El Padre Sebastian
Quiero contar una historia, que ya se va diluyendo en el tiempo, pero que me marcó para toda mi vida.
Un verano, tenía
16 años y me disponía a cursar el último año de secundaria, llegó a mi parroquia un curita, joven, tendría
cerca de 30 años, simpático y que atrajo mucho a los jóvenes que participábamos
en los grupos de la parroquia, que hasta entonces sólo había tenido curas
viejos y de mal carácter. Nos hicimos muy amigos y fui cultivando una suerte de
admiración y cariño por él y creo que también de él por mí, visitaba mi casa
etc. Teníamos muchas actividades, el año fue pasando rápido y llegadas las
vacaciones de invierno organizamos un retiro en la playa, éramos muchos, la
casa era bastante grande, yo me quedé a descargar las cosas de la camioneta y
cuando fui a buscar una habitación para mí, mi bolso había desaparecido, cuando
pregunté, el padre Sebastián me dijo que él lo había llevado a la habitación y
que la compartiría con él. Yo me alegré de que quisiera compartir conmigo su
habitación, era un signo de confianza.
Transcurrió todo
el día sin altibajos, ya bien entrada la noche nos fuimos a dormir, cuando
armamos las camas nos dimos cuenta que había sólo tres frazadas, así que una
cama tendría una y la otra dos, el p. Sebastián me dijo que pusiéramos las tres en una cama y que
durmiéramos juntos porque hacía frío, yo accedí un poco nervioso, nos acostamos
bien separados como para no tocarnos, pero poco a poco sin querer (supongo) nos
fuimos acercando. Debo decir en este momento que yo había tenido algún contacto
un par de años atrás con un amigo, pero todo casi jugando, sólo nos habíamos
tocado un poco y nada más. Tampoco me imaginaba lo que estaba por pasar aunque
de alguna manera lo presentía y lo quería.
Me dormí
rápidamente porque estaba muy cansado. De repente, no sé qué hora era, sentí la
respiración del p. Sebastián un poco agitada casi rozándome la oreja, creo que
fue eso lo que me despertó, tenía su mano sobre mi cadera y ya llevaba mi
pijama casi por la mitad del glúteo, yo
no me moví ni hice nada, pero el corazón me latía a mil, no sabía si él estaba
despierto, me moví levemente y me quedé un poco separado de él, unos instantes
después él se acomodó más pegado a mí, allí sentí su erección casi rozándome,
su mano se movió en dirección a mi pene que estaba ya en semierección, como yo
no me negué, él se sintió motivado a continuar. Durante un buen rato,
suavemente primero bajó mi pijama, luego el suyo, quedamos en contacto piel con
piel, yo no respondía pero tampoco me negaba, hasta que en un determinado momento él tomó más valor e
intentó penetrarme, por nuestra posición y porque era mi primera vez, me causó
un gran dolor que me hizo dar un brinco de la cama, como pude tomé mi ropa y
salí de la habitación, él por supuesto se asustó pero no dijo nada ni se movió.
Salí de la casa y me fui a la playa, caminé durante largo rato, con
sentimientos desencontrados, por un lado lo que había pasado me gustaba y me
excitaba, y por otro lado sentía miedo, vergüenza, caí en la cuenta de que
estaba en la cama con un cura al que yo admiraba y quería, por un momento pensé
en volver y decirle de todo, en otro momento quería volver para terminar lo
empezado. Así llegó la mañana, durante ese día casi no nos dirigimos la
palabra, después del almuerzo cuando todos fueron a jugar un rato a la pelota a
la playa, el p. Sebastián me llevó aparte y me pidió disculpas, se puso a
llorar, dijo que no sabía qué fue lo
que le pasó.
Desde entonces yo
me alejé un poco de él, y él de mí, no tocamos más el tema, hasta que un día ya
en enero, fui a la parroquia esperando encontrar a alguien del grupo para jugar
un ping-pong o algo así, pero no había nadie, estaba solo el P. Sebastián en su
oficina leyendo, conversamos un poco, me contó que estaba sólo porque los demás
curitas estaban en un retiro y que no volverían hasta la siguiente semana, y me
invitó a que fuéramos al cine el domingo después de la misa de la tarde, yo
acepté.
El domingo fuimos
al cine como lo habíamos programado, cuando terminó la película me invitó a comer
algo en su casa, estaba sólo pero podíamos pedir una pizza, pasamos un rato
agradable, hasta que salió el tema que yo estaba esperando, lo que había pasado
en vacaciones de invierno, él me expresó lo que sentía y lo difícil que era
para un sacerdote joven mantenerse célibe y que lo que había pasado aquella
noche no lo había planeado, pero que se había sentido muy atraído por mí. Yo le
conté lo que había sentido y cómo mis sentimientos eran desencontrados sobre
todo porque éramos dos hombres y además porque él era un sacerdote, pero que a
pesar de eso yo me sentía muy atraído por él, se me acercó un poco, me acarició
el hombro y luego se me acercó como para besarme, yo respondí y nos dimos un
beso largo y suave, estuvimos acariciándonos largo rato, hasta que me di cuenta
que tenía que regresar a mi casa porque era muy tarde. Quedamos en que al otro
día me quedaría a pasar la noche con él.
Al otro día no
podía dejar de pensar en lo que había pasado y lo que estaba por pasar, cuando
llegó la hora me di un baño largo, y partí a la casa de Sebastián. Él me estaba
esperando, había preparado algo para comer, vimos una película, a todo esto ni
nos tocamos, pero reinaba una cierta tensión. Cuando le pregunté dónde voy a
dormir, me dijo que su pieza era bastante grande y que podíamos dormir juntos.
Hacía calor, así que me saqué la ropa y me quedé en calzoncillos, él se fue a
dar un baño, cuando volvió traía una pequeña toalla alrededor de la cintura,
pero que le tapaba poco, apagó la luz, había dos camas pero se acostó en la que
estaba yo, comenzó a acariciarme y yo hice lo mismo, durante largo rato, no se
cuánto, besos y caricias fue todo durante algunos momentos, sin ni una sóla
palabra, simplemente entregados a disfrutar del momento. Él comenzó a ser más
audaz, sus caricias eran más fuertes, sus besos se desparramaban por todos
lados, hasta que llegó a mi pene y se lo metió a la boca, creí que acabaría
pero se dio cuenta y cambió el lugar y me acercó la cara hasta su pene sin
decir palabra, hice lo mismo que él hizo
conmigo. Luego me detuvo, me condujo nuevamente a la posición original, quedé
acostado boca arriba, él se sentó sobre mí como un jinete y suavemente puso mi
pene en su ano, la expresión de su rostro fue cambiando, de dolor a placer, yo
no sé cómo describir ese momento, creo que todo mi pene estaba dentro de su
cuerpo, instintivamente llevé mis manos a su pene y comencé a masajearlo, hasta
que casi contemporáneamente nos corrimos, nos quedamos juntos un largo rato
hasta que me dormí.
Al día siguiente
lo invité a mi casa, durante la tarde no habría nadie y quería pasar otro
momento como ese con él.
Esta vez, ya no
había temores ni nervios, simplemente nos fuimos a mi pieza y allí en la cama
comenzamos como la noche anterior, esta vez fui yo el que se montó como un
jinete, con un cierto temor, él me dijo que si no quería que lo dejara, yo dije
“quiero”, y después de varios intentos que se frustraban por el dolor,
conseguimos lo que queríamos, él estaba ahora dentro de mí, así llegamos nuevamente al climax.
Dos días después
me llamó por teléfono, con una voz un poco rara, me pidió que fuera a su casa.
Cuando llegué me mostró una carta de su superior diciéndole que estaba
destinado a Italia, para hacer algunos estudios, no sabía qué decir, pero por
un lado me alegré por él.
A las pocas
semanas estaba en el aeropuerto despidiéndole, me dijo que me escribiría, pero
yo le dije que mejor no, que prefería recordarlo como un sueño. Nunca más lo
vi, ni sé dónde está ahora, pero cada vez que veo a un sacerdote, lo recuerdo,
o mejor dicho recuerdo esos momentos, aun hoy tengo fantasías con curas, no se
por qué.
Esteban