Mis vecinos (I)
Era época de primavera en Santiago y las brisas propias de la estación ya
invitaban a que los jovencitos se dedicaran a elevar volantines, una actividad
en la cual participan miles de chilenos cada temporada.
Ese día era particularmente templado y, aunque no hacía calor, se sentía una
temperatura agradable que invitaba a vestir poca ropa.
Eran cerca de las dos de la tarde y el sol entraba de lleno en mi dormitorio,
por lo que abrí las ventanas de par en par y dejé que ingresara un soplo de aire
fresco mientras me tendía con mi soutien (hilo dental) sobre la cama a recibir
los rayos del astro rey.
Hace poco había almorzado y una siestecita al calor del sol primaveral no me
vendría nada de mal. La semana había sido agitada debido a que había tomado más
cursos que en el semestre anterior y mi cuerpo me pedía reposo. Esta semana de
descanso en fiestas patrias me venía muy bien. Relajé mi cuerpo y me dispuse a
dormir. Ya estaba empezando a caer en el sopor propio del sueño, cuando una
inusual algarabía me sobresaltó y atrajo de inmediato la atención.
Las inconfundibles voces juveniles de un grupo de chicos se escuchaban al otro
lado del muro que dividía mi casa de la de mis vecinos. Era una muralla de
ladrillos sin estucar, de unos dos metros de altura, que permitía cierta
privacidad pero que no impedía escuchar algo de lo que sucedía al otro lado.
En ese sector del patio había construido con mis propias manos un sencillo
jardín, plantando arbustos, dos árboles nativos y tres tipos de enredaderas que
tapaban el tosco muro colindante. De esta manera, cuando abría las cortinas,
tenía una agradable visión que me hacía sentir rodeado de naturaleza. Por
supuesto todo el suelo estaba cubierto de una gruesa capa de prado también
plantado por mí.
Al otro lado del muro la agradable bulla proseguía, advirtiéndose que los chicos
(supuse) estaban preparando algo. En efecto, pronto vi elevarse un volantín
desde el patio de mis vecinos, mientras las entusiastas voces se mezclaban
animando a quien lo hacía. Pronto la cometa se había elevado lo suficiente para
encontrarse con otros, con los cuales inició una lucha para ver quién "echaba
cortado" al contrincante. El juego consiste en "curar el hilo" de la veleta con
vidrio molido, lo cual actúa como una sierra sobre el hilo del enemigo. El
primer volantín al cual se le secciona el hilo "se va cortado" y es el juego más
popular en la época de primavera en Chile.
Pronto las voces de mis vecinos se transformaron en gritos de triunfo, ya que la
cometa había derrotado a otra algo más grande y ahora se disponían a enfrentar a
uno más.
Atento como estaba a lo que acontecía al otro lado del muro, mi líbido se
comenzó a acelerar, imaginando a un grupo de mozalbetes en desarrollo que
disfrutaban de la libertad de sus vacaciones de fiestas patrias.
Absorto en mis pensamientos y deseoso de observar quienes componían el grupo,
pronto advertí que uno de los chicos asomaba su cabeza por encima del muro, para
obtener una mejor visión de lo que acontecía en el cielo con su juguete volador.
Le vi de lado, sin que él se diera cuenta. Era un mocoso de unos catorce años,
de pelo oscuro corto, que ni siquiera advirtió mi presencia. Él se encontraba
concentrado en seguir las alternativas de la lucha que se desarrollaba en lo
alto entre los dos volantines. Imagino que estaba parado encima de algo, ya que
pronto se asomó hasta dejar media espalda a la vista, apoyando ambos brazos en
la parte superior de la pared. Era un chico delgado, de piel trigueña, que
vestía una camiseta de manga corta, la cual dejaba ver sus delgados brazos.
Rápido como son los adolescentes, emergió una segunda cabeza. Era otro niño de
una edad similar a su amigo, pero de piel algo más clara. Ninguno prestaba
atención a mi presencia. Todos sus sentidos se encontraban concentrados en
seguir las alternativas de la lucha de los cometas. Pero la alegría anterior les
duró poco, ya que el volantín que elevaban fue derrotado y el viento le arrastró
rápidamente con la fuerza propia del dios Eolo.
Enseguida las cabezas desaparecieron y me vi sorprendido con una erección
espontánea que me imaginaba en medio de los chicuelos, mientras ellos observaban
mi cuerpo. Pero la ensoñación duró poco. En el patio vecino se empezaron a
escuchar las voces de los chicos organizándose. Entre gritos y exclamaciones
alcancé a distinguir que estaban acomodando objetos para observar mejor la lucha
de los volantines.
En unos pocos minutos aparecieron cuatro cabezas en el contorno del muro,
pertenecientes a sendos chiquillos, quienes entre risa y risa, apostaban por tal
o cual volantín.
A esas alturas mi soutien era incapaz de disimular el estado de excitación en
que me encontraba, por lo que estimé prudente trasladarme a un cuarto contiguo,
mi estudio, para observar mejor a los niños sin temor de asustarlos o de ser
descubierto. Allí me desnudé por completo, total, vivía solo.
Efectivamente los mozalbetes eran unos adolescentes muy atractivos, sin ser
hermosos. De rostros sencillos, tendrían entre doce y catorce años, con cabellos
cortos y apariencia ordenada.
Entrar en contacto con ellos implicaba un riesgo bastante grande: eran mis
vecinos. Yo ya tenía 41 años y la diferencia de edad era significativa. Pero no
estaba dispuesto a dejar pasar un momento agradable. Entre mi tendencia
exhibicionista y mi homosexualidad, la tentación era muy grande, por lo que
diseñé una estrategia y la puse enseguida en práctica, ya que al pasar los
minutos, la templada temperatura primaveral del mediodía daría pronto paso a la
brisa helada del atardecer, lo que me impediría mostrar a mis jóvenes vecinos
una sesión de exhibicionismo con mi propio cuerpo.
Aparentemente sin prestar atención a la presencia de los chicos, entré a mi
dormitorio haciendo un poco de ruido, el suficiente como para atraer la atención
de uno de los niños, el que con cara asombrada observó mi cuerpo desnudo y
rápidamente advirtió a los otros, los cuales abandonaron de inmediato su puesto
de observación y desaparecieron de mi vista.
Algo frustrado por la reacción, estimé que la táctica había fallado y que sería
mejor que me vistiera. Pero la curiosidad adolescente fue mayor, ya que mientras
comenzaba a buscar alguna prenda para ponerme encima, una cabeza se asomó muy
discretamente por un extremo del muro, entre unos arbustos colindantes que allí
había y empezó a seguir mis movimientos con suma atención.
Por el rabillo del ojo observé cómo lentamente fueron apareciendo los oscuros
ojos de cinco muchachitos, que no perdían detalle de lo que hacía y que se
decían unos a otros que no hicieran ruido. Mi pene permanecía orgullosamente
erecto, llamando poderosamente la atención de mis vecinos según alcanzaba a
escuchar en sus murmullos. Mi oído es mi sentido más sensible, por lo que no es
de extrañar que algo alcanzara a percibir de las bajísimas conversaciones de los
niños.
Desaparecí de su vista unos instantes, fingiendo estar ordenando el cuarto, y me
dirigí a mi estudio, desde donde pude observar que los pilluelos conversaban
entre ellos y se reían de lo que estaban viendo. Esperé pacientemente hasta que
los chicos parecieron aburrirse por mi desaparición. Cuando la última cabeza se
perdió tras la pared, esperé unos segundos y regresé al dormitorio, desde donde
alcancé a escuchar el murmullo de los jovencitos al otro lado del muro. Aún
estaban allí. Ahora discutían entre ellos acerca de si compraban o no otro
volantín.
Pero nuevamente la curiosidad adolescente pudo más, ya que de pronto unos
curiosos ojos adolescentes se asomaron otra vez por encima del muro y, con
alegría, descubrieron que yo estaba ahí otra vez, pero en esta ocasión acostado
en mi cama, masturbándome como con desgano.
La reaparición de los cinco pares de ojos tardó sólo unos instantes. En pocos
segundos me sentía observado y recorrido en cada centímetro de mi cuerpo. No me
atrevía a hacer contacto visual, ya que eso podía provocar la inmediata huida de
mis vecinos, ya que cada vez que volteaba el rostro en su dirección, las cabezas
desaparecían velozmente, para regresar a los pocos segundos, siempre con extrema
precaución y discreción por parte de ellos.
La abierta ventana del dormitorio estaba acomodada estratégicamente, ya que en
una de sus hojas se reflejaba perfectamente la imagen de los chiquillos,
brindándome una fantástica panorámica de sus sorprendidas reacciones a mis
lascivos movimientos. Sus asombrados rostros, sus contenidas risas, sus
extremadamente abiertos ojos y su maravillosa expresión de curiosa alegría, me
estimulaban a brindarles el mejor espectáculo que pudiera.
Mis dedos mantenían firmemente apretado mi duro pene, mientras que desde su
extremo fluían copiosamente las gotas que preceden al orgasmo. Dada la distancia
de no más de cuatro metros que nos separaban, los menores podían observar
perfectamente cada uno de mis movimientos.
El sentir que yo ignoraba su presencia, había hecho que los chicos ganaran algo
de confianza, ya que tres de ellos tenían medio cuerpo por encima del muro y se
advertía claramente que sus manos se encontraban activas dentro de sus
pantalones.
Entre esas observaciones que me permitía el reflejo de sus cuerpos en el vidrio
de la ventana, en varias ocasiones algunos de ellos habían comparado su
masculinidad, lo que mostraba a las claras que la paja que les estaba ofreciendo
era un espectáculo que no sólo no les dejaba indiferentes, sino que les había
provocado una natural excitación, objeto de mis maniobras.
Ahora mis piernas estaban levemente separadas y mi mano derecha se había alojado
entre mis piernas, buscando con ansias el otro centro de placer. Los muchachitos
observaron incrédulos cómo mi mano se perdía detrás de mis testículos y
acariciaba con energía la entrada de mi ano.
Uno de los niños no pudo evitar lanzar una exclamación de sorpresa,
perfectamente audible tanto para ellos como para mí:
* ¡Se está metiendo el dedo en el hoyo!
Mi cara se volteó enseguida en dirección a la exclamación, demorando el tiempo
justo como para que los pilluelos tuvieran la oportunidad de esconderse sin que
yo alcanzara a divisarles ...aparentemente.
* ¡Qué soi gueón! ¿Pa' qué gritaste?
* ¿Nos habrá visto? Putas que la cagaste con hablar.
* Oye, medio pico del viejo.
* ¿Y le viste la cara que pone? Está súper caliente...
* Miren chiquillos, yo también la tengo parada
* Ya, si todos lo tenimos parado
* A ver, quien la tiene más grande.
* Muestra pos. Mauri, tú la tenis más grande que todos.
* A ver, a ver.
* Oye, el viejo se sigue haciendo la paja, vengan, vengan...
* Ya, pero no griten eso sí.
* Sí po, quédense callados.
* Miren, se sigue pajeando....
Efectivamente, siempre prestando atención a la cercana conversación de mis
vecinitos, luego de unos instantes que me parecieron eternos, los juveniles
cuerpos comenzaron tímidamente a reaparecer por sobre el muro.
Esta vez separé las piernas todo lo que pude, alcé un poco mi grupa y les brindé
una visión semi frontal de mi peludo culo. Allí, ya casi sin poderme contener,
inicié una lenta penetración con mi dedo medio, mientras mi otra mano se
esforzaba en retardar la cercana eyaculación.
Esforzándome al máximo para dilatar tan placentero espectáculo, uno de los
pequeños se comenzó a masturbar detrás del muro. Tanto los evidentes movimientos
de su brazo, como las furtivas miradas de sus amigos que comenzaron a seguirnos
con ansiedad a ambos, me transportaron a sensaciones que pocas veces he sentido
en circunstancias parecidas.
Muy pronto otro chico siguió a su amigo y, mientras no perdían detalle de mis
maniobras, se masturbaban enérgicamente para el goce de sus tiernos amigos.
Durante unos instantes los cinco chicos desaparecieron de mi vista, pero las
exclamaciones que se escucharon a la distancia, junto con mantener mi excitación
al límite, me avisaron que los pajeros habían alcanzado el orgasmo. Lamenté no
haber presenciado el evento, pero como la paciencia tiene su recompensa, pocos
instantes después cuatro cabezas volvían a asomarse para continuar siguiendo mis
movimientos.
El quinto chico, uno de los dos pajeros, se despidió de sus amigos, mientras el
resto quería seguir disfrutando de mi adulto cuerpo.
Ya al límite de mis fuerzas y acumulando semen como para una eyaculación
memorable, modifiqué mi postura, sentándome con las piernas a horcajadas e
iniciando una paja enérgica pero pausada, sin prisas, para que mis jóvenes
vecinos quedaran con la suficiente curiosidad para regresar en los días
sucesivos.
Mi cuerpo no es maravilloso. No tengo marcados los pectorales ni los abdominales
ni los bíceps ni los tríceps. Tampoco tengo pelo en el pecho ni ausencia de
cicatrices. Jamás he practicado deporte alguno (a lo más algo de natación en
algún verano lejano) y he visitado los gimnasios sólo para recrear la vista.
Pero la energía que mostraba en mis movimientos masturbatorios eran más que
suficientes para mantener la excitada atención de mis hermosos vecinitos, aun
cuando no sea ningún modelo de escultura griega.
Cuando el orgasmo se hizo evidente, hice el suficiente ruido como para anunciar
a los chicos que la culminación estaba por llegar. Poniendo atención extrema en
mi pene, pero observando discretamente por el rabillo del ojo las expresiones de
los menores, los movimientos sobre mi brillante y mojada arma se aceleraron en
extremo.
Como siempre acostumbro, hundí mi estómago, eché la cabeza hacia atrás y regresé
rápidamente a la posición original. Tendido a todo lo largo, entrecrucé mis
piernas, tensé todo mi cuerpo y después de unos últimos movimientos que llevaron
mi prepucio al límite de la tensión, comencé a soltar la tradicional descarga de
leche sobre mi cuerpo.
Los chorros se sucedieron unos tras otro, provocándome involuntarios
estremecimientos. El sentirme observado por los cuatro chicuelos mientras mi
orgasmo alcanzaba la culminación, aumentaba el placer del fantástico momento.
El primer chorro me llegó al ombligo, el siguiente, más potente, me alcanzó la
cara a la altura de la nariz. Tratando de controlarme lo más posible, el tercer
chorro fue a dar a la pared, atrás de mi cama, Los siguientes seis o siete, no
recuerdo, me mojaron el mentón, el pecho y el abdomen.
Fue una sensación maravillosa. Los chicos permanecían inmóviles observando el
acontecimiento. Estaban absortos observando los estertores de mi eyaculación. Y
más sorprendidos quedaron cuando cogiendo parte de mi esperma, me la llevé a la
boca y la saboreé con lascivia.
Todos mis movimientos fueron calculados para causar a mis curiosos vecinos el
máximo placer que les pudiera brindar.
Sus alegres rostros, sus evidentes movimientos masturbatorios y sus comentarios
jocosos cuando abandonaron su puesto de observación, fueron suficiente
recompensa para mí ese maravilloso día de primavera en el glorioso mes de
septiembre.
Pasaron varios días antes que pudiera reencontrarme con los lolitos mirones.
Cada tarde, cuando regresaba del Instituto en el cual hacía clases, me dirigía
raudo al dormitorio, tratando de hacer algún ruido para atraer la atención de
algún eventual pequeño que estuviera en el patio vecino, pero nada sucedía.
Por cierto que las pajas no se hicieron esperar, ya que el sólo recuerdo de los
lolitos observándome, me excitaba sobremanera viéndome obligado a descargar
tanta calentura de la manera más "a la mano".
Pero la paciencia tiene su recompensa y tras unas dos semanas, más precisamente
un templado fin de semana de inicios de octubre, mientras miraba un entretenido
programa cultural acerca de la importancia de Juan Nadie en la narrativa del
siglo XVII, escuché las inconfundibles voces de los chiquillos en el patio
trasero.
Reconozco que mi corazón dio un vuelco y mi pene también. En ese momento no
estaba atento a ningún sonido en especial dada la importancia y trascendencia
del programa televisivo, pero enseguida mis hormonas se aceleraron y ¡a la
cresta con la cultura! me dirigí con sigilo al cuarto contiguo a mi dormitorio
para espiar el panorama.
Efectivamente eran los chicuelos. Dos se hallaban sentados en el muro y tres
asomaban medios cuerpos por sobre el borde. Esta vez no estaban observando el
cielo en busca de volantines. Buscaban algo más mundano: me buscaban a mí, dado
el tenor de la conversación.
* ¿Estará el viejo? No escucho nada.
* Esperemos un poco a ver si aparece.
* Yo voy a hacer ruido a ver qué pasa.
Dicho lo anterior, el de la idea hizo cimbrar los alambres en que colgaba la
ropa a secar y con el ruido todos ellos se asustaron, ya que los extremos se
encontraban afirmados en la reja de protección de la ventana, por lo que el
ruido se hizo más que notorio. Enseguida todos abandonaron sus puestos de
observación y se recriminaron mutuamente por tan tonta idea. Pero yo la había
encontrado genial, ya que enseguida se me ocurrió que también la podía utilizar
en el futuro para atraer la atención de los pequeños.
Aprovechando la oportunidad y excusa que me habían dado los niños, esperé que
uno se asomara por el muro, para ingresar despreocupadamente al dormitorio.
Templado como estaba, esa tarde vestía sólo mi sugestivo hilo dental o soutien,
el que dejaba muy poco a la imaginación, pero especial para excitar a mis
jóvenes mirones.
Mi cuerpo no era ni es envidia de nadie, insisto. Ya para ese entonces más de un
rollito de más asomaba en mi cintura y, aunque nunca he tenido sobrepeso,
encuentro que los chicos me observaban más por lo morbosa de la situación que
por mi supuesta hermosura. De hecho soy muy flojo a la hora de hacer ejercicios.
Para más, uso lentes ópticos que, en ese entonces eran más bien feos y me daban
un aire de viejo pesado casi inevitable. En todo caso tampoco soy un monstruo ni
defectuoso, y suplo mi físico normal con una simpatía muy natural con los
menores.
Entonces la estrategia para atraer a mis vecinos debía ser muy cautelosa y
sensual ...supuse, por lo que sin pensarlo más, aparecí como atraído por el
ruido que habían hecho, pero tomando la precaución de no dirigir la vista hacía
donde estaba el chico, aunque igualmente, en el primer momento, desapareció de
mi vista en cuanto me vio.
En fin, al aparecer con tan diminuta prenda a la vista del mocoso que observaba,
enseguida llamó a sus amigos, los cuales con menor precaución que en la ocasión
anterior, asomaron sus excitantes rostros por encima de la pandereta.
Deben haber sido alrededor de las tres de la tarde y ya el calor se hacía
sentir, por lo que andar semidesnudo no implicaba ninguna extrañeza. Caminé
despreocupadamente por el pequeño espacio que me permitía mi minúsculo
dormitorio, pero sin bajarme el traje de baño, y desaparecí de su vista para
pasar a observar el resultado de mi paseo en el cuarto contiguo.
Los chicos se veían encantados. Con sus rostros sonrientes y pícaros, estaban
aparentemente fascinados de lo poco que habían visto. No les alcanzaba a
escuchar, pero uno de ellos, de unos 13 años, el más pícaro aparentemente,
nuevamente hizo vibrar los alambres de colgar la ropa. La invitación estaba más
que clara, pero tampoco me quería arriesgar a hacer una aparición inmediata que
podía poner en riesgo una amistad más duradera.
Esperé largos minutos, hasta que los chicuelos parecieron aburrirse, por lo que
abandonaron el puesto de observación. Aguardé unos pocos minutos más y regresé
al dormitorio con una revista erótica de mujeres. Hice un pequeño ruido en la
ventana y luego me tendí en la cama aparentemente leyendo el material. Mi pene
se encontraba completamente erguido en su diminuta prisión, pero mi espera
pronto obtuvo sus frutos cuando uno de los mocosos se asomó cercano del arbusto
para no ser visto y se encontró con la visión de mi cuerpo tendido en la cama y
con la mano derecha acariciando lentamente mi entrepierna.
Pronto cinco pares de ojos miraban divertidos las maniobras de mi diestra, sin
mostrar signos de vergüenza o miedo por lo que estaban haciendo. Al advertir que
los niños querían jugar, decidí llevar la diversión un pasito más adelante igual
que en la ocasión anterior, con la diferencia que en esta oportunidad los
volantines no eran ninguna excusa, se trataba de un juego sexual.
Pensado lo anterior decidí que era tiempo de hacer contacto visual. La presencia
de los chicos en el muro no era una casualidad, estaban ahí para pasarlo bien y
yo no pensaba en defraudarlos. Di vuelta a la hoja de la revista y
sorpresivamente volteé mi rostro en dirección de los pequeños cuando ellos
parecían atentos a lo que miraba.
Lo hice de tal manera que pareciera que no les había visto, pero dejándoles en
la duda de que a lo mejor sí lo había hecho. Por cierto los lolitos se ocultaron
enseguida y yo hice como que había sido casual. ya que no miré a ninguno en
particular. Luego continué hojeando la revista, pero mirando en el reflejo de la
ventana cómo, a escasos minutos, reaparecía un mocoso con cara pícara por encima
del muro. Aparentemente no le presté atención, pero todos mis sentidos estaban
atentos a fin de no dañar la morbosa situación.
Pronto otra vez cinco pares de ojos observaban atentamente lo que hacía sobre mi
cama. Ya la luz del sol entraba completamente a la habitación y me bañaba por
entero. Dejé la revista a un lado, despreocupadamente y me puse de espaldas como
para tomar un baño de sol.
En el frontal de la soutien se advertía claramente mi erección al mismo tiempo
que una evidente humedad traspasaba la delgada tela. Los chicos aparecían
excitadísimos y aún cuando no les podía ver con detalle, eran de rostros muy
agradables y simpáticos.
Cuando creí que estaban lo suficientemente concentrados en lo que iba a hacer,
me levanté con suavidad y me dirigí al closet que tenía a los pies de la cama.
Los chicos se sobresaltaron y volvieron a ocultarse, pero sólo por escasos
instantes, ya que al momento de regresar con una botella de aceite emulsionado
para aplicar a mi piel, los chicos estaban otra vez en sus puestos de
observación, dos de ellos con el pecho descubierto, imagino por el calor de la
tarde.
Durante unos cuantos minutos me dediqué a humedecer mi piel con el aceite,
maniobras a las que los chicos estaban más que atentos, sobre todo cuando pasaba
mis dedos por entre los muslos cercanos a mis nalgas. Mi erección aún se
mantenía magistral y las copiosas gotas de excitación se apreciaban claramente
en mi levantada carpa.
Volví a tenderme cuan largo era sobre la cama, flexionando levemente mis piernas
y llevando mi mano derecha al interior de mi soutien donde comencé a masajear mi
pene con lascivia. Los chicos abrieron sus ojos y pusieron caras de excitación
que no podían ocultar.
Pronto acerqué mi mano izquierda a mi cintura y comencé a bajar mi diminuta
prenda, liberando al cautivo que hacía mucho rato quería hacer su aparición en
público. Mis vecinos se sonrieron y miraron entre ellos. Nuevamente tenían a la
vista mi preciosa pichula y veían como me la masajeaba con evidente placer. Uno
de ellos, flaquísimo, bajó su cabeza y les hizo una seña a los demás para que le
miraran. Supuse que les estaba exhibiendo su miembro dadas las caras de picardía
de sus amigos.
Durante unos minutos los chiquillos observaron atentamente lo que su amigo hacía
que, dados los movimientos que alcanzaba a advertir por su medio cuerpo visible,
se masturbaba delante de ellos. Pero pronto el chico regresó para seguir
observando, ocasión que aproveché para humedecer mi dedo medio con aceite e
iniciar una erótica exploración de mi orificio posterior, sin dejar de
masturbarme por cierto.
Los chicos estaban atentos a a todos mis movimientos. Tres de ellos hacían
evidentes movimientos de masturbación y ocasionalmente bajaban su vista mirando
a sus amigos.
* ¡Viste que era verdad lo que te contamos del viejo!
* Medio pico que tiene.
* Mira se lo hace suavecito.
* ¡La cara que pone! ¿Eso le duele? Cuando se echa el cuerito para atrás, así,
así como lo está haciendo ahora.
* Miren, yo también lo echo para atrás, pero me duele un poco.
* ¡Oh sí que se siente rico! ... ¿Qué es eso que le sale al viejo en la punta?
Es como agua.
* No sé, pero se corre la paja igual que nosotros.
* Oye hablen más bajo pa' que no nos cache.
* Miren, se está tocando el hoyo.
* ¡Oh! parece que se va a meter el dedo.
* Sí, sí, se está metiendo el dedo. Está súper caliente.
* Oye Andrés ¿te sale moquillo como el que le salió al viejo el otro día?
* Si pero poquito. Miren ahora se está metiendo el dedo.
* ¿Hablémosle pa' que nos enseñe la revista?
La verdad es que las palabras de los chicuelos me tenían tremendamente excitado.
Sentirme observado y pensando que en algún momento estaría comiendo cada una de
esas tiernas tulas, me tenía al borde el orgasmo, el que sólo retardaba con el
único objeto de crear un lazo que no se rompiera fácilmente.
Ahora todos los chicos se habían sacado sus camisetas y resultaba claramente
visible que, mientras seguían mis libidinosos movimientos con absoluta atención,
estaban haciéndose sendas pajas cada uno de ellos.
A través del reflejo de sus cuerpos en la ventana que tenía frente a mí,
observaba los acompasados movimientos de sus brazos, además que de tanto en
tanto los chicos se sujetaban con una de sus manos al borde del muro, alejaban
sus cuerpos y, bajando la vista imprimían mayor velocidad a su evidente
masturbación.
Yo seguía acariciando con lentitud cada centímetro de mi adulto cuerpo. Mi dedo
había abandonado hacía rato el estrecho agujero y sólo me dedicaba a pajearme
con lentitud, aunque todos mis sentidos me presionaban para que acabara de una
vez.
Mi cuerpo se encontraba húmedo de sudor tanto por el nivel de excitación en que
me encontraba como por el sol que me calentaba por completo. Ya los chicos
habían dejado de masturbarse, al parecer porque habían acabado o porque se
habían aburrido y preferían seguir observando el erótico espectáculo de su viejo
vecino.
Ahora había cambiado de posición. Me puse a horcajadas encima de la cama con la
revista abierta enfrente de mí. Me senté con las piernas muy separadas de lado a
mis atentos espectadores, pero atento al reflejo de la ventana donde, al parecer
uno de los inteligentes chicos, parecía advertir que yo les observaba, dado que
de cuando en cuando dirigía su mirada al vidrio e intuía algo, pero sin estar
seguro.
La verdad es que el juego me gustaba sobremanera. Ya lo había practicado alguna
vez en la ventana del dormitorio cuando vivía con mis padres. Ahora ya hace años
vivía solo y era la primera ocasión que volvía a sentirme observado de esta
manera.
Los chicos continuaban atentos a cada uno de mis movimientos. Sus caras
reflejaban que estaban realmente gozando de lo que veían aunque yo era de su
mismo sexo y mi cuerpo no era extraordinario. Saber que los chicos estaban
excitados conmigo me llevaba a querer dilatar lo más posible la situación.
Mi mano continuaba masajeando con paciencia cada espacio de mi falo, a la vez
que la otra acariciaba con suavidad los huevos, el perineo, los alrededores de
mi orificio y el interior de los muslos. Varias veces sentí que me desvanecía.
En más de una ocasión reaccioné cuando mi cabeza caía bruscamente y me regresaba
a la realidad. En otras perdía completamente la noción de dónde me encontraba y,
en una especie de trance, mi cuerpo caía hacia alguno de los lados de la cama y
eso me regresaba otra vez a la realidad.
Mi mente se hallaba completamente embriagada. Mi cuerpo adormecido y plagado de
maravillosas sensaciones. En las condiciones en que me encontraba no hubiera
escuchado pasar un avión jet al lado mío. Lo único que me mantenía aún levemente
consciente era saber que cinco chicos adolescentes estaban observando cada uno
de los movimientos de mi mano y esperando para ver salir, otra vez, la descarga
de semen del viejo vecino.
Ya era inminente, la descarga estaba por llegar. Cada vez que sentía el
cosquilleo en la base de mi miembro, disminuía el ritmo del masaje, pero aunque
mi mente deseaba prolongar más tiempo la lasciva situación, mi cuerpo ya
empezaba a dar muestras claras que no debía dilatar más el anhelado orgasmo.
Calculo que estuve alrededor de una hora y media con el excitante jueguito y
durante ese tiempo logré mantener casi siempre la atención de los chiquillos,
los que dada su edad, en más de una ocasión dejaron de mirar pero regresaban una
y otra vez para no perderse mi eyaculación.
A fin que no se desperdiciara el momento supremo y debido a que mis
desvanecimientos se estaban tornando más frecuentes, decidí que era el momento
de dejar salir el torrente que se acumulaba en mis vesículas seminales.
Intensifiqué la intensidad de mis movimientos aunque no la velocidad. Hace rato
que con mi otra mano acariciaba la entrada de mi orificio para prodigarme más
placer. Mis testículos me dolían levemente y me comenzaba a sentir cansado. La
verga estaba completamente bañada en lubricante y sólo esperaba mi orden para
dejar salir el semen.
Aunque me sabía observado y eso me excitaba mucho, durante los momentos previos
al orgasmo olvidé dónde estaba y sólo me dediqué a darme placer puro. Mi cuerpo
empezó a convulsionar involuntariamente cuando sentí que el tibio líquido
comenzaba su camino ya sin retorno. Dejé caer la cabeza hacia atrás y, sin
quererlo o haberlo planificado, de mi boca salieron involuntarios quejidos que
los chicos deben haber encontrado fantásticos.
En un momento dado el calor de mi cuerpo se hizo similar a la fiebre y sentí que
las fuerzas me faltaban. Al tiempo que mi cuerpo se sacudía sentí un glorioso
cosquilleo mientras el líquido seminal asomaba tímidamente en el extremo de mi
verga. En ese momento me abandoné, dejé de masajearme y un chorro de esperma
saltó a metros de mi cuerpo, seguido de otro y otro más.
Cada sacudida me producía involuntarios gemidos y no pude evitar reír de
felicidad. Mi pene brincaba ante cada latigazo de esperma, mientras mis manos,
que habían adquirido vida propia, me acariciaban el vientre, los cocos y las
entre piernas.
Desconozco cuántos chorros arrojé, sólo recuerdo que el cubrecama que olvidé
cubrir quedó salpicado de semen y muchas gotas fueron a dar al piso del
dormitorio, donde la cama ya terminaba.
Me dejé caer hacia atrás y luego de alcanzar a divisar fugazmente los sonrientes
rostros de mis vecinos en el reflejo de la ventana, me quedé profundamente
dormido.
Cuando desperté, rato después, el sol seguía alumbrando, pero ya no bañaba mi
dormitorio y mis espectadores me habían dejado solo.
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