Palafrenero
del Rey
(Primera Parte)
España, siglo XI
El espejo reflejaba la imagen de Gonzalo. El muchacho, de 16 años, se miraba, cansado, casi sin verse. Había muy poca luz en la estancia. Encendió una nueva antorcha y la acercó, colocándola cerca del espejo. El día había sido muy duro. Se quitó el casco. Observó su cabello, dorado oscuro, despeinado, revuelto, y decididamente rebelde. Sus ojos castaños brillaban a pesar del cansancio. Sonrió, contemplando su incipiente barbita. Su desarrollo había tardado, bastante más que al resto de sus amigos, pero su cuerpo empezaba a mostrar las características que indicaban que se estaba convirtiendo en un hombre. Se despojó de la coraza de cuero, que echó sobre una silla. El jubón a continuación, y después la camisa. Contempló su pecho desnudo, pequeño todavía, muy joven, sin vello, pero con los resultados de todo su entrenamiento recibido marcados en él. Los músculos de sus brazos empezaban a abultar. Acarició su pecho.
Se
quitó las botas, y las dejó caer a un lado. Desató los cordones laterales que
sujetaban a sus costados sus calzas, y se las quitó. Tan sólo un calzón de
lienzo cubría su bajo vientre. Lo dejó caer, y acabó de contemplar su cuerpo
desnudo.
Se
fijó en su vientre. Estrecho, plano, con los músculos marcados. Su mano se
deslizó por él. A partir de su ombligo, una línea de pelillos comenzaba en
dirección hacia abajo, interrumpida unos centímetros por debajo de su ombligo
por una cicatriz, resultado de una herida sufrida un par de años antes en una
refriega. Acarició la herida con el dedo. Aquel había sido el momento más difícil
de su vida, junto con la muerte de su madre. La línea de pelillos continuaba más
abajo hasta llegar a rodear un pequeño mástil de carne que, a esas alturas, ya
estaba más que despierto, con la
punta asomando, levantándose travieso. Gonzalo sonrió. Por debajo de él
asomaban dos redondos huevos cubiertos por un suave vello. Sus piernas,
abiertas, eran fuertes, aunque finas.
Gonzalo
pensó que su imagen en conjunto era más que atractiva, aunque fuera un poco
bajito y no demasiado musculoso ni desarrollado. Y ya se encargaban de hacérselo
ver las miradas de las muchachas del castillo, así como sus compañeros de
entrenamiento, en los no pocos momentos de juego semisexual que tenían en
ocasiones.
El
padre Francisco, el fraile que vivía en el castillo con el resto de la corte,
les había insistido una y otra vez en el respeto debido a la virtud de las
muchachas, de modo que había establecido una especie de vigilancia de las
doncellas para mantenerlas a buen recaudo de las golosas garras de los jóvenes.
Tanto era así, que tenía como colaboradoras a varias mujeres de la corte,
incluidas dos ayas para vigilarlas. Los muchachos, siete u ocho en el castillo,
en pleno fervor hormonal propio de la adolescencia, se habían acostumbrado a
bajar al río a bañarse, no tanto para refrescarse del sofocante calor del verano
como a intentar bajar los ardores de sus cuerpos.
Gonzalo
se acariciaba ante el espejo recordando alguno de estos momentos. Se acordó de
un día, un año antes, en que bajó a bañarse al río. Cuando estaba llegando
se dio cuenta de que Pedro, el que trabajaba como ayudante en las cocinas del
castillo, había llegado antes, y se estaba desnudando para bañarse.
Gonzalo
se detuvo, se quedó tras un árbol, contemplando con curiosidad cómo Pedro se
iba despojando de su ropa. Vio el cuerpo sudoroso del muchacho, que tenía un
par de años más que él. Pedro era más musculoso. En las cocinas del castillo
tenía que trabajar duro, y eso se notaba en sus músculos. Al quitarse lo que
le quedaba de ropa, vio el sexo de Pedro, bastante más grande que el suyo,
rodeado de una espesa mata de vello negro, y casi enhiesto. Pedro se pasó la
mano por el pecho, por el vientre, por el sexo, jugueteando un poco con él,
hasta el punto que a Gonzalo le pareció que crecía de tamaño, y luego se movió
para meterse al agua. Al ponerse de espaldas, Gonzalo vio el culo redondo y
blanco de Pedro.
Mientras
Pedro iba metiéndose en el agua, Gonzalo lo contemplaba embobado.
Pedro
finalmente se tiró de cabeza y nadó un poco. Gonzalo lo observó apareciendo y
escondiéndose entre el agua.
Pedro
se acercó un poco a la orilla y se puso en pie. El agua le llegaba junto al
pubis, dejando ver su mata de vello y dejando intuir entre la transparencia del
agua el sexo del muchacho. Entonces vio a Gonzalo.
-
Eh, Gonzalo, ¿qué haces ahí? ¿Vienes a bañarte también?
Gonzalo
se puso rojo como un tomate. No contaba con que Pedro lo viera. Asintió con la
cabeza.
-
¡Pues vamos, desnúdate! El agua está estupenda.
Gonzalo,
dudando, empezó a quitarse la ropa. Pedro le miraba sonriendo. Empezó a notar
que Gonzalo se sentía un poco avergonzado, pero no por eso dejó de mirarlo. Al
revés, le hacía gracia la situación. Gonzalo se lo quitó todo menos el calzón.
Entonces fue consciente de que tenía una importante erección.
-
Vamos, ¿a qué esperas? –llamó Pedro, avanzando un par de pasos hacia él.
El agua le llegaba sólo hasta mitad de muslo.
A
Gonzalo le dio más vergüenza todavía negarse a desnudarse, así que dejó
caer el calzón. Su sexo salió disparado.
-
Eso es... Ven, Gonzalo.
El
muchacho estaba sumamente nervioso y no sabía por qué. Hacía mucho tiempo que
no estaba desnudo delante de un amigo, y claro, nunca con una erección tan
tremenda. Avanzó un par de pasos hacia el agua. Pedro sonrió, y le alargó la
mano.
-
Ven, verás qué buena está el agua.
Gonzalo
se acercó más, temblando de nervios.
-
¡Pero si estás sudando! Anda, déjame que te refresque –Pedro echó un poco
de agua sobre la cabeza de su amigo, revolviéndole el cabello. Echó más agua
por sus hombros, por su pecho, por su vientre... mientras iba pasando su mano,
haciendo estremecerse a Gonzalo. Llegó a su sexo. Igualmente, echó un poco de
agua y pasó la mano, acariciándolo.
-
Éste no baja... –comentó-. Parece que está demasiado caliente...
-
Pues el tuyo está igual –acertó a decir Gonzalo. Efectivamente, el pene de
Pedro estaba tan hinchado y tieso como el de Gonzalo.
-
Compruébalo –dijo Pedro, llevando la mano de Gonzalo a su mástil. Éste
agarró temblando la polla de su amigo.
Ambos
se miraron a los ojos, mientras comenzaron a mover sus manos, masajeándose
mutuamente la polla. Pedro notaba cómo la carne de Gonzalo palpitaba en su
mano. Fue moviendo su mano cada vez más rápido. Gonzalo jadeaba. Ambos estaban
excitadísimos.
Gonzalo
comenzó a moverse cada vez más agitado, hasta que mientras gemía, sintió cómo
algo estallaba en su interior, y un chorro de leche blanca salió disparado de
su pene, salpicando el vientre de Pedro. Éste, arrastrado por lo excitante de
ver correrse a su amigo, descargó su semen sobre Gonzalo.
Ambos
se quedaron apoyados uno sobre el otro, semiabrazados.
Pedro
levantó la cabeza y sonrió.
-
¡Ha sido bárbaro!
Rápidamente,
se sumergió en el agua, salió de ella y se fue corriendo.
-
¡Esto hay que repetirlo! –gritó, mientras se ponía rápidamente la camisa y
salía corriendo en dirección al castillo.
Gonzalo
se quedó aún unos momentos sin reaccionar, desnudo, con el agua a media
pierna, con gotarrones de semen goteándole por el vientre. Lo tocó con la
mano. Aún estaba caliente...
Gonzalo
abrió los ojos. Estaba cubierto de sudor, y brillaba como si estuviera cubierto
de aceite a la luz de la antorcha. El espejo, frente a él, reflejaba igual que
antes su imagen desnuda, pero ahora un salpicón de semen se deslizaba espejo
abajo... mientras el pene de Gonzalo se iba empequeñeciendo poco a poco.
Al
amanecer, el guardia que hacía la ronda por las almenas de la muralla de la
ciudad, vio una serie de luces que avanzaban a unos cientos de metros. Cuando
quiso darse cuenta, las tropas del Duque Hugo el Negro, enemigo de siempre del
Rey, ya atacaban la ciudad. El soldado los reconoció por el escudo con tres
murciélagos que llevaban todos los atacantes. El soldado bajó corriendo las
escaleras, dando la voz de alarma, mas ya era demasiado tarde. La gran puerta
del castillo era golpeada con pesados arietes, flechas de puntas ardientes
volaron hacia los soldados que empezaban a aparecer por entre las almenas.
Pronto
la puerta fue derribada. Los enemigos del rey entraron a tropel. Los soldados
intentaron por todos los medios repeler el ataque de los invasores, mas éstos
eran numerosos y bien preparados. El choque de las espadas resonó por todas las
calles de la ciudad.
Pronto
todos se dieron cuenta del peligro en que se encontraban. Gonzalo no fue una
excepción. Su puerta se abrió de repente. Uno de los jóvenes soldados llegó
hasta su cama.
-
¡Gonzalo! ¡Gonzalo! ¡Nos atacan!
Gonzalo
se despertó sobresaltado. Al cabo de un par de segundos se dio cuenta de que
estaba desnudo, tal y como había caído a la cama, sin tapar siquiera. Vio al
soldado mirándole fijamente, su cuerpo, su erección matinal. Rápidamente, el
soldado reaccionó.
-
¡Están atacando el castillo!
Gonzalo
saltó de la cama y salió corriendo del cuarto, todavía desnudo. Su habitación
daba al patio principal del castillo, en donde vio el tropel de gente corriendo
de un lado a otro. Entró corriendo en la habitación, se puso algo de ropa rápidamente,
se calzó y salió de los aposentos. Lucharía al lado de su rey.
Corrió
entre la multitud de mujeres y niños que huían de la lucha y se escondían en
las casas de la ciudad. En esos instantes no había más que una idea en su
cabeza: el príncipe.
Gonzalo
era el hijo de un caballero del Rey, muy anciano, que dejó a su madre encinta a
muy avanzada edad, de modo que se crió en el ambiente del palacio. En cierta
ocasión, cuando salvó al hijo menor del rey del ataque de un león que se había
escapado de la jaula de unos feriantes, el Rey decidió nombrarlo ya
palafrenero, cuidador de los caballos reales, y protector personal del príncipe,
que contaba tres años menos que él. De este modo, se le permitió asistir a
batallas, combates y cacerías, ayudando y aprendiendo a manejar armas, para lo
cual demostró una gran destreza.
El
joven Gonzalo, desde ese momento, juró proteger siempre al príncipe, siempre
cuidado incluso en exceso, por lo enfermizo que era, y a quien le unía una
amistad especialmente intensa. De ahí que el príncipe Rodrigo fue su primera
idea.
Cuando se dirigía a todo correr a través del patio del castillo hacia los aposentos en los que dormía Rodrigo, una piedra le hizo caer al suelo. Se levantó y volvió la vista atrás, hacia la batalla, que parecía que iba a ser ganada por los secuaces del Duque, ya que el reino no estaba preparado para guerrear, puesto que era un pueblo pacífico, más dedicado al comercio y a la navegación, que a las artes de la guerra. Por eso, las huestes del Duque lo tuvieron bastante fácil para controlar rápidamente a los soldados del rey.
Gonzalo
siguió corriendo mientras un mal presentimiento le recorrió todo el cuerpo. En
efecto, cuando después de subir de tres en tres las escaleras que le llevaron
al cuarto del joven príncipe, encontró allí a dos de las damas que lo
cuidaban, llorando desesperadas, y la cama en donde debía estar el príncipe
estaba vacía, supo que le habían raptado.
—
¡¡Ha desaparecido!! —le gritó una de las damas—. Cuando hemos venido para
sacarlo de aquí y huir de la batalla, ya no estaba. ¡Se lo han llevado!
—
¡Iré tras ellos! ¡Juro que lo encontraré!—anunció Gonzalo. Acto seguido,
salió de allí, dejando a las dos mujeres llorando desconsoladas.
(CONTINUARÁ)
Esta
historia avanzará progresivamente, subiendo de tono (a todos los niveles)
capítulo a capítulo. Si te ha gustado, por favor, envíame un email con tu
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