Mis vecinos I
Era época de primavera en Santiago y las brisas propias de la estación ya
invitaban a que los jovencitos se dedicaran a elevar volantines, una actividad
en la cual participan miles de chilenos cada temporada.
Ese día era particularmente templado y, aunque no hacía calor, se sentía una
temperatura agradable que invitaba a vestir poca ropa.
Eran alrededor de las dos de la tarde y el sol entraba de lleno en mi
dormitorio, por lo que abrí las ventanas de par en par y dejé que ingresara un
soplo de aire fresco mientras me tendía con mi soutien (hilo dental) sobre la
cama a recibir los rayos del astro rey.
Hace poco había almorzado y una siestecita al calor del sol primaveral no me
vendría nada de mal. Ya estaba empezando a caer en el sopor propio del sueño,
cuando una inusual algarabía me llamó la atención.
Las inconfundibles voces juveniles de un grupo de chicos se escuchaban al otro
lado del muro que dividía el patio de mi casa del de mis vecinos. Era una
muralla de ladrillos sin estucar, de unos dos metros de altura, que permitía
cierta privacidad pero que no impedía escuchar algo de lo que sucedía al otro
lado.
Pronto vi elevarse un volantín desde el patio de mis vecinos, mientras las
entusiastas voces se mezclaban estimulando a quien lo hacía. Pronto el cometa se
había elevado lo suficiente para encontrarse con otros, con los cuales inició
una lucha para ver quien “echaba cortado” al contrincante. El juego consiste en
“curar el hilo” de la veleta con vidrio molido, lo cual actúa como una sierra
sobre el hilo del enemigo. El primer volantín al cual se le corta el hilo “se va
cortado” y es el juego más popular en la época de primavera en Chile.
Pronto las voces de mis vecinos se transformaron en gritos de triunfo, ya que el
volantín había derrotado a otro algo más grande y ahora se disponían a enfrentar
a uno más.
Atento como estaba a lo que acontecía al otro lado del muro, mi líbido se
comenzó a acelerar, imaginando a un grupo de mozalbetes en desarrollo que
disfrutaban de la libertad de sus vacaciones de fiestas patrias.
Absorto en mis pensamientos y deseoso de observar quienes componían el grupo,
pronto advertí que uno de los chicos asomaba su cabeza por encima del muro, para
obtener una mejor visión de lo que acontecía en el cielo con su juguete volador.
Le vi de lado, sin que el se diera cuenta. Era un mocos de unos catorce años, de
pelo oscuro corto, que ni siquiera advirtió mi presencia. El se encontraba
concentrado en seguir las alternativas de la lucha que se desarrollaba en lo
alto entre los dos volantines. Imagino que estaba parado encima de algo, ya que
pronto se asomó hasta dejar media espalda a la vista, apoyando ambos brazos en
la parte superior de la pared. Era un chico delgado, de piel trigueña, que
vestía una camiseta de manga corta, la cual dejaba ver sus delgados brazos.
Rápido como son los adolescentes, emergió una segunda cabeza. Era otro niño de
una edad similar a su amigo, pero de piel algo más clara. Ninguno prestaba
atención a mi presencia. Todos sus sentidos se encontraban concentrados en
seguir las alternativas de la lucha de los cometas. Pero la alegría anterior les
duró poco, ya que el volantín que elevaban fue derrotado y el viento le arrastró
rápidamente con la fuerza propia del dios Eolo.
Enseguida las cabezas desaparecieron y me vi sorprendido con una erección
espontánea que me imaginaba en medio de los chicuelos, mientras ellos observaban
mi cuerpo. Pero la ensoñación duró poco. En el patio vecino se empezaron a
escuchar las voces de los chicos organizándose. Entre gritos y gritos alcancé a
distinguir que estaban acomodando objetos para observar mejor la lucha de los
volantines.
En unos pocos minutos aparecieron cuatro cabezas en el contorno del muro,
pertenecientes a sendos chiquillos, quienes entre risa y risa, apostaban por tal
o cual volantín.
A esas alturas mi soutien era incapaz de disimular el estado de excitación en
que me encontraba, por lo que estimé prudente trasladarme a un cuarto contiguo,
mi estudio, para observar mejor a los niños sin temor de asustarlos o de ser
descubierto.
Efectivamente los mozalbetes eran unos adolescentes muy atractivos, sin ser
hermosos. De rostros sencillos, tendrían entre catorce y quince años, con
cabellos cortos y apariencia ordenada.
Entrar en contacto con ellos implicaba un riesgo bastante grande: eran mis
vecinos. Yo ya tenía 41 años y la diferencia de edad era significativa. Pero no
estaba dispuesto a dejar pasar un momento agradable. Entre mi tendencia
exhibicionista y mi homosexualidad, la tentación era muy grande, por lo que
diseñé una estrategia y la puse enseguida en práctica, ya que al pasar los
minutos, la templada temperatura primaveral del mediodía daría pronto paso a la
brisa helada del atardecer, lo que me impediría mostrar a mis jóvenes vecinos
una sesión de exhibicionismo con mi propio cuerpo.
Aparentemente sin prestar atención a la presencia de los chicos, entré a mi
dormitorio haciendo un poco de ruido, el suficiente como para atraer la atención
de uno de los niños, el que con cara asombrada observó mi cuerpo desnudo y
rápidamente advirtió a los otros, los cuales abandonaron de inmediato su puesto
de observación y desaparecieron de mi vista.
Algo frustrado por la reacción, estimé que la táctica había fallado y que sería
mejor que me vistiera. Pero la curiosidad adolescente fue mayor, ya que mientras
comenzaba a buscar alguna prenda para ponerme encima, una cabeza se asomó muy
discretamente por un extremo del muro, entre unos arbustos colindantes que allí
había y empezó a seguir mis movimientos con suma atención.
Por el rabillo del ojo observé como lentamente fueron apareciendo los oscuros
ojos de cinco muchachitos, que no perdían detalle de lo que hacía y que se
decían unos a otros que no hicieran ruido. Mi pene permanecía orgullosamente
erecto, llamando poderosamente la atención de mis vecinos según alcanzaba a
escuchar en sus murmullos. Mi oído es mi sentido más sensible, por lo que no es
de extrañar que algo alcanzara a percibir de las bajísimas conversaciones de los
niños.
Desaparecí de su vista unos instantes, fingiendo estar ordenando el cuarto, y me
dirigí a mi estudio, desde donde pude observar que los pilluelos conversaban
entre ellos y se reían de lo que estaban viendo. Esperé pacientemente hasta que
los chicos parecieron aburrirse por mi desaparición. Cuando la última cabeza se
perdió tras la pared, esperé unos instantes, regresé al dormitorio, desde donde
alcancé a escuchar el murmullo de los jovencitos al otro lado del muro. Aún
estaban allí. Ahora discutían entre ellos acerca de si compraban o no otro
volantín.
Pero nuevamente la curiosidad adolescente pudo más, ya que de pronto unos
curiosos ojos adolescentes se asomaron otra vez por encima del muro y, con
alegría, descubrieron que yo estaba ahí otra vez, pero en esta ocasión acostado
en mi cama, masturbándome como con desgano.
La reaparición de los cinco pares de ojos tardó sólo unos instantes. En pocos
segundos me sentía observado y recorrido en cada centímetro de mi cuerpo. No me
atrevía a hacer contacto visual, ya que eso podía provocar la inmediata huida de
mis vecinos, ya que cada vez que volteaba el rostro en su dirección, rápidamente
las cabezas desaparecían, para regresar a los pocos segundos, siempre con
extrema precaución y discreción por parte de ellos.
La abierta ventana del dormitorio estaba acomodada estratégicamente, ya que en
una de sus abiertas hojas se reflejaba perfectamente la imagen de los
chiquillos, brindándome una fantástica panorámica de sus sorprendidas reacciones
a mis lascivos movimientos. Sus asombrados rostros, sus contenidas risas, sus
extremadamente abiertos ojos y su maravillosa expresión de curiosa alegría, me
estimulaban a brindarles el mejor espectáculo que pudiera.
Mis dedos mantenían firmemente apretado mi duro pene, mientras que desde su
extremo fluían copiosamente las gotas que preceden al orgasmo. Dada la distancia
de no más de cuatro metros que nos separaban, los menores podían observar
perfectamente cada uno de mis movimientos.
El sentir que yo ignoraba su presencia, había hecho que los chicos ganaran algo
de confianza, ya que tres de ellos tenían medio cuerpo por encima del muro y se
advertía claramente que sus manos se encontraban activas dentro de sus
pantalones.
Entre esas observaciones que me permitía el reflejo de sus cuerpos en el vidrio
de la ventana, en varias ocasiones algunos de ellos habían comparado su
masculinidad, lo que mostraba a las claras que la paja que les estaba ofreciendo
era un espectáculo que no solo no les dejaba indiferentes, sino que les había
provocado una natural excitación, objeto de mis maniobras.
Ahora mis piernas estaban levemente separadas y mi mano derecha se había alojado
entre mis piernas, buscando con ansías el otro centro de placer. Los muchachitos
observaron incrédulos como mi mano se perdía detrás de mis testículos y
acariciaba con energía la entrada de mi ano.
Uno de los niños no pudo evitar lanzar una exclamación de sorpresa,
perfectamente audible tanto para ellos como para mí:
- ¡Se está metiendo el dedo en el hoyo!
Mi cara se volteó enseguida en dirección a la exclamación, demorando el tiempo
justo como para que los pilluelos tuvieran la oportunidad de esconderse sin que
yo alcanzara a divisarles ...aparentemente.
- ¡Qué soi gueón! ¿Pa’ que gritaste?
- ¿Nos habrá visto? Putas que la cagaste con hablar.
- Oye, medio pico del viejo.
- ¿Y le viste la cara que pone? Está súper caliente...
- Miren chiquillos, yo también la tengo parada
- Ya, si todos lo tenimos parado
- A ver, quien la tiene más grande.
- Muestra pos. Mauri, tu la tenis más grande que todos.
- A ver, a ver.
- Oye, el viejo se sigue haciendo la paja, vengan, vengan...
- Ya, pero no griten eso si.
- Si po, quédense callados.
- Miren, se sigue pajeando....
Efectivamente, siempre prestando atención a la cercana conversación de mis
vecinitos, luego de unos instantes que me parecieron eternos, los juveniles
cuerpos comenzaron tímidamente a reaparecer por sobre el muro.
Esta vez separé las piernas todo lo que pude, alcé un poco mi grupa y les brindé
una visión semi frontal de mi peludo culo. Allí, ya casi sin poderme contener,
inicié una lenta penetración con mi dedo medio, mientras mi otra mano se
esforzaba en retardar la cercana eyaculación.
Esforzándome al máximo para dilatar tan placentero espectáculo, uno de los
pequeños se comenzó a masturbar detrás del muro. Tanto los evidentes movimientos
de su mano, como las furtivas miradas de sus amigos que comenzaron a seguirnos
con ansiedad a ambos, me transportaron a sensaciones que pocas veces he sentido
en circunstancias parecidas.
Muy pronto otro chico siguió a su amigo y, mientras no perdían detalle de mis
maniobras, se masturbaban enérgicamente para el goce de sus tiernos amigos.
Durante unos instantes los cinco chicos desaparecieron de mi vista, pero las
exclamaciones que se escucharon a la distancia, junto con mantener mi excitación
al límite, me avisaron que los pajeros habían alcanzado el orgasmo. Lamenté no
haber presenciado el evento, pero como la paciencia tiene su recompensa, pocos
instantes después cuatro cabezas volvían a asomarse para continuar siguiendo mis
movimientos.
El quinto chico, uno de los dos pajeros, se despidió de sus amigos, mientras el
resto quería seguir disfrutando de mi adulto cuerpo.
Ya al límite de mis fuerzas y acumulando semen como para una eyaculación
memorable, modifiqué mi postura, sentándome con las piernas a horcajadas e
iniciando una paja enérgica pero pausada, sin prisas, para que mis jóvenes
vecinos quedaran con la suficiente curiosidad para regresar en los días
sucesivos.
Mi cuerpo no es maravilloso. No tengo marcados los pectorales ni los abdominales
ni los bíceps ni los tríceps. Tampoco tengo pelo en el pecho ni ausencia de
cicatrices. Como dije alguna vez JAMÁS he jugado deporte alguno (a lo más algo
de natación en algún verano lejano) y he visitado los gimnasio sólo para recrear
la vista. Pero la energía que mostraba en mis movimientos masturbatorios eran
más que suficientes para mantener la excitada atención de mis hermosos
vecinitos, aun cuando no sea ningún modelo de escultura griega.
Cuando el orgasmo se hizo evidente, hice el suficiente ruido como anunciar a los
chicos que la culminación estaba por llegar. Poniendo atención extrema en mi
pene, pero observando discretamente por el rabillo del ojo las expresiones de
los menores, los movimientos sobre mi brillante y mojada arma se aceleraron en
extremo.
Como siempre acostumbro, hundí mi estómago, eché la cabeza hacia atrás y regresé
rápidamente a la posición original. Tendido a todo lo largo, entrecrucé mis
piernas, tensé todo mi cuerpo y después de unos últimos movimientos que llevaron
mi prepucio al límite de la tensión, comencé a soltar la tradicional descarga de
leche sobre mi cuerpo.
Los chorros se sucedieron unos tras otro, provocándome involuntarios
estremecimientos. El sentirme observado por los cuatro chicuelos mientras mi
orgasmo alcanzaba la culminación, aumentaba el placer del fantástico momento.
El primer chorro me llegó al ombligo, el siguiente, más potente, me alcanzó la
cara a la altura de la nariz. Tratando de controlarme lo más posible, el tercer
chorro fue a dar a la pared, atrás de mi cama, Los siguientes seis o siete, no
recuerdo, me mojaron el mentón, el pecho y el abdomen.
Fue una sensación maravillosa. Los chicos permanecían inmóviles observando el
acontecimiento. Estaban absortos observando los estertores de mi eyaculación. Y
más sorprendidos quedaron cuando cogiendo parte de mi esperma, me la llevé a la
boca y la saboreé con lascivia.
Todos mis movimientos fueron calculados para causar a mis curiosos vecinos el
máximo placer que les pudiera brindar.
Sus alegres rostros, sus evidentes movimientos masturbatorios y sus comentarios
jocosos cuando abandonaron su puesto de observación, fueron suficiente
recompensa para mi ese maravilloso día de primavera en el glorioso mes de
septiembre.
PD: ¿Quieren que siga escribiendo? De sus cartas depende la continuación.
manuel_palma2002@hotmal.com