UNA NOCHE DE VACACIONES
Bueno, al fin me decidí a contar mi historia. Siempre he tratado de mantener en reserva mis sentimientos hacia otras personas que me atraen, ya que en el medio en que vivimos aún hay personas que no entienden nuestra forma de ser y de sentir.
Como lo hace la mayoría, les contaré primero cómo era en la época en que pasó mi historia: tenía una estatura promedio, era delgado, pelo castaño claro, ojos color miel y un pene adolescente lampiño circunciso. Mi compañero de esta aventura tenía mi estatura, también era delgado, cabello castaño, ojos café claro y un bonito pene circunciso también.
Todo empezó unas vacaciones del colegio cuando tenía 13 años, ese fin de semana vino un tío con su familia, y mi primo de 12 años se quedó a dormir en mi casa, ya que sus papás regresarían al día siguiente para almorzar con la familia. Después de cenar, mi mamá dispuso mi cuarto para que durmiéramos mi primo y yo en mi cama, ya que no teníamos cuarto de huéspedes. A la hora de acostarnos, yo le ofrecí un pijama y él me dijo que ya no era chiquito para usarlo y que ahora dormía en calzoncillos y camiseta. Yo, para no quedarme atrás, le imité. Apagué la luz y nos dispusimos a dormir, no sin antes platicar de lo que haríamos al día siguiente. De todas las cosas que platicamos, él me comenzó a contar que su hermano mayor le había contado que cuando empezara a crecer le aparecerían pelos por todos lados, y que cuando cumpliera entre 16 y 17 años le saldrían pelos hasta en el culo. Luego, me contó que su hermano le dijo que cuando uno besaba a las muchachas se le paraba y que después, si ellas no te aliviaban, te la tenías que jalar. Él me preguntó si yo ya tenía pelos, a lo que le respondí que aún no, también me preguntó si ya me habían crecido los huevos y la verga, y le contesté que no sabía (yo aún no había visto a ningún otro chico desnudo). Todo lo que él me contaba me emocionaba y me hacía sentir algo más de calor y se me había parado. Me propuso que viéramos quién la tenía más grande, y el que la tuviera más pequeña se la chupara primero al que la tenía grande. Para esto, los dos nos subimos las camisetas y nos bajamos los calzoncillos, y decidimos entre los dos que ambos nos empezaríamos a tocar a partir del ombligo hasta el pene y compararlo con el tamaño que tenía cada uno. Así lo hicimos, al bajar mi mano por su torso descubrí que tenía el pene más pequeño que el mío, pero sus testículos casi eran del mismo tamaño. Él también bajó su mano y me tocó el pene y los testículos y me dijo:
- ¡Qué grande!, y ¡qué dura!.
Acto seguido me dijo:
- Creo que yo perdí la apuesta...
Y se sentó en la cama, mientras me subía y bajaba la mano por mi pene haciéndome sentir algo que nunca antes había gozado; posteriormente se introdujo mi lampiño pene en la boca y me lo empezó a succionar como si estuviera tomando biberón. No está de más decir que me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo que se centró en mi pene, y siguió chupando hasta que sentí como si un rayo me hubiese golpeado y mi pene empezó a dar unos brincos tremendos y expulsé (por primera vez) un líquido, que dijo mi primo que era semen. Después de que él me la chupó y se tragó mi semen, todavía la tenía bien parada, y me dijo que me tocaba hacerle a él lo mismo. Cuando puse mi boca en su pene, sentí una piel tan suave y tersa que me incitó más a llevar a cabo una tremenda chupada que hizo que mi primo exclamara:
- ¡¿Verdad que te gusta?!, ¡y decías que nunca lo habías hecho!, ¡sigue así! pero más suave.
Le chupé su pene hasta que me dolió la quijada, y él se cansara (según él, ya había acabado). Como yo seguía con el pene duro, cuando me acosté de nuevo a su lado, él me dijo que ahora tendría la oportunidad de probar algo mejor que su boca. Se puso de lado y me dijo que acercara mi pene a sus nalgas, y fue en ese momento que me lo agarró y me dijo que empujara, al mismo tiempo que se lo ponía en la entrada de su ano. Al principio me costó un poco, debido a mi torpeza, sin embargo después de que había entrado la cabeza de mi pene me dieron ganas de empujar con mayor fuerza hasta que mis testículos toparon con sus nalgas. Él emitió un pequeño suspiro y me dijo:
- Quédate ahí tranquilo un rato, no te muevas, cuéntame qué sentís.
Yo le dije que sentía un calor muy rico en mi pajarito (así le llamamos al pene por acá), y que me daban ganas de sacarlo y meterlo otra vez. A lo que él me dijo:
- Mové tu cintura como si me lo fueses a sacar, pero no lo saques todo, y me lo volvés a meter.
Así lo estuve haciendo, mientras mi respiración aumentaba, mi corazón latía a mil por hora, él me decía:
- ¿Verdad que se siente rico?
Y yo entre jadeos le contesté que sí, y así estuvimos hasta que volví a sentir el placer que hace un momento me había hecho descubrir. Al terminar, quedé rendido y nos dormimos casi inmediatamente.
Y así fue como me inicie en el sexo, las mamadas, las cogidas y las pajas. Mi primito me enseño aún muchas otras cosas.