Ahora que estoy solo en casa, que ya ha pasado todo un día desde que te has marchado, comienzo a darme cuenta de la realidad, por fin estoy bajando del cielo al que tu me has llevado. ¿Cómo es posible que un chico como tu, tan joven, pueda amar de esa forma a un hombre como yo, tan feo?. ¿Cómo una belleza como la tuya, ha llegado a pertenecerme?. Tengo miedo de que esto se acabe, de que te hagas mayor y ya no te guste. De que algo cambie en nuestra relación. De que el próximo domingo no vengas a verme.
Si, mis domingos han cambiado, ya no salgo a la calle, ni voy a la playa. Los domingos se han convertido en tu día, en el día que vienes a verme. Ya son muchos los domingos que has venido hasta mi casa, y ya son muchos los besos tuyos que han ido volviéndome loco, tus abrazos y tus besos me saben a gloria y consiguen que desee que nunca pase el tiempo, cuando estoy contigo quiero que el reloj se detenga, antes de llegar a las cinco de la tarde. Es curioso, la hora de la muerte en los ruedos, es ahora para mí, la hora de mi pequeña muerte, la hora en que te marchas.
Cuando ese primer domingo apareciste en mi puerta sonriéndome, recuerdo que mi corazón se puso a mil, y que otra parte de mi cuerpo también se conmocionó, tu beso y tu abrazo, me elevaron y no me pude contener, como tampoco he podido volver a contenerme contigo. Jugando, jugando, llegó el momento en que te tuve con los pantalones bajados, mis ojos se llenaron de tus maravillas, de tu cuerpo lampiño y de la suavidad de tus líneas, mis manos se llenaron con tu gloriosa erección, y te acaricié. Mis manos recorrieron todo tu cuerpo, despacio, disfrutando de tu suavidad. Te observé para ver tu respuesta a cada una de mis caricias, pude ver como a veces en respuesta a caricias osadas en lugares prohibidos, el placer casi te hacia saltar, respondiendo a mis trabajos con una mirada brillante y una sonrisa pícara. Te gustó que pasara mis manos despacio, muy despacio por tu espalda, apenas rozándote, como si mis dedos se hubieran transformado en plumas. Te agitabas a cada uno de mis recorridos. Para mí era suficiente con ver el glorioso espectáculo de tu trasero desnudo moviéndose al compás que mis manos marcaban.
No quedó un solo rincón de tu cuerpo sin el premio de mis caricias, a cada paso mis manos se iban cargando de electricidad, de tu energía juvenil que tu recién estrenada adolescencia derrochaba, era como robarte la juventud. A cada caricia en un rincón virgen de tu cuerpo ibas perdiendo esa maravillosa inocencia que tanto me gustó. Te enseñé a conocer tu cuerpo, a encontrar placer en cada centímetro de tu piel y tú me redescubriste algo que ya tenia olvidado, la maravilla de descubrir el placer por primera vez.
Cada domingo que aparecías en la puerta de mi casa, sonriéndome, era mejor que el anterior, y nuestra relación se fue haciendo mas osada y yo que era el experto, era el esclavo de tus deseos, al principio solo me permitías acariciarte, más tarde pude chupar tu maravillosa pija. Poco a poco fuimos avanzando, juntábamos nuestros sexos, nos masturbábamos mutuamente, pero tu culo seguía siendo territorio prohibido, en el que iba poco a poco ganando terreno, al mínimo descuido tuyo, mi dedo penetraba en él. Pero este domingo ha sido diferente, y por eso te doy las gracias y no puedo dejar de escribirlo, ya que no tengo a nadie a quien contarlo.
Parecía un domingo normal, tu sonrisa en la puerta, tus besos
respondiendo a mi abrazo de bienvenida, tus pantalones bajados hasta los
tobillos y yo arrodillado ante el altar de mis deseos, lentamente comencé
a chuparte la poya, es delgada y larga, suave y fresca, tus huevos sin
pelo acapararon mi atención un buen rato, cuando estabas al máximo
de tu erección mi dedo comenzó
de nuevo a buscar tu culo y tu como siempre lo rechazaste. Al poco
rato estabamos en mi cama, desnudos los dos, yo sin dejar de chuparte y
tu masturbándome, teníamos el mismo ritmo, a ratos suave
y a ratos frenético, tuve mi primer regalo, tu primera eyaculación,
apenas unas gotas de un casi transparente semen de un sabor dulce, con
la dulzura de tu juventud. Te pedí de nuevo que me dejaras lamerte
el culo, y esta vez me dijiste que si y por primera vez tuve el pozo de
mis deseos abierto para mí, con mi lengua subí y bajé
por tu culo una y otra vez, llegando hasta tus huevos, regresando a tu
ano aún cerrado, poco a poco fui metiendo la lengua dentro de tu
agujero mientras con mi mano acaricié tu rabo, que estaba más
duro que nunca.
Penetré furiosamente tu agujero con mi lengua una y mil veces, saboreando tu carne y esta vez cuando te metí el primer dedo no protestaste, tampoco lo hiciste cuando te metí dos dedos, hasta adentro, cuando los saqué volví a trabajarte con mi lengua, poco a poco me incorporé y pasé mi rabo que ya estaba a punto de explotar por tu raja, te dio miedo y quisiste retirarte, pero te calmé diciéndote que solo íbamos a probar, con la punta nada más, fue maravilloso verte con las piernas al aire, tus rodillas sobre tu pecho, tu rabo duro como piedra descansando en tu estómago y tu agujero al aire, palpitando, esperándome. Poco a poco, despacio para no asustarte, fui entrando dentro de ti, primero solo la punta, y tu abriendo la boca sorprendido por el placer. Despacio, muy despacio fui entrando, cuando notaba un gesto de dolor tuyo, me retiraba un poco para permitirte adaptarte a mi rabo. Me retiraba y bombeaba un poco, tu ante cada uno de mis bombeos abrías la boca de nuevo, mientras con mi mano acariciaba tu poya que seguía dura, como nunca. Al rato eras tú el que levantaba el culo, buscando una penetración más profunda y yo disfrutaba como nunca había disfrutado dentro de un culo, mi verga comenzó a recibir electricidad, un cosquilleo más fuerte de lo habitual que me anunció que me corría. Cuando te miré a la cara y te vi con los ojos cerrados, concentrado, la boca abierta aún, anunciabas que tú también disfrutabas, tanto como yo. No pude soportar esa visión, me derramé dentro de ti, mientras me mirabas sorprendido por la nueva sensación, mi liquido llenándote. Me sonreíste y de nuevo la luz de tus ojos iluminó la noche de mi alma. Salí de tu culo, para abrazarte y besarte con pasión, con la locura de mi amor por ti. Entonces me diste la última alegría del domingo más hermoso de mi vida, me pediste que te dejara penetrarme, algo con lo que había soñado desde que te conozco.
Me coloque boca a bajo en la cama, con mi culo ligeramente levantado para facilitarte la penetración, tu torpeza buscando mi agujero me gustó, cuando entraste dentro de mi te quedaste quieto sobre mi transmitiéndome tu calor, yo fui el primero que comenzó a moverse para recordarte que debías hacerlo, poco a poco tu ritmo fue mejorando, llenándome. Tienes el tamaño adecuado para mí, delgada y larga así puedes llegar muy dentro de mí sin hacerme daño, solo me das placer. No me gusta el dolor.
Cuando terminamos, estuvimos mucho rato hablando, de lo que habíamos
compartido, de nuestros sentimientos, me confesaste que todo lo que habíamos
hecho te gustó, todo. Escucharte me produjo una nueva erección
y de nuevo te penetré, esta vez fue más dulce, menos ansiosa,
duró mucho más tiempo y de nuevo fue muy placentera.
Me confiaste tus más escondidos sentimientos, me dijiste que nadie
te había querido nunca, ni siquiera en tu familia, eso te llevó
a la calle, a las drogas, a la delincuencia. Yo te conocí en un
programa de rehabilitación, donde colaboraba de voluntario. Ahora
eres un hermoso proyecto, ya no te drogas, ni robas, intentas aprender
una profesión y todas las malas experiencias del pasado poco a poco
las vas olvidando. Me gusta redescubrir el mundo contigo. Ver todas las
bellezas del mundo a través de tus ojos, de tu mirada ilusionada,
me gusta enseñarte rincones hermosos y solitarios en la costa y
me gusta tu mirada de sorpresa y alegría al
ver una playa virgen y hermosa. Y es que el Caribe es tan bello...
me gusta ver la arena blanca pegada en tu cuerpo moreno, Me gusta ver
tus negros cabellos reflejando la luz de la luna. Verte salir feliz del
agua azul turquesa del mar, corriendo hacia mí para besarme, hace
que piense que mi vida por fin está completa.
Cuando este último domingo te marchabas, me besaste y me dijiste
un “te quiero”,
que me llegó al alma.
Yo también te quiero.