Mis Vecinos (II)
Sorpresa tras sorpresa
Cuando recobré plena conciencia de lo que había ocurrido, mi pene se irguió casi
de inmediato, aunque no tenía fuerzas para volver a masturbarme. Las imágenes se
confundían en mi memoria pero me recordaban con claridad las maravillas de lo
vivido.
Aún con las ventanas abiertas de par en par y con un día que estaba lejos de
concluir, traté de recordar y retener las mejores sensaciones de lo que me había
ocurrido instantes atrás. La templada temperatura de la tarde invitaba a
permanecer desnudo como estaba, por lo que luego de comer algo, me recosté en la
cama a reflexionar sobre lo que podría venir a futuro.
Las imágenes de los mocosos masturbándose eran las que más se agolpaban en mis
recuerdos. Aún cuando no retenía con plena claridad el rostro de los chiquillos
dado lo precario de los reflejos en la ventana, si podía asegurar que eran un
grupo de preciosos pilluelos que recién empezaban a descubrir el sexo aunque no
eran plenamente ignorantes en el tema.
Seguía cavilando alrededor de mis recuerdos cuando escuché algunos ruidos en el
patio vecino. Esta vez alcancé justo a cerrar la ventana y correr las cortinas.
No quería otro espectáculo por ahora. Al día siguiente tenía clases y debía
descansar un poco.
Era un coro de voces alborotadas un poco más ruidosa que la de momentos antes y,
entre ellas, había una que sonaba diferente. Dejé que los curiosos chicos se
asomaran por sobre el muro mientras yo les observaba desde mi escondite en la
habitación contigua. El día estaba muy claro y pude distinguir con bastante
precisión los rostros y medios cuerpos de todos los chicos, algunos con su
maravilloso torso descubierto. Entre ellos se distinguía a un lolito un poco
mayor al resto que me excitó al instante.
El chico debe haber rondado los catorce años. Usaba el negro cabello un poco
largo. A través de sus espesas pestañas unos ojos profundos de un color oscuro
denotaban un aire malicioso. Entre sus sonrientes labios rojos se alineaban dos
hileras de perfectos dientes de un color blanco radiante entre los que
destacaban sus incisivos algo más grandes. Era un rostro picaresco, excitante,
apetitoso y muy varonil.
Con un aspecto entre curioso y astuto, preguntaba por mí a los niños que tenía a
su alrededor. Parecía ser como el líder de la pandilla de mocosos. Se dirigía a
sus amigos con un aire algo dominante pero amigable. Los demás le observaban con
un aparente dejo de admiración.
Por el medio cuerpo que asomaba sobre el muro, podía apreciar una piel de un
color canela oscuro sin un centímetro de grasa. Sus brazos eran robustos y su
pecho esbelto. Se le alcanzaban a distinguir las marcas de las adolescentes
costillas y unas tetillas más oscuras que el resto de su piel lo que realzaba el
aspecto algo indígena de su bello rostro.
Asomado como estaba y alcanzando a distinguir su ombligo, pude suponer que las
historias de sus amigos habían conseguido excitarle al punto que ahora se
masturbaba con orgullo frente a ellos. Los rítmicos movimientos de sus brazos y
las sonrientes miradas de sus compinches a la misma zona de su cuerpo que a mií
me interesaba, dejaban poco espacio a la imaginación. Casi al terminar se alzó
de tal forma que pude distinguir con claridad su bajo vientre y una oscura mata
de juveniles pendejos sin permitirme apreciar lo que yo más deseaba. Luego bajó
la cabeza aparentemente admirando su obra y limpió con algo su preciada
herramienta. Luego le vi desaparecer rápidamente.
Al rato de tratar de llamar mi atención haciendo ruido con los cimbreantes
alambres de colgar ropa, los chicos parecieron aburrirse y bajaron de su puesto
de observación. Pronto les escuché conversar animadamente en su patio y ya no
volvieron a asomarse. En ese momento estimé oportuno salir al patio y escuchar
qué tramaban.
Me agazapé a los pies del muro para escuchar con bastante claridad la alegre
discusión de los pendejos. Se encontraban decidiendo acerca del presidente de la
pandilla. Ahí me di cuenta que el patio trasero de la casa se había convertido
en sitio de reunión de su naciente club, al que llamaban Colo-Colo, que es el
equipo de fútbol más popular de mi país, (aunque yo simpatizo con Universidad de
Chile)
Cuando ya me encontraba escuchando atento en mi precario escondite, advertí un
blanco trozo de papel de cuaderno en la enredadera que cubría el muro. Cuando lo
cogí, más por curiosidad que por otra cosa, no pude dejar de sonreír, ya que en
su limpia superficie se alcanzaban a distinguir claramente unas gotas de semen
frescas y amarillentas, que no dudé en saborear al presumir que pertenecían al
efebo que momentos antes se pajeaba con orgullo delante de sus amigos. Ya
tendría la oportunidad de recibir los dulces jugos directamente del pilón,
pensé. Enseguida volví a prestar atención a lo que conversaban.
Trataron muy solemnemente varios temas más, como el valor de las cuotas, la
elección del tesorero y un secretario que tomara notas. Al cabo de una media
hora que se me hizo muy graciosa por la formalidad que ponían a sus asuntos, uno
de ellos preguntó a los demás si me conocían de alguna manera.
Al parecer ninguno de ellos había advertido mi presencia en el barrio. Ninguno
parecía haberme divisado nunca, por lo que decidieron prestar más atención a mi
presencia por si me veían caminando por el sector. Lo que sí notaron fue el Jeep
Cherokee viejito que tenía en el garaje y que podría ser una forma de
identificarme en el futuro si es que lo divisaban.
Por ese entonces vivía al poniente de Santiago, en una zona muy popular de
poblaciones planificadas organizadas por manzanas, las cuales se encuentran
divididas en pasajes relativamente estrechos, muchos de ellos sin salida, con
casas muy sencillas de 40 mts2, éstas tienen un antejardín y un patio trasero,
frecuentemente ampliadas por los mismos pobladores. No hay edificaciones de
altura por lo que los patios resultan ser muy privados.
En ese tiempo repartía mi jornada laboral haciendo clases en tres institutos de
educación superior (no universidades) y mi mediano sueldo me permitía tener un
nivel de vida algo superior a la mayoría de las personas del sector, constituido
por obreros de la construcción, pequeños comerciantes e, imagino, empleados
públicos o de pequeñas empresas.
Yo gozaba de cierto prestigio en mi barrio, ya que era el único universitario y
mis vecinos, tanto adultos como jóvenes, me trataban como "profe". A pesar de
ser muy amistoso, prefería mantener un perfil bajo, aunque supongo que la
mayoría de los adultos se habían dado perfecta cuenta de mis inclinaciones
sexuales, dado que desde los primeros días que llegué a vivir allí, a mi casa
sólo entraban varones adolescentes y nunca mujeres.
Mi cuerpo era aceptable y procuraba cuidar mi dieta a fin de poder lucir mi
soutien con cierto decoro. Pienso que me hubiera visto ridículo con panza e hilo
dental.
Debido a que siempre fui muy prudente evitando escándalos o desórdenes, mis
vecinos me trataban con bastante respeto y jamás se involucraron en mi vida
privada en los años que viví allí. Siempre traté de ser un buen vecino y ayudar
en lo que pudiera cuando ello se necesitaba. Quizás por eso mis jóvenes vecinos,
que al parecer estaban terminando su animada reunión, no sabían de mi
existencia.
Efectivamente, al cabo de unos minutos las discusiones de los chicos cesaron y
algunos se asomaron por el muro aunque sin demasiado interés. Pronto escuché que
se estaban despidiendo y los dueños de casa pedían a sus amigos que se fueran
para no disgustar a sus papás. Cuando me aseguré que los chicos se habían
marchado dado el silencio imperante, decidí entrar a mi casa ya que la
temperatura empezaba a descender. Adentro me encontré con una temperatura más
bien alta, por lo que decidí seguir en soutien y no vestirme como había pensado
inicialmente.
Estaba terminando de preparar los materiales para mi jornada sabatina del día
siguiente, cuando escuché que tocaban el timbre. Debido a que no tenía ni
intercomunicador, ni circuito cerrado de televisión ni siquiera una miserable
cerradura eléctrica, no me quedó más remedio que salir al humilde antejardín
delantero que cuidaba yo mismo (nunca he pagado jardinero) a ver quién me
buscaba a esas tempranas horas del atardecer. La sorpresa fue grande cuando
advertí que por encima de la reja que daba a la calle, se asomaba un adolescente
sonriente y aparentemente algo inquieto, al cual había conocido mientras
viajábamos juntos en micro (o bus si prefieren) rumbo a nuestros respectivos
destinos. Había días que no podía usar mi jeep por tener restricción de
circulación por contaminación y entonces utilizaba el transporte público para ir
a mi trabajo.
El jovencito tenía un rostro muy agradable y me llamó la atención desde el
primer día que estuvimos cerca en la micro a mediados de año. Cuando reconocí la
insignia, obviamente le comenté que yo era un ex alumno del Liceo de Aplicación
(público por si acaso, nunca fui a colegio particular) y aproveché de
preguntarle por antiguos profesores del establecimiento. Desde ese momento nos
habíamos topado unas cuantas ocasiones, incluso en el metro algunas mañanas y
había surgido una pequeña simpatía mutua. En una de aquellas ocasiones le
comenté donde vivía, anoté mi dirección en una tarjeta y le invité a visitarme
algún día. Bueno, más bien una formalidad de buena educación. Pero ahora el
chico estaba frente a mí y yo prácticamente desnudo.
Me disculpé por mi aspecto y traté de regresar enseguida a ponerme algo encima,
pero él me tranquilizó y me dijo que le abriera no más, que no había problema, a
pesar que cuando abrí la reja y le dejé pasar no pudo evitar comentar maliciosa
y graciosamente lo curiosa de mi diminuta prenda. Estaba a punto ya de cerrar la
puerta, cuando me detuvo y me dijo que venía con unos amigos del Liceo, que
estaban a unos metros de allí. Le dije que los llamara no más y cuando quise
entrar a la casa para ponerme una camiseta antes, él nuevamente insistió que
mejor entraran al antejardín primero.
A los pocos instantes dos imberbes chicos estaban junto a nosotros. Se les veía
entre asustados e inquietos. Me saludaron con un suave apretón de manos y sus
miradas no pudieron evitar desviarse hacia mi casi desnudo cuerpo, aunque
intentaron en vano ser discretos. Cerré la reja y rápidamente les invité a
entrar a la casa, ya que dada la hora de la tarde definitivamente estaba
sintiendo algo de frío.
En el interior la temperatura estaba más bien cálida por el sol que había habido
esa jornada, así es que vestir ligero no era de extrañar, por lo que sólo me
puse un corta camiseta que me cubría hasta la mitad de mi trasero e invité a los
lolitos a sentirse cómodos sacándose sus vestones azules del colegio.. Nelson me
dijo que eran compañeros de curso y que hace días que quería venir, pero como
igual no conocía demasiado el barrio prefirió invitar a sus amigos.
• ¿No te molesta cierto? -inquirió el chico.
• No, para nada -le respondí. - ¿Tienen hambre? ¿Quieren comerse unos
sanguchitos? -pregunté enseguida
• No sé, es que nos vamos a ir ligerito -atinó a responder con una preciosa voz
Gerald mirando a sus dos compañeros.
• ¡Ah! si es temprano todavía. Nos comemos unos pancitos y después nos vamos
¿cierto Chagui? -Comentó Nelson
• Sí, por mí no hay problema -respondió el otro- Oye, ¿podemos poner la tele?
• Sí, claro -respondí, y le pasé el control remoto, dándose cuenta enseguida que
tenía tv cable.
• ¡Qué buena onda, tenís tv. cable! ¿Puedo poner Films and Arts.? A esta hora
dan una ópera de Guisseppe Verdi y me la sé de memoria (No, eso es broma porque
lo primero que puso el chico fue MTV como casi cualquier adolescente, aunque
luego cambió a Cartoon Network porque estaban dando unas animaciones japonesas)
• Deja ahí, déjala ahí -y se concentraron en esos dibujos japoneses que todavía
no logro entender bien.
Por mi parte me dirigí a la cocina y en pocos instantes preparé unos pancitos
con jamón y palta que fueron las delicias de mis recién conocidos. Les ofrecí un
delicado y premiado vaso de vino cabernet sauvignon de exportación, pero ellos
(disculpen, también es mentira) prefirieron un gran vaso de gaseosa. Ya para ese
momento se me había pasado el frío y decidí permanecer como estaba, o sea
vestido ligeramente o semidesnudo como prefieran.
A los pocos instantes conversábamos animadamente sobre literatura española, el
renacimiento italiano y arte barroco rococó. Cuando comentamos de memoria
pasajes de Romeo y Julieta de Shakespeare, ellos se conmovieron hasta las
lágrimas recordando algunos de sus diálogos, pero luego, al observar la gran
colección de música docta que tenía en mi discoteca, me pidieron que pusiera
alguna obra de Bach o de Haendel, pero justo en ese momento reaccioné de mi
sueño despierto y volví a la realidad, porque lo cierto es que ellos me contaban
animadamente acerca del partido del domingo entre la Católica y la Universidad
de Chile, de la cual eran parte de sus barras, que el profe de castellano les
había expulsado de la sala esa tarde, además de que les encantaba Shakira y un
músico de Heavy Metal que no recuerdo. Cuestiones de adolescentes normales, que
también fuman y beben ocasionalmente.
Por algunos momentos dejé conversando solos a los lolitos en el pequeñísimo
living-comedor de 3x3 y entré al baño sin cerrar la puerta. Mientras limpiaba
mis manos después de orinar, me percaté de reojo por el espejo que tenía frente
a mí, que dos chiquillos observaban atentamente mis nalgas a medio descubrir
bajo mi corta camiseta y llamaban a Nelson para que también se uniera. Los tres
se sonreían con picardía y aunque todavía se les notaba algo nerviosos, era
evidente que ya estaban entendiendo el juego.
La verdad es que era una visita no esperada pero extremadamente oportuna. A
pesar que mi respuesta sexual ya no era la que tenía a los 20 años, aún tenía la
suficiente energía para servir de desahogo a los colegiales que lentamente se
estaban desinhibiendo.
Al regresar al living retiré los platos que habían utilizado y me preguntaron si
tenía cerveza. Les señalé que sí y de regreso de la cocina les puse una botella
con sus vasos en la mesa para que se sirvieran. Aunque no tenía ningún interés
en hacerles perder la conciencia y nada parecido, el alcohol tiene la magia de
relajar un poco el ánimo y tornar algo más espontáneas a las personas. En
consecuencia, en pocos minutos los chicos se relajaron y la conversación se hizo
algo más animada.
• Es bonita tu casa Manuel -comentó Chagui
• Sí, está legal. ¿Vivís sólo? -consultó Gerald soltando el nudo de la corbata
de su precioso uniforme. (Me derriten los colegiales)
• Si, solito.
• Tenís de todo aquí. ¿No te aburrís solo?
• No, es que siempre estoy recibiendo visita, sobre todo los fines de semana. O
si no agarro el jeep y salgo al campo.
• Pero igual legal tu casa.
• ¿Estás casado?
• No, nunca.
• ¿Pero estás pololeando o algo? - Insistió Gerald
• No, solito, prefiero recibir visitas como la de ustedes -se produjo un
silencio embarazoso, que fue interrumpido oportunamente por uno de los mocosos.
• ¿Tenís el canal Play Boy? -preguntó Chagui- Mi papá no quiere poner cable
porque cree que vamos a pasar pegados a la tele. ¡Es más gueón!
• Sí, ¿tenís el Play Boy? -insistió Nélson, quien se encontraba recostado
relajadamente en un sillón.
• No, nunca lo he contratado, pero igual comienza a las 9 de la noche, no a esta
hora.
• ¿Qué hora es? -preguntó Gerald.
• Las siete y media -respondí.
• Yo tengo hasta las nueve y media. Le dije a mi mamá que iba a estudiar contigo
-dirigiéndose a Chagui.
• Pero los puedo ir a dejar yo en la camioneta -les dije a todos.
• ¡Buena onda! Entonces tengo como hasta las diez.
• ¿Puedo cambiar el canal? -Gerald tomó el control remoto y se puso a buscar
"algo".
• ¿A qué hora dan porno? -preguntó Nelson?
• No dan porno -les dije- En el América a veces un poco eróticas, pero porno
porno, no he visto.
• ¿Y tenís una película porno? ¡Oh! hace tiempo que no veo una.
• Podrías poner una porno. ¿Te acordai que el otro día en la micro (bus) me
dijiste que teniai varias? -me recordó Nelson
• ¿Qué edad tienen ustedes? -pregunté como con inocencia.
• Catorce nosotros dos y el Nélson quince.
• Estamos en primero medio; este gueón (por Nelson) está atrasado el flojo.
• Ya poh, ponte una porno -insistieron- Viste que nos tenimos que ir luego.
¡Chuta ya son un cuarto para las ocho!
Ante la insistencia fui al dormitorio a buscar alguna buena película para que
disfrutaran mis recién conocidos chicos. Cogí la que me pareció más adecuada: el
clásico "Las chicas de Dallas", antigua pero excitante.
Antes de regresar al living apagué la luz del dormitorio y observé por un espejo
que tengo ubicado estratégicamente que los tres adolescentes estaban sentados
juntos y cuchicheaban alegremente entre ellos. Gerald, que permanecía de pie,
masajeaba suavemente sus genitales con una mano metida dentro de su pantalón.
Los otros dos mocosos, lanzando furtivas miradas hacia el sector del dormitorio,
se acomodaban sus juveniles presas pero por encima de su ropa. Sus rostros
estaban radiantes de ansiedad aunque no advertía ninguna prominencia en sus
holgados pantalones, sólo sus nerviosas caricias.
Cuado reaparecí en el living, los chiquillos sacaron apresuradamente sus manos
de sus entrepiernas y se hicieron los tontos. Aunque enseguida estaban prestando
suma atención a cada uno de mis movimientos.
Una vez puse la película, los chiquillos me pidieron que apagara la luz, con lo
que todo quedó en penumbras pero con suficiente luminosidad proveniente de la
calle como para que yo pudiera observar sin problemas qué hacían los
muchachitos.
Adentro de la casa había una temperatura muy agradable, quizás un poco cálida,
por lo que les dije que iría a mi dormitorio un momento porque sentía un poco de
calor. Los chicos me dijeron que no me preocupara que no harían desorden.
Ya en mi cuarto me puse a espiar a los chiquillos, dos de los cuales estaban a
mi alcance mientras el tercero no me resultaba visible. De cuando en cuando
daban miradas en dirección al dormitorio y en el momento que supongo se
sintieron lo suficientemente confiados o quizás excitados, mirándose entre ellos
cuchichearon algo, bajaron los cierres de sus pantalones y sacaron a relucir
preciosos miembros que me hicieron agua la boca.
Ante dicho panorama la tentación fue muy grande, por lo que al cabo de unos
minutos que me parecieron eternos, hice un poquito de ruido y aparecí vestido
sólo con mi soutien y con una erección claramente visible que los chicos
advirtieron enseguida pero evitaron comentar.
Entré al baño sin tardanza, pero en cuanto junté la puerta apagué la luz para
que pensaran que había cerrado. Por la rendija que dejé, volví a observar a los
pollitos, los cuales sintiéndose algo más confiados abrieron sus pantalones
cantinflescos completamente (porque los usan en la cadera como Cantinflas) y
bajaron lo más que pudieron sus calzoncillos, luego levantaron un poco sus
camisas y me permitieron apreciar unas bellas matas de pelos oscuros adornando
sus bases.
Sus manos estaban entretenidísimas masajeando sus tiernos miembros mientras con
la otra mantenían precariamente abiertos sus pantalones, aunque con cierto
comprensible nerviosismo lanzaban disimuladas miradas hacia el baño. Cuando ya
creí no soportar más, solté el agua del estanque, limpié mis manos y abrí la
puerta. En el momento que aparecí, dado el ruido que había hecho, los chicos ya
habían acomodado sus pantalones y parecían atentos sólo a la película, aunque se
advertía claramente los levantamientos que se esmeraban inútilmente en ocultar.
Permanecí apoyado con mi espalada en la cerrada puerta del baño y encendí una
lámpara para hacer un poco más de luz. En el living la temperatura estaba algo
calurosa, pero yo permanecía silencioso con una evidente erección que no tenía
intención alguna en ocultar.
• ¿Y tú no te corrís la paja? -pregunto Gerald. Y pronto tres rostros sonrientes
y sudorosos miraban sin mucho disimulo el evidente signo de mi deseo.
• Lo tenís más parado que la cresta.
• ¿Por qué no te quedai aquí a ver la película? Está mortal -señaló Chagui y se
acomodó sin disimulo su enhiesta virilidad.
• Sí, quédate aquí y veis la peli con nosotros.
• ¿No tienen calor? -dije como respuesta, al tiempo que me sentaba en un sitio
desocupado de los sillones. -Si quieren se sacan las camisas.
• ¿En serio? ¡Qué buena onda; estoy que me cago de calor -y los chicos
desabotonaron sus blancas camisas, aunque Nelson la dejó abierta pero puesta.
Pude distinguir unos pechos de tono canela hermosos, carentes de pelo y con una
suave pelusa de terciopelo. Sus brazos eran delgados, viriles y se advertían
levemente sus venas. Como ya es costumbre entre los lolitos, los pantalones
dejaban ver medio calzoncillo de viejo (así le llamo yo a los bóxer) mientras
trataban vanamente disimular con sus manos las magníficas carpas que se habían
formado.
Los vientres aparecían lisos y en el caso de Nelson, una débil línea de pelos se
dibujaba desde su ombligo y se perdía en dirección a su sexo. Los rostros de los
chiquillos eran muy atractivos, con alguna rebelde espinilla por aquí o por
allá, y ya les estaba empezando a aparecer algunos bigotillos en los extremos
del labio superior, pareciendo que el mayor se había afeitado ya alguna vez.
Yo me acomodé relajadamente en el sillón y metí la mano dentro de mi soutien.
Los chicos aparentaron no ver nada, pero de reojo observaban como manipulaba mi
tula. Gerald, el más osado, se atrevió a meter también su mano en el pantalón.
• ¡La película buena!; estoy más que caliente, miren -señaló sin disimulo
destacando su erecta tula.
• Te voy a ocupar el baño -Señaló Nelson poniéndose de pie.
• ¿Y por qué no te hacís la paja aquí no más? -le señalé.
El lolito se puso nervioso pero, reconociendo sus intenciones, regresó a su
sitio, metió también la mano en su interior y comenzó a sobarse claramente ya
con más seguridad. Yo no dije nada; sencillamente bajé mi prenda, liberé mi pene
y empecé a masturbarme ante las sonrisas aliviadas de los adolescentes que
parecían estar atentos sólo a las escenas de la película.
Chagui fue el primero en atreverse a preguntar:
• ¿Puedo? -preguntó mientras me miraba y con gestos me señalaba si se podía
bajar los pantalones. Yo asentí con la cabeza.
• Yo también entonces -y el flaco Nelson abrió su pantalón, lo bajó hasta sus
muslos y luego dejó salir su pico sin bajar su calzoncillo.
En pocos instantes, los tres chicos tenían sus miembros al aire, pero ninguno
parecía atreverse a desnudarse por completo. Sin decirles nada me cambié de
asiento y me puse al lado de Gerald, que compartía el sillón con Chagui. Sentí
que se puso algo nervioso, ya que en el camino me había sacado mi soutien, pero
no se movió de su sitio.
Habían transcurrido como treinta minutos desde que les había puesto la película
y a pesar de lo excitados que estaban igual percibía el ambiente de nerviosismo
entre ellos. Sin embargo el que debía dar el siguiente paso evidentemente era
yo. Mi soutien dejaba muy pocas dudas acerca de mi homosexualidad, por lo que si
los chicos no se habían retirado al principio, resultaba evidente que su
propósito era ir un poco más allá y no sólo ver películas porno.
Animado por la paja que con aparente despreocupación se prodigaba Gerald a pesar
de mi cercanía, puse una mano en su muslo y pregunté:
• ¿Por qué no te bajas el pantalón? Así estás incómodo.
• Así no más -contestó. Y pareció sostener con un poco más de firmeza la prenda,
aunque estaba atento a lo que yo haría a continuación.
• ¿Por qué no se lo bajan todos? Yo ya me saqué todo ¿O no?
• No sé, es que ya es tarde y tenimos que irnos -insistió algo nervioso el
chico, aunque con poca convicción.
• Bájatelos -insistí con cordialidad, al tiempo que ponía mis manos en sus
caderas y le deslizaba su prenda. El muchachito miró a sus amigos, se sonrió
nerviosamente y dejó que le bajara su pantalón, pero cuando estaba a la altura
de sus rodillas me dijo;
• Ahí no más; espere, yo me bajo el slip -y acto seguido deslizó la siguiente
prenda hasta donde lo permitió su pantalón.
• Tienes bonitas piernas Gerald. Suavecitas -dije al tiempo que apoyaba mi mano
en una de ellas y empezaba a acariciarlo.
El chico permaneció en silencio, soltó su falo y apoyó sus manos a ambos lados
de su cuerpo. Luego se recostó en el sofá deslizándose un poco hacia abajo y
dejó caer suavemente su cabeza hacia atrás. Enseguida volvió a coger su pico y
siguió masturbándose.
Volví a acariciarle su muslo pero esta vez mis dedos rozaron con suavidad sus
testículos al tiempo que le decía:
• ¿Te ayudo?
Como respuesta el chico soltó su verga y movió la cabeza afirmativamente. Me
puse un poco de costado ante la atenta mirada de sus compañeros. Luego acerqué
mi mano e inicié una serie de caricias sobre su pecho, las piernas, sus cocos,
los incipientes pelos y el vientre, dejando para el final el primer premio.
El chico respiraba agitado. Mi mano se apoderó de su duro sexo y empecé a
masturbarle con lentitud. Luego de algunos instantes de aparente turbación en
que el muchachito dejó que le manipulara la tula con absoluta libertad, sin
decirle ni insinuarle absolutamente nada, apoyó una mano en mi nuca y me empujó
suavemente hacia abajo. Yo entendí la invitación y bajé mis labios directamente
a su mojado glande. Las silenciosas risas y las atentas miradas de sus excitados
amigos se escucharon claramente.
El chico también rió, dejando que siguiera acariciando su tesoro más preciado,
aquel que pocos años antes le había llevado a descubrir los placeres solitarios
más intensos. Mis caricias no buscaban tan sólo prodigarle las mejores
sensaciones que a sus catorce años había sentido, sino que estimular en sus
jóvenes amigos el ejemplo a imitar en cuanto él sintiera que el orgasmo había
llegado.
De seguro que era la primera vez que una boca engullía su virilidad y que unos
labios besaban sus cocos. Sus suaves y tiernas manos masajeaban suavemente mi
cabello y se aventuraban a través de mi espalda. Su orificio dejaba salir
pequeñas gotas de humedad, que yo mostraba a sus amigos dejándola pender como un
hilillo de plata desde un extremo de la lengua hasta la verga, para enseguida
tragarla lentamente cuando volvía a engullir los trece centímetros del chamo.
Nelson no pudo resistir la curiosidad y al tiempo que yo me deslizaba para
quedar arrodillado frente al ídolo de mi pasión, él ocupaba el lugar en que
pocos momentos antes estaba recostado yo.
Mis manos enseguida se apoderaron de los picos de ambos chiquillos, los cuales
acercaron sus cuerpos hasta quedar casi pegados a su amigo, formando un trío de
efebos cuyas formas competían con los actores que tanto me gusta admirar en las
series de televisión y que me parecen inalcanzables.
El chiquillo daba suspiros profundos sobre todo cuando yo aspiraba todo el aire
de mi boca y le succionaba con fuerza su virginal carne. En esos momentos, al
parecer desinhibidos por completo, sus compañeros se alzaron unos momentos y se
desnudaron en su totalidad, dejándose puestos sus blancas calcetas deportivas
imagino que por pudor. Gerald también se puso de pie y me retiró con educación,
luego se sacó pantalón y calzoncillo simultáneamente, pero antes de volver a
sentarse, yo ocupé su lugar y le obligué a permanecer de pie. El chiquillo era
delgado sin ser flaco. Todo su cuerpo exudaba sensualidad. Con una cabeza
pequeña en relación con su estatura, era evidente que estaba lejos de ser
parecido a los chicos de campo que yo conocía en cada verano. Su vientre era
plano sin músculos marcados, sus piernas firmes pero no corpulentas, su cuello
frágil pero firme, su pecho normal sin pectorales trabajados y sus brazos
gráciles terminados en unas manos propias de un chico que nunca ha hecho
trabajos pesados.
De pie como estaba, me arrodillé frente a él y reanudé mis maniobras en su dura
tula. El chico se reía y respiraba agitadamente. Ambos amigos empujaban mi nuca
para que le comiera su falo por completo al tiempo que se acercaban curiosos a
observar mis lascivos movimientos. Mis manos acariciaban sus piernas y recorrían
su espalda, donde de tanto en tanto unas nalgas poco prominentes permanecían
duras frente a cada una de mis acometidas.
Las primeras señales de su inminente orgasmo me las dieron sus temblores en los
muslos. El chico comenzó a reír al tiempo que sin el aviso que normalmente
descubro, dejaba salir sendas andanadas de un semen muy cristalino y algo
salado. Sin soltar su falo, dejé que el chico se sentara rodeado por sus dos
amigos que no dejaban de preguntarle qué se sentía. Ya al final de mi mamón,
liberé el miembro, le exprimí las últimas gotas que quedaban y ante la mirada
atenta de los tres, con la punta de mi lengua las recogí para luego engullirlas
goloso.
Nelson me miró sonriente y me dirigió de inmediato a su mojada verga. Su mirada
se posó por breves instantes en el reloj de su muñeca y dijo algo así que
teníamos tiempo todavía. Luego con mucha calma dejó que lamiera su sexo como a
un helado y se acostó cuan largo era en el sofá. Allí me puse a horcajadas entre
sus piernas, engullí completamente sus catorce centímetros de arqueada tula y
empecé a bajar y subir mi cabeza al mismo tiempo que mis dedos recorrían cada
centímetro posible de su anatomía.
El chico me pidió subir un poco y él mismo se acomodó quedando en una posición
semi sentada, lo que le permitía acariciarme la espalda y los inicios de mi
raja. Con una pierna en el sofá y la otra apoyada en el suelo, Nelson podía
pasar sus cariñosos dedos por mis brazos y darme el ritmo que él quería. Pero
como la espera había sido larga y el espectáculo anterior extremadamente
ardiente, no pasaron ni cinco minutos cuando el muchachito dio notorias muestras
de querer irse cortado avisándoselo a sus tiernos amigos, quienes se apresuraron
a observar el acontecimiento.
A pesar que quise retirarme para dilatar el sabroso momento, lo único que
conseguí fue que el mocoso me presionara con energía contra su miembro,
obligándome a succionarle sin subir ni bajar mi cabeza, sólo absorbiendo y
soltando el aire de mi boca repetidas veces, tantas como las que necesitaba para
alcanzar el orgasmo y dejar salir una fuerte pero corta descarga de su juvenil
néctar. Mientras ello ocurría, se dejó caer con fuerza sobre mi espalda,
haciéndome sentir su cálida respiración en mi nuca, y sus efusivos dedos
acariciando mis hombros y glúteos.
• Tenís que puro dejar que te lo chupe loco -comentó el chico a Chagui- . Es
legal loco, se siente súper rico.
• Ya, entonces me toca a mí ahora. Pero deja que me siente primero.
• Ponte aquí para que mires la película si quieres -le señalé
Entonces el chicuelo se acomodó en el mismo húmedo sofá señalándome que podía
comenzar, para luego mirar fijamente cómo le lamía los huevos, las entrepiernas
y el extremo de su pene. Como aún quedaba como media hora para hacer disfrutar
al chico, decidí que se fuera con el deseo de repetir, para lo cual debía
procurar dilatar lo más posible su orgasmo, cuestión que podía ser algo difícil,
debido a todo lo que había esperado hasta el momento.
Sus dos amigos se habían retirado un momento a la cocina a prepararse unos
panes, lo que relajó al lolito a tal punto que tuvo la valentía para decirme que
le pasara la lengua por debajo de sus cocos como había visto en alguna película.
Luego me pidió que le chupara "sólo la cabecita" harto rato, hasta que me
avisara y finalmente le mordisqueara desde la base hasta el capullo.
Seguí sus instrucciones como un buen alumno. Mientras los otros chicos se
consumían toda mi despensa al parecer, trabajé con mi lengua justo debajo de las
bolsas del chico, pero cuando quise aventurar un poco más allá, definitivamente
no me lo permitió, lo cual no me molestó en lo absoluto, sino que acepté con
agrado, ya que me gusta mucho cuando los chicos ponen sus límites.
Mi traviesa lengua se dedicó enseguida a lamer cada pliegue de los cocos del
chiquilín, ocasionándole más de una espontánea risa, al tiempo que mis activas
manos masajeaban su pecho y su barriga. Pero cuando llevé mis dedos a sus
tetillas y las apreté suavemente con mis dedos, el adolescente ya no quiso que
las retirara de allí. Con sus propias manos me las mantenía en dicha posición y
me pedía que se las siguiera pellizcando suavecito.
Todo su cuerpo ahora era un volcán a punto de estallar, de modo que cuando sus
desnudos amigos regresaron y lo vieron con su rostro en trance y acariciando mi
espalda y hombros con pasión, no pudieron dejar de reír y dedicarse a observar
cada uno de los movimientos que el chico realizaba sin abrir sus ojos,
creyéndose solo.
Cuando estaba a punto de llegar el orgasmo, el muchachito abrió ampliamente sus
piernas para luego cerrar sus músculos, aprisionando mi cabeza entre ellos y
entre espasmos de risa dejar salir su juvenil esperma en mi ansiosa boca. Al
acabar de soltar sus últimas gotas, me dejó un largo rato aprisionado, hasta que
pareció recobrar el control y con rapidez proceder a vestirse al igual que sus
amigos.
• Oye Manuel, de verdad que la chupai súper rico. Esto está de repetirlo.
• Sí, parece que vamos a venir seguido a verte.
• Yo repetiría ahora mismo pero se hizo muy tarde. -añadió Nelson.
• Oye, dinos cuándo estás para venir otro día.
• ¿Podimos venir de mañana? Tú me dijiste el otro día en la micro que a veces no
trabajai en la mañana.
• Cuando hagamos la cimarra nos venimos pa'ca ¿cierto locos?
• Sí, sí, tenís que tener más películas eso.
• En una de esas venimos con otros compañeros ¿Te gustaría?
Yo también me había vestido y contestaba afirmativamente cada pregunta y
ofrecimiento de nuevas visitas. Nos subimos a la camioneta y en el camino hacia
sus casas, advertí que vivían en un sector residencial bastante mejor al mío y
que sin ser de clase social acomodada, eran chicos de buena familia.
Ya cerca de sus casas, todos casi vecinos, los dejé a una distancia prudente de
acuerdo a como me lo pidieron, no pudiendo evitar mirar como en la plaza del
barrio había un ramillete de preciosos adolescentes con ropa hip hop o rapera
(no sé diferenciarlos), que ellos inmediatamente advirtieron.
• Si querís un día te presentamos a los locos.
• Todos ellos son amigos de nosotros.
• Y son híper pajeros
• Seguro que en las vacaciones salimos de paseo por ahí.
• Chao loco.
• Chao.
Antes de dejarles solos, escribí en una tarjeta en blanco los días que estaba en
casa en la semana y mi número telefónico privado. Luego regresé a mi humilde
casa colmado de sensaciones tan intensas como placenteras. Esa noche dormí como
angelito.
Nota: Desconozco por qué, pero desde ya hace algunos años los adolescentes se
han empezado a vestir en retro y, mientras las minas se desnudan cada vez más,
los varoncitos se cubren como en la sociedad medieval. En las playas me pregunto
intrigado por qué, a pesar de tener cuerpos espléndidos, utilizan esos trajes de
baño hasta más debajo de las rodillas, mientras las chicas hacen lo contrario.
¡Maldita moda!
manuel_palma2005 @ yahoo.es
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