Percy
Hace muy poco, más bien, hace apenas dos días ocurrió esta
historia que paso a relatarles. Estaba yo en mi sala, jugaba con mi consola de
videojuegos, mi objetivo, acabar con el último nivel y poder, finalmente y luego
de una semana, pensar en otra cosa.
Mientras todo eso ocurría, mi hermana, siete años menor que yo –esto es tiene 15
mientras yo tengo 23- se terminaba de vestir; la razón, un amigo suyo, también
de 15 años, había llamado hace apenas media hora para invitarle a salir. El
chico llegó a la hora que había dicho pero ya sabrán, las mujeres jamás están a
tiempo, gracias Dios.
Mi hermana estaba peinándose, pintándose, y quién sabe que más, como buena
adolescente se esfuerza mucho por su apariencia, aunque a decir verdad no es
para nada plástica pese a que vivimos en la colonia Condesa, una de las más
tradicionales –de historia- en la Ciudad de México, y la cual tiene fama de
poseer a una comunidad intelectual y artística bastante alzada. Cuando sonó el
timbre ella me pidió que le abriera, yo por supuesto caminé hasta el interfono y
simplemente apreté un botón para regresar a esa enajenación que me había tomado
en estas vacaciones tan merecidas.
El chico subió hasta nuestro apartamento, puesto que vivimos en un Pent, no muy
acá, tampoco se lo crean, pero bastante decente. Cuando le vi entrar no le miré,
¿por qué?, muy sencillo, cuando mi hermana salió de secundaria, en su fiesta de
graduación, conocí a este amigo suyo, apodado Percy aunque su nombre es otro.
El chico, a sus 15 años es todo un Efebo, mide un metro con ochenta y dos
centímetros, es blanco, de cabello castaño, en un corte del tipo hongo, tiene
nariz recta y la cara de un púber andrógino. Es la realización de mi fantasía,
eso tengo que admitirlo, muy diferente de mí, pero también, en ciertas cosas,
muy semejante. Similitudes, ambos somos altos, yo mismo mido 1.88, somos
delgados, y con muy poco vello en el tórax. Ambos tenemos el cabello largo,
aunque en mi caso está menos cuidado –debo decir que tengo un look bastante
hippie, el cabello largo, el morral, el huipil, ya saben, ese estilo que para
muchos ya es historia pero que a mí me encanta, tanto en mí mismo como en otros
chavos que jamás son ellos mismos gays-; Percy, por el contrario, es el chico
más “gay” o “metrosexual” que he conocido, es toda una chica. Su ropa es siempre
de marca, muy fina, muy elegante, ya saben, el clásico chico adolescente de
Prada y Dolce & Gabbana. Pero dejemos toda esta perorata. Vamos a los hechos.
El chico llegó, se sentó junto a mí y notó que estaba yo jugando, semiabsorto,
me preguntó dos que tres cosas totalmente irrelevantes sobre el juego, cosas que
respondí sin nada más que monosílabos. Posteriormente nos burlamos de las
hermanas menores pues el también tiene una que es, al igual que la mía, una
adorable tortura. No sé ni cómo salió a tema pero él comentó que estaba gordo,
que en estas fiestas decembrinas la comida le había hecho subir dos kilogramos.
-Já- reí, -debes estar bromeando, eres el ser humano más delgado que conozco- le
dije.
Pero Percy no podía quedarse con esa crítica y se levantó la playera, quería,
según creo, mostrarme su llantita. La tal llantita no era más que piel que a los
ojos de un adolescente era una cosa terrible que le hacía verse gordo.
Yo no quería ni mirar pero él insistió, volteé lentamente y supe, cuando observé
esa franja de vellos que subía hasta rodear su ombligo, que no podría limitarme.
-Estás muy delgado- le respondí, -deja que te mida con la cinta métrica-. Mi
único pensamiento era escurrir mis manos por ese abdomen tan bien formado, tan
adolescente, tan lampiño y tan deseado.
Así ocurrió, lo rodeé con el metro, yo me había colocado detrás de él, y él
sostenía su playera. Después de informarle que estaba mucho más delgado que mi
ex, que para él era solamente un amigo mío al cual él jamás había visto,
presione con mi dedo índice su ombligo.
Fue bastante infantil de mi parte hacer “ring” como un tiembre, como si él fuese
un bebé, pero yo tenía que sondear el terreno, saber si tenía puerta abierta.
-¿Quién?- me respondió burlón.
Yo guardé silencio. Mis manos respondieron. Recorrieron su abdomen, y luego se
enfocaron en recorrer el camino hacia el deseo que sus vellos trazaban. Mi mano
derecha subió hasta tocar su pecho, sus tetillas estaban sorprendidas, mi mano
izquierda bajo hasta tocar sus nalgas, aún con su pantalón.
Cuando quiso decirme algo simplemente giré su cabeza y lo besé, mi lengua en su
boca le anunció todas mis intenciones mientras se hundía en sus húmedas
profundidades. El beso duró bastante, fue una distracción nada sutil que sirvió
para despojarle de su playera, dejarlo desnudo del tórax.
Mis labios bajaron por su cuello y lo rodearon, bajaron aún más hasta sus
tetillas, y las succionaron y mordisquearon sabiendo que eran aún un fruto
prohibido. Mi excitación, sabiendo que mi hermana no tardaría no podía
contenerse y decidió correr riesgos. Succione su ombligo, mi lengua se introdujo
en él, giró y regiró, para escuchar un seco –continúa, aún hay tiempo-.
Por supuesto que esta aprobación sólo me encendió más. Mis manos removieron su
cinto, y halaron su pantalón, dejándole en bóxers y calcetas. Mis manos
apretaron su trasero, aún vestido. Bajaron hasta sus muslos para acariciarlos,
subiendo inmediatamente, bajo la tela, hasta sus nalgas, apretándolas de nuevo,
sintiéndolas lampiñas, duras y firmes, como dos pequeños duraznos listos para
ser devorados.
Mi dedo índice derecho no tardó en encontrar su agujero, no tardó en entrar por
él y desvirgarle.
Percy se sobresaltó.
-Espera, no quiero- me dijo.
-No te preocupes, te va a gustar-. Oh Dios, cuántas veces había repasado esa
frase en las sábanas, y cuántas veces la había leído, riéndome del cliché que
ahora aprovechaba.
Mi mano izquierda comenzó a acariciar sus testículos, pubescentes, y rozar su
pene, descubrir que no estaba circuncidado me sorprendió, mis sueños no eran
este momento.
Las ganas, el deseo, son siempre poderosas; le desvestí totalmente y le recosté
en el sofá. Él me pidió que le hiciera sexo oral, era virgen, eso me lo dijeron
sus ojos. Acepté.
Se vino muy pronto, pero el sabor era sublime, tan juvenil. Quería terminar todo
allí, pero yo sólo había comenzado.
El silencio de mis besos finiquito toda duda en su actuar, mi osada dominación
del momento impidió cualquier protesta posterior.
Decidí lamer su agujerito, hacer de mi lengua un cincel sobre sus emociones más
anales. Hacer de sus gemidos una melodía compuesto de entradas y salidas que sus
entrañas gozaban sudando. Y lo había conseguido.
Me levanté y lo deje desnudo, abierto de piernas y con el culo expuesto, fui por
un banano. Siempre había deseado jugar con eso en los adentros privados de otro.
Le quité la cáscara y lo lamí todo, luego relamí la entrada del chico. Su
sorpresa no puede describirse, pero el placer al sentir algo que subía hacia sus
adentros se expresó en un gemido sordo y un jalón de cabellos que me dolió
ligeramente.
Le dediqué dos minutos más, y luego deseché el banano. Eso había dejado su
agujerito muy dilatado, digno de sentir, una conspicua invitación que tres de
mis dedos no pudieron resistir. Me pregunté qué diría su novia de saber que su
chico disfrutaba a mares el ser penetrado por una mano ajena.
El morbo siempre ha sido un estímulo terrible, nos motiva a violar nuestros más
profundos valores en nombre del placer más carnal, el sexo. Y vaya sexo. Siempre
me han gustado los juguetes, y siempre he creído que son las mentes más libres
las que los aceptan.
Percy se levantó, me abrazó y besó espontáneamente, no dijo más, y me pidió...
-Ahora, no tardes más-.
El segundo embate, me dije, y comencé besándole nuevamente. Estábamos de pie, él
abrazándome por los hombros, yo hurgando con un dedo en su ano, y con la otra
mano realizándole una muy buena masturbación. Le pedí que no fuera tan pasivo,
que también el jugara conmigo.
Su timidez le duro poco, su lengua y su boca demostraron ser bien capaces de
hacer sexo oral, no hubo una sola queja, ni de mi pene ni de mis testículos.
Cuando estaba apunto de venirme, recordé una foto, le saqué de su hermosa boca a
mi erecto miembro y me permití bañarle el rostro con leche.
Percy estaba sorprendido... Le dije que no se lo quitara, que eso me excitaba,
él simplemente accedió con un gesto, su lengua curiosa en la comisura más
lechosa.
Le hice darme la espalda. Le hice tomar con sus manos sus propias nalgas y
separarlas, y luego le coloqué la punta, y como un silencio de partitura, por un
segundo no hubo nada, y luego lo invadí todo. Él volvió a sobresaltarse, lo
acaricie en el cabello y lo besé, luego nos sentamos en el sillón, él tan
ensartado, le pedí que recordara cuando jugaba de niño a los vaqueros, que se
dejara llevar y diera pequeños brincos.
Uno, dos, tres brincos y ya sentía la confianza, comenzó a darse más y más, cada
vez haciendo que mi pene entrara en su recto más rápido, más profundo. Yo
comencé a masturbarlo.
-Ya no tardo- gritó mi hermana. –Salgo en dos minutos-.
Nos helamos, Percy trató de pararse, me mencionó lo terrible que sería si esto
se sabía; el saber que mi hermana ya estaba enterada de mis deseos por él no le
tranquilizó. Trató de pararse pero yo lo tomé de la cintura y le dije:
-Nos quedan 30 segundos-
Y en contra de el sentido común él brincó más y más fuerte, y yo le jalaba hacia
mí más duro que nunca, sin masturbarle.
Mi pene entró en sus entrañas, se veía tan grande entre sus nalgas, y sus nalgas
se veían tan deliciosas. El último sentón fue el mejor, le vacié todo mi semen
en su interior y él eyaculó al mismo tiempo, se manchó todo el pecho.
Le saqué el miembro y me subí los pantalones. Le regresé sus ropas, él no
tendría tiempo de limpiarse, el semen le escurría por el ano, su playera se
embarró con el semen de su pecho.
Mi hermana llegó, y Percy se veía justo como cuando había llegado, aunque mucho
más oloroso y sudado. Mi hermana me miró, supo todo en un segundo y guardó
silencio.
Salieron a la calle, yo me sonreí, ninguno de los dos –mi hermana y yo- le
dijimos nada, cuando llegó a ver a sus amigos, después de caminar diez calles en
un área llena de gente, le preguntaron qué era lo que traía por toda la cara.
No dijo nada, eso era todo, le había sacado del clóset, a un chico heterosexual
de sólo 15 años. Eso fue lo más delicioso.
Fin.
FvP
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