas manos en mis nalgas y las separó e introdujo su cara en medio. Me dio un beso en el culo de lo más delicioso, además de unos lengüetazos riquísimos al tiempo que me masajeaba las nalgas. Yo estaba ardiendo de placer y levantaba las nalgas para que alcanzara más adentro, quería sentirlo dentro de mí y jugando en mi ano. Manuel me hizo pasarle uno de los condones que había sobre el buró y supe que por fin sería el momento. Se lo di y lo siguiente que sentí fue la punta de su verga en la entrada de mi ano, sentía que presionaba y yo levantaba aún más la cola para que entrara. Así pues, Manuel metió poco a poco y sin dificultad todo su miembro. Una vez adentro, Manuel comenzó a moverse de nuevo, pero esta vez con más ternura, asegurándose de que ambos disfrutáramos del momento. Yo, boca abajo, mordía las sábanas y me sobaba la verga. Luego Manuel me volteó boca arriba sin sacarme su miembro, puso mis pies contra sus pectorales y siguió cogiendome, en eso estábamos, disfrutando cuando de pronto sentí que Manuel se detuvo, sacó su verga y me dijo que quería venirse en mi boca, yo por supuesto acepté de mil amores y lo hice acercarse a mi boca, sentí su miembro de nuevo en mi boca y chupé como nunca, entonces su leche me inundó la boca, la tragué toda sin dejar ni una sola gota. Manuel luego se acostó a mi lado, le di un beso y le dije:

- Es mi turno.

Manuel, un poco desconcertado me dijo que a él jamás lo habían penetrado y que no le agradaba la idea.

- Pero si yo estoy que estallo.- dije.
- Pero a mí jamás me han cogido.
- Pues yo voy a ser el primero, qué honor, ahora tranquilo y relájate, sólo duele un poco al principio.
 
Todavía titubeante le tuve que dar un par de besos más para tranquilizarlo y por fin sentí que accedía. Lo puse en posición de cuatro y me acerqué a su agujerito. Ese agujero virgen que me tocaría entrar por primera vez. Lo lamí y luego le di un tierno beso.

- ¿Te gusta?.- pregunté.
- ¿Pero qué me haces?, me vuelves loco!
- Sólo voy empezando.

Seguí dando chupetones, lametones, besos y lengüetazos al tiempo que Manuel se revolvía de placer, sentía cómo su culo me presionaba la cara para que siguiera, pero me separé, me puse el condón y recargué mi verga en su culo. La fui metiendo poco a poco, escuché unos pocos gemidos, pero nunca me dijo que parara, así que seguí. Pronto Manuel tuvo mi herramienta dentro y no lo notaba, así que comencé un mete y saca que ambos disfrutábamos, en ocasiones escuchaba un pequeño gemido, pero como no decíamos palabra, no sabía si era de dolor, placer o ambos, así que seguí metiendo y sacando durante varios minutos, lo sujeté de las caderas y escuchaba nuestros huevos chocar hasta que me vine dentro de él. Me quedé dentro del él un par de minutos más y luego se lo saqué. Mientras, noté que su verga estaba dura de nuevo. Nos acostamos y nos besamos. Entre tanto beso y abrazo, me agradeció que lo hubiera desvirgado con tanto amor y que le había encantado. Nuestras vergas ya estaban duras de nuevo y terminamos con un delicioso 69 en que nos tragamos la leche del otro y luego las mezclamos en una serie de besos apasionados que sellaron lo que más adelante descubriríamos, el Amor.
 
Manuel, GRACIAS.