Orleans
1.- Ya era la hora. Miré por la
ventana y fijé mi vista en el boulevard del viejo barrio francés. Era,
seguramente, la parte más bonita de Nueva Orleans. O, como mínimo, la más
visitada. Allí venía él. Tarde, como siempre. Ya me había acostumbrado a su
molesta falta de puntualidad. Desplazándose como un rayo, esquivando apenas a
los transeúntes, con sus endiablados patines en línea. Ya en aquel momento me
relamí de ver subir y bajar su pecho, brillante de sudor, al compás de su
agitada respiración.
Entró
por la puerta del hostal barato donde me alojaba y me fui a esperarlo a la
puerta de mi habitación. No tardó en subir. Picó a la puerta y le abrí, por
supuesto, aún no se había quitado los patines.
-
¿Tienes el dinero?.- preguntó ya desde la puerta, con una exquisita falta de
tacto.
Asentí
y cruzó el umbral, cerrando la puerta tras él. Vio el sobre encima del lecho y
se sentó en la cama. No lo contó.
-
Lo siento pero es que ¿sabes? Algunos clientes intentaron no pagarme esta
semana.- me comentó distraídamente mientras se desprendía de las enormes
botas de plástico negro de los patines.
Cómo
le gustaba hacerme sufrir, hablando de sus experiencias con otros hombres. Era
un demonio este chico. Pero también era el mejor chapero de todo el viejo
puerto.
No
llevaba calcetines. No me extrañó. Era un salvaje y parecía que no sabía lo
que significaban las palabras ropa interior o camiseta. Se deshizo de los pequeños
pantalones negros y de la Nike que llevaba. Lástima, me hubiera gustado quitárselos
yo. Lo hizo con un gesto rápido, sentado en la cama, arqueando primero una
pierna y luego otra y aquellos deliciosos pantaloncitos fueron a parar a un
oscuro rincón.
Cogió
el sobre y se estiró sobre el lecho, desnudo, a contar el dinero
descaradamente. Su piel de color manteca no tenía ninguna inconsistencia,
ninguna pérdida de color, señal de que también tomaba el sol desnudo. Su
culito era respingón a pesar de todo el trabajo que hacía y tenía un
delicioso aspecto rebelde.
-
Estás poco hablador hoy.- comentó sólo por educación.
No
perdí más el tiempo. Me sentía arrebatador aquella noche. Me subí a la cama,
poniéndome a cuatro patas sobre él y exhalé vapor a su espalda. Fui subiendo
hasta su nuca, de pelo deliciosamente corto y al descubierto, justo por debajo
de sus cabellos rubios, teñidos, en forma de capa. ¡Oh! Su olor era perfumado,
el de un bebé recién bañado. Besé suavemente sus cabellos. Una y otra vez
besé su nuca, exhalando aire caliente fuertemente por la nariz. Encontré aquel
collar ceñido de perlas baratas que llevaba y lo atraje hacia mis labios con la
lengua, para luego mordisquearlo.
-
¡Eh, eh! ¿Estás juguetón hoy?.- me dijo mientras se daba la vuelta debajo de
mí para quedar cara arriba. Me sonreía picaronamente. Disfrutaba con aquello
realmente. O era un gran actor. Por el precio que le pagaba, no me importaba
demasiado. Lo besé en los labios.
Me
introduje en el interior de su boca. Era cálida y húmeda. Carnosa al tacto de
mi lengua, con unos dientes rectos y duros. Perfectos. Estaba claro que cuidaba
su cuerpo, su principal fuente de ingresos. Con sólo catorce años ya era todo
un empresario.
Oí
el dulce sonido de la cremallera de mis pantalones al bajarse. Separé nuestros
labios y lo miré. Su sonrisa picarona aún estaba allí mientras me miraba
directamente a los ojos y abría los botones de mi ropa interior para extraer mi
miembro erecto.
Comenzó
a masturbarme mientras me miraba y me sonreía. Esperaba que siguiera besándolo
pero no lo hice. Deseaba verlo.
Notaba
mis cinco extremidades duras como palos de madera. Cuatro para sostenerme sobre
él y otra como fuente de placer, de la que emanaban oleadas de calor y de
fluidos que subían por mi espina dorsal.
Mientras
me masturbaba con su mano derecha, con la izquierda me desabrochó el botón de
los pantalones y los bajó, juntó a la ropa interior, hasta mis rodillas.
Entonces, comenzó a acariciarme con la parte interior de sus muslos y con la
planta de sus pies. Eran sus carnes tan cálidas y acogedoras. Y qué frías, en
comparación, debían parecerle a él las mías.
Me
hallaba casi en trance cuando me di cuenta de que iba a eyacular. No quería que
la fiesta acabase tan pronto, así que, haciendo un alarde de voluntad, rodé
hacía un lado. Me quedé tumbado a su lado, jadeando.
Fue
él entonces quien se puso a cuatro patas sobre mí. Me besó. ¡Oh! Aquellos
cálidos y musculados labios serían mi perdición. Su húmeda y carnosa
lengua...
Mientras
me besaba, subió sus rodillas por el lecho hasta la altura de mis caderas.
Nuestros penes erectos y nuestros cálidos testículos se tocaban ahora los unos
a los otros. Sentado a horcajadas sobre mí, podía ahora seguir hipnotizándome
con su beso mientras usaba sus manos para desabrochar mi camisa.
Separó
nuestros labios y me guiñó un ojo. “No te muevas de ahí” me susurró
antes de desaparecer de mi vista. Sopló sobre el vello de mi pecho, me besó
ambos pezones húmedamente y luego bajó con su lengua por todo mi abdomen. Las
cosquillas que sentía no eran comparables con el placer que se había adueñado
de mi consciencia. Era incapaz de hacer nada más que jadear y mirar al techo
mientras anticipaba lo que había de suceder de forma semiconsciente.
Se
entretuvo en jugar con su lengua en mi ombligo con mi erección ya presionando
su cuello. Debía de tener ya medio cuerpo fuera de la cama, con sus pies
desnudos sobre el suelo frío de madera.
Entonces
noté el húmedo cosquilleo de la felación mientras lamía mi glande primero y
se introducía casi toda mi erección en su ávida boca después. Sus dedos se
entretenían en mis pezones mientras su cabeza subía y bajaba una y otra vez.
Podía ver sus cabellos dorados y negros, si forzaba un poco mi cuello, agitarse
en el aire. Sentía toda mi virilidad húmeda y cálida, como si estuviese
embadurnada de semen recién eyaculado. Pero era su saliva y sus labios quienes
rodeaban a mi pene erecto.
Era
todo un experto. No se ayudaba de las manos masturbando como hacían otros. Todo
lo hacía con la boca, con sus labios y su lengua. Era suave y exquisito. Te hacía
sentir como si estuvieses corriéndote todo el tiempo que te la chupaba.
Recuerdo
que me senté en el borde de la cama, con las piernas muy abiertas y con él
dentro de ellas. Estaba de rodillas en el suelo y con las manos apoyadas en la
cama, subiendo y bajando su cabeza como si hiciese algún tipo de abdominales
extrañas, descargando gran parte de su liviano peso sobre sus manos. Podía ver
la tensión en sus brazos y en su pene mientras chupaba como si se le fuese la
vida en ello. Yo le acariciaba los tensos hombros y los cabellos que se agitaban
en el aire como las serpientes de Medusa. Me sentía Dios.
Entonces
le hice parar con mis manos y lo mantuve así agazapado con mi pene aún dentro
de su boca unos instantes. Me excitaba mucho sentir las gotas de su saliva
resbalar por mi erección hasta mi vello púbico.
Me
quitó los mocasines con sus manos y también acabó de retirarme los pantalones
y la ropa interior, con mi pene aún en su boca, mientras yo me quitaba la
camisa y la arrojaba a un lado. Casi me corro mientras me desabrochaba los
gemelos pensando en lo sibarita y dominante que debía de resultar aquello.
Estando
los dos ya desnudos, lo alcé tomándolo de los omoplatos. De pie, ante mí, me
miraba expectante, con una mirada que decía “Soy tuyo, ¿qué quieres hacer
ahora?”. Jadeaba y su reluciente pecho subía y bajaba. Estiré mi lengua y
tomé sudor de su abdomen. Poseía un delicioso sabor salado algo metálico
incluso. Pegué mi rostro a su pecho, con mi oreja aplastada sobre su pezón
izquierdo y, mientras oía su corazón, joven y poderoso, comencé a acariciarle
los testículos con la mano izquierda y su nalga izquierda con mi mano derecha.
Por supuesto, yo no era tan bueno como él masturbando, pero lo intenté. Y,
aunque nunca me hubiese fiado de su expresión o sus jadeos, a juzgar por el
ritmo de su corazón, diría que no lo hice del todo mal.
Mientras,
mi mano derecha, disfrutaba jugando con aquel glúteo esponjoso y firme al mismo
tiempo. Suave al tacto, sin ninguna arruga ni vellosidad. Lo apretaba, lo
acariciaba, lo aplastaba y crecía en mí el deseo de poseerlo.
Cesé
mis caricias y aparté mi rostro de él. Lo tomé de la mano y lo conduje
suavemente de vuelta al lecho. Sabiamente, se posicionó de cuatro patas, con
las rodillas justo en el borde del colchón. Yo me alcé y fui hasta la mesita
de noche, de dónde extraje el tubo de vaselina. Me coloqué una medida en la
yema de mi dedo anular y volví con él.
Con
la mano izquierda separé firmemente sus nalgas e introduje el dedo en aquél
ano robusto que sabía abrirse a los visitantes. Masajeé el interior de su
recto, firme y elástico, mientras él expelía algunos gemidos y exhalaciones
de placer. Cuando terminé, jugué un poco con sus nalgas, golpeándolas entre sí
para confirmar su firmeza.
Había
llegado el momento de nuevo. El deseado momento. Suspiré profundamente. Él
restó en silencio mientras yo disfrutaba del instante. Los restos de vaselina
brillaban sobre la piel canela de sus glúteos, justo dónde ambos se juntaban.
Deposité mi glande, morado y en su máximo tamaño, casi hinchado, sobre la
aceitosa pista y empujé hacia adelante con mis caderas, mientras mis manos asían
la parte baja de su espalda y lo atraían suavemente hacía mí.
Mi
pene se hundió cálida y viscosamente a la primera, perdiéndose entre sus
nalgas contra las que golpeó mi vello púbico. Él exhaló un gemido.
Comenzó
la fiesta. Yo iba adelante y atrás con mis caderas, situado entre sus piernas
abiertas, embistiéndolo con mi ariete profundamente. Sentía la leve presión
de su ano en la base de mi pene, masturbándome. El placer iba creciendo en ese
punto, sentía como una burbuja a punto de estallar, al tiempo que todo yo
entraba en éxtasis. Mis movimientos se fueron tornando mecánicos, frenéticos,...
Podía ver mis gotas de sudor caer sobre su espalda tostada entremezclándose
con las suyas en un perfecto intercambio de fluidos.
Me
asía primero de su espalda, luego la fui masajeando para acabar acariciándola.
Entonces me pasé a sus glúteos en el máximo momento de placer. Me agarré de
ellos como de un par de asas. Tirando de él hacia mí y volviéndolo a empujar
hacia adelante. Luego, comencé a golpearle las nalgas cuando sentí que me iba.
¡Oh,
sí! Yo me iba. Me iba y exhalaba fuertes jadeos mientras él gemía y gemía
con su dulce voz de adolescente fumador, tan masculina y, a la vez, tan andrógina.
Exhaló un gemido largo que fue casi un grito y comprendí que había eyaculado.
A mí no me faltaba mucho.
Cogiéndolo
de las nalgas lo empujé hacia adelante mientras yo me retiré hacia atrás.
Saqué mi miembro, erecto y casi echando humo, brillante por la vaselina, y lo
volví a colocar esta vez justo encima de sus glúteos. Hice un par de
embestidas rozando mi pene entre sus nalgas y me corrí.
¡Sí!
¡Sí! ¡Ooohh, sií! Una, dos, tres, cuatro... cuatro gruesas gotas blancas,
lechosas, volaron por el aire y aterrizaron en su espalda caliente y sudada.
Comenzaron a resbalar por ella al tiempo que yo resbalaba por su costado
y caía de nuevo al colchón.
Podía
sentir mi pene palpitar.
Él
se tumbó un instante a mi lado pero pronto se levantó para ir al baño. Oí el
agua correr y, al cabo de poco, estaba sentado en la cama, vistiéndose.
-
Hoy has estado de fábula.- me dijo y me dio un fugaz beso en los labios.
Luego desapareció de mi campo visual y oí la puerta cerrarse. Se había ido. Cerré los ojos. No tarde mucho en quedarme dormido.