Mi papá-novio (IV)
Varela, el papá que yo había elegido, sin ser consciente de ello, para que me
ayudara a crecer, a madurar y a encontrarme conmigo mismo era el primer hombre
que me valoraba por lo que era y por lo que hacía y no exigía de mí más de lo
que podía dar en esa etapa de mi adolescencia mientras seguía buscando
desarrollar esa sexualidad mía, reprimida durante toda mi niñez por la
brutalidad de mi papá biológico. Y lo hacía de la manera que podía, ya que
supongo que el también tenía su buena cuota de problemas "en la azotea". Luego
de esa vez en que me transformó en prostituto de un amigo suyo, se dio cuenta de
que, por la manera en que las cosas habían sucedido, se había deteriorado un
poco nuestra relación. Porque, pese a que seguía queriéndolo mucho y
agradeciéndole el respeto que me tenía, había algo que hizo que, sin darme
cuenta, dejara de acercarme espontáneamente a él cuando estábamos en la escuela
de aviación. El caso es que el Negro, siendo perceptivo como era, aunque yo
intentaba fingir normalidad, me encontraba emocionalmente distanciado. Yo había
sentido su acto de abandonarme desnudo en un parque durante la noche, de una
manera parecida a la que había vivido siempre el maltrato de mi papá. Por ello,
el Negro dejó pasar un par de semanas mientras seguía comportándose conmigo como
si nada hubiera sucedido y un día viernes, en el último recreo antes de
finalizar las clase se me acercó y me preguntó ".¿quieres que te haga un
regalo?...". Lo miré extrañado y aunque la idea de un regalo me atraía, seguía
sintiendo alguna frialdad hacia ese muchacho, un hombre en realidad, al que, al
mismo tiempo, quería mucho. No contesté en forma inmediata y luego de un
silencio largo lo miré a los ojos y le pregunté: ". ¿un regalo?... ¿qué
regalo?..." Y el respondió: ".en realidad serán dos regalos." Mi curiosidad
creció pero fingí desinterés y le dije ".puede ser. no sé.". Entonces, el Negro
puso una mano en mi hombro y me dijo: ".mañana sábado te espero en la plaza, en
el lugar de siempre." y se alejó. En verdad me gustaba que me hiciera un regalo
porque mi padre rara vez me los hizo y cuando los hacía no eran cosas de mi
agrado sino aquellas cosas que, para mi papá, era útiles y morales, es decir
ropa, zapatos o algún libro "edificante" y poco interesante. Al terminar las
clases me retiré un poco frustrado porque lo había estado buscando al Negro sin
encontrarlo y me fui a mi casa donde me hice la pajita nocturna con algo de
desgano. Mi cabeza estaba en ese misterioso o, mejor dicho, en esos
misteriosos regalos del Negro. Al día siguiente y a la hora prevista fui a la
plaza y allí, en el banco de siempre, estaba mi papá novio. Me acerqué
lentamente, buscando con la mirada dos paquetes con mis regalos pero no había
nada a la vista, lo que me decepcionó un tanto y luego de saludarlo me senté a
su lado. Allí nos quedamos, como siempre, en silencio, mientras el silbaba entre
dientes alguna melodía escuchada en la radio. Después de un rato el puso su mano
izquierda sobre mi pierna, la acarició brevemente y dijo ".vamos." mientras se
levantaba y se dirigía a la moto estacionada a pocos metros. Yo lo seguí y
cuando llegué él estaba maniobrando la caja de herramientas de la moto y luego
de abrirla sacó un paquete envuelto torpemente en papel de regalo y me dijo
".feliz cumpleaños adelantado.". Se me llenaron los ojos de lágrimas. No sabía
como había hecho el Negro para averiguarlo pero, efectivamente, ese domingo
sería mi cumpleaños. (Luego me diría que se había metido a escondidas en la
secretaría de la escuela para examinar mi ficha de alumno). Mi padre, un
conservador muy chapado a la antigua nunca me había permitido tener amigos, ni
siquiera entre los compañeritos del primario o de la secundaria. Por ello mis
cumpleaños fueron siempre una cosa íntima de la familia, vivida con mucha
austeridad y, casi, como si fuera una frivolidad pecaminosa. Las manos me
temblaban cuando tomé el paquete y ese distanciamiento que había entre mi papá
novio y yo desapareció milagrosamente. Y, cuando abrí el paquete vi. que el
regalo era una moderna máquina fotográfica de las de antes, pesada y llena de
cromados. Tenía el corazón hinchado de felicidad. Siempre había querido tener
una, pero sabía que mi viejo no me lo permitiría y solía pasar por la vidriera
del negocio que la vendía, mirándola con desesperanza y temiendo el momento en
que ya no estuviera en el escaparate. Lo miré al Negro, agradecido por haber
sabido que era mi cumpleaños pero, más aún, por haber adivinado que ese aparato
era una de las cosas que más deseaba. Los ojos de Varela, más que su sonrisa, me
indicaban que estaba disfrutando tanto como yo y, en ese momento,
impulsivamente, me acerqué a él y le di un abrazo y un beso en la mejilla sin
pensar que estábamos en público y muy cerca de mi casa y que, por ello, algún
vecino podría vernos e irle con el cuento a mi padre. El Negro se rió y me dijo.
".vamos a buscar el segundo regalo. creo que te gustará también." y puso la moto
en marcha. Yo subí, contento como perro con dos colas, apretando la máquina
fotográfica para que no cayera aunque pensaba que no podría llevarla a casa
porque la descubrirían y se me armaría un lío tremendo, porque no tendría manera
de justificarla. Pronto el Negro se dirigió a un barrio al norte de la ciudad,
en Los Cerrillos, barrio un poco menos humilde que el suyo y llegó a una plaza,
vacía a esa hora por calor. Cuando llegamos estacionó la moto y sentándose en el
césped se quedo callado, tranquilo y silbando como siempre. Yo me quedé a su
lado, tranquilo, agradecido y pensando en lo extraordinario que era que el hijo
del religioso e importante Dr. Fulano de Tal, encontrara un sentido para su vida
al lado de un muchacho de familia muy humilde y por medio de actividades
sexuales absolutamente pecaminosas. Luego de un rato, abstraído en esas
cavilaciones, no vi que se acercaba un chico, bastante mas chico que yo de
tamaño y, aparentemente, también de edad. Luego sabía que en realidad no era
mucho menor que yo, ya que tenía 14 años. Pero por su tamaño y por su carita,
parecía 2 o 3 años más chico. Este se acercó a nosotros y lo saludó al Negro con
familiaridad luego de lo cual el Negro nos dijo a ambos ".vamos." y puso la moto
en marcha. Una vez más nos dirigíamos a las afueras, cada vez más al norte, y
pronto habíamos dejado la zona suburbana y la moto recorría la ruta entre campos
a ambos lados. El chico, un chico precioso, que me había hecho sentir un poco de
celos por la manera en que había tratado al Negro, iba sentado delante de mí,
contra la espalda de Varela. Luego de media hora de marcha la moto salió del
camino y después de un rato de serpentear por un camino muy poco usado llegó a
una cerca de madera en bastante mal estado con una tranquera peor aún. El Negro
me indicó que abriera la tranquera y la cerrara luego de que pasáramos, cosa que
hice. Luego volví a subir al sillín y la moto anduvo unos pocos minutos hasta
llegar a una explanada, soleada, cubierta de vegetación descuidada y sin ninguna
edificación.
Varela apagó el motor, nos indicó que bajáramos, cosa que yo hice muy intrigado
porque no veía que allí pudiera haber ningún regalo para mí. Luego Varela me
pidió la cámara y sacando un rollo fotográfico del bolsillo, un rollo en blanco
y negro, me enseñó a cargarla y, cuando la maniobra estuvo completada le dijo al
chico, con sencillez, como si fuese una maniobra normal ". dale, sácate la
ropa.". Yo lo miré al Negro y al chico, que comenzó a desnudarse sin problemas,
sin apuro, como si estuviera en la intimidad más absoluta. Y comencé a
excitarme. El chico me miró, sonrió y pateó las alpargatas que calzaba,
arrojándolas lejos y luego, con un simple movimiento, dejó caer los
pantaloncitos cortos al suelo y luego hizo lo mismo con los calzoncillos para
después sacarse la camiseta por la cabeza. Yo ya estaba al palo y me tuve que
acomodar el bulto y lo miré al Negro que me dijo ". este es el segundo regalo,
sácale las fotos que quieras y haz con él lo que te guste. es un buen chico y le
gusta lo mismo que a vos." Estaba asombrado. siempre me habían gustado los
chicos más chicos y la experiencia liviana con el hijo natural de uno de los
senadores (publicado en un relato anterior) me había agradado mucho, pero
me sentía culpable por ese deseo por los chicos jovencitos y había leído en
algunos libros de papá que eso era una perversión llamada pederastia, lo que me
apenaba mucho. Pero ese chico no parecía apenado por ponerse desnudo para mí y,
por el contrario, parecía disfrutarlo. No sabía que hacer. Las piernas me
temblaban de la excitación y me acerqué a ese cuerpo juvenil desnudo que estaba
a mi disposición. Tenía la cámara en la mano pero no sabía que hacer con ella y,
una vez más, sentía el deseo de hacer bien, de darle placer a ese chico, de
hacerle sentir que no deseaba usarlo y que sólo haría lo que le cayera bien.
Entonces lo mire al Negro y le dije simplemente ".las fotos. después." y le
entregué la cámara para luego volverme hacia el chico. Me acerqué y lo abracé
como me hubiera gustado que me abrazara mi papá, con un abrazo largo y
afectuoso. Él se dejó abrazar y luego le levanté la carita para que me mirara y
le di un beso suave en los labios, un piquito inocente. Y después busqué un
lugar donde no hubiera vegetación salvaje pero el Negro, siempre leyéndome
la mente, se había acercado con una manta grande que extendió en el suelo. Yo
agradecí en silencio esa delicadeza y le indiqué al chico que se acostara pero
él me dijo, cosa que me sorprendió: ".átame." y me indicó unos arbustos que
había a unos metros mientras que arrastraba la manta hacia ese lugar. Yo estaba
atónito. Luego Varela me diría que a ese chico su padre lo ataba a la cama boca
arriba desnudo sobre un plástico, durante horas, desde que era niño y que se iba
a trabajar dejándolo solo hasta que volvía. Parece que el padre, que no era un
mal padre, pero que debería estar chiflado, no tenía con quien dejarlo y temía
por él y por ello, así como otros padres encadenan o enjaulan a sus hijos, este
lo hacía de esta manera. Y lo dejaba sobre un plástico para que hiciera
las necesidades sin ensuciar la cama. Cosas de viejo loco.
El caso es que le hice caso y con unas sogas que, una vez más, el Negro me había
acercado, até al chico por las muñecas y los tobillos, bien despatarrado. Una
vez hecho esto me arrodillé a su lado y comencé a acariciarlo despacito. Le
acaricié las mejillas y le hice cosquillas ligeras en la cara lo que le produjo
risa. Yo también me reí y le di otro beso casto ya que, en realidad, no sabía
comportarme en una circunstancia semejante. La sexualidad nunca había existido
para mí, hasta que Varela me ayudó a descubrirla de una manera salvaje. Y por
ello solo me manejaba, con alguna facilidad, como objeto sexual, ya que eso era
lo que había aprendido con el Negro. Pero nunca había estado en la calidad de
"sujeto sexual" ni había tenido un cuerpo hermoso a mi disposición para mi
placer y por ello andaba muy desorientado y sólo me salía jugar de una
manera muy asexuada con ese chico que se me ofrecía con tanta alegría y
paz interior. Y hasta la excitación que tenía había desaparecido parcialmente.
De pronto sentí unos pasos a mi lado. Era Varela que venía en mi auxilio, ya que
intuía que se "me había colgado el sistema". Yo lo miré y sin palabras le pedí
auxilio y el sonrió y me dijo: ".'cha que sos pendejito. vamos. no seas
boludo. metete entre sus piernas que le gusta.", Y yo, obedientemente, me
levanté y me acomodé nuevamente arrodillado entre las piernas del chico y allí,
de inmediato, sentí que me volvía el deseo sexual por ese cuerpo adolescente que
se me ofrecía. Lo miré, le sonreí y tomando su pequeño pene tiré hacia atrás el
prepucio descubriendo su glande y, agachándome comencé a succionarlo. Era muy
lindo hacerlo, sobre todo porque en el lugar había una extraña paz y solo se
escuchaba el ruido de las chicharras anunciando el calor de la tarde.
Además ese chico no tenía ningún olor desagradable como tantas pijas que había
mamado. Pronto esa pijita se puso en pie de guerra y el chico comenzó a suspirar
entrecortadamente. Levanté la vista y vi que tenía los ojos cerrados, la boca
entreabierta y la lengua en un costado, relamiéndose (luego me daría cuenta de
que se mojaba los labios porque se habían secado con tanto suspiro). Entonces
suspendí el chupeteo y apoyándome con cuidado sobre su cuerpo lo besé en la
boca, en un largo beso de lengua que me puso al palo, lo que me incomodó y traté
de remediar. Pero el Negro, que se las sabía todas, ya estaba allí y cuando yo
levanté la cola para acomodar mi verga, él ya estaba aflojando mi cinturón para
luego abrir la bragueta y bajarme los pantalones. Luego de ello me sacó las
zapatillas y terminó de desnudarme pidiéndome que me incorporara un momento para
sacarme la camiseta. Quedé desnudo, sobre ese cuerpo hermoso atado y a mi
disposición. Pero no quería "disponer" de ese chico. Deseaba hacer algo
"consensuado" (según la palabra de moda hoy). Quería que el chico deseara lo que
le fuera a hacer. Entonces volví a arrodillarme, con la pija "al palo" y me fui
corriendo despacito, hacia delante, reptando con mi cola sobre el pubis, el
vientre y luego el pecho del chico. Deseaba que me la chupara pero no quería
pedírselo y solo me animé a acercar mi verga a su cara. El chico entendió y
abrió la boca sacando la lengua afuera y yo entonces me senté con cuidado sobre
su pecho y levantando con ambas manos su cabeza le puse la verga en su boca y el
comenzó una mamada espectacular. Pero no era espectacular por lo que me hacía,
ya que las mamadas del Negro eran mil veces mejores, sino por el placer que
evidenciaba al hacerlo. De pronto escuché un ruido, un clic, y mirando hacia
arriba vi que el Negro nos estaba sacando fotos y eso me excitó más aún. Y de
pronto se me ocurrió que, quizás, el chico era activo y mientras con una mano le
sostenía la cabeza, con la otra comencé a masturbarlo lentamente y su pija, que
había bajado un poco volvió a su belicosidad natural. Sentía que me estaba por
deslechar pero quería que ese chico hermoso me cogiera y por ello me agaché y le
pregunté al oído si dejaría que me hiciera coger por su pija y él, sonriendo,
asintió con la cabeza. Entonces me retiré hacia atrás, levanté mi trasero y
guiando su pijita me la fui enterrando despacio... muy despacio. El chico
suspiraba y movía su pubis hacia arriba apurando la penetración pero yo
quería que la primera vez que me cogía un chico fuera algo lento, calmo e
inolvidable.
Así bajé mis caderas despacio hasta que mi culo estuvo en contacto con su pubis
y su verguita totalmente en mi interior. Era una sensación extraña ya que hasta
ahora las pijas que había tenido adentro eran grandes y me daban una sensación
de plenitud muy satisfactoria aunque muchas de ellas ligadas también a una
sensación muy clara de dolor. Hoy comprendo que el placer que sentía no era
físico por un pedazo de carne adentro mío sino que era un placer psicológico,
emocional, debido a esa extraña comunión con ese niño que me estaba haciendo
suyo mientras él era mío, por sus ataduras y por su indefensión. Comencé a subir
y bajar muy lentamente. Quería que ese momento mágico durara mucho y me alegraba
ver como el Negro se había puesto casi frente a mí mientras seguía tomando
fotos. Pero pronto comprendí que el chico estaba recaliente y quería acabar y
que mi manera de hacerme coger, retrasando su eyaculación, no le agradadaza. Y
por ello, en un acto de generosidad que, luego, advertiría que sería frecuente
en mí, comencé a acelerar la cogida mientras lo acariciaba al pendejito con
pasión. El, dándose cuenta de que no estaba buscando mi placer sino el suyo me
sonrió y comenzó a mover su pubis con energía hacia arriba, cada vez que mi culo
bajaba, como buscando ayudar a que su verga me penetrara hasta el fondo. Y
pronto, muy pronto, su cuerpito se arqueó y su cabeza se puso de costado
mientras se estremecía y me llenaba el culo de leche adolescente. Yo estaba
feliz.
Le estaba dando placer a un chico hermoso y disfrutaba inmensamente de darle
placer, postergando el mío. En ese momento no lo comprendí, hoy lo sé, que al
amar a ese chico en realidad estaba buscando reconciliarme con el niño que había
sido siempre y que se sentía feo y poco valioso. Y ese amor no era amor
romántico ni amor erótico. Sentía que en ese chico yo estaba naciendo nuevamente
y que a través de ese cuerpo muy parecido al mío podría alguna vez dejar de
sentirme feo, sucio, pecador, degenerado, basura y todas las cosas que solía
decirme mi papá. Realmente, deseaba para ese chico lo mejor del mundo, aunque
fuera a mi costa. Porque si ese chico lograba ser feliz (y yo estaba dispuesto a
darle todo lo que pudiera para ello) yo sentiría que podría lograr también la
felicidad que me había sido largamente negada por mi padre y por la sociedad
pacata de mi ciudad. Y cuando el chico se relajó, yo acerqué mi boca a la suya y
le di un beso profundo. Pero no era un beso erótico ni un beso para calentarlo.
Era un beso para seguir uniéndome a él, para hacerlo mío así como el me había
hecho suyo. Y el chico aceptó ese beso y abrió la boca y nos fundimos en una
sola persona. Mientras nos besábamos el Negro había comenzado a desatar las
ligaduras del chico y cuando soltó sus manos el pibe me abrazó con fuerza, con
cariño simple y puro de un chiquilín que había sido, por primera vez en mucho
tiempo, respetado como personita. Me causó un poco de gracia la situación y me
reí y me levanté chorreándome leche entre las piernas y manchando al chico que
ni se inmutó pese a que yo le pedí disculpas. Cuando estuvimos ambos de pie, el
Negro le dijo al chico ". ¿te gustó ser el regalo de cumpleaños de este
pendejito?..." y el chico no respondió nada, pero sonrió y le brillaron
los ojos, lo que era suficiente respuesta. En ese momento el Negro me dijo.
".pero todavía no ha terminado la fiestita, porque vos te quedaste con la leche
adentro. ja... ja... ja... ja." Y acercándose añadió ".ahora te toca deslecharte
a vos." y tomando una de las sogas con las que había atado al chico me ató las
muñecas y pasando la soga por la rama de un árbol la puso bien tensa. Luego le
dijo al chico que me atara un tobillo, mientras él ataba el otro y comenzaron a
estirar mis piernas hasta dejarlas bien abiertas. Cuando estuve listo Varela se
acercó por detrás y comenzó a acariciarme las tetillas y a pellizcarlas mientras
el chico comenzaba a mamarme nuevamente. Yo me dejé hacer. Estaba feliz. Mi papá
novio, la persona que me había dado los únicos momentos de felicidad en mi vida,
me estaba dando la más maravillosa fiesta de cumpleaños que tuve en mi
vida, mejor que todas las que he tenido después, sin ninguna duda. Y luego de un
rato sentí que el Negro maniobraba su bragueta y comprendí que estaba pelando su
verga. Me emocioné. Varela, el único hombre que me amaba y al que amaba me
penetraría mientras ese chico hermoso, al que amaba mucho también, y en el que
estaba intentando rehacer mi infancia lastimada, me estaba chupando la pija.
Cuando, con alguna dificultad por mi postura un poco baja, la pija del Negro
entró en mi culo sentí esa conocida sensación de plenitud y pronto su verga
comenzó a serrucharme. Su carne entraba y salía y el chico tragaba y expulsaba
mi pija en forma alternada y yo me dejé llevar. No sentía nada más que sexo
sano, sexo libre, sexo sin dolor, sexo que era placer pero que, más que eso era
entrega emocional a las dos personas a las que más he querido en mi vida. Y
pronto me desleché. El chico no sabía o no quería tragar pero eso no me
preocupaba. Solo quería que ese momento durara mucho, pero, el hombre propone,
pero la biología dispone. Cuando terminaron mis espasmos, el Negro también
estaba acabando en mi culo, llenándolo de leche por segunda vez. El chico, sin
darse cuenta.o, quizás, sí, hizo lo mismo que el chico de la noche en el parque.
Porque. una vez que me ordeñó, no dejó de lamer y chupetear sino que siguió
haciéndolo lamiendo el glande, frotando con la lengua el orificio de la uretra y
volviéndome loco de placer al punto de que ese placer esa casi doloroso y quería
que dejara de chuparme.
Todo terminó cuando el Negro salio de adentro mío y dando vuelta mi cara hacia
atrás me dio un profundo beso de lengua, sin pasión erótica, sino, como yo hacia
unos instantes con el chico, con el deseo de fundirme con él. Luego me
desataron, me ayudaron a limpiar las huellas del enchastre con unos trapos que
quedaron en ese campito, me vestí y subiendo a la moto volvimos a la ciudad. En
el camino de vuelta hablamos poco. Yo lo acariciaba al chico con calma, con
cariño, sin ninguna intención sexual, como se acaricia a un bebé o a un gatito y
el, sentado en el sillín, entre el Negro y yo, se dejaba acariciar con gusto. Lo
dejamos en la plaza de su barrio y Varela siguió hacia mi casa. Al llegar a la
esquina me dijo: ". ¿quieres que te guarde la maquina fotográfica?..." Le
respondí que sí. sabía que si mi viejo la veía se armaría un lío. Y me dijo: ".
no hay problema." añadiendo ". llevaré el rollo a revelar a lo de un amigo
muy discreto y el lunes te llevaré las fotos a la escuela." Caminé la media
cuadra hasta mi casa casi en el aire. Tenía una felicidad muy íntima que me
hubiera permitido, en ese momento, enfrentarme a todos los dragones del
mundo. Tal era la fuerza emocional que me había dado ese cumpleaños. Y todo se
lo debía a ese muchacho vulgar, de familia muy humilde, casi "un negrito", que
pese a todos sus problemas emocionales era, realmente, una persona increíble y
muy valiosa. Era mi papá novio y estaba logrando el milagro de que dejara de
sentirme una basura y de que, poco a poco, mi autoestima comenzara a mejora.
Estaba dispuesto a todo por él.
jorgejorge@hotmail.com