Mis Vecinos IV
Oscar
Pasaron las horas y llegó el jueves esperado. Ya la semana de exámenes había
pasado y tenía otra vez clases normales. Ese día me encontraba corrigiendo unos
trabajos que me habían entregado recién y atento al llamado de mis vecinitos,
pero quizás por lo temprano de la hora ellos aún no hacían su aparición.
Concentrado como estaba en la lectura minuciosa de lo escrito por mis alumnos,
al cabo de algunas horas me sentí agotado y como ya había terminado la tarea,
decidí ordenar algunos materiales de mi escritorio y revisar la biblioteca a fin
de despejar mi mente. Estaba en eso cuando encontré entre algunos libros
antiguos una foto tomada años atrás cuando había comenzado a vivir solo en un
sencillo cuarto construido al fondo de un patio trasero. Era una imagen de
cuerpo entero en la cual aparecía en el interior de mi pieza apoyado en el borde
de la ventana, la cual daba a un pequeño jardín interior. A mí alrededor tenía
varios maceteros con mis plantas favoritas, bueno, las únicas que tenía. En la
imagen se alcanzaba a distinguir mi nueva cama de dos plazas, la cómoda que me
había prestado la dueña del diminuto cuarto y algunas otras pertenencias que
recordé haber tenido pero no se veían en la fotografía: una cocina, una mesa con
dos sillas y un ropero antiguo, también prestado.
Era un cuarto humilde de 3x5 en el cual inicié mi vida independiente. Mis padres
poco podían hacer por mí, además que justo en ese entonces Chile estaba saliendo
de una profunda recesión en los años finales de la dictadura. Sin embargo, en
esa pieza fue donde volví a tener esperanza, al recibir las amables atenciones
de la dueña de casa, que más que considerarme un inquilino, me trataba casi como
un familiar. Al seguir revisando los detalles de la imagen, me fijé que al fondo
se distinguía con claridad la pandereta que separaba el jardín interior de la
propiedad vecina. Y mi mente retrocedió unos seis años, cuando un frío día de
invierno había arrastrado mi cama a la entrada de la pieza para poder recibir
los débiles rayos solares que entraban por la cerrada ventana.
Ahí estaba yo, con los ojos cerrados procurando calentarme un poco cuando
escuché claramente unas voces juveniles en el patio vecino. Por curiosidad me
levanté enseguida y entré al baño que estaba contiguo al cuarto pero que se
elevaba unos cuantos centímetros con relación al resto permitiendo tener una
panorámica del otro patio. Desde la ventana del mismo pude distinguir las
cabezas de dos chicos que jugaban alegremente con una pelota, pero no se podía
apreciar más. Regresé a mi cuarto y, subido encima de la cama, pude observar con
claridad que se trataba de dos mocositos de unos trece años que se encontraban
pateando una pelota jugando a ser arqueros aparentemente.
Estábamos terminando el mes de agosto, habitualmente muy frío, por lo que la
idea de sacarme la ropa estaba fuera de discusión. Idee entonces la estrategia
de abrir ruidosamente las ventanas por algunos momentos para atraer la atención
de mi vecino en primer lugar, cuestión que ocurrió casi enseguida, pero al
parecer el chiquillo ahora se encontraba solo, puesto que solo su rostro se
asomó por el costado de un árbol que estaba pegadito a la muralla.
Para ese momento yo estaba acariciándome distraídamente mi paquete por encima
del pantalón, lo que, como casi siempre, atrajo de inmediato la atención del
púber. En unos de esos calculados movimientos que habitualmente me dan muy buen
resultado (cada cual tiene sus técnicas ¿cierto?), introduje descaradamente la
mano adentro y me empecé a acariciar mirando el horizonte (¿cuál?)
El chico se agazapó un poco más considerando que había conseguido atraerle. Con
la atención del chico lograda, me senté en la orilla de la cama, abrí una
Penthouse y me puse a hojearla como con desgano. Me detuve en una de sus páginas
y abrí mi pantalón ante la asombrada mirada del pendejo. Luego me tendí de
costado, saqué mi miembro e inicié una paja lenta y sensual. Cuando estimé que
el chiquillo estaba absorto mirando, desvié un poco la vista pero, antes de
hacer contacto, el chico se ocultó con agilidad. La situación me tenía
extremadamente excitado. Al vivir en la pieza desde hace pocos meses, no podía
tener una vida sexual muy activa, por lo que el sólo hecho de sentirme observado
mientras me masturbaba, me producía intensas sensaciones, lo más a que podía
aspirar por el momento.
Proseguí mi pausada paja observando que el chiquillo había vuelto a asomarse, lo
que me hizo reanudar mis movimientos pero imprimiéndoles un poco más de
velocidad. La verdad es que hacía tanto tiempo que no tenía sexo, que me
conformaba con alcanzar el orgasmo frente a mi vecinito por el momento. A pesar
que el primer objetivo había sido exhibirme, ahora me proponía alcanzar una
buena culminación. Ya la atención del niño la tenía por lo que procuré darme el
mayor goce posible. Procedí entonces a bajar mi pantalón hasta las rodillas y
alcé mis otras prendas un poco. Igual el día estaba bastante frío y no debía ser
tan precipitado en ese sentido.
Me senté apoyando mi espalda en el respaldo de la cama e inicié los movimientos
de una paja casi frenética, soltando el pico sólo en el momento justo antes de
sentir que la eyaculación era inminente. Repetí el proceso algunas veces, ante
la atenta mirada del pequeño. Cuando consideré que había acumulado suficiente
potencia, me masturbé suavemente, llevando mi piel a la resistencia máxima y
solté sendos chorros de esperma que me produjeron maravillosas y casi olvidadas
sensaciones. El chico no perdió detalle de la eyaculación. Su rostro atento
desapareció cuando me vio salir del cuarto en dirección al baño. Cuando miré por
la ventana del pequeño cubículo mientras lavaba mis manos, el muro aparecía
vacío.
Pasó un buen tiempo antes que volviera a toparme con el chicuelo, en realidad
varias semanas, pero en cada ocasión que coincidíamos, el evitaba hacer
cualquier contacto visual. En algunas ocasiones en que las condiciones lo
permitían, volvía a repetir el juego de seducción que he descrito, pero en cada
oportunidad más ligero de ropa ya que la temporada veraniega se acercaba. Sin
embargo él siempre era más rápido y astuto que yo al escabullirse justo en el
momento que intentaba atraparlo mirándome. Pero ahí estaba atento a observar
cómo me hacía la paja.
En una de estas ocasiones se hizo acompañar de un muchachito de sus misma edad
que alguna vez había visto jugando en la plaza frente a mi casa. Era un chico
con rasgos muy hermosos pero extremadamente delgado, flaco. Sin embargo y
contrario a mi naturaleza, en esa oportunidad sólo me sobé un poco por encima de
mi calzoncillo, dejando a los pilluelos con el deseo de ver algo más. No sé
porqué me contuve, imagino que fue algo de desconfianza con el chico nuevo.
Para el mes de diciembre había conseguido nuevamente hacerme cargo de un
programa de verano en el municipio que residía. Este consistía en coordinar
actividades deportivo recreativas para menores de escasos recursos de la comuna.
Dentro del programa teníamos eventos que se desarrollaban en la piscina
municipal, llevando a chicos y chicas para que pasaran una tarde de
esparcimiento en el lugar. Como producto de esta actividad, durante el verano,
mis vacaciones consistían en quedarme todas las tardes recreándome en el lugar,
tanto para bañarme en la piscina, como para deleitar mi vista con cientos de
rotitos que acudían en masa a disfrutar del lugar, especialmente en las duchas
comunes, las que al ser abiertas, me permitían vitrinear a mi gusto cuando las
condiciones lo permitían.
Estaba una de estas tardes dándome un baño de sol en el pasto, cuando reconocí a
mi vecino. El también hizo lo mismo, pero se mostró dudoso en saludarme, aunque
vi que hizo un intento. Como no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad,
le saludé jovialmente con mi mano y le pregunté si vivía cerca de mi casa porque
me parecía reconocerle. El chico me señaló que también me había visto en la
plaza del sector, pero que no sabía muy bien donde vivía. Entonces le enseñé mi
dirección y conversamos algunas trivialidades que consiguieron ganarme un poco
de su confianza. Después de eso me alejé y en cada ocasión que nos cruzábamos le
sonreía amistosamente. Al regresar aquella calurosa tarde de enero a mi
cuartito, no me esperaba por parte del chiquillo una respuesta tan rápida como
la que tuve. No bien hube ingresado al cuarto y abierto la ventana, ahí estaba
él saludándome con un hola muy cordial.
- Hola Oscar. Así que somos vecinos cercanos.
- Si, yo me acordé que una vez lo había visto colgando la ropa, por eso sabía
donde vivía.
- ¿Y que estabas haciendo?
- Nada, viendo tele. ¿Y usted?
- Aquí, recién llegando. Iba a tomar once. (Una comida ligera al final de la
tarde, similar a un desayuno)
- ¿Usted trabaja como salvavidas?
- No, tengo otro trabajo – pero no quise ser específico.
- Es que como usa ese traje de baño el mismo que usan los salvavidas ¿cómo se
llama?
- Zunga, a ti se te vería bien, tienes bonito cuerpo.
- No me gustan, prefiero los short. ¿Y no se aburre solo?
- Si, un poco, pero de vez en cuando me visitan algunos amigos y así me
entretengo. O bien me pongo a mirar tele.
- Debe ser buena onda vivir solo.
- A veces, otra es un poco aburrido.
- ¿Y esa revista que tiene ahí de que es? – y me señaló una Macho española muy
calentona.
- ¡Ah, esta! Si quieres te la presto. – Y saliendo al pequeño jardín por la
ventana se la estiré para que la tomara, pero el niño la rechazó.
- No, no me la pase. Si me la pilla mi papá me la rompe. Muéstremela un poquito.
- ¿Esta página? Aquí aparece una mina buena. – Le enseñé algunas imágenes
mientras mi verga empezaba a tomar posición firme.
El chico se dio cuenta de mi naciente excitación pero, aparte de desviar furtivamente la mirada no hizo comentario alguno. Incómodo como estaba me atreví a preguntarle
- ¿Se te paró?
- Si.
- A ver – y asomándome por la baja pandereta divisoria vi que el chico se había
sacado su tula por una pierna del short y la mantenía sujeta con una mano.
- Tienes un pico grande Oscar ¿Y ya te haces la paja?
- Si, de vez en cuando ¿Y usted? –preguntó inocentemente.
- También, viendo las revistas –mentí.
- ¡Ah! Igual que yo. Bueno, me voy a entrar, nos belmont otro día, chao –y
rápidamente el chico me dejó con las ganas de dar un siguiente paso.
Nuevamente pasaron unos cuantos días antes de volver a encontrarnos en el
traspatio. En la piscina no lo volví a encontrar, tal vez porque me eludía o
simplemente porque no había regresado. En fin, a la siguiente semana, cuando ya
había regresado de mi sacrificado trabajo y me encontraba preparándome unos
pancitos ya con la ventana abierta por ser uno de esos calurosos días de verano,
escuché la inconfundible voz de Oscar saludándome.
- Hola amigo, qué tal ¿Aburrido?
- Un poco. ¿Tiene una revista para mirar? –preguntó inocentemente
- Si, espera –y busqué alguna que no le hubiera mostrado
- Esa no la había visto. A ver, muéstreme la página del centro.
- ¿Por qué no la vienes a ver acá mejor? – le pregunté de una vez.
- ¿En serio? ¿Puedo? – consultó entusiasmado
- Por supuesto, ¿Sabes cuál es la casa?
- Si, espéreme un poco, voy al tiro –y antes que le pudiera decir algo más, el
chico había desaparecido.
...
- ¡Manuel! Aquí hay un niño que lo está buscando –me avisó la dueña de casa, una
mujer mayor y, al parecer, extremadamente discreta según pude comprobar tiempo
después.
- Ya voy –le respondí. – Y ahí estaba Oscar sonriente en su short y camiseta
esperándome en la reja de entrada.
- Pasa, pasa – le di las gracias a mi casera y saludé al chico como de no
haberlo visto en tiempo.
- Aquí vivo pues –le dije una vez que lo hice entrar a mi cuarto y cerré la
puerta.
- Lo tienes bonito. ¿Y tenís las revistas? –señaló enseguida.
Le pasé dos ejemplares de Macho y el chico se sentó frente a la mesa que usaba
para comer. Allí hojeó con mucho detenimiento cada imagen y de vez en cuando se
acariciaba su bulto. Entonces intervine:
- Si quieres, hazte la paja, a mi no me molesta – le dije.
- ¿En serio?, tengo cualquier gana.
- ¿Te acompaño?
- Si tu quieres –me respondió espontáneo.
- Córretela no más, por mi cero problemas –el desconocía, al parecer, que yo
sabía que me había visto por la ventana, pero no quise comentarle nada, a fin
que no se sintiera manipulado.
Sin demostrar ningún temor o pudor, el chiquillo se bajó short y calzoncillo y
comenzó a masturbarse siempre sentado en la silla. Su tula era hermosa, de un
color claro, arqueada hacia su vientre; medía alrededor de doce centímetros y
unos ocho de grosor. En su extremo una preciosa cabeza rosada coronaba el tierno
monumento. Yo me encontraba atento a sus movimientos, pero él parecía ignorar mi
presencia o no darle ninguna importancia. Observándole como estaba, no se
incomodó cuando recostado en la cama y aparentemente mirando otra revista me
puse a hacer una paja. Pero el chico no buscaba tardarse mucho, por lo que en
uno de sus atrayentes movimientos, se acomodó un poco en la silla y deteniendo
el masaje eyaculó; el semen afloró en pequeñas gotas, una de las cuales brincó
en el aire y fue a caer en su mano. Ambos sonreímos espontáneamente ante la
proeza. Luego el chico permaneció inmóvil y me miro sonriente, orgulloso de su
hazaña. Me atreví a romper el silencio.
- ¿Te limpio?
- Bueno –me respondió pícaramente y sin ningún nerviosismo.
Cogí una servilleta de papel y recogí los restos de su clímax. El aún mantenía
fuertemente agarrado su apetitoso y duro pico (¡Oh! virtudes de juventud).
Limpié su mano y la retiré, para luego cogerle su maravilloso sexo y con unos
cuantos masajes extraerle los últimos jugos. El chico observaba atento mis
movimientos sin mostrar señales de incomodidad. En esos instantes me hubiera
abalanzado sobre su falo para saborearlo, olerlo, mordisquearlo, acariciarlo,
tragarlo, en fin, tantas cosas, pero el aspecto reposado y sereno del chiquillo
me señalaba que no debía apurar las cosas. Al parecer se sentía muy relajado
conmigo, como si me conociera de toda una vida. Ya llegaría el momento de
demostrarle mis intenciones.
Nuevamente los días transcurrieron y el verano avanzando. Tal vez dos o tres
semanas después; Oscar me avisó que le esperara en la entrada de la reja porque
la señora le había parecido un poco “pesada”. Estuve de acuerdo y a los pocos
instantes, después de intercambiar saludos protocolares, mi amiguito ya estaba
revisando las revistas de su agrado recostado en la cama, sin esperar
invitación. Había bajado el pantalón hasta sus rodillas y se masturbaba calmado,
brindándome una visión maravillosa de su atractiva tula. En esta ocasión yo me
pajeaba a escasa distancia de el, lo que no le producía ninguna aparente
turbación, sólo un jocoso comentario acerca de un lunar que tengo justo en un
extremo de mi pene.
Mientras él, apoyado en el respaldo de la cama y con las piernas en el suelo
proseguía en su concentrada tarea, yo me senté enfrenté a observar su verga con
detenimiento. Nuevamente el chiquillo permaneció impasible. El pene estaba
surcado por tenues venas verdosas y en su base lucía un par de preciosas bolsas
cubiertas con una leve pelusa. En el nacimiento mismo del sexo, el chico poseía
una mata de pelo abundante, que no seguía camino al ombligo. Sus lampiñas
piernas eran robustas sin ser gruesas y al contacto de mis dedos se
estremecieron, pero no provocaron ningún rechazo por parte del chiquillo.
Observé fijamente su pichulita y advertí que una gota de lubricante había
aparecido en su extremo. El muchacho había cesado los movimientos como para
permitirme observarle el sexo con mayor comodidad. Al parecer el juego parecía
agradarle aunque yo aún no estaba convencido de querer llevar las cosas más allá
todavía. Simplemente cogí la gota, jugueteé con ella entre mis dedos y le
comenté.
- ¿Qué sabor tendrá?
- Pruébala para saber. –respondió el chico reanudando la masturbación.
- Parece que fuera dulce, parece almíbar – comenté sugerentemente y atrapé las
tambaleantes gotas entre dos dedos, para luego llevarlas delicadamente a mis
labios, donde las degusté pero sin hacer comentarios. Tampoco el chico preguntó.
No supe, sinceramente, si el chico siguió o no mis movimientos, pero era
evidente que el juego de seducción le agradaba. A esas alturas me resultaba
incomprensible que no se hubiera dado cuenta que yo era homosexual. Así es que,
prudentemente, no quise avanzar más durante esa jornada.
Hoy, al recordar, pienso que el muchachito me parecía tan sano, tan
bienintencionado, que no deseaba dañarlo bajo ningún aspecto. Si después de
haber aceptado que probara su néctar regresaba, era evidente que buscaba llegar
más allá.
...
El tiempo siguió pasando y pronto el verano llegaría a su fin. Oscar no había
vuelto a aparecer por unas tres semanas, por lo que estimé que había decidido no
seguir visitándome. Pero estaba equivocado; una tarde de marzo, prontos ya a
reanudar clases, una voz conocida me llamaba por la puerta de entrada. Me asomé
y allí estaba él, con la piel bronceada por el sol y luciendo una alegre
sonrisa.
- Ven a abrirme, no quiero que me vean.
Ese simple comentario, sincero, me hizo entender enseguida que el chiquillo
sabía lo que estaba haciendo. A pesar de sus escasos doce años, entendía
perfectamente que era un comportamiento que no se debía andar divulgando.
Aprecié infinitamente el comentario y aunque no le dije nada, él advirtió
inmediatamente que su visita me causaba gran alegría.
- ¿Me echaste de menos? – asentí con la cabeza y luego agregó – me había ido de
vacaciones a la playa. Mira, estoy quemadito. –y me mostró su bronceado torso el
que me hubiera lanzado a acariciar enseguida.
- ¿Y para donde fuiste?
- Al Quisco. Ya poh, saca las revistas que hace tiempo que no veo ninguna.
- Guau, parece que estás un poco caliente –respondí al tiempo que buscaba el
material y se lo entregaba.
- Si, con tantas minas en tanga en la playa estaba alucinado.
Oscar cogió las revistas, abrió varias buscando las fotos que más le interesaban
y las instaló encima de la cama. Luego me comentó que quería ver cuál era la
mina más caliente. Enseguida se sacó la camiseta y bajó sus pantalones hasta sus
tobillos. El chiquillo realmente tenía un cuerpo hermoso. Con un vientre plano
(sin trabajar en ningún gimnasio diariamente), su piel lucía una pelusa rubia
finísima que se engrosaba en sus pantorrillas. Las proporciones eran preciosas y
cada parte parecía estar en su lugar, Con un rostro agradable sin ser
deslumbrante, era claro que el chico ya no sentía ninguna vergüenza de mi.
Entre sus piernas lucía majestuoso la arqueada pichulita, remarcada porque el
tono de piel de sus caderas y trasero lucía claro, contrastada con el resto de
su bronceada piel. El chico estaba absolutamente consciente de ser observado con
atención, ya que no solo mantenía las manos alejadas de su sexo, sino que hacía
comentarios acerca de a nombre de quien se haría la paja, en una clara
invitación, parece, a que le ayudara. Su pene era perfecto, de un tono rosado
oscuro, tenía un prepucio largo que no impedía que todo su glande quedara al
descubierto. Imagino que cuando creyó que había observado suficiente sus
encantos, se sentó en la cama sin dejar de observar las imágenes de las revistas
y comenzó a masturbarse pausadamente. En ese momento no quise dilatar más la
situación, por lo que acercándome le comencé a acariciar sus cocos con la mayor
suavidad posible. El chiquillo ni siquiera me miró y menos dijo algo. Retiró su
mano, se dejó caer hacía atrás apoyándose en un codo y siguió revisando las
fotos con aparente indiferencia. Mis manos se posaron en sus muslos
acariciándoselos con ternura. Recorrí sus entrepiernas y mi mano derecha se
apoderó de su mástil. El seguía impasible, comentando acerca de una u otra foto,
mientras yo empezaba a masturbarle. Cuando posé mis labios en su glande, desvió
la vista y, por primera vez, prestó profunda atención a lo estaba por hacer. En
sus ojos pude advertir la ansiedad por la inminente experiencia. Cerré mis ojos,
me apoderé de sus cocos con la mano, apoyé la otra en su vientre y atrapé todo
lo que pude de su juvenil falo. Siempre con los ojos cerrados, comencé a bajar y
subir mi boca al tiempo que jugueteaba con mi lengua en cada centímetro de la
virilidad.
- Cuidado con los dientes – fue lo único que dijo
Sin abrir mis ojos solté la palpitante carne y me puse a lamer los cocos, el glande, el cuerpo entero de su sexo. Mordisqueé desde la base hasta el extremo, saboreé con dulzura su néctar que ya manaba abundante y le brindé el mayor placer que pude. El simplemente se acomodó cuan largo era sobre la cama y dejó que le diera el primer mamón de su vida. Ya con mis ojos abiertos, me acomodé en su vientre y comencé a succionar pacientemente su virgen verga. Observando los pies, advertía el estado de conmoción en que se encontraba. Cerraba y abría los dedos, arqueaba la planta, y luego los alzaba levemente, para volver a empezar. Cuando sentí que hundía su estómago y abría los pies de sus arqueados pies, supe que podría probar la miel de su virilidad.
La eyaculación fue exquisita, no fue un torrente pero si abundante. Era el semen
de un niño saludable, sano, simpático. Cuando hubo soltado todo el flujo, alcé
mi cabeza y masajeé repetidas veces el falo. Lamí las últimas gotas que asomaron
ante su atenta mirada y le dejé tranquilo. Oscar no dijo palabra. Su sonriente y
acalorado rostro lo decían todo. Se vistió con tranquilidad y comentó algo
acerca de que una de las minas era la mejor. Luego agregó:
- ¿Vas a estar mañana para venir.
Como supondrán la respuesta que le di, entenderán que esa noche dormí muy feliz y excitado. El hecho que me visitara un bello adolescente sin tener yo nada que ofrecerle excepto mi amistad, me colmaba de ilusión. Mis condiciones de vida eran muy precarias en ese entonces: vivía en un cuarto interior, me movilizaba en micro por no tener auto, no tenía PC, mi equipo de sonido era un 3x1, trabajaba como profesor de un instituto poco conocido y mi aspecto físico era muy común. Mis abdominales no estaban trabajados, no practicaba (ni practico) deportes de élite, mis lentes eran gruesos y feos (francamente), no sabía (ni se) esquiar, jamás me había alojado en un hotel, mi hermano era un trabajador público y mi hermana estaba exiliada en Venezuela y tratando de sobrevivir, comprenderán entonces porqué estaba tan contento.
Mi minúsculo castillo se había transformado, de pronto, en un pequeño nido de
sexo desinteresado. Oscar no buscaba pasear en mi Ford Explorer o escuchar
música en el equipo de alta fidelidad. Tampoco aspiraba a bañarse en la piscina
olímpica del patio ni recrearse con mi físico espectacular. Simplemente quería
ser mi amigo. Al día siguiente salí como de costumbre en una antigua bicicleta
que me había regalado una tía para que no gastara plata en pasajes (en serio que
en ese entonces en Chile estábamos muy mal) y me dirigí al trabajo, el cual ya
estaba finalizando por esa temporada. En el camino me crucé con varios chicos
que me saludaban alegremente. Recién ahí me di cuenta que me había hecho
conocido en el sector, justamente por quienes yo más deseaba.
- Hola Manuel, como está – me preguntó la secretaria cuando llegué a la oficina.
- Bien, muy bien ¿y tu?
- Se te ve muy alegre hoy ¿Estarás enamorado?
Sólo sonreí. Honestamente no creo en el amor entre hombres, menos con tanta diferencia de edad como me sucedía a mi en ese momento. ¿Amistad? mmmm, si. ¿Cariño? tal vez ¿Amor? Definitivamente no. El chico me atraía mucho, pero sabía que siempre serían encuentros fugaces, esporádicos y que en algún momento el tomaría su rumbo y me dejaría. Eso no me importaba, creo mucho en el Carpe Diem, vivir el día, disfrutar el momento, ni el mañana ni el ayer existen, sólo existe el hoy. La jornada laboral se me pasó volando y cuando terminé regresé de inmediato al cuarto. Decidí tomar una siesta después de disfrutar del almuerzo que me preparaba yo mismo.
Me despertó mi casera avisándome que me buscaba el chiquillo de siempre. Me
levanté enseguida y cuando abrí la puerta del cuarto, ya Oscar estaba ahí
esperándome con una amplia sonrisa. Pasó sin esperar invitación, el mismo sacó
las revistas que le interesaban, seleccionó algunas y se tendió en la cama.
Definitivamente el chico era de pocas palabras. Eran cerca de las cuatro de la
tarde y estaba sofocante. Yo vestía una camiseta y mi habitual zunga. Mi
amiguito se había sacado las zapatillas y disfrutaba revisando las imágenes.
Pasé por encima de el para acostarme a su lado y enseguida puse mi mano en su
bulto. Tenía una erección muy apetitosa pero siguió como si nada. Me coloqué a
horcajadas sobre sus piernas, bajé su cierre, le abrí el pantalón y extraje su
preciosa verga por encima del calzoncillo. Él seguía silencioso. Luego de
acariciar su tula repetidas veces, puse mis manos bajo sus nalgas, cogí el borde
del pantalón y el calzoncillo simultáneamente y comencé a bajárselos. Sin decir
una palabra, mi vecinito, adivinando mis intenciones, simplemente alzó su
trasero lo suficiente para facilitar mi tarea, luego hizo lo mismo con sus pies
y ya desnudo se acomodó plácidamente en la cama. Ahí me di a la tarea de
disfrutar mi plato preferido: verga con leche natural. A cada momento que
pasaba, el sexo de Oscar me sabía más apetitoso. Aprendí a conocer cada pliegue
de su largo prepucio, enredaba sus preciosos pendejos una y otra vez, saboreaba
el zumo de su calentura hasta quedar extenuado. Y él siempre igual, impasible,
dejándose querer hasta el cansancio.
Succionaba la verga acompasadamente al ritmo de su respiración, al tiempo que mis manos recorrían su pecho, apretaban cariñosamente las tetillas, se entretenían en su ombligo, masajeaban su pecho, rascaban sus entrepiernas y se entretenían en sobar sus cocos. Su arqueada verga se alzaba imponente, rígida, brillante, palpitante. Sus venas hinchadas me señalaban el nivel de excitación en que el chico se encontraba, indicándome cuándo debía disminuir el ritmo de mis caricias o la fuerza de la succión. La leche con que me regalaba Oscar en cada eyaculación tenía un sabor angelical, ni dulce ni salado, pero que permanecía largo rato en mi paladar, prolongando mucho después de cada partida, la alegría de su compañía.
Con el tiempo Oscar se transformó en un jovencito muy atractivo, más aún que cuando niño. Jamás tuvo pelo en pecho ni piernas de futbolista, pero verdaderamente tenía un cuerpo muy seductor. Y en cada ocasión que me visitaba el ceremonial era parecido: dejar que yo tomara siempre la iniciativa. Jamás se negó a mis caricias, pero nunca me dejó traspasar el umbral de sus testículos; su culo era zona prohibida. A lo mucho aceptaba que le acariciara su trasero apasionadamente, pero si intentaba llegar a su hendidura, enseguida cerraba sus cachetes y se acomodaba inquieto, diciéndome un simple “no”.
La última vez que nos encontramos fue en la calle, casi
llegando a la pequeña casita a la que me había cambiado. En ese entonces el
lindo y cada vez más atractivo muchachito, ya de 16 años, llevaba una preciosa
cabellera hasta sus hombros que le hacía ver aún más varonil. Para ese entonces
debe haber medido 1,75 y pesar unos esbeltos 65 kgs. Intercambiamos algunas
palabras de buena educación y enseguida le invité a conocer mi nuevo domicilio.
Una vez adentro, me contó que en esos días había tenido sexo por primera vez con
su polola, dándome a conocer algunos detalles muy excitantes que nos pusieron en
forma enseguida. Como siempre, se le veía muy relajado y no puso objeción alguna
cuando empecé a acariciar sus piernas con claras intenciones. Él mismo bajó su
pantalón como lo más normal del mundo y me dejó hacerle el último mamón; después
de eso no le volví a ver nunca más, aunque el sabor agridulce de su leche aún
empapa mis sentidos.
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