Sentado al borde de la cama; la cabeza hundida entre sus brazos; la ventana abierta al aire de la noche y un cigarrillo en el cenicero sobre el comodín. Un rastro de humo que se eleva con pereza dibujando la silueta delgada de una línea que, al final del recorrido, se difumina en la obscuridad de la habitación. Se levanta; pasea cansino y desolado y vuelve a ojear el papel mil veces arrugado y mil veces odiado. Sólo una nota manuscrita dejada indolentemente sobre la mesa. Un suspiro y los recuerdos desleídos que retornan a la mente:
...Aquella primavera prometida y Alejandro. Aquella primera vez,
en abril, que lo viste al abrir el portal; sus ojos negros y algunos rizos
aún húmedos jugando en su frente. Su sonrisa al saludar.
Te diste la vuelta para confirmar. Cada día, a partir de entonces,
con metódica precisión llegabas a las 14'30 y allí
volvía a estar, sonriente, saliendo del portal o en la calle. Cada
día la misma rutina, un saludo, un "buenos días" y lo perdías
de vista mientras subías lentamente al refugio de tu soledad. No
podías apartar de tu recuerdo aquellos ojos negros, ¡aquellos
ojos!. Alguna noche imaginabas los secretos recónditos que ocultaba
su mirada y recobrabas la memoria de aquellos ritos ocultos de la adolescencia,
escuchando la quinta sinfonía de Tchaikovsky. Algún fin de
semana espiabas tras las cortinas los movimientos del piso de estudiante
buscando una señal, un atisbo de complicidad, que nunca llegaba.
El rumor del viento, la lluvia, el pasar silencioso de las nubes
y el cenicero rebosante de colillas nerviosamente fumadas eran la medida
del tiempo. No había en tu vida ni trino de pájaros ni primavera,
sólo un invierno frío y desolado. Y llegó el día,
ese día de mayo en que el sol iluminó el hielo de tu alma
desperezando los brotes dormidos del anhelo. Estabas allí y él
se puso a tu lado sonriendo, como siempre. Un saludo mientras esperáis
que aquel maldito vecino del tercero dejara bajar el ascensor. Una conversación
intranscendente dejó paso a las presentaciones. Supiste su nombre
de héroe griego e imaginaste mil hazañas a su lado. Alumbrando
proyectos en tu mente abandonaste el ascensor. Era fin de semana. Olvidabas
tu rutina y acudiste, como antaño, al viejo Pub en el que se desvanecieron
tus años de estudiante y tus sueños. Pediste tu copa. Fijando
la vista en la nada, entre sorbo y sorbo, rebobinabas la película
de tu pasado siempre oculto, siempre escondido de miradas extrañas.
Fue su voz la que disipó la niebla de tu mente. Se sentó
a tu lado pletórico de vida y cambiasteis palabras y luego confidencias,
reflejándote en el lago obscuro de sus ojos; aquellos ojos atentos
a cada gesto, a cada mirada huidiza, a cada confidencia. Los vasos se agolpaban
en caótico desorden mientras la música de sus palabras hizo
agitar cada célula de tu cuerpo. Descubriste en él tu alma
gemela, más joven, más ingenua, pero con tus mismos deseos
juveniles. Pensaste que el tiempo cruel derruiría sus sueños
como derribó los tuyos diez años antes.
Casi al alba, volvisteis juntos hacia casa. Al abrir el portal, aún en la penumbra, cogió tu mano suavemente. Tú la agarraste con fuerza reviviendo las citas a hurtadillas en el parque con aquella novia que, como tú, nacía a la pubertad y a la que abandonaste cuando la vida te enseñó que aquello no era lo tuyo. Un beso furtivo en la mejilla, como adolescentes vergonzosos, y un principio...
Relees de nuevo el manuscrito; ese manuscrito asesino que preludia de nuevo un frío invierno en tu alma. No das crédito a su despedida y musitas su nombre. El humo del cigarro sigue envolviendo de caprichosas volutas el aire de la noche:
...Ese cuerpo, que parecía esculpido por los dioses con el cincel de un Miguel Ángel, lo fuiste descubriendo cada noche. Eras capaz de imaginar cada recodo de su piel, cada fragancia, cada sabor, cien veces recorridos, cien veces aspiradas, cien veces degustados. Y él allí, correspondiendo, rastreando tu cuerpo rescatado, descubriéndote sensaciones olvidadas. Juntos cada noche en combate feroz y, cuando cansados os consentíais la tregua, más susurros, más confidencias. Aprendiste de memoria su alma atormentada, sus veinte años caprichosos. Y entre besos, abrazos y caricias te contó como se sentía aquellas tardes cuando lo observabas tras la ventana y como aquel viernes te siguió hasta el Pub de tus recuerdos, presto a desvelarte el arcano de sus sentimientos.
Aquellas vacaciones en Ibiza, en esas calas recónditas donde al caer la noche, desnudos y excitados, os bañabais dejándoos mecer por las olas que perezosamente lamían la arena de la playa. La luna reflejándose en cada gota cansina que se deslizaba por la piel hasta morir ahogada por la arena. La arena que, en el ardor del abrazo, salpicaba los cuerpos. Allí tuvisteis vuestra primera pelea. En aquella Discoteca, plena de "Bakalao" y sudores, tú perdiste tu mirada en aquel rubio alemán que agitaba su cuerpo vigoroso. Los ojos de Alejandro se cerraron y, sin que te dieras cuenta, huyó dolido hasta el Hotel. La noche pidiendo sus besos, y el rechazo. Tu súplica, sus celos y el perdón. Las risas en la playa, esa noche que el Municipal os perseguía desnudos por la cala.
Vivisteis tres años venturosos. Cada mañana tú
ibas a tu "curro" y él a la facultad. Al regreso estallaba la música
de los besos y el ritmo concordado de los cuerpos. Y llegó aquel
día en que, después de comprobar su última nota, corristeis
a celebrarlo al viejo Pub de tus recuerdos. La noche de verano y tú
esperando inquieto que saliera del servicio. Y salió junto a aquel
camarero adolescente, de lánguida mirada, que servía con
embarazo las copas de Alejandro. Sus ojos ya no eran luminosos, sólo
opacos.
Esa noche no hubo fuego en su cuerpo, sólo condescendencia.
Besos apresurados y huidizos. Ni susurros ni confidencias. Esa mañana,
al regresar del trabajo, una nota sin calor en la mesa de tu despacho....
El hielo en el corazón y las columnas de humo al aire de la noche.
Anónimo.