MI PAPANOVIO
Luego de la experiencia con el Ronco y los "viejos romanos" y de verme en la filmación cuando sufrí mi primera violación, me quedé con ganas de algo más íntimo con Varela, porque, aunque me gustaba mucho estar expuesto desnudo y atado frente a muchas personas, algo me llevaba a desear estar, por lo menos una vez, con el Negro sin que nadie interviniera. Fue así como una tarde en la Escuela me acerqué al Negro y le dije, sin vueltas, "....LA PRÓXIMA VEZ QUIERO ESTAR CON VOS SOLO... SIN NADIE MÁS QUE MOLESTE..." Era el recreo después de la primera hora de clase y el sol se estaba poniendo tras las montañas y el Negro estaba en el fondo del patio, solo, apoyado contra una balaustrada con las manos en los bolsillos relojeando a todos los alumnos que estaban en el patio mientras fumaba un cigarrillo. Cuando me escuchó, me miró y entrecerró los ojos, ya que yo estaba en contraluz y su rostro moreno estaba levemente anaranjado por la luz de la puesta de sol. Luego, sin contestarme, sacó una mano del bolsillo y palmeando la baranda de la balaustrada me indicó que me sentara a su lado. Mi corazón se puso contento por esa invitación a la camaradería y me senté a su lado y me quedé esperando su respuesta. El tiempo pasaba y el recreo iba a terminar y comencé a sentirme frustrado cuando Varela, en lugar de hablar, comenzó a silbar entre dientes una canción que aún recuerdo, la cantaba una chica italiana cuyo nombre, más o menos, era Gigliola Cincuetti y que decía, creo, "NO NON ETÁ PUR AMARTI". De pronto sonó el timbre y, de un salto, me puse de pie para ir al aula pero la mano fuerte del Negro me tomó por el hombro y me hizo retroceder, obligándome a sentarme. Obedecí y no me animé a señalarle lo obvio... que llegaríamos tarde al aula... y esperé que Varela hiciera algo... pero él seguía silbando bajito. En ese momento yo no comprendía que Varela, pese a ser una persona poco instruida, tenía una notable capacidad de penetración psicológica y añadía a eso una gran habilidad para manejar a las personas creando situaciones en las que él terminaba controlando todo.
Hoy comprendo que, con esos actos, iba atando, nudo tras nudo, la red de sumisión que me llevaría a ser su esclavo en forma totalmente voluntaria. Así, al exigirme que me quedara con él sin entrar al aula, el Negro me hacía optar entre el estudio que me llevaría a un futuro "normal" y la relación con él que me llevaría a un futuro muy poco "normal" y muy complicado. No se si Varela se daba cuenta... pero... él corría con una gran ventaja ya que el afecto y el respeto que yo recibía de él hacían que, sin dudarlo, optara por todo lo que el Negro significaba para mí, desechando, también sin dudar, todo lo que me proponía mi familia. Y cuando hoy pienso que pasé una infancia sin amiguitos, sin ir a la casa de ningún chico, sin conocer a mis vecinitos y sin que, ni siquiera en mis cumpleaños, viniera alguien a nuestra casa, comprendo que en esa infancia está el origen de todo lo que hoy soy. Porque supongo que no era, solamente, la brutalidad de mi viejo lo que me hizo rechazar todos sus valores, sino que esa vida de presos en nuestra casa y la ignorancia en que nos mantuvo sumidos, me hizo odiarlo (aunque no me daba cuenta de ello y pensaba que lo quería y que mi papá me quería mucho). El caso es que Varela se había convertido en una especie de hermano mayor que cumpliría la función de enseñarme lo que era la vida y por ello deseaba, más y más, estar con él. Por ello, aunque esa permanencia en el patio significaba una falta en esa asignatura, lo que supondría un reto de mi padre... no me importaba. Lo único que me importaba era no fallarle a Varela y por ello me quedé junto a él.
Varela, de pronto, se levantó y tomándome del cuello me hizo levantar y me llevó hacia las aulas en una actitud demasiado "cercana" o "afectuosa" para los cánones de la época. Si los alumnos de la escuela nos veían de esa manera los chistes serían crueles y, lo más probable, que fueran a costa mía ya que el Negro tenía una fama de mujeriego notable pero, aunque ello me avergonzaba un poco, decidí someterme y no rechazar ese abrazo. Además, ese abrazo era algo que necesitaba íntimamente porque nunca había sido abrazado por mi padre pese a que lo deseaba con todo el corazón. Ya cerca de las aulas me dijo, en voz baja, "ASÍ QUE ESTÁS CALIENTE CONMIGO?... PENDEJITO LINDO..." y añadió: "...TENÉS SUERTE... PORQUE YO TAMBIÉN ESTOY CALIENTE CON VOS... DEJAME QUE ORGANICE ALGO Y TE AVISO..." y me dio una palmada en la espalda para que entrara al aula mientras él seguía hacia los baños. Entré al aula obedientemente y le expliqué alguna tontería a la profesora y me senté en mi lugar, esperando que llegara el Negro pero se rateó toda la hora y cuando salí al recreo, queriendo hablar con él no pude encontrarlo por lo que deduje que se había ido de la escuela lo que me frustró bastante, pero me lo tuve que aguantar yéndome a mi casa a hacerme la paja nocturna de rigor.
A la tarde siguiente Varela faltó a clase y eso me puso loco ya que estaba comenzando a necesitar verlo y hablarle todos los días... como si fuéramos novios... pero no me animaba a ir a su casa directamente y por ello me tomé el ómnibus hacia el puente que quedaba cerca de su casa y allí me pase toda la mañana dando vueltas tratando de hacerme el encontradizo con él... cosa que no sucedió y que aumentó mi mal humor al punto de que, al llegar a casa tuve una pelotera con mi viejo por haberle contestado mal. A la noche ya estaba "sacado" y llegué muy temprano a la escuela para encontrar a Varela que me miraba llegar agitado, con esa sonrisa lobuna tan suya. Me acerqué a él, que estaba apoyado en la puerta de entrada y, antes de que pudiera decir nada, el Negro me atajó diciendo: "CALENTITOS... LOS PANCHOS..." y se largó a reír. Su risa me desarmó y me sacó la mufa que tenía y quise explicarle que lo había estado esperando pero él se anticipó diciéndome que ya tenía todo arreglado para el fin de semana y que luego me lo diría y entró a la escuela. Yo lo seguí un poco después y entré al aula para ver al Negro sentado en su pupitre charlando con un compañero lo que me frustró porque esperaba que me saludara con un guiño o algo parecido al verme entrar. Transcurrió la clase sin problemas y en el próximo recreo quise hablar con Varela pero él seguía con sus compañeros, los mayores, y no me prestaba atención, lo que hizo que aumentara mi bronca y creo que hasta comencé a sentir celos porque ya empezaba a sentir que Varela era mío en exclusividad. Lo mismo ocurrió en los otros recreos y yo tascaba el freno impaciente por enterarme de los planes de Varela. Finalmente, con el timbre de salida, me puse de pie de un salto para acercarme al Negro y llamar su atención antes de que comenzara a hablar con algún compañero pero él, mirándome por primera vez en esas horas, me sonrió y me dijo en voz alta: "...VOY PARA LA ESTACIÓN... ¿QUERÉS QUE TE LLEVE?..." Mi corazón dio un vuelco porque me enorgulleció que Varela me invitara públicamente y, sonriendo contento pero un tanto avergonzado, le dije que sí y esperé mientras juntaba sus cuadernos. Luego salimos juntos hacia la calle y nos dirigimos a la moto que estaba estacionada, atada con una cadena contra el balcón de hierro de esa vieja casa que era la Escuela de Aviación. Varela, sin hablar, hizo todo el trámite de soltar y poner en marcha la moto y cuando estuvo listo para marchar me hizo un gesto para que montara. Con alegría me senté en el sillín y me tomé de la cintura de Varela quien arrancó con brusquedad y bajó a la calzada para luego dar vuelta a la manzana y retomar la calle que lo llevaría a la estación y que me dejaría en mi casa. En el camino Varela me explicó que había organizado una "fiestita privada" en una casa de una amiga que estaba de vacaciones y luego hizo un comentario del que deduje que a esa chica también se la volteaba. Allí aprendí que existían los bisexuales pero, aunque ello me molestaba un poco, mientras no fuera un muchacho mi competidor, no me preocuparía demasiado. Me dejó en la esquina de mi casa, ya que esa calle era contramano y, cuando bajé, Varela hizo algo inimaginable ya que, en plena calle y a la vista de todos me tomó del cuello y me estampó un chupón en la boca. Yo me sacudí, avergonzado y tratando de que no se notara lo que había hecho. Cuando el Negro soltó mi cuello con una carcajada, yo me fui hacia atrás, emocionado por ese beso inesperado pero molesto por lo que podía significar en mi barrio ese gesto tan evidente. Pero parece que nadie de los pocos transeúntes habían visto eso ya que las caras eran inexpresivas o miraban hacia otro lado. Antes de despedirse Varela me dijo que el sábado a la tarde me esperaba en la plaza Güemes como siempre.
Pasaron los días y yo esperaba el momento íntimo con mi... (iba a decir "novio" pero creo que aún no lo sentía así) amigo, pajeándome en forma furiosa. El sábado a la tarde luego del almuerzo fui a la plaza y encontré a Varela sentado en el banco de siempre, esperándome. Me indicó que me sentara a su lado, lo que me sorprendió porque estaba recaliente y esperaba que partiéramos de inmediato. Una vez más Varela me sometió a ese manipuleo psicológico para demostrar que era él quien mandaba y yo, que ya lo iba conociendo, lo acepté sin decir nada y así nos quedamos un largo rato, juntos, tranquilos, mirando a la gente que pasaba mientras el Negro silbaba bajito alguna canción de moda. Luego de un largo rato el Negro se puso de pié, sin decir palabra, y comenzó a caminar hacia la moto que estaba estacionada en la vereda. Yo lo seguí, acostumbrado a ser, en esos casos, un manso perrito, pero contento porque empezaba a suceder lo que había esperado toda la semana. Si hubiera tenido una cola, la hubiera meneado como un pichicho contento con su amo que lo llevaba a pasear. Me faltaba la correa al cuello y hubiera estado completa la decoración. Y hoy pienso que esas fotos que se bajan de la Internet de muchachos llevados por un hombre con una correa al cuello deben ser de chicos que, como yo con Varela, tienen una relación de afecto amo-perro muy clarita. Subimos a la moto luego del trámite acostumbrado y Varela enfiló hacia los cerros cercanos y pronto llegamos a una casa grande, ubicada sobre la calle del canal. Allí Varela dejó la moto en marcha sobre la vereda y me hizo bajar de ella. Luego abrió la puerta del garage con una llave (que tenía en el llavero y que me hizo pensar que sería un habitual de esa casa) y luego de meter la moto adentro me hizo señas para que lo siguiera y cerró la puerta. Adentro de la casa estaba fresco aunque afuera hacía calor. Una vez cerrada la puerta con llave, el Negro se dio vuelta, me miró y con un dedo me hizo una seña para que me aproximara y luego señalándose los labios con ese dedo me indicó, claramente, que debía besarlo. Yo sentía el corazón latiendo y me aproximé sin saber bien qué hacer. Pero quería agradar al Negro y estirándome un poco puse mis labios contra los suyos con timidez. Varela entonces, con impaciencia, dio un resoplido y tomando mis manos con brusquedad las puso a su espalda indicándome que lo abrazara cosa que hice con presteza. Lo apreté con ansia, con desesperación, mientras lo besaba con torpeza y pronto sentí que sus manos también me abrazaban con fuerza y que su pierna derecha buscaba ubicarse entre las mías. Las abrí rápidamente y el Negro empujó mi sexo con su muslo y comenzó a acariciarme con violencia mientras me besaba en la boca, en el cuello y sus dientes mordían, casi sin suavidad, y su lengua exploraba el interior de mi boca primero y luego mis orejas, mi cuello, como si estuviera hambriento de mí. Pronto las manos del Negro comenzaron a desnudarme allí mismo, en el garage. Me aflojó el cinturón y, abriendo la bragueta con violencia, me bajó los pantalones y calzoncillos y comenzó a abrirme las nalgas como buscando partirme en dos. Eso me dolía, pero me excitaba sentir el frío en mi agujerito y pronto quise sacarle la ropa a él pero con una violencia extraña me indicó en un susurro: "... QUÉDATE QUIETO..." cosa que hice de inmediato. Luego él se separó de mí, se calmó un poco y me abrió la camisa con urgencia, arrancando un par de botones (eso luego supondría un reto y preguntas de mi madre sobre cómo había sucedido eso) para sacármela. Después se arrodilló y me sacó los zapatos y las medias y me terminó de bajar los pantalones y el calzoncillo indicándome, con un leve golpecito, que levantara cada pierna para poder dejarme desnudo por completo. Yo miraba, desde arriba, ese cuerpo flaco y moreno, que sin delicadezas, me iba despojando de mi ropa y, aunque estaba excitado, no tenía una erección notable ya que sentía, principalmente, afecto por ese muchacho que hacía las veces de hermano mayor y de padre para mí.
Cuando terminó de desnudarme, el Negro se irguió y tomándome de la mano me llevó a través del garage hacia el patio ajardinado y con árboles del fondo de la casa, bañado por el sol de esa media tarde de verano donde hacía un calor intenso. Yo me dejaba llevar, mansamente, aceptando todo lo que viniera y dispuesto a gozar con todo lo que Varela dispusiera, molestándome, únicamente, el piso caliente que casi me quemaba los pies. Atravesamos todo el patio y yo sentía una extraña excitación. El Negro estaba completamente vestido y yo completamente desnudo lo que creaba una situación extremadamente desigual entre él y yo. Además había, no muy lejos, unos edificios altos cuyas ventanas daban hacia ese patio y cabía la posibilidad de que alguien nos pudiera ver y esa exhibición de mi desnudez, aunque me asustaba, me resultaba voluptuosa. Al final del patio había una pequeña casa que Varela me dijo que era la casa de huéspedes y, abriendo la puerta, me hizo pasar al interior con una reverencia muy ceremoniosa y sorprendente en él. No era una casa en realidad sino un monoambiente muy grande con una gran cama circular en el medio del salón y con una cocina comedor separada, apenas por una mesada a un lado y una gran bañera en el otro extremo. Ya adentro, el Negro dejó la puerta abierta aclarándome que era para que corriera el aire y me llevó a la cama circular retirando el cobertor que tenía. Era la primera vez que yo veía una cama redonda y eso me puso contento y juguetón y por ello me trepé a la cama de un salto y me tiré de espaldas en ella, con los brazos en cruz sonriéndole al Negro. El Negro me miró y, sacándose las zapatillas de dos puntapiés, se trepó vestido a la cama y se tiró encima mío y sentir su ropa contra mi piel me produjo un placer extraordinario porque mi desnudez y su vestimenta seguía marcando mi sometimiento. Varela se trepó encima de mi vientre sentándose sobre mi pubis y comenzó a hacerme cosquillas. Yo me retorcí de placer mientras me reía a carcajadas y trataba de retirar sus manos. Entonces el negro me tomó cada mano con una suya y, luego, tomó a las dos con la mano izquierda, llevando mis brazos atrás de mi cabeza para luego comenzar a hacerme cosquillas con la mano derecha. Yo luchaba... o... mejor dicho... fingía que quería liberarme pero estaba gozando como loco ya que sentía mi pene débilmente erecto masajeado por el trasero del Negro mientras que mis axilas eran atacadas por los expertos dedos de Varela que, cada tanto, me daba besos y lamidas en la boca, en las orejas y en el cuello. Así estuvimos un tiempo muy largo ya que, gradualmente, las cosquillas se fueron transformando en suaves caricias en el pecho y en los costados, mientras que sus pantalones se removían sobre mi pene masajeándolo con alguna violencia que me agradaba. De pronto el Negro salió de su posición sobre mi pubis y saltando de la cama fue a una heladera y abriéndola sacó una botella de cerveza que abrió, volcando su carga en dos grandes vasos. Luego se acercó con los vasos y, al pasar por una mesita, tomó una botella de cerámica que luego me dijo que era ginebra y me ofreció poner un poco de ginebra en mi cerveza. Yo tomaba cerveza muy pocas veces y no más de un vaso, cuando había algún festejo en casa y, por supuesto, ni hablar de ginebra y por ello, la oferta del Negro me asustó y me llenó de orgullo ya que no sentía el desprecio de mi papá que suponía que me emborracharía con más de un vaso de "birra". Asentí con la cabeza y el negro le echó un chorro generoso de licor a mi cerveza y a la suya y me entregó el vaso. Yo lo tomé y, educadito, esperé a que él comenzara pero Varela hizo un brindis y me dijo que comenzara. Con el primer trago, sentí el gusto fuerte de la ginebra que saborizaba la bebida y me dije que, cuando fuera mayor, siempre tomaría cerveza con ginebra. Varela se sentó en la cama a mi lado y yo, como hacía calor y tenía sed me tomé todo el vaso de un tirón lo que hizo que el Negro se riera y me dijera: "PENDEJITO LINDO... ASÍ, TE VAS A PONER EN CUERDA... JAJAJAJA..." Yo me reí también orgulloso de mi capacidad para beber y conversé un rato con el Negro mientras él bebía despacito y con una mano me acariciaba suavemente las piernas. Pero al poco rato me estaba arrepintiendo porque comencé a sentir un leve mareo y, aunque no me sentía mal, sentía que estaba perdiendo el control de la situación. Varela, hoy lo comprendo, había previsto emborracharme un poco para poder manejarme a su antojo y lo estaba logrando. Me sentía feliz y relajado y un poquito somnoliento y dejaría que las cosas siguieran su curso. Pronto Varela dejó de acariciarme al comprender que estaba "a punto" y, levantándose, buscó unas sogas y trayéndolas las pasó por las vigas del techo y luego me ató las muñecas, y luego me indicó que me incorporara un poco y estirando las sogas me dejó sentado aunque tirado hacia atrás y con los brazos bien abiertos. Luego hizo lo mismo con los tobillos y antes de estirar las sogas de los pies, me indicó que levantara "la cola" y colocó debajo de ella dos almohadones muy gruesos de un sofá que había en la habitación para luego tensar las sogas dejándome como suspendido en el aire, con todo expuesto salvo mis glúteos apoyados en los almohadones. Yo estaba relajado y lo dejaba hacer, mirando atentamente lo que hacía y aprendiendo. Varela, mientras trabajaba, me miraba y cada tanto me hacía alguna caricia leve sonriendo. Cuando estuve listo Varela se acercó a la bañera y tomó algo y volvió a la cama redonda. Cuando vi lo que tenía en la mano me extrañé pero pronto comprendí. Era una esponja de baño y con ella el Negro comenzó a restregar concienzudamente todo mi cuerpo.
Comenzó con las plantas de los pies haciéndome cosquillas y, luego de frotarme con cuidado y de pasar la esponja entre todos los dedos de los pies, se arrodilló entre mis piernas y comenzó a hacer lo mismo con ellas. Comenzó con una pantorrilla, luego subió y frotó las corvas y las rodillas con energía y luego restregó los muslos sin delicadeza para luego atacar la otra pierna. Era una sensación extraña que estaba al límite de la molestia. Ahora comprendo que, al restregarme de esa manera, lo que estaba haciendo el Negro era poner mi piel en condiciones de extrema sensibilidad. Luego cuando mis piernas estuvieron bien frotadas el Negro salió de entre mis piernas y colocándose a mi espalda se arrodilló entre mis brazos extendidos y procedió a restregarlos minuciosamente como había hecho con las piernas. Yo lo dejaba hacer y, cuando se cansó mi cuello, dejé caer la cabeza hacia atrás y el entonces me dio un beso tierno en la boca mientras me restregaba. Cuando terminó con los brazos se acercó más a mi cuerpo y con su pecho sostuvo mi cabeza y comenzó a restregarme la cabeza, como si la estuviera lavando y luego bajó al cuello, al pecho y a mis costados. Yo disfrutaba de ese enérgico y cuidadoso masaje, entregado a las manos sabias del Negro, sin saber qué pasaría después pero confiado en ese afecto que Varela me demostraba. Cuando Varela terminó de restregarme se levantó y fue a un cajón de una cómoda y allí rebuscó un rato. Luego se dio vuelta y, con esa sonrisa lobuna que ya conocía bien me mostró unas cosas de cuero y de metal. Yo le sonreí confiado. Estaba seguro de que no me haría mal y el Negro se acercó y me pidió que abriera la boca y cuando lo hice me introdujo, entre los dientes de arriba y los de abajo una armadura metálica con unos resortes y luego me dijo: "...YO HARÉ FUERZA PARA ABRIRTE LA BOCA. CUANDO SE PONGA MOLESTO ME GRUÑES ¿SI?..." Yo asentí y el comenzó a tensar mi boca abriéndola en forma forzada más y más hasta que sentí que me dolía y allí hice un sonido parecido a un "AHHRGGG". Allí Varela dejó de hacer fuerza y aflojó un punto esa armazón obsequiándome una sonrisa que yo intenté retribuir pero que salió como mueca. Luego el Negro se alejó y tomando la cosa de cuero se alejó un poco de la cama y allí comprendí que eso de cuero era un cinturón y me asusté un poco. El Negro, notándolo volvió a la cama y sentándose a mi lado me acarició el pene con la hebilla de ese cinturón y sonriendo me dijo: "...SÉ QUE TU PAPÁ TE AZOTABA DURO Y QUE TE HACÍA OTRAS COSAS QUE TE LASTIMABAN ...¿NO TE GUSTARÍA QUE, SIN LASTIMARTE, TE HAGA COSAS COMO LAS QUE TE HACÍA TU PAPÁ?..". Cuando terminó de decir esas palabras lanzó una carcajada y me dijo "...mirá tu verga... se puso al palo en el acto... se ve que eso te gusta... no?" Y volvió a reír a carcajadas mientras que con el cinturón hurgaba en mis nalgas, pasándolo con suavidad arriba y debajo de mi ano. Yo me retorcí un poco y él me dijo: "...VOS MANDÁS... ¿TE PEGO COMO LO HACE TU PAPÁ?..." y yo asentí con la cabeza, excitadísimo y aterrado al mismo tiempo. Entonces se levantó y alejándose un poco levantó el brazo y me aplicó un cinturonazo en las piernas, cerca de las nalgas, donde solía recibir los castigos de mi padre. El golpe me dolió... mucho... porque ahora no tenía ropa... pero la sensación de dolor junto con la sensación de amor que me daba el Negro hicieron que me pusiera al palo y que el relajamiento de la ginebra desapareciera de golpe. Y así comenzaron a caer cinturonazos sobre mi cuerpo. Eran golpes estudiados, ninguno en el mismo lugar, de modo que no llegaban a lastimar realmente la piel aunque la enrojecían y, al haber sido restregada previamente, estaba muy sensible. Hoy se usa la palabra "amigovio" pero, en mi caso, Varela se transformó en mi "papanovio". Porque mi papá me proporcionaba dolor, mucho dolor y desprecio junto con un cierto afecto que yo necesitaba desesperadamente y, por ese afecto escaso que mi papá me daba, yo aceptaba ciegamente todas las barbaridades que me hacía y secretamente las amaba. Pero Varela me daba afecto genuino, caricias y, sobre todo, apreciaba lo que yo era haciéndome sentir valioso. El Negro apreciaba mi cuerpo y mis incipientes e ingenuas habilidades sexuales y, por primera vez en mi vida, con Varela me sentía orgulloso de ser como era y me daba una seguridad en mí mismo que nunca había sentido antes. Pero ahora, con esos azotes, el Negro sumaba a su afecto de hermano mayor o de papá sustituto, el dolor genuino y aterrador que me daba mi papá y con esos azotes dolorosos se produjo entre él y yo una ligazón emocional que aún ahora, muchos años después, aún me emociona y, al recodarla, se me pone un nudo en la garganta. Y Varela se transformó en ese momento en mi papá, cuando, entre azote y azote, comenzó a decirme jadeando: "...HIJO.. SI NO TE PORTAS BIEN... TE SEGUIRÉ PEGANDO HASTA QUE APRENDAS...". Hoy comprendo que el Negro, pervertido como era, se había encariñado mucho conmigo, porque había prestado mucha atención y grabado mentalmente las palabras de esos escasos relatos del sadismo de mi papá que, con pena y con vergüenza, alguna vez le había transmitido. Y comprendo que ese muchacho vulgar e inculto era, al mismo tiempo, una persona con una intuición notable ya que había advertido que yo amaba con locura a ese padre cruel que me maltrataba a diario. Varela intuyó eso y comprendió que, aunque yo no lo supiera, esos castigos de mi padre me erotizaban en medio del dolor y del terror y, por ello, había planificado que, nuestra primera relación sexual fuera una relación padre sadico - hijo masoquista. Aún recuerdo que viéndolo a Varela mientras me azotaba, lo veía a mi papá, con esa sonrisa tan de él, mientras me pegaba (con los años mi padre me diría que me sonreía para que comprendiera que no me odiaba y que me castigaba para "enseñarme"). Y sentía que Varela era como mi papá pero amoroso. Porque cada vez que su brazo se levantaba y el cinturón se elevaba sentía el mismo terror que cuando mi papá levantaba su cinturón para pegarme. Y cuando el brazo de Varela-Papá bajaba y el cinturón golpeaba mi piel desnuda el terror desaparecía y sentía un gran dolor junto a un extremo placer instantáneo porque faltaba un golpe menos en esa paliza y porque, luego de la paliza (y hasta la próxima), Varela-Papá me amaría y yo me sentiría protegido por él. Y así, en el instante en que el cinturón se separaba de mi piel para volver a levantarse en el aire, yo sentía un tirón en mi verga que estaba durísima y brillante. Los golpes cayeron, impiadosos, y Varela seguía gruñendo, con su amor de Papanovio, sus amenazas y sus declaraciones de padre amoroso que quiere "enseñarle" a su hijo. Y cada golpe dolía como el diablo pero, al instante, me acercaba al orgasmo sin que yo lo comprendiera. Porque ya la verga me dolía de tan dura que la tenía y de pronto, para mi sorpresa y mi vergüenza, ante un golpe especialmente doloroso en los muslos internos, sentí que comenzaba a deslecharme con espasmos terribles e incontrolables. Me salían chorros largos y no alcancé a contarlos ya que me había sorprendido esa deslechada totalmente indeseada. Yo pensaba que el Negro me había atado de esa manera para poder cogerme a su antojo y esperaba deslecharme cuando lo hiciera y pensé, apenado, que se molestaría por ese orgasmo violento que había tenido sin que él gozara cogiéndome. Estaba avergonzado y los golpes habían dejado de caer y sentía mi pecho y mi vientre mojados por mi semen y temía levantar la vista y encontrarme con los ojos de Varela. De pronto Varela subió a la cama y se acomodó entre mis piernas. Me sentí obligado a mirarlo y, en lugar de encontrar una cara enojada, vi sus ojos alegres y una sonrisa luminosa como si hubiera sacado la lotería. Me sorprendí y sonreí en una mueca, pero pienso que mis ojos brillaron porque el Negro me dijo: "...TRANQUILO... PENDEJITO LINDO... NADIE NOS MOLESTARÁ COMO VOS LO PEDISTE... ¿TE GUSTÓ?..." Yo respondí "... ARGHHHH..." mientras asentía enérgicamente con la cabeza y comprendí que mi Papanovio no me despreciaba por mi falta de control en el orgasmo sino que disfrutaba y se alegraba con esa falta de control. Luego Varela bajó la cabeza y comenzó a lamer mi culo, primero con largas lamidas, que iban desde la punta de la columna hasta el escroto. Luego de un rato de acariciarme con la lengua comenzó a penetrar mi culo con ella y sentí que mi pija se ponía dura nuevamente y comencé a disfrutar de esa lengua sabia que entraba y salía de mi culo. De pronto comprendí que estaba a punto de deslecharme nuevamente y angustiado comencé a sacudir la cabeza negativamente mientras hacía un ruido como "...ORGHHHH..." que pretendía ser un NO para que el Negro se detuviera. Varela levantó la cabeza, me sonrió y me preguntó "...TE VENIS DE NUEVO... NO ES CIERTO..." y yo asentí enérgicamente con la cabeza. El Negro se rió y, levantándose, se puso de pie sobre la cama y aproximando su pubis a mi cabeza, peló su verga, con algún trabajo, porque estaba muy dura. Luego la aproximó a mi boca abierta forzadamente y la introdujo con suavidad mientras que yo, desesperado por complacerlo, movía mi lengua lamiendo su frenillo y el tronco de la verga mientras él me iba cogiendo lenta y suavemente. Así estuvo un rato largo, hasta que sintió que estaba listo y salió de mi boca para arrodillarse entre mis pies y luego de ensalivarme abundantemente el culo me penetró con cuidado. Era la primera vez que el Negro me cogía y supongo que se había reservado para ese polvo que fue fenomenal. Pero, además, me estaba cogiendo vestido lo que acentuaba mi desnudez y mi indefensión. Al sentir su ropa contra mis nalgas y al sentir su cinturón frío tocando mi piel me sentía totalmente poseído por el Negro como una clara expresión de fuerza que se contraponía a mi clara expresión de debilidad. Entró primero su cabeza y, pese a todas las experiencias con el Ronco, me dolió un poco pero Varela, en lugar de seguir penetrando, comenzó a hamacar esa cabeza en "mi puertita" provocando una sensación indescriptible de placer y dolor liviano. Luego de un rato yo sentí que me venía y de nuevo dije "...ORGHHH..." y el Negro, comprendiendo, me la enterró hasta el fondo y comenzó a entrar y salir sin asco, serruchándome como si fuera un pendejo en su primera vez. Pronto sentí que estaba al borde del orgasmo pero el Negro no se venía y me apenaba volver a deslecharme solo y por ello comencé a pensar en cosas desagradables como las burlas de mis hermanos diciéndome Jorgelina y así controlé, por primera vez, un orgasmo. Pero no pasó mucho y sentí que mi culo se llenaba de la leche caliente del Negro mientras que me estaba acariciando. Y, en ese momento, Varela me pellizcó brutalmente ambas tetillas. Ese dolor súbito hizo que volviera a la realidad y que mi orgasmo fuera instantáneo y que me deslechara por segunda vez mientras Varela tenía sus últimos espasmos en mi culo que atrapaba su verga y que, con cada contracción orgásmica, le proporcionaba las últimas caricias. En esas épocas no existía el Sida y los preservativos eran algo muy poco usado y cuando el Negro sacó su verga de mi culo, sucia de semen, de caca y de algo de sangre y poniéndose nuevamente sobre mi cuerpo atado, la aproximó a mi boca, sentí un poquito de rechazo. Pero el amor que ya sentía por mi Papánovio hizo que, nuevamente, mi lengua lamiera ese glande un poco flácido con ganas y que tragara los restos de leche, semen y sangre con pasión sin sentir, casi, el sabor amargo que pasaba por mi garganta. Luego, cuando la verga del Negro estuvo limpia y brillante, la sacó de mi boca y poniéndose entre mis piernas de nuevo, comenzó a lamer todos los goterones de leche que tenía en el vientre y el pecho y luego de dejarme limpio, apoyó su cuerpo vestido sobre el mío desnudo lo que me produjo un ramalazo de placer. Él lo percibió y restregó su pecho y su vientre contra mi piel y acercó su cara a la mía y, sacándome la armazón abreboca, me dio un profundo beso en la boca, mientras descargaba una mezcla de semen y saliva en mi boca. Yo abrí bien la boca, dejando que su lengua me penetrara, intentando decirle con ese gesto que no sólo le había entregado mi culo sino que le daba con amor mi boca, mi cuerpo y toda mi alma a ese Papanovio que me había proporcionado una inolvidable experiencia de amor y dolor.