MI PAPANOVIO 2

Cuando me entregué definitivamente a mi papa novio, a Varela-Papá,
comencé a tener con él una relación muy compleja en la que yo me convertía,
nuevamente, en un niñito al que el Negro castigaba con amor para que no me
volviera malo, tal como hizo mi papá conmigo durante toda mi infancia y mi
primera adolescencia.

La experiencia que conté en mi relato anterior, en esa casa ajena donde
Varela me había atado desnudo sobre una cama y me había azotado diciéndome
palabras parecidas a las que me decía mi padre cuando me castigaba, para
luego cogerme por primera vez, me habían cambiado para siempre.
Varela, mi papá novio, mi hermano mayor, mi amigo, la primera persona que me
había valorado, había entrado en mi cuerpo y su verga había entregado su
semen a mi ano en una comunión un tanto herética.

Y en esa comunión, al dejarme penetrar gozosamente por el Negro, había
aceptado que él me hiciera suyo y también, que él fuera mío.
Hoy supongo que Varela, pese a ser huérfano de padre desde chico, también
debió sufrir la brutalidad de su papá y que por ello comprendía tan bien mi
entrega al dolor.

Así, desde ese momento, nuestra relación en la Escuela de Aviación se hizo
notablemente íntima y, aunque eso supuso algunas bromas intencionadas por
parte de los compañeros, eso ya no me preocupaba.
Más aún, en mi inexperiencia, estaba dispuesto a arriesgarme a que en mi
familia lo supieran (aunque no lo deseaba por supuesto) porque pensaba que
si la cosa se sabía y se armaba un escándalo en mi casa, me fugaría y me
iría a vivir con el Negro.
Es cierto que, algunas veces, mi mente se serenaba y me hacía comprender
que el Negro no podía hacerse cargo de mí y alojarme en su humilde vivienda
que compartía con su madre y sus hermanitos.
Pero en esos casos fantaseaba con entregarme a alguno de "los senadores" o
al Ronco yéndome a vivir con alguno de ellos aunque eso implicara quedar
esclavo para siempre.
Era muy tierno en ese entonces y no sabía que esas historias terminaban
siempre en una muerte donde el chico esclavizado, torturado y sodomizado de
la manera más brutal terminaba con un paro cardíaco debido a una sobredosis
de droga con la que los poderosos de mi provincia los convencían de seguir
participando y gozando en orgías múltiples.

El caso es que dejé de sentir vergüenza cuando en algún recreo algún
compañero sugería que "me la comía" y si las bromas no eran más crueles era
porque todos mis compañeros eran mucho mayores, la mayoría casados y no
necesitaban sentirse más hombres burlándose de esa extraña relación que yo
tenía con el Negro.
Y, también, llegué en algunos momentos a actuar en forma desafiante,
provocando que Varela me abrazara en público de una manera claramente
sexual, porque sentía la necesidad de decirle a ese pequeño mundo de la
escuela que, por lo menos para una persona, yo era valioso.
Porque en el fondo de todos mis problemas estaba la bajísima autoestima que
me había producido mi papá con su maltrato y sus basureos constantes.

Lo que hoy me sorprende en muchos relatos que circulan por la WEB es que no
suele incluirse, en las experiencias que se cuentan, el dolor de las
primeras penetraciones, la sorpresa y un cierto asco ante las primeras
manadas, la verga cubierta de caca, semen y sangre luego de la primera
desvirgada así como todo otro montón de inconvenientes fisiológicos que
ocurren por no ser el ano el lugar más adecuado para un pene.

Y me sorprende y además me desagrada porque ocultar los aspectos
fisiológicos desagradables que, por lo menos inicialmente, puede tener una
relación homosexual completa, es ocultar un aspecto esencial de esa
relación.
Porque ese asco hacia una verga a veces sucia y con fuerte olor que, pese
a todo se chupa con pasión, es la prueba mas contundente de un amor
indudable.
Y el dolor por un estiramiento brutal de los tejidos del ano y la sangre que
lo acompaña son la prueba más contundente de una entrega sin condiciones
hacia alguien que nos hace suyos.

Porque eso, el sentir que somos de alguien, el sentir , como diría una
conocida tarjeta de crédito, que "pertenecemos" es lo que hace soportable
y, más aún deseable, el dolor y el asco.

Porque el dolor soportado y el asco contenido son el precio que gustosamente
pagamos para que alguien nos haga suyos, para dejar de ser perritos
abandonados en la calle expuestos a las pateaduras de cualquier jodido que
ande por allí.

Yo era un niño y luego un muchacho que no tenía nada para dar a cambio del
amor y la valoración que nuestro padre nos negó insistentemente y que
comencé a buscar afuera de mi casa.

Y cuando comprendí que el dolor de mi ano desgarrado y el gusto de la caca
y de la sangre pasando por mi boca eran lo que podía dar a cambio del amor
que ansiaba, acepté ese dolor y ese gusto con placer y con una vehemencia
juvenil que para muchos "normales" parecerá incomprensible.
Y por ello también acepté las burlas de mis compañeros de la Escuela de
Aviación.
Porque era mi manera de decirle a mi papá novio Varela que no me avergonzaba
de formar parte de él, de ser "de su familia".

Y cuando Varela se dio cuenta de ello quiso probar, con esa mente tan
torcida suya, si estaba dispuesto a todo "por su amor".
Ya conté antes que el Negro tenía un intuición muy fina en las relaciones
humanas y por ello fue calibrando cuantos de esos compañeros de curso
podrían no escandalizarse con un espectáculo sexual que me involucrara y una
noche en que sólo habíamos quedado nosotros y 5 compañeros más comenzó a
franelearme sin cuidado.
Los hombres nos miraron y comenzaron a sonreír.
Yo no sabía que esto había sido preparado por el Negro varios días antes y
que habían acordado con el portero del edificio que ellos terminarían "un
trabajo" y que luego cerrarían, terminando de convencerlo con unos pesos y
una botella de vino.
El caso es que cuando las manos de Varela comenzaron a recorrer mi cuerpo
deteniéndose en mi paquete, yo me sentí un poco incómodo.
Estaba entregado totalmente al Negro y estaba dispuesto a todo por él pero
hasta ese momento todo lo que habíamos hecho había sucedido en la intimidad
o con personas a las que el conocía y que eran adinerados perversos.
En cambio ahora estaba sucediendo con compañeros de cursos que me conocían,
conocían a mi familia y yo conocía a las esposas de algunos de ellos por lo
que la situación se estaba complicando socialmente ya que me imaginaba a
algunos de ellos comentando con sus amigos que sabía que el hijo del Doctor
Fulano de Tal era un "putazo de aquellos".

La situación, hoy lo comprendo, resultaba fascinante para todos.
Varela estaba sentado, con las piernas colgando, sobre un sólido pupitre
antiguo, de hierro forjado y madera, y me había atraído hacia él,
colocándome entre sus piernas.
El silencio solo se interrumpía cada tanto con algún suspiro provocado por
la respiración contenida de mis espectadores que, luego de un rato, se veía
obligado a aflojar y respirar.
Cinco pares de ojos me miraban y yo los miraba alternativamente a ellos
mientras el Negro seguía acariciándome sin decir palabra.
Yo estaba tenso y preocupado por las implicaciones de lo que sucedía pero
no estaba dispuesto a rechazar a la única persona que me valoraba y, al
mismo tiempo, sentía que esas caricias en público era decirle a esos cinco
hombres que yo valía para el Negro y que si ellos se quedaban era porque yo
también valía para ellos.

Y cuando Varela comenzó a aflojar, botón por botón, la camisa que llevaba
puesta mientras que me mordizqueaba una oreja, la tensión se hizo casi
inaguantable tanto para mí como para esos hombres, casados y con hijos, que,
probablemente, vieran por primera vez en su vida a un muchacho grande
desnudando a un muchachito como era yo.

Cuando la camisa estuvo desabotonada las manos de Varela la aflojaron de mis
hombros y la bajaron dejándome con los brazos atrapados abajo y comenzó a
acariciar mi pecho.
Lo hacía con suavidad y, en ocasiones, era un simple masaje terapeútico en
los hombros y en el cuello.
Pero pronto su propia calentura se fue imponiendo y mientras que con una
mano me seguía acariciando el pecho con la otra fue descendiendo por vientre
hasta llegar al cinturón del pantalón que comenzó a aflojar.
Yo miraba a mis compañeros de curso mientras sentía a esa mano maniobrar el
cinturón y recordaba la vez que el Negro había hecho algo parecido, en
plena calle, ante sus compañeros de la villa de emergencia en que vivía.
Pero pronto dejé de mirar a los hombres y bajé la vista ya que mi cinturón
estaba abierto, el cierre de la bragueta bajado y la mano de Varela estaba
librando a mi pene de la presión del calzoncillo.
Cuando mi pene y mis testículos estuvieron libres Varela dejó de
acariciarme y con las dos manos bajó el pantalón y el calzoncillo
dejándolo caer sobre mis pies y luego tomando la camisa la dejó caer también
pero, por no haber desabotonado los puños, mis manos quedaron atrapadas.

Los hombres estaban visiblemente incómodos. Estaban muy excitados y alguno
se había acomodado el bulto pero era evidente que esta sesión de
homosexualidad superaba lo que ellos habían esperado y no sabían que hacer.
Les gustaba lo que veían.... yo era un chico flaquito y lindo en esa
época... pero nunca habían experimentado con tanta claridad un deseo
homosexual junto al rechazo por ello.

Varela, mientras tanto, seguía en silencio, haciendo todo sin una palabra y
tomándome de los hombros me obligó a volverme.
Eso me resultaba un tanto difícil. Tenía los pantalones enredados en los
tobillos y las manos obstaculizadas por los puños de la camisa.
Pero las fuertes manos de Varela me sostuvieron, mientras daba vuelta, para
que no me cayera y luego me hizo arrodillar entre sus piernas.
Yo me imaginé lo que vendría y así fue.
El Negro peló su verga con alguna dificultad.. estaba muy erecta y dura y me
invitó, con un gesto a que la chupara.
Yo lo miré y no sentí vergüenza ni nada.
Solo quería responder a mi papa-novio y tomando la verga con la boca comencé
despacio a empujar el prepucio hacia tras con los labios mientras que con
la lengua daba algunas lamiditas al glande que iba descubriendo.
Pronto sentí unos pasos y con el rabillo del ojo vi que mis compañeros de
curso se habían acercado a ambos lados para ver en detalle lo que hacía con
la verga del Negro.
Para mi no existía otra cosa que esa verga y por ello seguí lamiendo
lentamente y pronto comencé a acercar la cabeza y a alejarla tragándola y
expulsándola y en cada acercada y alejada mi lengua friccionaba suavemente
la carne de mi papá novio.

De pronto Varela dijo las únicas palabras de la noche que fueron
"....sáquenle los pantalones y ayúdenlo...".
Yo no sabía que esa escena estaba preparada por lo que me sorprendió la
rapidez con que esos cinco hombres me sacaron las zapatillas y luego los
pantalones y calzoncillos dejándome solo con las manos metidas en los puños
de la camisa.

Luego Varela se echó hacia atrás apoyando la espalda en el respaldo del
asiento del pupitre y los hombres, tomándome por los brazos, me levantaron
y me arrodillaron sobre el pupitre, con las piernas a ambos lados de las
caderas y con mi ano sobre la verga enhiesta del Negro.
Creo que no sabían como seguir porque el Negro dio un bufido y tomando su
verga con una mano la acomodó en mi agujero y empujando con la otra mano mi
hombro hacia abajo me hizo sentar sobre él, penetrándome de tal manera.

La maniobra me sorprendió pero los hombres me tenían para que no cayera del
pupitre y pronto comprendí que Varela esperaba que yo solo me hiciera coger
por lo que acomodando un poco las rodillas más adelante, casi al borde del
pupitre, comencé a subir y bajar mi cuerpo.
Yo tenía las manos enredadas en la camisa y mi equilibrio era muy inestable
por lo que necesitaba la ayuda de esas manos que me tenían que pronto
comenzaron a ayudarme a subir y bajar.
Y estaba "al palo", ya que la sensación de la ropa del Negro contra mis
muslos y el frío y la aspereza del cierre metálico de su bragueta contra mi
ano y testículos, aumentaban esa tranquilizadora sensación de indefensión
que me daba el estar desnudo contra un cuerpo vestido.
Por ello sentía mi pene a punto de reventar y lo miraba a Varela que
seguía imperturbable sin decir ni una palabra mientras que alguna mano no
solo me hacía subir y bajar sino que me acariciaba en forma disimulada.
De pronto uno de ellos tomó la camisa y la puso sobre mi cabeza dejándome a
ciegas y entonces más manos comenzaron a acariciarme ya sin pudor alguno.

Y de pronto, sentí que una boca tomaba mi verga con los labios y comenzaba
chuparla. Nunca supe quien fue.

Me enloquecí y entonces aceleré la subida y bajada. Deseaba que mientras la
verga de Varela subía y bajaba por mi culo, la verga mía subiera y
bajara por esa boca que le estaba dando una mamada espectacular.

Pronto sentí que me deslechaba y las contracciones de los músculos de mi
culo aceleraron la deslechada del Negro en mi interior y pronto esa boca
que tragaba mi verga se comió casi toda mi leche.

Cuando terminé de convulsionarme sentí que esa boca que aprisionaba mi pene
lo abandonaba y que las manos que me sostenían me dejaban libre.
Casi me caigo pero las manos del Negro me sostuvieron, aún empalado por su
verga, y me quedé quieto, intentando sacarme la camisa pero descubrí que
habían cruzado las mangas por lo que no podía separar las manos para
hacerlo.
Por ello esperé y pronto sentí que el Negro me sacaba la camisa de la
cabeza y vi su sonrisa que me llenó de alegría. Acostumbrado a la
desvalorización desde muy niño siempre pensaba que, en cualquier momento,
Varela se sentiría defraudado y me abandonaría.
Luego miré a mi alrededor y comprendí que los espectadores de esa cogida
poco usual habían desaparecido.
EL Negro entonces me tomó por los hombros y aproximó mi cara a la suya
pero, al estar arrodillado, tuve que despegarme de su verga para hacerlo y
sentí que mi leche chorreaba entes mis piernas y sobre su pubis.
Quise avisarle que lo ensuciaría pero Varela solo dijo: "....SHHHH..." y
me estampó un gran beso en la boca.
Yo la abrí para que metiera su lengua dentro pero ese beso fue extrañamente
casto y luego de ello me ayudó bajar del pupitre.
Cuando lo hice observé que mi leche ensuciaba su pantalón ya que no se lo
había sacado y se lo hice notar pero me respondió bromeando: "... no
importa... chancho limpio nunca engorda..." mientras me ayudaba a ponerme
la camisa.

Luego me vestí mientras Varela me miraba y salimos.. yo feliz.. a la calle.
El Negro cerró con llave y luego se fue caminando para su casa- esa vez no
había llevado la moto- mientras que yo lo hacía para la mía.
Cuando llegué mi madre, siempre atenta, notó esa alegría poco frecuente en
mí y me preguntó por el motivo por lo que tuve que mentirle y me fui al baño
a higienizarme sacándome los restos de leche que tenía entre las piernas que
se habían secado y me molestaban.

A la clase siguiente, cuando entré al aula y ví que los hombres que habían
participado de esa orgía extraña me miraban de una forma particular sentí
algo de preocupación.
Porque no me gustaba que supieran que yo era "un putazo de aquellos".
También noté que no estaba uno de ellos que no volvió jamás a la escuela y,
aunque le pregunté al Negro si era él quien me la había chupado, se negó a
responderme mientras se reía.
Los cuatro restantes siguieron tratándome como si nada hubiera pasado pero
más adelante, uno de ellos entabló una relación especial conmigo, por lo que
me tranquilicé y seguí profundizando mi relación con Varela.
Porque el Negro ya sabía que mi devoción por este papá novio que sabía
maltratarme y darme amor era absoluta y estaba dispuesto a exigirme más y
más en ese camino de depravación a que me querían llevar los poderosos de mi
provincia.


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