Mi secuestro.

Cuando tenía 21 años, mi vida parecía ya resuelta, comencé a trabajar en la empresa de mi papá, tenía una novia a la cual adoraba, y una familia encantadora. Siempre fui un chico normal, como todos, pero mujeriego a morir, no sé qué tenía pero ninguna mujer se me resistía, según mis expectativas soy muy normal, mido 1.77 mts, peso 70 kilos, soy delgado pero atlético, blanco, ojos aceituna y cabello castaño.

Pero un día me pasó algo muy extraño, me encontraba en mi casa cuando recordé que olvidé mi tarjeta de apuntes en el coche, pero las llaves las tenía el chófer, así que bajé al cuarto de servicio a buscarlo. 

– José!, José! -grité con insistencia.

Pero él jamás salió, así que intuí que había salido y entré a su cuarto para buscar las llaves, no las encontré por ningún lado, pero en el suelo estaba uno de sus uniformes, y efectivamente es el que llevaba por la mañana, debió cambiarse a mediodía, por lo que registré las bolsas para buscar, en lo que revolvía el pantalón me percaté que dentro del pantalón estaban sus calzoncillos, al tocarlos sentí un extraño ardor que recorrió mi columna, pero estaba en la necesidad de tomarlas, José es un joven de 25 años, moreno de cuerpo, musculado, alto, varonil, manos grandes, y su calzón me estaba haciendo dudar de muchas cosas, no pude más y lo tomé, era blanco, de algodón, y estaba perfectamente marcada la silueta de su verga y de sus huevos en ellos, los observé durante un rato, los acerqué a mi cara y aspiré lo más fuerte que mis pulmones me permitieron, fue en ese momento que sentí que el cierre de mi pantalón estaba por estallar, inmediatamente me dejé llevar por la excitación y me tumbé en la cama, restregándome el calzoncillo por la cara, me desabroché el pantalón e inmediatamente mi verga saltó, la tomé y al ritmo que respiraba empecé a bajar y subir el prepucio, me deshice del pantalón y de mis boxers dejándolos caer al suelo, desabotoné mi camisa y empecé a restregarme el calzón por el pecho, mi respiración se aceleraba y al mismo tiempo mi mano se balanceaba por mi pene, bajé del pecho y lo empecé a restregar por mis ingles y los testículos, instintivamente lo pasé por mi ano y presioné con fuerza, envolví mi verga y seguí jalando con desesperación, estaba sudando, la respiración se me entrecortaba, no podía evitar estar gimiendo, sentía pulsaciones en mi estómago, cuando no puede más, sentí como si mi cuerpo fuera aplastado y un inmenso placer me estremeció hasta en el último rincón de mi ser, mis ojos se desorbitaron, un chorro de semen bañó mi cara, luego otro y todos los demás bañaron mi pecho y mi estómago, la leche corría por mi cara y mis labios, y mi lengua empezó a deslizarse sobre ellos para tomar todo lo que podía, estaba en un completo éxtasis cuando de un sólo golpe se abre la puerta del cuarto y yo estaba desnudo sobre la cama, con la cara y el pecho llenos de semen, y mi pene envuelto en el calzoncillo. Era José, el cual tenía una cara de impresión, y un calor recorrió mi espina dorsal, no sabía qué hacer, me quedé callado sin poder decir una palabra. Cuando pude reaccionar, lo único que pude decir fue:

- Te daré lo que quieras, pero no digas nada, José.

Fue en ese momento en el cual cerró la puerta y me dijo:

- ¿Lo que quiera, patrón?. 

Asentí con la cabeza y él contestó:

- Muy bien, putito. Te viniste con mi calzoncillo... A ver cómo te vienes con mi verga en tu culito, pero primero me la mamas. 

Me quedé en shok, y él empezó a desabrochar su pantalón, lo tiró junto con su ropa interior hasta el suelo y su verga salía entre su camisa. 

- Páramela pues, pero con la lengua, putito.

Me acerqué a su entrepierna, no me animaba, entonces tomó mi nuca y restregó su pene en mi cara, cuando lo sentí en los labios no dudé más y lo metí en mi boca, tenía un sabor salado pero no me dio asco, empecé a mamar y cada vez lo disfrutaba más, tomé sus huevos con mi mano, eran mucho más grandes que los míos, su verga ya había adquirido un gran tamaño, tanto que me estaba ahogando, la sacó de mi boca y fue cuando pude ver aquel monstruo, por lo menos medía 27 cm. y era demasiado gruesa. 

– Ya me la dejaste bien lubricadita, maricón, ahora quiero que me pongas las nalguitas. 

Me puse de espaldas, me levantó y me puso en cuatro patas, sentí cómo su lengua recorría mi ano, sólo fue unos segundos, cuando empezó a meterme aquel monstruo y de un sólo golpe metió la cabeza, mi vista se nubló, creí que me desmayaría del dolor pero resistí, vino la segunda embestida, ya no supe cuánto metió, pero el dolor me estaba matando y empezó a moverse en mi ano una y otra vez, el tiempo pasaba lento y sólo escuchaba sus gemidos, me tomaba de las caderas y golpeaba fuertemente mis nalgas contra su pelvis, ya no pude más, me dejé llevar por el dolor y cerré mis ojos, poco a poco fue cediendo, cuando escuché un gemido fuerte y un calor invadió mis entrañas, se acostó sobre mi espalda y su corazón trastumbaba en mí, la sacó lentamente y sólo un ardor quedó en mí. Supuse que todo había terminado, cuando me dijo: 

– Ahora, putito, vas a saber a qué sabe la leche. 

Cuando giré mi rostro, aquella verga estaba dura como al principio, me sentó frente a él y restregó su verga por mi cara, la golpeaba y la pasaba por mis labios, me la metió en la boca, se la mamé un buen rato, en ocasiones me arqueaba, pero no me detuve y empecé a acariciar sus huevos y a masturbarlo junto con la mamada, se estremecía y gemía como loco cuando un tralletazo de leche caliente atravesó mi garganta, sacó la verga y el resto de la venida la puso en mi cara, llenándomela totalmente, esta vez empezó a insultarme:

– Ya, putito, ya tuviste mucho por hoy, mañana vas a venir por más, maricón, ponte la ropa y lárgate. 

Me vestí apresuradamente y me fui a mi, cuarto tomé una ducha y, claro, me masturbé como loco. Desde entonces José y yo somos amantes, aunque él jamás me toca lo disfruto mucho y lo demás me desahogo con mi novia.


ARO