EL MAR BRAVO (1ª Parte)

Llevaba quince meses navegando en solitario a bordo de mi yate. En ese tiempo
de navegación había recalado en varios puertos africanos, asiáticos y en varias
pequeñas islas del Pacífico donde había explorado los cuerpos de hombres de
otras culturas y razas, experimentando los placeres de la carne con una intensidad
que hasta ahora nunca había conocido, aprendiendo a controlar mi cuerpo para
abandonarme a los deleites del sexo sin más preocupación que vivir cada día.
Había dejado atrás el Estrecho de Torres que separa Nueva Guinea de Australia
para adentrarme en el Mar del Coral, rumbo al archipiélago de Nueva Caledonia.
Soplaba una brisa ligera que me permitía navegar de bolina sin largar todo el trapo.
Al timón, desnudo como siempre que navegaba en alta mar para sentir en mi piel el
viento, escrutaba el horizonte dejando pasar lentamente el tiempo que transcurría
sin ninguna novedad, salvo las imprescindibles tareas en los cabos, mástil y velas
que me mantenían en forma y que, junto al juego de las puestas y salidas del sol,
eran mi único contacto con el abstracto concepto de tiempo de los hombres.

Al amanecer de un día cualquiera, cuando salía de la cabina del buque después
de un sueño reparador, me pareció observar desde la borda un objeto flotando
cerca del horizonte. Me encaramé hasta lo más alto del mástil tratando de discernir
con los prismáticos qué era aquello que la corriente hacía derivar hacia mi barco.
Era una balsa en la que parecía haber un par de cuerpos inmóviles. Bajé hasta la
rueda del timón y arrumbé hacia la balsa. A medida que me acercaba, haciendo
ulular la sirena del yate, vi signos de movimiento. Eran dos hombres, y uno de ellos
agitaba enérgicamente las manos. Maniobrando, me puse al pairo y tendí la escala
por la que subieron dos jóvenes de unos 20 años con signos evidentes de cansancio,
sed y hambre.

El sol, que ya se levantaba por el horizonte, recortaba las formas de esos jóvenes
de una manera que me cortó la respiración. Controlé a tiempo mi cuerpo desnudo
y ningún signo de excitación sexual pudo traslucirse. Los náufragos me contaron
su pequeña aventura y se presentaron. El que había agitado sus brazos reclamando
mi atención se llamaba Mario. Era Moreno, con un cuerpo muy atlético y unos
pantalones muy cortos que dibujaban un sexo interesante. El otro, Mark, era rubio,
de cuerpo definido, sin exageraciones y una cara agradable. Ambos miraban de vez
en cuando mi paquete mientras les ofrecía agua y comida. Cuando se pusieron a
comer, atrapé un bañador del armario y me lo puse. Subí a la cubierta mientras
descansaban tumbados en las camas. Con las manos en la rueda del timón, los
vigilaba a través de los cristales de la cabina. Charlaban animadamente y,
durante un instante, me pareció que se besaban, aunque no podía asegurarlo.

A mediodía, mientras comprobaba nuestra situación con el sextante, salió Mark
de la cabina y se dirigió hacia mí. Después de hablar un rato sobre su naufragio,
me preguntó el motivo de mi desnudez cuando los había recogido. Le expliqué
que solía navegar en cueros cuando estaba en alta mar para sentir el viento. 

- Por nosotros, no hay inconveniente en que sigas desnudo. - me contestó - Para
que no te sientas cohibido, iremos también desnudos.

Mi ritmo cardiaco aumentó cuando contemplé a Mark desnudarse, mostrando
un rabo precioso y unas bolas no muy grandes que colgaban de un escroto
depilado. Yo lo imité. Ya en pelota, Mark avanzó hacia proa mirando los lomos
de delfín que regularmente aparecían cerca de las amuras. ¡Eso sí que era un culo!,
terso y bien formado, casi sin pelos. Comencé a sentir mi verga retozona elevándose
lentamente hacia el cielo.  Como quien no quiere la cosa, me giré en redondo, haciendo
que miraba el horizonte con los prismáticos y rezando para que el trasto volviese a su
estado primitivo. Tardé un minuto en conseguirlo. Dejé los binoculares, giré y tuve
que agarrarme al timón para no caerme del susto cuando se ofreció ante mí un
grandioso espectáculo. Mark estaba agachado delante de mí recogiendo unos cabos
mientras me ofrecía la generosa visión de sus piernas abiertas; ese ano sonrosado y
depilado estaba pidiendo a gritos un consuelo. Raudo y veloz, cogí el sextante y volví
a girarme con la herramienta en tal estado de excitación que hubiera sido capaz de
mover la rueda del timón sin las manos. Mark se alzó y se encaminó hasta mi posición.

- ¡Qué haces!, si el sol está a babor. 

Su voz me dejó paralizado. De momento, estaba de espaldas a él y confiaba en que
no viera mi cipote a punto de reventar.

- Nada, sólo jugando con el sextante.- dije a media voz. Mark entró en la cabina y
yo respiré aliviado hasta que vi mi sombra sobre cubierta. ¡Maldita sombra!. Lo que
yo creía ocultar de la vista del rubio, aparecía clara y nítida sobre la madera de la
cubierta. Al poco rato, Mark emergió de la cabina seguido de Mario. Ambos estaban
sonrientes. Esta vez las hormonas no me jugaron una mala pasada cuando vi lo que
pendía entre las piernas de Mario. Seguí asido al timón mientras ambos se sentaban
delante de mí, dándome la espalda. Durante un buen rato pude contemplarlos a placer
sin ser molestado. Media hora más tarde Mario se levantó y se ofreció a gobernar el
barco para que fuera a descansar. Esa era mi oportunidad de serenarme ya que mi
cuerpo iniciaba otra vez el hormigueo que precede a la intensa excitación. Le cedí el
timón y bajé a toda prisa hasta la cabina. Me tumbé respirando agitadamente y,
poco a poco, el sopor y la calma me hicieron adormilar.

No sé cuánto llevaba adormilado. Un leve ruido en la otra cama me hizo entreabrir
un ojo. En la otra cama estaba Mark contemplándome mientras se sobaba los genitales.
Para disimular la previsible erección, me giré haciéndome el dormido, dejando mi
espalda frente a él. Entre los ruidos del yate podía oír en ocasiones el sonido de una
respiración agitada y, muy ocasionalmente, el que me parecía ser el del prepucio
sobre el glande. ¡Mark estaba masturbándose!. Unos gemidos apagados me
confirmaron que se había corrido. El ruido de la cama cuando alguien se levanta
y unos pasos acelerados hacia la escalera de salida pusieron fin a la situación. Me
levanté; agazapado para no ser visto cerca de un ojo de buey abierto, escuché a Mark:
"¡Cómo me gustaría sentir su polla en mi culo!, empiezo a cansarme de la tuya."
dijo entre risas.  "Igual me pasa a mí" - contestó Mario riéndose - "Por más que
hacemos para calentarle, parece que se lo piensa". "Sí, sobre todo después del
empalme que tenía a mediodía. Cuando vi la sombra tuve que bajar para no
ponerme a chupársela como un poseso".

Mi herramienta se puso tonta y creció hasta su plenitud. El glande mostraba signos
de intensa lubricación y no tuve más remedio que cascármela aceleradamente para
aliviar la tensión. Me corrí, pero en contra de lo que esperaba, la maldita verga seguía
orgullosamente erguida. "De ahora no pasa", pensé para mí. Me encaminé hasta la
puerta de la cabina y, abriéndola, asomé la cabeza (la de arriba, obviamente). Mi voz
tronó:

- ¿Por qué esperar más?, os he oído y estamos todos de acuerdo!

Sonreí al ver sus rostros rojos como un tomate mientras mi cuerpo, con el rabo tieso,
asomaba por la cubierta. Miraban fijamente mi sexo. Sus penes comenzaron a levitar
y el rojo de sus caras pasó a sus glandes. Me acerqué a Mark y le besé. Mis manos
recorrían sus nalgas buscando la raja. Mario, detrás de mí, presionaba su cuerpo
contra mi espalda. Sentía su pene frotándose contra mi culo.

- La próxima vez que te la casques, procura hacer menos ruido!.- dije mirando
al rubio.

Me giré hacia Mario. Agarré su cabeza con mis manos y acerqué los labios a su boca.
Mi lengua entró en ella; acarició los dientes y terminó chocando con su lengua.
Agarró mi nuca apretando sus labios contra los míos, haciendo trabajar su lengua,
que luchaba con la mía. Mientras besaba a Mario, sentí la lengua de Mark acariciar
tímidamente nuestros glandes que, en la catarsis del beso, estaban uno junto a otro.

Mario empujó la boca de Mark hacia su pene y éste lo engulló lentamente recorriendo
con su lengua cada pliegue del mismo. Mis manos descendieron por la espalda de Mario,
lentamente, alcanzando por fin sus apetitosas y duras nalgas. Me entretuve amasándolas
con fruición. Los labios me dolían. Al cabo de un rato, con las bocas perdidas en la deriva
en un proceloso océano de sensaciones, uno de mis dedos se deslizó entre sus nalgas
recorriendo su raja hasta alcanzar su agujero. Sus gemidos se incrementaron y abrió
las piernas para permitir que su ano recibiera el masaje de mi ansioso dedo. Empecé a
describir círculos con la yema del dedo en su esfínter, resbalando sobre él. Quería que
se dilatara, que se relajara para lo que tenía pensado hacer con él. Mario dio un respingo
cuando le introduje el dedo en el culo. Al principio lo mantuve quieto pero luego comencé
a palpar su recto. Aumentó sus jadeos. Mark deslizaba la verga de Mario entre sus labios,
cada vez con más intensidad, tragando en cada acometida más longitud de falo; estaba a
punto de provocarle un orgasmo brutal. Fue entonces cuando inicié una danza guerrera
con mi dedo dentro de él, entrando y saliendo a gran velocidad, sintiendo mis nudillos 
marcarse en la piel de su culo. Mario hundió más su polla en la boca del rubio y su 
magnífica herramienta estalló, lanzando su carga en la excitada boca de Mark mientras 
que su lengua se movía convulsivamente dentro de mi boca. Abandoné su cuerpo para 
ver las últimas cargas deslizarse sobre el rostro de nuestro compañero.

Después de un rato en silencio, pedí a Mark que gobernara el timón y agarrando de la 
mano a Mario, lo conduje hasta la cabina. Cerré la puerta y me dispuse a completar mi 
trabajo. Los ojos de Mario brillaban con la excitación de lo desconocido. Mi juego anterior 
en su esfínter le hacía intuir mis intenciones. Siempre había sido él quien se había 
adentrado en el ano de Mark pero, en esta ocasión, iba a experimentar por primera 
vez la sensación de ser penetrado y esa idea no le inquietaba; es más, la esperaba con 
una mezcla de lujuria y curiosidad. Mi mano izquierda asió su cabello y le besé el cuello
recorriéndolo hasta sus lóbulos que lamí con placer; mi mano libre recorría lentamente 
su pecho, deteniéndose en sus pezones y pellizcándolos suavemente sintiendo cómo se 
endurecían, irguiéndose orgullosos. Sus manos acariciaban mis testículos, mis muslos, 
exploraban la piel de la verga y silueteaban los contornos de las venas marcadas. Mi 
boca descendió hasta sus pezones y la lengua se deleitaba deslizándose a su alrededor, 
dibujando con la saliva formas caprichosas. Nuestras respiraciones eran agitadas. Con 
mi mano aún agarrando su cabello, le obligué a agacharse y él supo que su intuición iba 
a convertirse en realidad. Suavemente, con el cuerpo temblando, se inclinó sobre la 
cama. Arrodillado en el suelo, abrió sus piernas apoyando los antebrazos en el colchón.

De rodillas tras él, mi mano recorría su espalda y su pecho. Acerqué mi boca a sus 
nalgas y las besé palmo a palmo mientras la mano libre agarraba firmemente sus huevos, 
sopesando su forma y tamaño, sintiendo las palpitaciones del deseo. Mi lengua resbalaba 
por las nalgas hasta alcanzar la parte superior de la raja. Desde ahí, inicié un lento y 
cadencioso descenso hasta los testículos de Mario que se contrajeron. Mis manos abrieron 
sus nalgas y ese hermoso y virginal agujero latiente se ofreció a mis caricias. La lengua 
recorría los contornos del hoyo deseado, dejando rastros de saliva cada vez más 
abundantes. Me entretuve una eternidad recreándome en ese músculo que iba a 
permitirme el acceso al interior del cuerpo de Mario que gemía cada vez con más 
intensidad y empujaba su culo contra mi cara con una pasión que yo pocas veces 
había visto y, sobre todo, sentido. Poco a poco, el esfínter se dilató permitiéndome 
hundir la lengua en el interior de la sima que, a cada instante, parecía más húmeda 
y ardiente. Si antes Mario no se resistía, ahora colaboraba abriendo aún más las nalgas 
con sus manos. Me detuve contemplando mi obra. Su ano estaba bastante dilatado y 
rebosante de saliva.

Le hice acostarse de espaldas sobre la cama con las piernas abiertas. Su pene estaba 
erecto y a punto de estallar. Era hermoso y brillaba perlado de líquido preseminal. 
Besé sus muslos y agarré sus huevos entre los dedos acariciando y pellizcando su 
escroto. El contacto de mi lengua con su glande, aún muy sensible, le hizo dar un 
respingo. Abandoné la idea de lamerle su falo así que me decidí a saborear sus
lampiños huevos. Deslicé lentamente mis labios por la piel rugosa humedeciéndola. 
Probé a introducir su bolsa entera en la boca pero hube de desistir porque, ni 
abriéndola hasta casi desencajar las mandíbulas era capaz de introducir la mayor 
parte. Opté por introducir una de sus bolas que apenas me dejaba espacio para 
que mi lengua evolucionara en torno a ella. A pesar de todo, conseguí hacerla
danzar perfilando sus contornos. Instintivamente acerqué mi dedo a su ano y lo 
introduje lentamente en su ensalivado y dilatado esfínter. Casi no ofreció resistencia, 
así que introduje otro. Al principio notaba una cierta oposición que pronto cedió entre 
gemidos cada vez más fuertes. Extraje el huevo saboreado y lo sustituí por su 
compañero. Un tercer dedo se acomodó dentro de su culo. Los metía y sacaba
rápidamente hasta que sentí que su ano estaba ya preparado. Ayudé a Mario a 
levantar sus piernas, colocándolas sobre mis hombros. Allí estaba ese culito hermoso 
presto a ser descubierto y explorado por primera vez, húmedo y palpitante. Coloqué 
mi polla sobre su raja y la deslicé parsimoniosamente unas cuantas veces. Mientras 
lo hacía, giré los hombros y mi mano alcanzó un cajón en el que había preservativos. 
Mientras continuaba mi baile en su raja, me las ingenié para ir colocándome la goma.
(Cuando se navega por lugares donde los condones suenan de oídas, pero haberlos 
no los hay, es conveniente ir bien provisto de ellos).

Mario comenzó a mover lentamente las caderas incitándome a tomar posesión de 
su, hasta ese momento, reducto inexplorado. Acerqué la punta de mi pene y arrumbé 
hacia el objetivo. El glande sufrió alguna dificultad pero, poco a poco, la totalidad del 
mástil horadó su esfínter. Al principio la cara de Mario reflejaba un cierto rictus de 
dolor que se trocaba lentamente en satisfacción. Me incliné para besar sus labios 
jadeantes moviéndome lentamente dentro de él hasta que su músculo se acostumbró. 
Fue Mario quien me animó a penetrar más profundamente agarrándome las nalgas 
con sus manos y presionándolas contra él. Separé mi pecho del suyo apoyándome en 
las manos listo para aumentar la cadencia del ritmo. Mis acometidas, ahora, eran más 
enérgicas y mis huevos chocaban en cada embestida contra su culo prieto y musculoso. 
Cada vez nuestra respiración era más agitada y los latidos más acelerados. Mario
intentaba mover su culo para acompasarlo con mis acometidas cada vez más rápidas. 
Se llevó sus manos a su polla para intentar masturbarse pero se lo impedí agarrando 
sus codos entre mis manos.

Al cabo de cinco minutos, aflojé la marcha y me incliné para besarle. Extraje mi 
miembro de su culo y me acosté boca arriba con mi miembro tenso y rígido y le atraje 
hacia mí. Se subió a la cama colocando sus rodillas flexionadas a ambos lados de mis 
caderas. Él mismo agarró mi pene y lo dirigió hacia su ano. Se dejó caer bruscamente y 
mi verga lo taladró sin piedad. Sentía su carne apretar mi polla encerrándola en un 
mundo cálido y lleno de sensaciones. Mario se movía cada vez con mayor velocidad,
arriba y abajo, arriba y abajo, meneando simultáneamente sus caderas. Su dura verga 
se bamboleaba alocadamente en el aire y su cabeza  giraba sin rumbo definido 
emitiendo profundos gruñidos de satisfacción. Apoyó sus manos en el techo de la 
cabina para imprimir más violencia en sus descensos y, al final, con un aullido animal, 
convulsionándose, comenzó a eyacular un río de semen que inundó mi estómago, mi 
pecho y mi cara. Mario redujo momentáneamente la velocidad e intensidad de su 
vaivén tratando de recuperar el resuello y, en un minuto, estaba presto para reanudar, 
cada vez más salvajemente, sus acometidas contra mi verga. Su ano colaboraba con los 
movimientos, abriéndose y cerrándose, latiendo desesperadamente. Agarré sus caderas 
y le empujé brutalmente contra mí. Un gemido ahogado y prolongado anunció el orgasmo. 
Sentía mi semen fluir como la lava de un volcán en una erupción apocalíptica. Mario 
continuaba sentado sobre mí con la polla en su interior. Permaneció así dos minutos 
para inclinarse luego, besando suavemente mis labios. 

No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero un quejido lastimero nos hizo tomar noción de 
la realidad. Al abrir los ojos, Mark estaba delante de nosotros con su mano sobre su 
miembro, ya debilitado y rezumando semen recién liberado. Ya anochecía. Tras besar 
a Mario, me aseé en el baño y subí a cubierta para hacer mi guardia.


(Fin de la Primera Parte)