En el Castillo
Se llamaba Francisco Martin y era un importante conde aunque todos lo llamaban
simplemente “el Conde de los muchachos” . Ese sobrenombre se lo habían puesto
porque cuando aún era un niño pequeña solía salir corriendo detrás de su padre
cuando éste se marchaba de casa. En esos momentos siempre lo dejaban a cuidado
de jóvenes sirvientes de su padre De ahí que alguien empezara a llamarlo el
Conde de los muchachos, y con ese nombre se quedó aún después de haber crecido.
Quiso el destino que el Conde quedara huérfano a los dieciséis años. A los
quince su padre murió en un infortunado accidente de caza. Un año después su
madre, que idolatraba al chico, se dejó morir de pena. El pobre Muchacho se
quedó solo en el mundo, si no fuera por las legiones de criados que la rodeaban.
Aún faltaban dos años para su mayoría de edad, pero se la permitió seguir
viviendo en la casa familiar, un palacete del siglo diecinueve bastante coqueto,
bajo la vigilancia de un tutor. El día que cumplió los dieciocho años despidió
al tutor y a todos los criados que la habían servido hasta ese momento y empezó
a organizar su nueva vida. Un año después, cuando ya contaba con diecinueve, el
muchachito era famoso en toda la comarca, aunque eran pocos, muy pocos, los que
podían contarse entre sus amigos. Como siempre, muchos son los que la fama llama
pero pocos los que resultan elegidos.
Decían las malas lenguas que en el palacio todo era belleza y opulencia. Se
hablaba de que los muebles eran de maderas nobles y que los metales preciosos,
las joyas y el más fino cristal abundaban en todas sus estancias. Se contaba
entre susurros que los criaditos eran elegidos cuidadosamente entre los más
bellos, no sólo de la comarca sino también de las tierras vecinas y que todos
eran jóvenes sanos y vigorosos. El Muchacho sonreía divertido cuando le llegaban
los rumores de supuestos pactos con prostitutos o simplemente aquellos que lo
trataban de marica y decían que celebraba aquelarres. Sí, era cierto que
celebraba fiestas periódicamente pero allí sólo se adoraba a el sexo. Todos
aquellos comentarios surgían de la envidia y los provocaban las personas que,
aún sintiéndose importantes, no eran invitadas a sus fiestas. Porque aquellas
reuniones eran sólo para amigos muy escogidos y sólo se podía acudir a ellas por
medio de una invitación personal . A veces nuestro
protagonista aceptaba la petición de algún invitado para llevar acompañante,
pero sólo lo hacía si había una promesa de aumentar la diversión.
Para empezar, había que tener en cuenta que las “entrevistas de trabajo” que
realizaba el muchachito eran muy exclusivas. Sólo recibía a jóvenes , fueran
extremadamente atractivos y justificaran estar completamente sanos. Los atendía
en un cenador en el jardín. Tras el postulante había dos puertas rotuladas: una
decía “SI”, la otra decía “NO”. Tras una breve exposición del joven entrevistado
sobre los motivos por los que quería el trabajo y como había sido su vida
anterior, el conde siempre hacía el mismo discurso. Aquel no era un trabajo de
camarero o criado normal. Allí sólo podían quedarse aquellos que quisieran
disfrutar de su sexualidad sin trabas, que estuvieran dispuestos a convertirse
en juguetes sexuales por una o varias noches, que no tuvieran prejuicios ni
tabúes. Sólo podían servir en su palacio durante tres años, ya que al cumplir
los veintidós serían despedidos o recolocados en otros palacios. A veces sucedía
que alguno de sus amigos se encaprichaba de uno de sus juguetes… Entonces, si el
chico estaban de acuerdo, El conde no tenía inconveniente en liberarlo del
servicio anticipadamente. Durante el tiempo que sirvieran bajo sus órdenes, no
recibirían nada de dinero: el sueldo mensual integro sería ingresado en una
cuenta a nombre del trabajador, salvo que se indicara la necesidad de mantener a
la familia con parte de ese salario. En ese caso, se mandaría la parte
solicitada a la casa del joven, quedando el resto ingresado en la cuenta
mencionada. A esa cuenta sólo tendrían acceso los jóvenes tras la finalización
del contrato . De esa forma, al salir del palacio tenían una cantidad bastante
importante de dinero, lo suficiente como para poder vivir sin trabajar una
larguísima temporada. Casi todos los entrevistados habrían desmesuradamente los
ojos al saber el sueldo que iban a cobrar. El conde insistía entonces en que
aquel no era un trabajo normal de limpiar la casa, cuidar el jardín o cocinar.
Insistía porque no quería que nadie pudiera acusarla de prostituir a los jóvenes
o de incitarlos a participar en algo que ellos no deseaban. Después de que ese
punto quedara claro, el se volvía hacia el palacio, dejando a su posible
trabajador solo en el cenador. Ese era el momento más importante de la
entrevista: aquel en el que el muchacho elegía la puerta por la que quería
salir. Pocas veces había sido el propio conde el que había forzado la elección
del “NO” (nunca la del “SI”). Normalmente elegían los postulantes. La puerta que
decía “SI” llevaba por un corredor hasta el palacio y era por la que entraban
los elegidos. La puerta que decía “NO” desembocaba en un gabinete donde los
jóvenes rechazados eran sometidos a una sesión de hipnosis por la que se le
borraban los recuerdos de la reciente entrevista.
Una vez cruzada la puerta del “SI” se accedía a las dependencias del servicio.
Normalmente el conde ya esperaba allí al nuevo trabajador para darle la
bienvenida. Se le entregaba entonces el uniforme pantalón negro y camisa blanca
sin botones para ellos, y se le llevaba a los baños para que se asease. Muchas
veces, el baño iba acompañado de una sesión de peluquería, depilación, manicura
o cualquier otra cosa que fuera necesaria para que el aspecto del nuevo
trabajador fuera inmejorable. Durante el resto del primer día y la primera
noche, se dejaba descansar al nuevo. El segundo día se les explicaba en que
consistía su trabajo en la casa, ya fuera cuidar las plantas, ayudar en la
cocina o abrillantar la plata. La segunda noche pasaban la segunda prueba:
dormían con el, ya que a ésta le gustaba probar las “habilidades” y experiencias
de sus nuevos trabajadores antes de presentarlos como juguetes o servidores en
una de sus fiestas. A el conde le resultaba indiferente que su compañero de cama
fuera chico ,un muchacho o un hombre, siempre que el juego resultara excitante y
divertido. Realmente no era una prueba excluyente, pues todos se quedaban en el
palacio, pero aquella noche marcaba la fecha de la iniciación del joven:
aquellos que lograban hacerla disfrutar acudirían antes a su primera fiesta. Los
que no, serían durante más tiempo adornos o sirvientes, hasta que aprendieran un
poco más. Porque, no vamos a engañarnos, los jóvenes estaban allí por la fama de
las fiestas de el conde y porque en varias ocasiones se habían producido en
ellas el milagro de que uno de los invitados quisiera llevarse de compañía a uno
de los juguetes. La posibilidad de conocer a personajes de alcurnia que los
libraran de sus antiguas vidas para siempre era lo que más llamaba a aquella
juventud. Eso y el reclamo de un sexo salvaje y sin normas donde todo estaba
permitido. El dinero, aunque importante, no era la principal razón.
La vida transcurría con normalidad en el palacio ya que no todo eran fiestas y
desenfreno como se decía en susurros por toda la comarca. La mayoría del tiempo
los chicos se dedicaban a mantener limpio el palacete, a lavar y planchar la
ropa del conde, a cuidar del jardín y los animales, cocinar o cualquier otra
tarea doméstica. El trabajo no era duro y disponían de mucho tiempo libre para
ellos. A veces, alguno de los chicos que había acudido buscando sexo fácil se
impacientaba ante la larga espera, e incluso llegaba a pensar que aquellas
famosas fiestas no existían. Pero un buen día la actividad empezaba a
acrecentarse. Llegaban grandes cantidades de alimentos y la mayoría del personal
se destinaba a la cocina o a la limpieza y arreglo del gran salón de baile. Eso
era el indicativo de que una de las famosas fiestas de este noble muchacho iba a
celebrarse.
Con la caída de la noche, al amparo de la oscuridad, empezaron a llegar los
invitados. Todos, sin excepción, fueron recibidos por el joven muchacho que
usaba en aquella ocasión un elegante smoquin. Como siempre lo acompañaban un
chico y un hombre, que habían cambiado su habitual uniforme por otro mucho más
cómodo: una faldilla de gasa, al estilo de los antiguos egipcios, sujeta por un
cinturón, para el chico y una túnica de muselina corta y escotada, como las
romanas, para el hombre. Así, los tres maestros de ceremonias iban entregando a
los invitados una cajita que contenía la llave de una habitación, un antifaz y
un nombre en clave para usar durante el fin de semana que duraba la fiesta. Este
nombre en clave, que recibían los asistentes en forma aleatoria marcaría su
lugar en la mesa del banquete. Una vez entregada la cajita, dos chicos y dos
hombres más, acompañaban a los invitados a las habitaciones para que se asearan
y se vistieran o descansaran hasta la medianoche, momento en que comenzaría la
fiesta.
A pesar de ser una noche cerrada y sin luna, en el gran salón parecía haberse
ocultado el sol, tanta era la luz que lo llenaba. La mesa alargada estaba
preparada ya para recibir a los invitados. Sobre cada plato, una tarjeta escrita
con fina caligrafía desvelaba los nombres clave que habían sido entregados
anteriormente. A intervalos regulares se habían colocado fuentes con frutas y
botellas con varias clases de bebidas. Sobre la mesa, cuatro muchachos,
totalmente desnudas y con el cuerpo cubierto de purpurina ejercían de
candelabros humanos y otros tres de jarrones. Se encontraban hechos un ovillo,
con la mitad superior de la espalda y la cabeza apoyadas en la mesa y las
piernas hacia arriba y hacia atrás, sujetando las rodillas pegadas al pecho con
los brazos. En esta postura habían sido atados con las manos unidas y los pies
sujetos a la mesa, para evitar que pudieran hacer cualquier movimiento. De esta
forma quedaban con el culo en pompa, mirando al techo, y facilitaban así la
inserción de las rosas en el culo (en el caso de los chicos - florero) o dos
grandes velas (para los chicos - candelabro), en el ano , que serían encendidas
justo antes de que llegaran los invitados. Intercalados se encontraban siete
muchachos, también desnudos y cubiertos de purpurina, de pie sobre la mesa.
Tenían las manos atadas a una argolla que había en el techo y los pies sujetos
firmemente a otras argollas situadas en los bordes del tablero. Esto les
obligaba a mantener las piernas abiertas, y entre ellas, colgados del pene con
unas finas cadenitas de oro, había unos recipientes con agua para que los
invitados pudieran lavarse las manos entre plato y plato. En cada una de las
columnas del salón se encontraban atados más chicos , con las piernas separadas,
las manos hacia atrás y las cinturas y cuellos firmemente sujetos por cintas de
seda dorada. Del techo colgaban dos jaulas, dentro de las cuales había un chico
y un hombre. La gran lámpara central derramaba su luz sobre aquellos cuerpos
dorados y los hacía centellear, dando al salón un tono cálido y brillante que lo
volvía inmediatamente acogedor.
A las doce menos cinco, cuatro chicos y cuatro hombres, ataviados con sus
faldillas y túnicas blancas, entraron al salón y ocuparon sus posiciones tras la
mesa. Eran los camareros y camareras destinados a servir a los convidados. Tras
ellos, entró el conde, dispuesto a supervisar que todo estaba preparado según
sus instrucciones. Después de revisarlo todo, de corregir ligeramente una
postura o la posición de una copa, el noble muchacho se dio por satisfecho y con
una sonrisa consultó el reloj. Apenas faltaba un minuto, así que dio orden de
encender las velas. A las doce en punto, mientras el reloj marcaba las
campanadas, se abrieron las puertas del salón. Los invitados, ataviados con sus
mejores galas y escondidos tras los antifaces, se dirigieron a la mesa para
buscar sus nombres en las tarjetas. En muchos rostros se dibujaba la sorpresa al
ver la espléndida decoración del salón aquella noche, y las sonrisas denotaban
el placer que les provocaba la visión dorada que se les presentaba. El conde
dejo que sus invitados disfrutaran un poco de lo que veían y encontraran su
sitio, antes de tomar asiento en el centro de la mesa. A continuación esperó a
que todos los asistentes estuvieran sentados y con una palmada dio inicio al
convite. Los platos que se sirvieron esa noche estuvieron a la altura de lo que
se esperaba: los mejores pescados, las carnes más jugosas, las verduras más
frescas, cada vino o licor escogido cuidadosamente de la mejor bodega… Los
camareros cuidaban de que nada faltara, de que las copas estuvieran siempre
llenas y los platos vacíos no se acumularan en la mesa.
Para la llegada de los postres se apagó la luz de la gran lámpara, dejando como
única iluminación las velas encendidas de los candelabros humanos. Los camareros
empujaron unas mesas con ruedas sobre las que estaban tendidos varios chicos
desnudos. A su alrededor, en cuencos de fino cristal se encontraba una variedad
de frutas cortadas en pequeños trozos: fresas, piña, melocotones, uvas… También
había salseras en cada mesa, que contenían chocolate, nata y distintos siropes
de fruta y caramelo. Los invitados se quedaron paralizados, pero el conde se
levantó y se dirigió a uno de los improvisados platos. Puso sobre el pecho del
muchacho que estaba tendido allí un poco de chocolate y unos trocitos de fresa y
se agachó para recogerlos con la lengua, lamiendo despacio todo resto de lo que
allí había extendido y aprovechando para juguetear un poco con uno de los
pezones. Con un gesto estudiadamente sensual, se volvió a sus invitados
relamiéndose aún el chocolate de los labios y con un guiño les invitó a hacer lo
mismo. Éstos no se hicieron de rogar, y unos segundos después los cuerpos de los
muchachos estaban siendo cubiertos con los siropes, la nata, el chocolate y la
fruta, y limpiados inmediatamente por lenguas golosas que se adentraban en
rincones donde la cobertura no había llegado. El Muchacho sonreía por lo
previsible de la situación, ya que los pechos y los genitales eran los
preferidos por sus invitados para comer tan sencillo postre.
Cuando la lámpara volvió a encenderse, los invitados seguían ocupados en lamer
el cuerpo de los chicos , a pesar de que ya no había sirope ni frutas sobre
ellos. Los improvisados platos, gemían suavemente y se retorcían bajo las
caricias que aquellas lenguas les dedicaban a sus rincones más escondidos.
Cierto hombre había separado un poco las piernas de uno de los chicos y se
dedicaba con gran deleite a masajearle el culo con la lengua. Otro mordisqueaba
los pezones de otro. Una de los viejos se había apoderado del pene de uno de los
chicos y le regalaba una fantástica mamada, haciéndolo aparecer y desaparecer
entre sus carnosos labios. El conde decidió que era el momento de continuar la
fiesta y dio otra palmada como señal para que entraran los bailarines, chicos y
hombres, que enseguida llamaron la atención de los invitados con sus
movimientos. Mientras, el muchacho ordenó retirar la mesa, los candelabros,
jarrones y aguamaniles humanos para dejar más espacio. En el centro del salón se
colocó una gran tina de metal, en la que se metieron todos los “adornos”
utilizados en la mesa, y en la que había esponjas, agua y jabón para que los
invitados pudieran quitarles la purpurina si querían. Los bailarines seguían
girando, el volumen de la música se fue acelerando y todo degeneró en una orgía
de manoseos, besos y lametones.
La gran lámpara volvió a apagarse y dos focos iluminaron las jaulas que seguían
suspendidas del techo del gran salón, y que poco a poco iban descendiendo. Al
llegar al suelo, las puertas se abrieron y los dos jóvenes caminaron hasta
encontrarse y cogerse de las manos. Una música suave empezó a sonar mientras se
besaban en los labios y recorrían con las manos el cuerpo ajeno. Las lenguas se
entrelazaban y bailaban al compás de una música distinta que sólo oían ellos,
mientras las manos buscaban ansiosas la forma de liberar la piel del otro de la
cárcel de tela que la envolvía. Así, él fue el primero en desabrochar el
cinturón y hacer resbalar la túnica de su compañero hasta el suelo. Acompañaron
sus labios y su lengua a la tela en su recorrido descendente por la piel del
chico hasta llegar a los tobillos y volvieron a subir hasta encontrar el centro
de las delicias. Lo encontró repleto de licor que lamió despacio, haciendo que
el chico gimiera y se retorciera de placer entre sus manos. Con un movimiento
suave lo colocó a cuatro patas y empezó a lamerle al mismo tiempo el pene y el
agujero del culito que ante él se abría. Durante unos minutos nada se escuchó en
el salón que no fueran los suspiros del chico y el chapoteo suave de la lengua
del chico entrando y saliendo . El no quiso esperar más y escapó de sus manos,
volviéndose hacia el. Con dedos hábiles desabrochó el cinturón que mantenía la
faldilla, para que ésta cayera y dejara al descubierto la virilidad
prácticamente preparada de él. Por un momento le miró a los ojos, mientras que
con las manos le acariciaba el pene. Después bajó la cabeza y empezó a
recorrerlo con la lengua, mojando con su saliva cada milímetro de piel. Despacio
lo introdujo en su boca y emprendió la siempre gustosa tarea de llevar a aquel
miembro a su máxima dureza y extensión. Él apoyaba las manos en la cabeza de el,
ayudándolo a mantener el ritmo de la felación y reteniéndolo cuando éste se
volvía demasiado rápido.
Poco después el chico lo detuvo, poniéndolo de pie y dando la espalada a él y
preparándolo para penetrar en su interior. Con cuidado levantó el culo,
dejándolo caer suavemente sobre su pene, que se iba introduciendo más y más
profundamente. Cuando ya estaba dentro de el, unidos así en el abrazo más
intenso que un hombre mayor puedan darle a un muchachito, él viejo empezó a
moverse y a mover al chico a el al mismo tiempo, imprimiendo un ritmo cadencioso
y relajado. Las posturas se sucedieron, sin que su pene se llegaran a separar
del virgen culito: ambos de pie frente a todos los invitados, ,… Todo parecía
una coreografía preparada para el mayor goce no sólo de la pareja, sino también
de los invitados que los contemplaban cada vez más excitados. Él notó como el
cuerpo de el empezaba a tensarse anticipando el orgasmo y aceleró el ritmo de
sus embestidas, susurrándole al oído que esperara unos segundos más. Cuando el
chico gritó envuelto en los espasmos del goce extremo, él también lo hizo,
uniendo así ambos orgasmos prácticamente simultáneos. Agotados, se quedaron en
el suelo abrazados, sin que nadie se atreviera a tocarlos, aunque los invitados,
excitados por aquella exhibición, se dedicaron a buscar por la sala aquel cuerpo
que los aliviara de la tensión.
La Joven Muchacho siempre intentaba que el número de invitados no superara el
número de chicos y hombres disponibles, de forma que no se produjera ningún tipo
de altercado. Sin embargo, podía darse el caso de que dos invitados decidieran
compartir a un chico o un hombre o que uno de los invitados tratara de acaparar
a más de uno de sus juguetes. Nunca había problemas con eso. El Conde sólo
imponía dos reglas en sus fiestas: nada de peleas y no quitarse los antifaces.
Además, los jóvenes que seguían atados a las columnas también podían ser
elegidos. De esta forma algunos invitados se dedicaron a lavar a los adornos,
otros se empeñaban en limpiar de cualquier resto de dulce a aquellos que habían
servido de plato para el postre, algunos perseguían a los danzantes mientras
otros se aplicaban en acariciar a los inmóviles atlantes y cariátides. Los
únicos olvidados eran la pareja de las jaulas, que se había retirado a un rincón
para evitar ser pisados por los festejantes que, cegados por el deseo no miraban
donde ponían los pies.
Durante horas, el salón se convirtió en una orgía desenfrenada. En una esquina,
un hombre le follaba la boca a un muchacho arrodillado en el suelo, que le
acariciaba alternativamente el culo, las piernas y los huevos. A su lado, dos
hombres cabalgaban a un joven, un sobre su pene y el otro con el pene puesto en
la boca para que la lengua hiciera lo propio. Un poco más allá, un viejo y una
muchacha se aplicaban en un ardiente 69, lamiéndose el pene el uno a le otro y
masturbándose con los dedos y con las velas utilizadas durante la cena. Sentado
en una silla, un hombre hacía cabalgar a un muchachito rubio sobre su miembro,
mientras que dos pasos más allá, otro sodomizaba a uno de los mas chicos. Los
adornos habían sido lavados, y formaban las parejas más extrañas con algunos de
los invitados. Las cariátides y los atlantes, eran masturbados o follados, según
el gusto de cada uno, pues había hombres y chicos arrodillados ante ellos con
penes en la boca o lenguas, los follaban o se hacían follar. Sobre el sofá un
grupo se esforzaba en encontrar la postura más cómoda para todos sus miembros:
un chico era follado al mismo tiempo por la boca.
El Conde filmaba el espectáculo, disfrutándolo pero sin participar. El tenía el
privilegio de poder elegir a quien quisiera y cuando quisiera para que le diera
placer. Por eso observaba y buscaba al candidato ideal de aquella noche. Por fin
lo encontró en un joven muchacho que mostraba una tremenda erección claramente
sin estrenar. El conde se acercó y le tocó con su látigo, indicándole así que él
era el elegido. Se lo llevó hacia un lado del salón, donde había una butaca en
la que se sentó abriendo las piernas. El chico entendió lo que se esperaba de él
y se arrodilló ante el. Rápidamente le quito los interiores con sus manos y bajó
su boca hacia aquel pene para él, succionando, lamiendo, chupando con su lengua.
Los gemidos del anfitrión no se hicieron esperar y provocaron que algunos de los
participantes se volvieran a mirar. Poco a poco se formó una fila y el conde
asintió con una sonrisa. Mientras su elegido le lamía suavemente el pene, todos
los hombres presentes, incluidos los cautivos que habían sido liberados de sus
ataduras, se arrodillaron entre sus piernas, dedicándole cada uno su especial
mamada. Todos sabían que él único que lo podía follar era su elegido, pero
estaban contentos de que se les permitiera rendir aquella especie de homenaje,
pues eran muchos los que deseaban meterse entre sus piernas. Aquel desfile de
lenguas y bocas, aquellos cambios de ritmo, de habilidad, de técnica, provocaron
en el conde más de un grito de placer . Cuando todos hubieron pasado, el conde
tumbó en el suelo a su elegido y lo cabalgó salvajemente hasta que lograron
llegar ambos al orgasmo de nuevo. Los invitados contemplaron la escena durante
unos minutos, dedicándose después a apagar sus propios fuegos.
Cuando llegó el amanecer, el suelo del salón estaba cubierto por cuerpos
abrazados y dormidos formando los más heterogéneos grupos. El Conde ya se había
retirado a su habitación, acompañada de su elegido, donde posiblemente siguieran
follando hasta que les rindiera el sueño. Los demás invitados también fueron
retirándose a sus cuartos, a medida que el sol los despertaba, acompañados de
una o varias personas, invitados o criados, sin que se mirara el sexo o la edad.
Aquel era el encanto de las fiestas : follar toda la noche con quien el cuerpo
te pidiera, sin conocer la identidad hasta que la mañana y el sol hacían
desaparecer los antifaces. Será que para el deseo no existen nombres, ni edad,
ni razas, ni colores. Será que el sexo realmente es un lenguaje universal.
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