UN NADADOR PROVOCATIVO II
Al final, terminamos de vestirnos y nos fuimos cada uno a nuestra casa. Él me
había
estado mostrando sus genitales el máximo tiempo posible. Con naturalidad pero
no sin cierta
sonrisa en la cara. Más adelante lo vi en varias ocasiones en la piscina con su
grupo. Era el
más guapo y buenorro de todos. Siempre me lanzaba una sonrisa como saludo. Un día,
volví
a coincidir con él en las duchas. Yo estaba en las mismas y él iba de la
piscina al vestuario.
Al verme se acercó y me dijo que ahora venía a lavarse. Como si nos conociéramos
de siempre.
Se me puso justo al lado. Me contó que había tenido un examen y que tuvo que
hacer, por ello,
el entrenamiento más tarde y sólo. Yo pensé que debería ir dando pasos, sin
temor, ya que el
chaval parecía buscarme. Entonces se me ocurrió decir:
- Yo estoy roto de hacer tanta gimnasia, así que me voy a la sauna.
A lo que contestó:
- Pues yo también me relajaré un poco. También estoy destrozado.
Así pues fuimos juntos. Al llegar, me despeloté y me metí en la cabina con
una toalla en la
cintura, a modo de falda. Él se duchó un poco y entró pero con el bañador
puesto y la toalla
en la mano. Le pregunté sorprendido:
- ¿Que te has vuelto vergonzoso de repente?
Contestando él:
- ¡Qué va! Lo que pasa es que trempo fácilmente. Nadando se me suele poner
morcillona y
mis compañeros/as de entreno, cuando me ocurre, se avisan y me miran el bañador
haciendo
bromas. Sin mala fe, claro. Me he acostumbrado a ser el centro de atención
cuando me excito.
Pero, en la sauna, seguro que se me pondrá dura a tope.
Yo continué:
- Si te pasa, te tapas con la toalla, o con los muslos encongiéndote sobre ti
mismo. Además,
ahora no hay nadie, y si viniera alguien la puerta de acceso está lejos y da
tiempo a taparte.
Pero, el bañador en la sauna no es higiénico.
No tardé en convencerle. Salió y, de espaldas a mí, se quitó el bañador y
me mostró la parte
trasera, y la delantera luego, más excitante que nunca vi antes. Volvió a
entrar. Se sentó a mi
lado. Casi tumbado. Hablamos de algo mientras lanzábamos miradas a nuestros
cuerpos, con
naturalidad. De repente paró la conversación y dijo:
- Ves?! Ya empiezo a trempar. Con tu permiso me voy a pajear para ver si se me
baja. Controla
la entrada, por favor.
Yo alucinaba. Aquel mozo se empezó a masturbar con ganas. Sus posturas le
mostraban por
entero. Subía y bajaba su mano por la larga polla. Cuando se iba a correr se
tensó y pude ver
que todo él era pura fibra. Se corrió al poco rato. Pero le salió poca leche.
En vez de parar, fue
a por la segunda. Esta vez se la hizo sentado junto a mí. Sus muslos coincidían
con los míos.
Se echó saliva en la polla, durísima. Se levantó y se sentó encima de mi
muslo derecho. Yo,
atónito, le dejaba hacer. Notar su cuerpo sin vello alguno rozarme me puso a
cien. Notaba su
ojete buscar mi muslo. Yo sólo le lamía la espalda. Tenía las manos
paralizadas.
Repentinamente, se puso de pie, se corrió (las piernas le temblaban) mientras
recogía su semen
con la palma de la mano izquierda. Se giró y vi en su mano una gran cantidad de
leche. Su rabo
colgaba hasta medio muslo. El chico brillaba de sudor y estaba rojo por el
calor. Me agarró la
polla con la mano de la corrida y me la masturbó. Luego se lubricó con el
resto su culo y, sin
darme tiempo a reaccionar, lo tenía intentando follarme con su precioso culo.
Casi se la mete.
Me acordé de dónde estábamos. Lo saqué de encima y le dije:
- Te lo hago en mi casa, pero con condón y lubricante. De aquí iríamos a la cárcel.
Respondió:
- Vale. Espero que rompas mi virginidad. Eres tan caliente como yo, lo noto.
Quiero a alguien
que sepa hacerme enfriar a pollazos.
Fuimos a casa en muchas ocasiones para calmar a esa fiera. Con el tiempo supe
que también
era bisexual y que me combinaba a mí con una chica de entreno.
Besos.
juan.santo@guay.com